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Entrevista:ENTREVISTA | Ángeles González-Sinde

"Soy una impostora, cuando me descubran iré al paro"

Guionista y directora laureada, novelista infantil, madre de familia reconstituida. La presidenta de la Academia de Cine parece hacerlo todo y bien. La procesión va por dentro.

"Si eres escritor de verdad no te gusta el guión. Es molesto, frustante"

"En el mejor momento creativo, muchos estamos aún sonando mocos"

"Criticamos nuestra tele y cine porque rechazamos la imagen del espejo"

Viene con la escopeta cargada y los sentidos alerta. Está en pleno rodaje, y cuando filma se siente una depredadora, "supurando adrenalina, acechando a la presa para atrapar el instante con la cámara". Esta vez las esquivas piezas a cobrar son los rostros de Malena Alterio, Esperanza Pedreño y Antonio de la Torre, protagonistas de Una palabra tuya, la novela de Elvira Lindo que la enamoró desde la primera lectura y que se ha empeñado en llevar al cine como directora. Será su segunda película al mando de una tripulación, la fauna de un plató, de la que ha formado parte docenas de veces desde que debutó como guionista hace una década. Pero no es igual ser grumete que capitana. Ni presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Para eso, "para vestir el cargo", ha cambiado la ropa mimetizada por un impecable vestido de su amiga Alma Aguilar. Dueña de su oficio, sabe que las formas cuentan. Tanto o más que el fondo.

Se confiesa adicta al correo electrónico. Es curioso que, escribiendo por oficio, siga tecleando por afición. Despachar el correo es una actividad decimonónica que hemos recuperado. Tiene una parte de vicio. Pero también es trabajo. Antes de escribir necesito una especie de ejercicios de calentamiento de la imaginación, la percepción, la reflexión. No puedo po¬¬nerme en frío a crear una secuencia.

¿Usa el correo como gimnasio intelectual? Sí, me permite entablar un debate de ideas. Tengo un club de amigos guionistas y directores. Cada día intercambiamos e-mails sobre política, actualidad, la película que ha visto uno, la novela que ha leído otro o el último pollo con tu pareja. Tenemos hasta unas siglas: ETHP.

La HP final me suena a exabrupto. [Risa cómplice]. Somos una sociedad secreta. Sólo diré que tenemos entre treinta y tantos y cuarenta y pocos, y soy la única mujer.

Los que crecieron a los pechos de Epi y Blas. ¿Veía mucho la tele de pequeña? Sí, Heidi, Marco, La casa del reloj, el payaso Poquito, La casa de la pradera. Pero entonces la tele no empezaba hasta media tarde y no nos plantificaban delante de ella como hacemos ahora con los críos para que no den la lata.

Por la profesión de su padre, el productor José María González-Sinde, el cine estaría muy presente en su infancia. Pues no. Nunca fui cinéfila.Vivíamos en las afueras de Madrid y no había cines. Ni la tele ni el cine eran algo tan presente para los niños. Ahora hasta hay DVD para relajar a los bebés. La imagen es un medio demasiado presente en la vida de los críos, pero entonces no. Más que al cine, a mi padre le debo la afición por la música.

Iría usted a un colegio progre. Al Liceo Italiano. Más que por progre, porque era un colegio extranjero. Mi padre militaba en el Partido Comunista y estaba muy implicado en política. Estuvo dos veces en la cárcel cuando éramos pequeños, y bus¬¬có una educación que no fuera la franquista, sino de algún país democrático.

¿Mamó la política en casa? Sí. Otra cosa que he heredado de mi padre es el interés por hacer cosas por el colectivo, por defender los derechos de todos antes que los personales. Porque lo personal es político. Esa idea de que la sociedad te aporta cosas y tú tienes que devolverlas, el sentido cí­¬vico y de responsabilidad, el que no puedes quedarte al margen de lo que pasa.

Así que el cine no fue su primera opción.

Ni siquiera de adulta me atraía especialmente. Me parecía algo muy complejo, fuera de mi alcance. Me gustaba mucho la literatura y la música, pero jamás pensé que tuviera alguna capacidad artística. Me parecía que eso era algo para personas de mayor calado, y lo sigo creyendo.

