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El nuevo Gobierno

Sebastián resucita como hombre de confianza

El que fuera pesadilla del vicepresidente Solbes desde la Oficina Económica de La Moncloa entra en el Gobierno junto a dos ministras que recomendó

Miguel Sebastián (Madrid, 1957), el nuevo ministro de Industria, lleva tres teléfonos móviles. Uno de ellos es para hablar exclusivamente con José Luis Rodríguez Zapatero, "el jefe", como él le llama. Lo tiene abierto a todas horas y, evidentemente, no duda en cortar cualquier conversación o charla si suena ese aparato, su particular teléfono rojo. Y suele sonar varias veces al día.

El nuevo ministro de Industria lleva tres teléfonos, uno sólo para Zapatero

Tras su fracaso en la candidatura de Madrid, se refugió en la Universidad

Desde que Sebastián dejó la Oficina Económica del Presidente del Gobierno para disputar, por orden del jefe, la alcaldía de Madrid a Alberto Ruiz-Gallardón en 2007, con un resultado desastroso (perdió tres concejales respecto a 2003), Zapatero le contacta constantemente. Aparte de asesor áulico en materia económica, se ha convertido en íntimo amigo del presidente, se admiran mutuamente y comparten veladas y algún que otro retiro. Sebastián es de los pocos que ha tenido la oportunidad de influir a la hora de trazar las directrices de la nueva estructura y de proponer alguno de los nombramientos de ministros.

Sebastián se apartó de los focos de la atención pública tras renunciar siquiera a tomar posesión de su acta de concejal del Ayuntamiento de Madrid. Se refugió en su casa de Almería y en la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense, donde es profesor titular. Ninguna aparición pública, salvo la columna semanal que desde hace cinco meses escribe en el diario El Mundo.

Oficialmente, no ha intervenido en la pasada campaña electoral ni se ha dejado ver por los círculos políticos. Tampoco ha querido ser diputado. Pero ha estado siempre entre bambalinas, haciendo de apuntador del candidato Zapatero y de algún que otro dirigente socialista, como el secretario de organización, José Blanco. De Sebastián partió, por ejemplo, la propuesta que lanzó el presidente en plena precampaña de descontar 400 euros del IRPF a todos los contribuyentes.

Su nombramiento como ministro se daba por descontado, aunque él había mostrado cierto empeño en seguir en la sombra e incluso insinuando preferencias por alguna embajada de primer nivel, como la de Washington. Sin embargo, Zapatero estaba empeñado en recuperarlo para el Gobierno. Todo indica que, además de ese aprecio intelectual, ha querido recompensar el sacrificio que hizo Sebastián al aceptar la candidatura al consistorio madrileño. Fue el propio Zapatero el que, después del batacazo, le conminó a que renunciase al cargo. Desde entonces sabía que le haría ministro si volvía a gobernar.

Una vez asegurada la continuidad de Pedro Solbes, que el propio Sebastián también aceptaba, la mejor opción ha sido Industria, un ministerio de corte mediano cuyo valor específico depende de quien lo ocupe. Y, en este caso, es seguro que Zapatero va a tener en el nuevo titular de Industria uno de los pesos pesados de su Gabinete. La influencia de Sebastián se demuestra, además, en que ha logrado colocar a dos mujeres de su entorno, Cristina Garmendia y Beatriz Corredor. Garmendia colaboró con él en la elaboración de los planes de innovación del anterior Gobierno y a Corredor la conoció en la campaña de las municipales del año pasado.

Lo de Zapatero y Sebastián viene de un flechazo en la primavera de 2003, un año antes de las elecciones generales que dieron el primer triunfo al actual líder socialista. Sebastián apareció por Ferraz de la mano de Jordi Sevilla, a la sazón portavoz económico. Acababa de ser despedido del BBVA, del que era director del Servicio de Estudios, por haber defendido en el boletín del banco tesis muy distantes a las del Gobierno del PP. Entre ellas, la instauración del tipo único en el IRPF, que luego hizo suyo el PSOE aunque nunca llegó a desarrollar, entre otras cosas porque no le convence a Solbes.

