Columna
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Dinastía

Está siempre en la peluquería y nunca en su despacho... Hay inflación y lo niega, el campo está ardiendo y lo niega, no hay gasolina en los surtidores y lo niega, ésa es su forma de gobernar, negarlo todo... Oíme, es él quien manda, el que recibe a los ministros, el que hace declaraciones, el que gobierna, Néstor, su marido...

Llevo una semana en Buenos Aires y, aunque he venido a la Feria del Libro, todo el mundo me habla de Cristina. Fernández de Kirchner, naturalmente. Me gustaría más que la identificaran con su apellido, como a Merkel, pero parece que ella no ayuda mucho. Soy consciente de que quienes alegan que ningún presidente varón, ni siquiera un hombre de elegancia tan dudosa como Menem, generó una hostilidad semejante a la que padece esta mujer guapa, con buen tipo, a la que le gusta arreglarse e ir bien vestida, llevan razón. Pero también comprendo a quienes replican que para este viaje no hacían falta alforjas. Si una mujer llega a la presidencia para que gobierne su marido, mejor que no llegue nunca, dicen, y es cierto.

Siempre he pensado que el poder es una avidez que impone sus propias reglas y trasciende todos los límites. También los de género. La sonrosada creencia en la capacidad femenina para suavizar y sensibilizar el gobierno que todavía hoy siguen predicando muchas mujeres, dedicadas o no a la política, me irrita sobremanera. Más triste me parece, sin embargo, que algunas lleguen a la presidencia sin haberla conquistado por y para ellas, como instrumentos de una estrategia dinástica que sólo pretende perpetuar a sus familias en el poder. Pero lo que no puedo aceptar es el escándalo de quienes critican estas nuevas dinastías democráticas como si no vivieran en una democracia tutelada por una vieja dinastía monárquica. Porque la herencia es la herencia, y ni Néstor ni Cristina han inventado nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0011, 11 de mayo de 2008.