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El albañil que estafó al mayor banco del mundo

Casi analfabeto y anarquista, el navarro Lucio Urtubia fue el criminal más buscado en los ochenta. Puso en jaque al First National City Bank falsificando cheques. Ahora, una película recoge su vida. Nos recibe en su casa de París.

Artrítico y diabético, Lucio Urtubia Jiménez conserva, a sus 76 años, el espíritu rebelde, anarquista y revolucionario de su juventud. Albañil de profesión, contrabandista, atracador y secuestrador en defensa de sus ideales, llegó a poner de rodillas al First National City Bank norteamericano al inundar el mercado con miles de cheques de viaje falsificados en las postrimerías del franquismo. Le han llamado el buen ladrón, el último Robin Hood, el irreductible...

Durante décadas fue un referente de la lucha contra la dictadura. Su casa de París era -y sigue siendo- un refugio no sólo para libertarios, sino para gente de todo pelaje: etarras, montoneros, tupamaros, activistas de las Brigadas Rojas italianas o de Acción Directa... Su vida, cuajada de huidas, atracos -"expropiaciones" o "recuperaciones", según su terminología- y cárceles, ha sido llevada ahora al cine. Los directores guipuzcoanos José María Goenaga y Aitor Arregi son los autores del documental Lucio, realizado con apoyo económico del Ministerio de Cultura y del Gobierno vasco (además de EITB y TVE).

Ya desde niño, Urtubia dio muestras de sus futuros derroteros. "Yo soy de Cascante, en Navarra, y me dedicaba a azotar, con ramas de ortigas, las piernas de las niñas burguesas. Me detenían y, como mi madre era pobre y no podía pagar la multa de cinco pesetas, me metían a la cárcel", recuerda riendo a mandíbula batiente.

Nacido en 1931, el joven Lucio aprendió a jugar al ratón y al gato con la Guardia Civil desde muy temprano. Aprovechando que tenía un hermano camionero, empezó a contrabandear café, fruta y otras mercancías por la frontera franco-española. "Ahí aprendí que tú puedes ganar 99 veces, pero que, si pierdes una sola, ya te puedes dar por jodido. O sea, que el revolucionario no puede fallar nunca y que no te puedes dejar coger", afirma. Entonces robaba para sobrevivir. Y siguió haciéndolo en la mili. Los militares descubrieron el saqueo, y eso forzó al soldado a escapar a Francia en 1954. La otra opción era acabar fusilado.

Sin oficio ni beneficio, casi sin saber leer, Lucio trabajó en París de alicatador, un oficio que ha mantenido hasta jubilarse a los 73 años. "El trabajo es lo mejor y lo más revolucionario", sostiene. Y repite una frase que ha convertido en su lema: "Si el paro y la marginación crearan revolucionarios, los Gobiernos acabarían con el paro y la marginación".

Sus compañeros le preguntaron un día: "¿Tú qué eres?". Y él contestó: "Yo soy comunista". Y ellos replicaron: "¿Tú comunista? ¿Qué coño vas a ser comunista? ¡Tú eres anarquista!". Fue la primera vez que escuchó esa palabra, que desde entonces ha sido casi como su apellido, de tan pegada que ha vivido a ella.

Comenzó a relacionarse con las Juventudes Libertarias de la Fédération Anarchiste, en principio para aprender el francés, pero más tarde por convicción y porque allí pudo relacionarse con intelectuales de la talla de André Breton y Albert Camus. "Al poco de vivir en París, el anarquista Germinal García me pidió que escondiera a tres revolucionarios españoles. Uno de ellos resultó ser el mítico Quico Sabaté. ¡Cuando me enteré de quién era...! Porque entonces El Quico ya era conocidísimo entre nosotros. En la España franquista era el enemigo público número uno del régimen, pero para mí era dios", recuerda Lucio, pugnando con las lágrimas.

El encuentro con Sabaté, el célebre maqui que después sería asesinado en Sant Celoni en 1960, le marcó de por vida. El audaz guerrillero le facilitó a Lucio contactos con libertarios exiliados en Toulouse, Perpignan y París y con miembros de la CNT española en Barcelona, Zaragoza, Madrid y Pamplona.

Deslumbrado por su héroe Sabaté, empezó a emularlo realizando incursiones en territorio español. Posteriormente pegó una serie de robos y atracos por Europa armado con la metralleta Thompson que Sabaté le dejó como legado.

"En aquella época, las expropiaciones eran muy fáciles. Íbamos a cara descubierta. Los bancos no tenían cámaras de grabación, ni puertas blindadas, ni guardas de seguridad. Llegabas y los empleados se cagaban de miedo. Te daban todo en cuanto veían las armas. Pero a mí me gustaban poco. Tenía miedo de hacerle daño a los trabajadores, que no eran más que unos asalariados de los verdaderos ladrones que son los banqueros".

Su oficio de albañil le facilitaba una cobertura perfecta. Lucio Urtubia se levantaba antes del alba y se iba a la obra. Como un clavo. Después, al salir del tajo, se convertía en un revolucionario. Y así, con semejante tapadera, ¿quién podía pensar que detrás de ese hombre casi analfabeto, de manos ásperas y manchadas de yeso, había un ácrata? "Nadie. El trabajo ha sido mi salvación", contesta Lucio, ante una exposición fotográfica sobre la Guerra Civil montada en el caserón donde vive.