Pero escribe usted desde niña. Era el medio por el que me explayaba. Mi colegio era sólo por la mañana, y me pasaba las tardes sola. Jugaba, ponía singles en el comediscos, hacía los deberes, elaboraba mi mundo. Me encantaban las voces de los actores de las radionovelas y dibujar inventándome sus historias.

Llevaría un diario, claro. Siempre, y mucha correspondencia. Iba a Inglaterra a aprender inglés y me carteé con amigas durante años. Supongo que será divertido para mis hijas pasar una tarde fisgándolas cuando tengan que deshacer la casa.

¿Cuándo empieza a escribir profesionalmente? Nunca había escrito cuentos ni poemas, no me hubiera dado permiso para hacer algo literario, y aún… He hecho una novela para niños, tengo otra para terminar, pero porque me empujaron amigos, no porque me saliera. Me parece que la literatura son palabras mayores. Hasta los 28 años cambié mucho de trabajo porque no encontraba mi sitio. En los ochenta era fácil cambiar si tenías idiomas. No sé si ahora puedes tener ese proceso de investigación hasta dar con tu hueco.

¿Y cómo encontró el suyo? Debuté en televisión, en Truhanes, una serie de Mi¬¬guel Hermoso, con Paco Rabal y Arturo Fernández. Luego, Arturo me llamó para otra serie. Creo que mi manera de escribir les gusta a los actores, y he tenido la suerte de escribir para los buenos, de los que te mejoran los diálogos. La televisión es una escuela fantástica porque te permite practicar con poco riesgo. Puedes probar co¬¬sas, sorprender, y aprendes mucho.

Lo de bajo riesgo sería entonces, ahora levantan la serie a la mínima. Sí, pero nadie te hunde la carrera. Nunca verás a un guionista de tele en el periódico, para bien o para mal, y eso da mucha libertad.

El entrenamiento funcionó, porque con su primer guión de cine, 'La buena estrella', ganó un Goya. ¿Cómo fue escribir con Ricardo Franco? Ricardo no veía bien. Yo iba a su casa con mi portátil. Pasábamos la mañana de cháchara, y él se de¬¬sesperaba; pero ya he dicho que necesito entrenar. Luego él hacía la comida, y por la tarde escribíamos. Nunca he vuelto a trabajar así con nadie porque es complicado. Con otros te reúnes, hablas, inventas, y luego cada uno escribe su parte. Para es¬¬cribir juntos todo el proceso hay que en¬¬tenderse muy bien. Fue como hacer otra carrera. Aprendí mucho de él no sólo de guión o de cómo se dirigen las películas, sino de cómo sobrevivir en este negocio.

¿Lo de empezar con un Goya le ganó el respeto de la industria? Ganar un Goya o hacer una película de éxito hace que tu nombre esté en las agendas. En este trabajo empiezas cada día. Es lo bueno y lo malo. A veces es desesperante llevar tantos años y tener la misma inseguridad o peor. Cuando sales de la escuela crees que lo sabes todo. Piensas: éstos que hacen pelis, qué mal les salen; mira lo que hizo Godard, o John Ford, es que está clarísimo lo que hay que hacer. Luego, cuando ha¬¬ces alguna, se te bajan los humos, pierdes el aplomo. También porque cada vez quieres hacer cosas más complejas.

Dice el mítico guionista Rafael Azcona que ha trabajado 50 años porque nadie le conocía. El guionista no necesita ser conocido, sino que se valore su trabajo, tener una remuneración justa; que le paguen por los DVD que se venden, que de eso no vemos un duro. En Hollywood han hecho huelga, pero aquí ni siquiera nos suben el sueldo con la vida. Se paga por un guión lo mismo que cuando yo empecé.

¿De cuánto hablamos? Por un guión de tele se pueden pagar 6.000 euros y cuando yo empecé eran 9.000, se va para atrás. Por un largo de cine, a un principiante se le intentará pagar 24.000 euros, y si no se rueda la película, no te pagan. Cobrar se puede dilatar años. Es un tanto alzado por proyecto, da igual te lleve un año o dos, con las reescrituras que hagan falta.

