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La tabla del cuatro

Entró en Internet a echar un vistazo a los precios y se quedó helado. Despreciando los céntimos –centavos, dirían allí–, los cálculos resultaban tan estrepitosos que llegó a dudar de la tabla del cuatro. Pero me la sé, se dijo luego, claro que me la sé, y ocho entre cuatro son dos, dos euros un trayecto medio en taxi, y veinte entre cuatro son cinco, la mejor parrillada del mundo desde cinco euros por persona, y cuarenta y seis entre cuatro son once euros y medio, once euros y medio un coche con chófer para ir desde el aeropuerto de Eceiza hasta el centro de Buenos Aires…

Los cálculos le beneficiaban, desde luego, pero no le produjeron alegría. La perspectiva de llegar como un potentado al país al que emigraron todos los hermanos de su bisabuelo y algunos de los de su abuelo le inspiró una extraña clase de melancolía. No logró pensar en cazadoras de cuero, en bolsos y maletas, en libros raros o joyas antiguas, aunque sabía que todo eso estaba allí y que acabaría comprando varios ejemplares de cada cosa. No podía pensar en eso, porque su memoria ya había empezado a bombardearle sin cesar con escenas que no había vivido, viejas imágenes en blanco y negro de las que apenas había visto alguna foto, rostros flacos y curtidos por el sol, fardos atados con sogas, maletillas de cartón, sonrisas forzadas y abrazos fuertes, y el dolor de los que se quedaban infiltrándose en el temor de los que se iban, y abrígate bien, y escribe, y ocúpate de que tu hermano tome leche todos los días, que todavía está creciendo… Se lo habían contado muchas veces. Todos los veranos de su infancia, al viajar hacia el norte, había visto algunas fotos, pocas, y el dedo huesudo, sarmentoso, de su abuela, señalando los rostros, los cuerpos, como si los acariciara. Éste es mi tío Tomás, que era hermano de mi padre, y éste, su primo Avelino, que era del pueblo de al lado –un año, y otro año, y otro más–, y mira, éste es mi hermano pequeño, que se marchó en 1927 y nunca le volví a ver… Su madre le dirigía unas terribles miradas de advertencia cuando dejaba escapar el menor indicio de desánimo. Para la abuela es importante contarte esto, le decía después, así que tú te aguantas y la escuchas, que no me entere yo de lo contrario…

Se habían marchado para huir de la pobreza, del hambre, de la ruina de unas pocas áreas cultivables que no daban de comer a tantas bocas. Se habían marchado para respirar, para avanzar hacia un horizonte inmenso, una avenida arbolada de abundancia, esmaltada de felicidad. Se habían marchado y no habían vuelto, y así se habían librado de lo peor, pero también de lo mejor. Los últimos supervivientes de la generación de su abuela no habían vivido la guerra, el miedo, el hambre, décadas de una miseria atroz, humillante, pero tampoco reconocerían su pueblo si ahora pudieran tomar el desvío de la autovía para circular por sus calles pavimentadas, el cielo plagado de antenas parabólicas, la mitad de los jóvenes fuera de casa, estudiando en la universidad, y media docena de locutorios para inmigrantes eslavos, marroquíes, iberoamericanos… ¡Qué pena!

No entiende por qué siente pena, pero eso es lo que siente, una tristeza inmensa, porque no puede calcular la prosperidad que no vivieron sus abuelos, que no vivieron sus vecinos, todos los que se quedaron, pero piensa en sus primos, esos parientes lejanos a los que no ha visto nunca, con quienes se va a encontrar ahora por primera vez, y se pregunta si aquel barco, aquel esfuerzo y tantas lágrimas merecieron de verdad la pena. Si los que emigraron se hubieran quedado en casa, sus nietos estarían ahora dudando, igual que él, de la tabla del cuatro. La paradoja endurece una experiencia en sí durísima, en este país nuestro de historia dura, áspera, no menos dura, no menos áspera, que la del país donde vivió y sufrió la mitad de su familia. Y eso no es lo peor. Lo peor es que en este mundo se ha acabado ya hasta el dudoso consuelo de las paradojas. Que los miles de personas que mueren y siguen muriendo en el Estrecho no tendrán nietos, y quienes los tengan, nunca les escucharán decir que se lamentan de haber abandonado su país original, porque la riqueza y la pobreza cada vez se parecen más a las papeletas de una rifa amañada, en la que siempre ganan y siempre pierden los mismos.

Todo eso piensa, y por un instante, dividiendo entre cuatro, hasta se arrepiente de haberse decidido por fin a hacer este viaje.

Sobre la firma

Almudena Grandes

Madrid 1960-2021. Escritora y columnista, publicó su primera novela en 1989. Desde entonces, mantuvo el contacto con los lectores a través de los libros y sus columnas de opinión. En 2018 recibió el Premio Nacional de Narrativa.

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