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Crónica:61º Festival de Cannes

Eastwood aterra, James Gray conmueve

Gran cine estadounidense por partida doble en la sección oficial del festival

Llegué tarde a convencerme de la grandeza como director de Clint Eastwood. Había percibido que podía ser inquietante en Escalofrío en la noche y en El aventurero de medianoche, pero casi siempre su estilo me resultaba abusivamente deudor en lo artificioso de Sergio Leone y en los detalles atractivos del excelente Don Siegel. En 1988, Eastwood presentó en Cannes su estremecedor retrato de Charlie Parker en Bird. A partir de ese deslumbrante momento ya no tuve dudas de que podía llegar a esa condición superior de la creación conocida como clasicismo.

Este señor republicano ha hurgado mejor que cualquier progresista con carné en las enfermedades morales de su país, en la violencia marginal o institucionalizada, en las heridas y en los traumas de gente que quedó marcada para siempre. Ha visitado Cannes acompañado de sus criaturas en bastantes ocasiones. La expectación que provocan esas películas tiene sentido, también el trato reverencial que se le otorga a un maestro que demuestra con alentadora frecuencia saber cosas imperecederas del cine y de la vida, de narrar historias y expresar sentimientos.

'Changeling', sombría y tensa, refleja la obsesión de Eastwood por la infancia

Angelina Jolie está hambrienta por encontrar papeles con cuerpo y alma

Gray se muestra tan lírico como retorcido y emocionante en el filme 'Two lovers'

Estamos ante una obra de apariencia engañosamente amable

En Changeling, que acabo de ver ensimismado y cuyas imágenes sospecho que se me van a instalar perdurablemente en la retina, Eastwood retorna a una de sus obsesiones. Son los niños, la profanación de su inocencia, sus encuentros con los horrores reales de este mundo, su capacidad de supervivencia, el precio anímico que van a tener que pagar por ello. Lo contó de forma muy compleja en la relación que establece un crío con su secuestrador que lo utiliza de rehén en Un mundo perfecto. Y aún fue más tenebroso en la descripción de ese torturado adulto que tuvo la desgracia en su infancia de que los lobos le eligieran y se ensañaran con él en Mystic River.

Sitúa la acción de Changeling en Los Ángeles de los años veinte. La inicia con el estupor y el desgarro de una madre que al volver a casa descubre que su niño ha desaparecido. Después de cinco meses de angustia, la policía le contará que lo ha recuperado, pero el crío que aparece no es su hijo, aunque éste jure que ella es su madre. A partir de este sorprendente arranque, Eastwood va a hacer una crónica densa y terrible de la lucha de esta mujer por mantener viva su esperanza y sus entrañas, de la corrupción tenebrosa de la policía y su alianza con los psiquiátricos y otros mecanismos represores del Estado para cerrar la boca o enloquecer a los disidentes que se niegan a aceptar las mentirosas versiones oficiales que da el poder, del mal en estado puro y la tortura que practica con los más desamparados, de la necesidad del autoengaño para que la supervivencia siga teniendo sentido.

Todas las sensaciones y los personajes que pinta Eastwood exhalan tensión y verdad. Logra contagiarnos idéntica prevención y miedo hacia el horror que impregna a un asesino en serie y el horror que ponen en marcha las aparentemente civilizadas instituciones, formadas por los siniestros mecanismos de los guardianes de la ley para ocultar su mierda y perpetuarse. Pero lo que más desasosiego nos provoca son las reacciones de los niños cuando el ogro de las pesadillas se hace real y les acorrala.

Changeling te engancha con arte y sigue contigo cuando ha finalizado. Con un estilo visual tan sólido que nunca percibes la cámara, sin tiempos muertos ni trampas efectistas, con una admirable Angelina Jolie, señora que no tiene que pedir perdón por ser tan guapa, pero que está hambrienta por encontrar papeles con cuerpo y alma. El regalo es mutuo entre el sabroso personaje que le ofrece el director y la autenticidad y garra que ella otorga a esa mujer desesperada.

Si el cine de Eastwood siente ancestral fijación con los niños, al de James Gray le ocurre lo mismo con la familia. En las tres negrísimas películas que había hecho hasta ahora, tituladas Little Odessa, The yards y La noche es nuestra, eran familias mafiosas y de policías que acababan rotas y chorreando sangre. En la insólita y hermosa Two lovers, los lazos familiares también ejercen el protagonismo, pero aquí no están regidos o amenazados por la violencia y por la muerte.

Todos mantienen relaciones afectuosas en dos familias judías que pretenden prolongar sus negocios comunes casando a los hijos. El problema es que el que debería de unirse con la mujer que le conviene está desarmantemente colgado con una vecina que ama a otro que la hace sufrir. Si añadimos que el novio judío es bipolar, ciclotímico, depresivo, un ser hipersensible que cuando sufre el abandono de su pareja acude infructuosamente a la solución de cortarse las venas o tirarse al mar, la nueva historia alcanza dimensiones trágicas. Si se cuenta el argumento de Two lovers puede parecer aparatoso, previsible, ñoño, con sensación de ya visto y oído. Pero la forma de desarrollarlo por parte de James Gray es original y lírica, retorcida y emocionante. Estamos ante una película muy dura con apariencia engañosamente amable, una tragicomedia llena de talento que te hace comprender las razones de todos sus personajes para ser como son y actuar como actúan. También está el cada vez mejor actor Joaquin Phoenix aportando patetismo y encanto a un ser tan frágil como suicida, un romántico desarmante que tendrá que pactar con la pragmática realidad para seguir vivo y razonablemente feliz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de mayo de 2008