El viejo edificio está en la Rue des Cascades, en el barrio de Belleville. Es una zona cuajada de inmigrantes, escultores, viejos refugiados políticos, contestatarios, jóvenes antisistema... En las mismas calles en las que actuó el legendario bandolero Louis Dominique Bourguignon, Cartouche, famoso en el siglo XVIII por saquear a los ricos para ayudar a los pobres. Una especie de Robin Hood. "¿Ah, sí? Eso es lo que me han dicho a mí muchas veces: que yo he sido como Robin Hood. ¿Y quién es ese Robin Hood?", pregunta, cándido, el anarquista. Mantiene la mente lúcida, aunque los recuerdos se agolpan atropellada y desordenadamente en su cabeza. Camina con torpeza -la artrosis- y tiene que vigilar su nivel de azúcar en la sangre -la diabetes-. Pero invita al acompañante a dar un paseo por su barrio, donde conoce a todo el mundo y todo el mundo le conoce a él. El barrio está cuajado de imprentas. Le fascinan. Están muy ligadas a su vida y a su gran golpe: la falsificación de 8.000 hojas de 25 cheques de viaje de 100 dólares. Unos 20 millones de dólares de la época (los años ochenta).

Ya antes había comenzado su actividad de falsificador, de manera que no había exiliado que no tuviera documentos facilitados por él. "Yo no sé nada de imprenta. Mi mérito es que logré que trabajadores que sí sabían de eso hicieran carnés de identidad, pasaportes y cualquier documento. Los hacían idénticos y con los colores perfectos. Siendo un pelagatos, convencí incluso a empresarios para que arriesgaran su vida y su fortuna".

-Pues usted ha pasado a la historia como un hábil pendolista...

-¡Quiá! Yo sólo me ocupaba de dejar todo limpio en la imprenta. Rompía las pruebas, limpiaba los rodillos, los cauchos... Eso era muy importante, ¿eh? Una vez estaba quemando papeles en la chimenea y se quemó el hollín. Alguien llamó a los bomberos y llegó la policía cuando estaba en plena faena [ríe con ganas al recordarlo]. ¡Menos mal que me dio tiempo a esconder los papeles chamuscados!

En 1962 conoció al Che Guevara, al que propuso falsificar dólares americanos a gran escala. "Rechazó el plan diciendo que Estados Unidos seguiría siendo rico hiciéramos lo que hiciéramos. El Che no me gustó, me pareció flojo", dice.

Este viejo libertario ha saltado a la fama por ser el inspirador de un golpe maestro: la falsificación de 20 millones de dólares en cheques de viaje del First National City Bank, lo que estuvo a punto de llevarle a la quiebra.

"Compré en Bruselas 30.000 francos en travellers cheques con documentación falsa. Después compré el papel para las falsificaciones. Costó imitarlos. ¡Es muy difícil llegar a la perfección! Yo daba el visto bueno, pero no fabricaba los cheques porque no sé nada de imprentero.

-¿Cómo empezaron a dar salida a esas falsificaciones? ¿Nunca se dieron cuenta los bancos?

-Éramos un montón de equipos dedicados a colocar los travellers cheques. Primero entraba yo, y si todo salía bien decía a los demás: "La sala de baño está perfecta". Era la clave. Ahí empezaba la cadena. Los de los bancos, antes de pagar, miraban en una lista para ver si la numeración figuraba entre los robados o extraviados. Al ver que no, pagaban sin problemas. ¡Ja, ja, ja?! No podían estar en la lista porque llevaban la numeración de los que compré en Bruselas...

La primera oleada de cheques de viaje fraudulentos les reportó unos 300.000 francos, que sirvieron para financiar a montoneros, tupamaros y otros revolucionarios. Al poco, un ex cocinero de la cárcel de Segovia le confía a Lucio que tenía la posibilidad de vender todos los travellers cheques al 30% de su valor. ¡Menudo pelotazo! Pero después de una serie de citas con un norteamericano que estaba interesado en el negocio, el cerebro de la operación cayó en la trampa. Fue en junio de 1980 en el famoso café Les Deux Magots. Dio con sus huesos en la cárcel. "Es una falsificación de excelente calidad y por ello muy peligrosa", admitía un informe policial. Lo preocupante es que Lucio se niega a revelar dónde tenía escondidas las planchas de impresión. Y mientras este material esté ilocalizado, el banco corre el riesgo de sufrir un descalabro descomunal.

El astuto anarquista llevaba varios meses entre rejas, pero feliz al comprobar que había logrado poner contra las cuerdas al mayor banco del mundo. Sólo cumplió seis meses de presidio gracias a un acuerdo extrajudicial con el City Bank, que consiguió hacerse con las planchas de impresión a cambio de retirar los cargos y, según Lucio, abonar 50 o 60 millones de francos.

Lucio Urtubia es aventura y riesgos: cinco órdenes internacionales de búsqueda, incluida la CIA; un plan frustrado para secuestrar al nazi Klaus Barbie en Bolivia; la fuga del líder de los Panteras Negras; su mediación en el secuestro del diputado Javier Rupérez por ETA político-militar... "¡Bah! A los periodistas sólo os gustan estas historietas".

-¿Qué le parece la Ley de Memoria Histórica que impulsa Zapatero?

-No tenemos que olvidar lo que fue la dictadura. ¿Y esto de Fraga? ¿No dice Fraga que hay que olvidar? Fraga ya chochea. ¡Que olvide él, que tendrá remordimientos por mucho de lo que hizo!

"Yo no estoy de acuerdo con la violencia. Yo no estoy por matar a nadie. En España, con todos los inconvenientes que se quiera, hoy hay libertad", responde cuando se le pregunta por ETA. "La libertad es para mí como Dios: inexplicable".

Lucio se estrenó en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. La cinta llegará a cines de toda España próximamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de noviembre de 2007