La moral del arte robado

El Museo Frans Hals de Haarlem; el Rijksmuseum de Ámsterdam; la galería Mauritshuis de La Haya; el Centraal Museum de Utrecht y el Museo Municipal De Lakenhal en Leiden son algunos de los centros de arte holandeses que aguardan en vilo la decisión oficial sobre la devolución de la colección del marchante Nathan Katz. Su zozobra es comprensible.
Si la Comisión para la Restitución de obras del expolio nazi autorizara su regreso a manos de los hijos del comerciante judío, desaparecerían de la escena pública dos centenares de lienzos expuestos durante décadas. Mercado de caballos en Valkenburg, de Salomón van Ruysdael; El astrólogo, de Gerard Dou; La expulsión de los mercaderes del templo; de Jan Steen, o Vista de Dordrecht, de Jan van Goyen, que retrataron la vida del Siglo de Oro holandés, se convertirían en inasequibles imágenes de catálogo.
Sin embargo, desde que en 1998 el concepto de reparación moral se abriera camino para abordar el futuro de los bienes sustraídos por la Alemania nazi, nadie cuestiona la rectitud de decisiones similares. La nueva ruta trazada ese año por los denominados Principios de Washington, que protegen los derechos de los dueños legítimos, y por la londinense Comisión para el arte Saqueado no parece tener vuelta atrás. A no ser que las obras en litigio fueran vendidas sin coacciones, o hayan desaparecido sin dejar rastro documental. "Si son suyas, es legítimo que hagan lo que les plazca con ellas. El arte está repleto de colecciones privadas que nadie reclama para su disfrute público. Éstas de la guerra añaden una carga dramática y emotiva incuestionable", señalan en la Comisión para la Restitución.
A pesar de las buenas intenciones, los museos temen en silencio que la historia se repita. El año pasado, el Estado devolvió a la familia del marchante Jacques Goudstikker 202 cuadros procedentes de 14 salas nacionales. La falta de liquidez llevó a los descendientes a vender varios cuadros recién recuperados al propio Estado. Tenían que pagar a sus abogados.
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