En aquel encuentro, Zapatero descubrió a una lumbrera, que explicaba la economía como nadie y que le iluminaba con ideas brillantes. De hecho, le encargó el plan económico del programa electoral y todos especulaban que sería su ministro de Economía cuando tuvo que formar Gobierno. Pero prefirió asegurarse con Solbes y destinar a su fichaje estrella a un puesto cercano en La Moncloa.

La travesía del desierto de este último año parece que ha fortalecido a este hombre, de gran capacidad de trabajo y de ideas, al que muchas veces traiciona la vehemencia y otras peca de ingenuidad, como la que le llevó a esgrimir la fotografía de Montserrat Corulla, testaferro de José Antonio Roca, inculpado en la trama de corrupción de Marbella, en un debate televisado con Ruiz-Gallardón en las elecciones municipales, sin profundizar en su ataque.

Ahora, que ya conoce el poder, sus enredos y disputas, Sebastián asume el departamento de Industria en un momento crucial tanto por la crisis económica como por las actuaciones que se presentan en algunos sectores. No tiene que abordar ninguna reconversión, pero sí tendrá que lidiar con posibles ajustes en el automóvil o el metal, abordar las nuevas tecnologías en consonancia con el nuevo ministerio de Ciencia e Innovación y, sobre todo, diseñar el futuro energético de este país. Sebastián nunca ha sido un acérrimo enemigo de la energía nuclear, que se encontrará como una de las alternativas a considerar junto con las renovables.

Asimismo, estará obligado a considerar, si no tutelar, operaciones empresariales dentro de este sector. Ya vivió alguna desde La Moncloa (la de Endesa) y prestó asesoramiento. Ahora le toca, como primer plato fuerte, las negociaciones en torno a la eléctrica Iberdrola, que se debate entre una fusión con Gas Natural y las pretensiones del grupo constructor ACS y la francesa EdF, a las que se opone frontalmente la compañía.

El adversario de Solbes

El poder económico del primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero: Pedro Solbes desde el ministerio y Miguel Sebastián, más cerca físicamente, desde la oficina económica de Moncloa. Nunca hubo entendimiento. Y ahora los dos contrapoderes se sentarán juntos en la misma mesa del Consejo de Ministros.

Andados los primeros pasos del nuevo Gobierno existe una perversa expectación sobre el futuro de las relaciones entre Sebastián y Solbes, teniendo en cuenta además, que éste será el presidente de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos, de la que forman parte los ministerios de Sebastián y de sus recomendadas, Garmendia y Corredor.

El morbo es lógico después de los enfrentamientos que tuvieron ambos en el primer Gobierno. En la anterior legislatura saltaron a la luz varias discrepancias, como la que se produjo en el intento de toma de control del BBVA por parte de Sacyr, que Sebastián apoyaba y que Solbes simplemente no veía.

Difirieron también en materia de impuestos. Solbes se cargó toda posibilidad de tipo único del IRPF y Sebastián criticó la subida de impuestos del alcohol y el tabaco que decidió aquél. Sebastián trató de convencer a Zapatero de que la política de gasto fuera más expansiva, lo que provocó la reacción de Solbes. El ministro también logró superar a Sebastián al colocar a Miguel Ángel Fernández Ordóñez en el Banco de España en contra de Sebastián, cuya candidata era Soledad Núñez.

La Oficina Económica funcionaba como un ministerio de Economía bis, sobre todo porque el activo Miguel Sebastián no podía evitar meterse en actuaciones que correspondían al departamento de Solbes, que llegó a cuestionar en público la existencia de la oficina.

Ahora, las relaciones parecen retomadas y cordiales. Parece que dejará de ser una anécdota que los dos únicamente coincidan en la corbata, como ocurría en otros tiempos. Pero Solbes será el jefe de Sebastián en la Comisión Delegada, en donde estará como secretario David Vegara, quien podrá hacer de mediador si es necesario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de abril de 2008

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