He leído lo que le frustra que un director le despache un guión con eso de "dale una vuelta". Ahora, como directora, ¿les comprende? Hacer guiones es muy complicado, y nunca están bien a la primera. No es como escribir una novela, tiene una parte técnica grande. Es más como hacer un proyecto de un edificio: hay carpintería, fontanería, cálculo de resistencias. La casa no sólo tiene que ser bonita, sino sostenerse hora y media. El guión es el plan de trabajo de mucha gente, es un arte complejo que requiere reflexión y reelaboración. Te despachan y te da mucha rabia, pero muchas veces tienen razón.

¿El aguante va en el sueldo? Es que el cine, y la escritura de guión en particular, no es un arte individual. Si no estás dispuesto a aguantar críticas o aportaciones, no te dediques al guión. Esto no es para todo el mundo. Si eres escritor de verdad no te gusta escribir guión. Es desagradable, molesto. Es tu palabra contra la mía, tu criterio no es único, y eso frustra.

En un cuento decía que el guionista es el último mono en un rodaje. El respeto, sobre todo en televisión, es cero. Los guionistas no cuentan. Las series las dirige gente con mucha capacidad para la tele, pero no necesariamente para la narración. Los guionistas de las series americanas tienen el control narrativo y creativo de la historia; aquí, no. En eso se ve que no se le da mucho valor al contenido.

¿En el cine es distinto? Lo malo de ser el guionista es que eres el primero del proceso. El dinero llega cuando interesas a un productor y éste se mueve. Los productores quieren guiones estupendos, pero pa¬¬gando tarde y mal, y eso es incompatible con vivir de esto. Por eso somos pocos.

¿Son bichos raros? Somos cierto tipo de personas. Mis amigos de la ETHP tenemos un perfil parecido. Llevamos gafas…

¿Dónde están las suyas? Me operé, pero hay que tener un talante especial para que te guste un trabajo que a muchos les parecería espeluznante. Estar solo frente a un ordenador estrujándote la mollera no es apetecible. No tienes compañeros, nadie te ayuda. En ese sentido es más fácil dirigir. Tienes tu equipo de expertos, tienes un problema y vienen cinco a solucionártelo. Te aprovechas del talento de otros.

¿Su salto a la dirección con 'La suerte dormida', saldado con otro Goya, tiene que ver con esa frustración? Más con un deseo de crecimiento personal. Estaba escribiendo con un número equis de he¬¬rramientas, cuando el número es ilimita¬¬do. Necesitaba saber más; estar en el ro¬¬daje, en el montaje, con los que saben.

Ahora que es directora le harán más caso en el 'set'. Sí, pero también por una cuestión de jerarquía y disciplina. Si no hay un capitán que dice: yo os voy a llevar a puer¬¬to, seguidme, que lo tengo clarísimo, sería un desbarajuste. Todos asumimos que hay un señor que nos dirige a un destino porque sabe lo que está haciendo.

Aunque entonces aún no lo supiera. Yo sí sabía adónde iba, pero no cómo. Y aprendí que no tenía que saber cómo funciona el timón, para eso está el especialista. Lo que tienes que tener claro es qué quieres co¬¬municar, por qué, para qué. Nuestro trabajo es raro. Llamamos a los demás "la gente normal" porque somos adultos que nos tomamos muy en serio algo que no deja de ser un juego. Somos ilusionistas. Si algo se repite para mí, como guionista y directora, es la sensación de ser una im¬¬postora. He logrado engañar a algunos productores, pero un día se darán cuenta de que no sé nada, de que esta habilidad es fingida, e iré de cabeza al paro.

Se ríe cuando oye eso de "un filme de fulanito". ¿De quién es una película? Hombre, si hablamos de Soderbergh, que produce, escribe, hace la cámara y monta, vale. Pero las películas son de los productores, que las pueden vender y comprar.

¿Y quién es el autor intelectual? Eso es distinto. La autoría intelectual es como una patente, y para mí es de quien ha escrito el guión, de nadie más. Si una obra de Calderón, o de Schubert, la dirigen diferentes directores, ¿ellos también son autores? No, mire, Calderón o Schubert escribieron este texto o esta partitura, y eso no hace de menos a los directores o los intérpretes. En eso soy radical: la autoría es del que pone la primera piedra, y ése es el guionista. Es el autor del invento. Pero hay una mitificación. Es como si autor fuera sinónimo de genio; que si no eres autor, no eres genial. Pues no, ser autor es ser inventor, crear.

