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Crítica:

Una pesadilla domesticada

En 1954, el escritor Richard Matheson fundió los géneros de la ciencia-ficción y el terror en una única pesadilla absoluta: el resultado fue la novela Soy leyenda, incombustible clásico híbrido donde el último representante de la especie humana luchaba por su supervivencia en una Tierra poblada por vampiros. La mezcla de códigos no era lo más agresivo del libro: amigo de los giros imprevisibles, pero también de la lógica interna de lo fantástico, Matheson llegaba a la conclusión inevitable de que lo monstruoso es siempre la excepción, y el protagonista de su relato mudaba, a los ojos del lector, de presunto héroe / víctima en legendaria amenaza para los herederos del planeta, relevo evolutivo de la humanidad.

SOY LEYENDA

Dirección: Francis Lawrence.

Intérpretes: Will Smith, Charlie Tahan,

Alice Braga, Willow Smith.

Género: ciencia-ficción. Estados Unidos, 2007.

Duración: 100 minutos.

Antes de esta aparatosa adaptación que ahora se estrena, Soy leyenda había conocido dos notables, aunque insuficientes, versiones cinematográficas. La primera de ellas, L'ultimo uomo sulla terra (1964), de Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, tenía a Vincent Price como protagonista y un tono de elegía por una humanidad condenada. Su estética áspera sirvió de clara inspiración para La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero. El último hombre vivo (1971), de Boris Sagal, se tomaba más licencias con respecto al original, para que la ficción se ajustase al estrellato de Charlton Heston como un traje a medida: el tiempo, no obstante, ha jugado a favor de esta versión con algo del espíritu de los coetáneos cómics de la Warren, testimonio de una época en la que el cine de género no temía dejar un sabor amargo en la boca.

Formado en el terreno del vídeo musical, Francis Lawrence, que debutó en el cine con la errática Constantine (2005), ha firmado una última versión de la novela de Matheson capaz de lo mejor y de lo peor: el primer tramo de la película es un auténtico tour de force, con Will Smith, su gravitas y su perro, abandonados a su suerte en un imponente Nueva York desolado, tomado por la maleza y recorrido por manadas de ciervos. El cineasta se revela capaz de hacer posible (y palpable) cualquier imagen. La primera aparición de los vampiros mutantes -una jauría de espaldas, en presunta comunión de sangre en el corazón de la oscuridad- denota un prometedor control de la morbidez y la angustia. Desafortunadamente, todo se viene abajo: la pesadilla se reblandece, los vampiros se mueven como personajes de videojuego y el conjunto traiciona a Matheson hasta el punto de tergiversar el sentido de su mismo título.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de diciembre de 2007