61º Festival de Cannes

Sordidez y aburrimiento: más de lo mismo en el cine de los Dardenne

Los hermanos belgas aspiran a una tercera Palma de Oro con 'El silencio de Lorna'

A diferencia de los programadores con aficiones sádicas que nos machacan en otros festivales con sus horarios imposibles, Cannes mantiene como algo inviolable el ritual de que la primera película de la jornada en la Sección Oficial se proyecte a las legañosas y temibles ocho y media de la mañana y la última a las ya relajantes siete de la tarde. Gracias a lo segundo, en el higiénico convencimiento de que no sólo de cine deben de vivir los críticos, excepto los que tienen una obsesión patológica por tragárselo todo, sino que también hay que permitirles algo tan humano, necesario y lúdico como ir a cenar, hacer risas, hablar de lo divino y de lo humano, saborear mínimamente el ambiente nocturno de Cannes, ofrecerle un festín a la mirada con la abusiva concentración de gente guapa.

Con Sean Penn en el jurado, es posible que pillen otra vez un premio gordo
'El silencio de Lorna' habla del trapicheo mafioso con los inmigrantes

Preocupantemente, esos horarios parecen estar cambiando. El domingo no hubo proyección de tarde y el lunes la retrasaron a las diez de la noche, algo que te descoloca mentalmente, contra lo que se rebela tu estómago, que te hace maldecir a los que te dejan sin cenar, sin ese momento mágico que alivia de la paliza mental que supone ver más de 40 películas en 11 días, algo que sólo resulta soportable si la media de calidad es muy alta, pero las estadísticas juran que es imposible.

Además de un supuesto o real banquete de cine, el Festival de Cannes también es un negocio de proporciones cegadoras. Y para que ese business mantenga su esplendor es aconsejable que haga buen tiempo, que permanezca la maravillosa luz que impregna la Costa Azul en primavera, ya que el desfile de modelos, de peinados, de gente estilosa u hortera vestida de etiqueta, se llevan fatal con los aguaceros que empapan y les destrozan su complicada puesta en escena. El presumible pacto que Cannes hace con los dioses de la atmósfera está fallando este año, ya que ha estado lloviendo dos días seguidos. Y el sol se oculta o es muy pálido, la atmósfera huele pegajosamente a tormenta.

Después de las agradecibles risas que nos han donado Indiana Jones y Woody Allen, han llegado en esta jornada los sombríos hermanos Dardenne, gente con alergia a esa cosa tan pequeñoburguesa y escapista llamada sentido del humor, artistas con una concepción exclusivamente trágica de la sórdida existencia. ¿Que quiénes son Jean Pierre y Luc Dardenne?, pues dos directores belgas que deben de sentirse en Cannes como en su propia casa. El festival les ama, les considera como un trascendente descubrimiento suyo, les ha concedido en el curso del tiempo dos Palmas de Oro y una de Plata.

Con estos abrumadores antecedentes y teniendo en cuenta el amor que le profesa el magnético Sean Penn, presidente del jurado en esta edición, al cine profundo y conectado con la realidad, no me extrañaría que El silencio de Lorna, última y dolorida tragedia de estos concienciados hermanos, volviera a pillar algún premio de los gordos. Lástima que estos reconocimientos tan prestigiosos que les concede Cannes y las revistas de arte y ensayo, no tengan prolongación en el ánimo de la mayoría de los espectadores cuando sus películas son exhibidas en las salas comerciales. El público está embrutecido. Le ocurre lo mismo que a mí.

Lo que más agradezco a los autores de las glorificadas Rosetta, El hijo y El niño es que con el tiempo hayan dejado de hacer experimentos vacuos y mareantes con la cámara, que la dejen quieta de vez en cuando, que no anden continuamente con ella en la mano haciendo interminables primeros planos del aburrido careto de sus marginales personajes. Por lo demás, El silencio de Lorna es como lo que hacen siempre, retratos sin edulcorar, con el grisáceo tono que tiene la vida, sobre gente desesperada y acorralada por sus circunstancias o su irresponsabilidad. Probablemente la vida sea como la describen los Dardenne, sin música subrayando los sentimientos, con personas que hablan, se mueven y sienten como lo hacen los de su cine. Mi problema es que me da igual lo que les ocurra desde que los veo aparecer, su dura problemática no consigue afectarme lo más mínimo. Probablemente por la consciente ausencia de atractivo o de emoción con la que los construyen sus sensibles autores, por ese rigor visual y esa honestidad moral que les atribuye la crítica a los para mí siempre espesos y pesados hermanos Dardenne.

Aquí hablan del trapicheo que montan las mafias para dotar de nacionalidad occidental a los inmigrantes eslavos. Una chica rusa se casa con un yonqui belga. Le ha prometido cuidarlo en su mono. A cambio quiere conseguir un divorcio inmediato con la excusa de que sufre violencia de género. Lo hace para poder montárselo con su novio ruso, al que el capitalismo explota moviéndole de un lugar a otro por su condición de clandestino. Se supone que ocurren muchas y terribles cosas en la angustiosa existencia de esta mujer, pero ninguna logra tener poder de conmoción en mi ánimo. Me da igual que los personajes sean veraces si me resultan indiferentes. Prefiero los adornos, la ficción, la ensoñación, a condición de que lo hagan con inteligencia. Me creo todo lo que pasa en El silencio de Lorna, pero me da igual, algo que me resulta habitual en el venerado cine de estos estilistas belgas con tan profunda conciencia social. Que la disfruten sus selectos seguidores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0019, 19 de mayo de 2008.

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