Aunque sea algo mediocre. Claro, es que todo eso del cine de autor ha hecho mucho daño. Ha llevado a mucha confusión, mucha necesidad y angustia por ser autor. Eso de [solemne] "dejar tu huella indeleble en lo que estás contando". Y eso no es siempre lo que conviene a la película.

Muchos de sus guiones se basan en obras de sus coetáneas: Almudena Grandes, Elvira Lindo, Belén Gopegui. ¿Sintonía generacional o de género? Leo más novelas de mujeres. Me interesa más ese re¬¬trato, esa investigación de las implicaciones entre la vida privada y la social, entre sociedad e individuo. Ese buscar cómo vivir mejor en un mundo cada vez más complicado donde en realidad hay menos opciones. Aunque uno cree que todo está a su alcance, sólo puede elegir entre un móvil Nokia y un Sony Ericsson. Ahora trabajo con un hijo de Rosa Regàs, y me tienta preguntarle por su infancia: cómo es ser hijo de una escritora, cómo se organizaba su madre, cómo lo vivía él. Intuyo que tengo mucho que aprender de la experiencia de otras mujeres; que en sus obras puedo hallar respuestas a mis conflictos, a los temas que me interesan.

Su amiga la actriz Malena Alterio ad¬¬mira su capacidad de multiplicarse: madre, directora, presidenta de la Academia… Dirigir una película es un poco como dirigir una familia: hay mucha gente con muchas necesidades muy distintas, y hay que atenderlas todas a la vez. Hay que hacer el pedido del súper a la vez que preparas la merienda a tu hija y te aseguras de que lleva el chándal para la clase de gimnasia, y piensas en ir a la peluquería porque tienes un acto de la Academia, y escribir un discurso, todo simultáneamente. Por cuestiones culturales creo que la mujer tiene más capacidad para diversificar su atención y simultanear actividades. Pero si eres autocrítica piensas que quien mucho abarca, poco aprieta.

En un relato confesaba su culpa por de¬¬jar a su hija para ir a una cena de amigas. Ahora tengo otra hija y el doble de culpa. Creo que nos pasa a todas. A veces es muy doloroso tener una vocación creativa y que atender niños. Si vas al Museo Picasso ves que en un día producía muchísimo. ¿Por qué? Porque se encerraba en su estudio y no salía ni a comer. Conocí a un hijo de Bergman, le expresé mi admiración por su padre, y me dijo: "Mi padre no nos hacía caso", y tuvo siete hijos. Los grandes artistas, o han tenido mujeres que les facilitaban la vida familiar, o estaban solos. A mí muchos días me gustaría escribir más horas y no puedo. Cuando tienes hijos, tus horas de creación están muy limitadas. Tu proceso creativo se corta porque hay que hacer el puré y ha¬¬ber comprado las verduras, y eso es muy frustrante.

Podría pagar a alguien por eso. Y entonces ¿para qué soy madre? Las tripas te piden estar con tus hijos.

¿Y a los hombres no? Seguro que a Picasso no. O a esos tíos que trabajan 15 horas. Pero a mí sí. Y sufres, y te culpas. Ahora que estoy rodando me tengo que recordar que es un periodo excepcional, y que si no les leo el cuento me lo puedo permitir; no soy un ogro, pero es difícil.

Doris Lessing supo que había ganado el Nobel cuando llevaba a su hijo al médico, y tiene 87 años. Y hecha un cuadro, como voy yo, con un jersey a medio ensuciar.

¿Si el Nobel hubiera sido un hombre no le hubieran pillado así? [Risas]. No quería citarle, pero cuando me desespero, me digo: a ver, ¿Vargas Llosa qué haría?; se¬¬guro que está escribiendo caiga quien caiga, y no yo, que he de tener una disciplina espartana. La vida familiar te proporciona muchas excusas. Escribir da mucha pereza, y uno de los grandes obstáculos de todo escritor es superarla.

