Tocada y hundida

El caso de la literatura catalana es el más flagrante de todos los olvidos, incompetencias y mala fe. Ramón Llull es presentado como "una de las figuras intelectuales más prestigiosas del siglo XII", "fundador del catalán literario" y "uno de los mejores escritores catalanes", pero su acto fundacional es tan profundo que resulta paralizante: ningún otro autor catalán asoma obra y apellidos por las 860 páginas. Ni Bernat Metge, Anselm Turmeda, Joanot Martorell, Ausiàs March, Jaume Roig o Jordi de Sant Jordi prolongan la edad de oro medieval, pero tampoco Rodoreda, Pla, Espriu, Porcel, Riba, Monzó, Carner, Sagarra, Victor Català, Verdaguer, Foix o Cabré tienen derecho a ser "referencias" culturales del siglo XX para todos los europeos que leen, incluidos monegascos.

Hundir en la nada, silenciar toda una literatura, por más prestigioso que sea su fundador, hacerlo el mismo año en que se la ha invitado a la Feria de Francfort es algo que ni el franquismo se atrevió a hacer. Entonces era un idioma muerto, a cultivar en juegos florales, pero con pasado glorioso. Con las Lettres européennes. Manuel d'histoire de la litterature européenne, la literatura catalana no tiene derecho ni a ese reconocimiento.

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