¿Hay una visión idealizada de la maternidad? Todo ese escándalo porque la madre de Madeleine McCann confesara que le agobiaban sus hijos. La maternidad es muy difícil, muy contradictoria. Y no está bien contada. Todas las madres y padres que conozco dicen cosas atroces de sus hijos pequeños y comprenden a esa señora. Tener una de tres años y mellizos debe de ser para cortarte las venas. Aparte, tener hijos a los 23 años que tenía mi padre cuando yo nací no es igual que a los 40, cuando tuve yo a mi pequeña. Por otro lado, mis amigas de fuera me cuentan que las mujeres se quedan cuidando a los be¬¬bés. No hay esta obsesión por trabajar, competir, tener dos casas y dos coches.

Nuestros ministros tienen varios hijos y hay ministras sin ninguno. ¿Casualidad? Las mujeres de cierta generación que han llegado a cargos de poder suelen ser solteras. Pero puede que si no hay más mujeres peleándose por estar ahí es porque no compartimos ese modelo de ejercicio del poder, no nos interesa como actividad ex¬¬clusiva. Rodando en Nuevos Ministerios, a las tantas, los guardaespaldas todavía esperaban a una ministra. ¡Vaya vida!

¿Habla de esto con sus amigos de la ETHP? Uf, hay crisis en el club. Mi generación está pasando el momento de decirse: he llegado a la mitad de mi vida, ¿esto es lo que me espera?, ¿voy a trabajar 12 horas hasta el fin de mis días?, ¿vale la pena? Eso unido a que estamos limpiando mocos en la hora de mayor plenitud creativa. Estamos aprendiendo a vivir sobre la marcha.

¿Ellos y ellas? Todos. Llevamos la pareja al día. Te dices: ¿me quedo o me separo? Llevas 15 años juntos, y si me voy, ¿qué pasa?, y si me quedo, estoy cómodo, pero se me escapa la vida. Todas esas nuevas preguntas y decisiones de la intimidad son las que me gusta ver y explorar en el cine.

Hay quien ve el 'nuevo cine' en algunas teleseries norteamericanas mientras deplora las españolas. Aquí nos encanta dar caña al audiovisual. Tengo varias teorías; una es que el cine y la tele son el arte popular de este tiempo, y como tal son nuestro espejo más directo. Si criticamos nuestra ficción audiovisual es porque re¬¬chazamos la imagen del espejo. Decimos: eh, que yo no soy así, soy más guapo. Y hay que ver si somos más guapos o así de corrientitos. El cine y la tele españoles los hacen españoles que cuentan las historias que les parecen relevantes.

Su familia es como la de 'Los Serrano'. Mi hija mayor es de una pareja, y la pequeña es de otra que, a su vez, tiene dos niños de otra relación, así que tenemos cuatro ni¬¬ños con diferentes padres y madres.

¿Y cómo se lleva eso? Bien. Cuando co¬¬nocí a Ray Loriga, los dos teníamos hijos pequeños, y me decía: "Qué suerte tienes siendo separada: un niño está bien para dos parejas". Pero en mi época de madre separada no me sentí agobiada porque tengo una madre al quite y el padre de mi hija es fantástico. Recomiendo a todos los separados la custodia compartida.

Ahí le sale la vena política. ¿Qué asuntos le remueven la conciencia? Buff, no acabaría. Me preocupa el modelo de vida que nos estamos armando, el consumismo entendido como calidad de vida, la sociedad de la información y la tecnología por encima de todo, concepto que detesto. El mal uso de la palabra derecho para venderte cualquier cosa, "tienes derecho a ADSL, un bolso nuevo o un Seat Toledo", pero no a cuestiones cruciales como la educación, o a participar en los objetivos y prácticas de la empresa para la que trabajas o de la que eres cliente; objetivos que pueden ser obscenos, inmorales o perjudiciales y que te tienes que tragar.

Pese a tanta comunicación, ¿estamos más solos? Es una falsa proximidad. Los hogares se alejan de la vida pública. Todo es un lugar de paso, la gente es de paso. Las conexiones se hacen más superficiales, y el compromiso con el otro, más liviano. La desconfianza, el temor a los extraños, la precariedad de los vínculos laborales, personales, de ciudadanía, tienen consecuencias en nuestro comportamiento, en las pequeñas grandes decisiones de la intimidad. Quiero investigar eso y contarlo.

¿Su postulado a la Academia se debe a ese interés por el colectivo? Y también con mi lado cursillista. La Academia tiene una parte sin explotar. Hay una nueva sede donde podríamos ha¬¬cer muchas cosas por la transmisión de conocimiento, la divulgación; hacer cosas interdisciplinares para el cine. Toda esa parte académica en sentido estricto me resultó apetecible.

Sin embargo, su única actividad conocida es la gala de los Goya. En la Aca¬demia de Hollywood, con tanto que nos gus¬¬ta mirar a Estados Unidos, la única acti¬¬vidad, aparte de su maravillosa biblioteca, son los Oscar. Las academias tienen como propósito difundir y promover su cinematografía, y unos premios son una plataforma para llamar la atención sobre un puñado de películas, el cine y sus profesionales. Sólo por eso merece la pena.

Hay una encuesta que concluye que el cine español no interesa por aburrido y previsible. En esa misma encuesta se preguntaba cuántas películas españolas ha¬¬bían visto, y la respuesta era una o ninguna. Si me preguntas de arte contem¬poráneo alemán, puedo decirte que es soporífero, pero no puedo opinar porque no lo conozco. Sobre lo que deberíamos reflexionar es por qué y cómo se ha extendido ese cliché. Sería muy interesante ha¬blar de ello; no sólo con cineastas, sino con sociólogos, antropólogos, historiadores. Aparte, creo que uno de los motivos por los que vamos al cine es para ver cosas diferentes. Una película extranjera te puede contar lo mismo que una española, pero estás viendo Nueva York, París, El Cairo… El exotismo es un plus.

'El orfanato' es española y ha roto la taquilla. Los clichés se pulverizan cuando una película funciona. Cuando se habla de cine español, pido que se especifique qué película exactamente es aburrida, cuál previsible y cuál horrible, porque ¿es que son iguales las de Álex de la Iglesia que las de Amenábar, las de Almodóvar o una película minoritaria? El cine español no es un género en sí mismo. Hay una va¬¬riedad enorme, y lo primero que habría que hacer es verlas para poder opinar.

Este año hay una eclosión de cineastas jóvenes: Bayona, Rosales, Viscarret. Se dice que el cine español va fatal, pero las escuelas están llenas, las películas españolas ganan premios internacionales. Si no interesa, ¿por qué tanta gente quiere hacer películas españolas? El problema es que no se distribuyen. Cada vez hay me¬¬nos cines, y sólo llegan ciertos títulos, a veces el mismo en cuatro multisalas.

¿Cree que el cine es un bien cultural a proteger del mercado? Tener cinematografía es un privilegio, una fortuna, y deberíamos estar contentos. Los que se quejan del cine español deberían lanzarse y hacer su peli. El cine es de todos, no es como un estanco. Hoy cualquier producto está protegido, desde el tabaco que mata hasta los coches que contaminan o los zapatos que hacemos en España. Soy una loca de los zapatos, si perdiéramos esa industria sería una catástrofe para mí. ¿Ves como lo privado y lo público van de la mano? P

Las cartas de Berta

María de los Ángeles González-Sinde Reig era un nombre demasiado largo para una adolescente en crisis, así que decidió llamarse Berta. Siempre se le dio bien crear personajes. Estudió filología clásica, pero su madre la animó a hacer un curso de guión tras años de tumbos por discográficas y editoriales: "Apúntate, que escribes muy bien cartas". Desde entonces, esta madrileña de 42 años, madre de dos hijas, vive del cuento.

'La buena estrella' (1997), su primer guión para el cine, firmado con Ricardo Franco, le reportó un Goya. La suerte dormida (2003), su debú en la dirección, otro a la mejor directora novel. Su libro Rosanda y el arte de birli birloque se saldó con el Premio Edebé de literatura infantil. Ha escrito más de una docena de guiones de televisión, cine y teatro. Presidió la Asociación de Guionistas antes de ser elegida presidenta de la Academia de Cine, a finales de 2006.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de diciembre de 2007

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