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domingo, 14 de octubre de 2007
Reportaje:

El museo de los horrores

El Museo Nacional de Ciencias Naturales, uno de los más antiguos del mundo y dotado de un plantel excepcional de investigadores, tiene un lado oscuro, muy oscuro. El 99% de sus fondos se apila en malas condiciones en unas naves a las afueras de Madrid. Por primera vez abren sus puertas para denunciar el caos.

El esqueleto de un jabalí de 1768 sale del retrete y se abre paso entre cientos de gigantescos huesos de ballenas apilados en desorden en los lavabos. Las duchas están reservadas para las mandíbulas de otra ballena, los colmillos de un elefante y viejas pieles acartonadas de ginetas y gatos monteses, adornadas con telarañas. En otro almacén, osos, monos, cebras, rinocerontes y miles de aves de todos los rincones del mundo fijan la mirada en los visitantes ocasionales o asoman la cabeza entre cientos de cajas con gestos que, gracias a las magníficas naturalizaciones que se hicieron con ellos, parecen suplicar un destino mejor que estas naves de las afueras de Madrid.

Las colecciones del museo están cuantificadas en más de nueve millones de ejemplares

Hace seis años, el desastre rondó estas instalaciones. Una de las naves se inundó

"Siempre inquilino de precario y huésped molesto en casa ajena", dijo el director Emiliano Aguirre

Óscar Soriano, vicedirector: "Hemos insistido en el peligro evidente de perder colecciones"

Los expedicionarios, taxidermistas, investigadores o conservadores que los capturaron, disecaron, estudian o cuidan también desearían que se expusieran o conservaran de forma más digna en el museo de ciencias al que pertenecen. En el museo donde, junto a ellos, podrían ver la luz otros miles de tesoros de la naturaleza mundial, desde incunables, mapas e ilustraciones de la literatura científica hasta restos fósiles y colecciones entomológicas únicas por su belleza y valor. En el museo situado en la capital de un país que contiene, y se vanagloria de ello, la mayor biodiversidad de Europa occidental. En las condiciones actuales, estos deseos parecen inalcanzables.

El Museo Nacional de Ciencias Naturales, uno de los más antiguos del mundo, expone menos del 1% de sus fondos, cuantificados en más de nueve millones de ejemplares repartidos entre vertebrados, insectos, moluscos, fósiles, minerales, libros, fotografías e ilustraciones. Imposible exponer este patrimonio en el edificio cercano al madrileño paseo de la Castellana. Ni siquiera otro 1%. Por primera vez, los lectores pueden conocer dónde está el verdadero museo y en qué situación se encuentra. Puertas de naves industriales, de edificios ruinosos, de sótanos, de despachos y de salas con armarios y miles de cajones con millones de muestras se abren y tras ellas salta la belleza, la sorpresa, la indignación.

Viejos edificios del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (organismo al que está adscrito el museo) situados en el polígono industrial de Arganda del Rey (Madrid) acogen la parte más voluminosa de los fondos de las exposiciones. "Aquí está gran parte de lo que a la gente le gustaría ver expuesto", confirma Josefina Barreiro, conservadora responsable de la colección de aves y mamíferos. Para cualquier aficionado a la naturaleza, destapar algunas de las cajas de las naves de Arganda lleva aparejada una sensación similar a la que sienten los niños al abrir un sobre sorpresa. Emoción y expectación. Te puede tocar un búho real, un ganso egipcio y una garza real, o un castor, una marta y un mono arborícola. Josefina Barreiro recoge con especial mimo una pequeña pieza de un ave parecida a un petirrojo. "Este trozo resulta importantísimo para saber cómo se realizó exactamente la naturalización e intentar conseguir una similar a partir de ella". La mayoría presenta aún buen estado de conservación, aunque no se sabe por cuánto tiempo. Hace seis años, el desastre rondó estas instalaciones, y a Josefina le tocó vivir con angustia el rescate de muchos ejemplares tras la inundación de uno de los edificios. Ya entonces, los responsables reconocieron que existía un problema serio de falta de espacio y había que buscar un sitio alternativo para la conservación de los ejemplares.

Este estado de precariedad no viene de ahora. Con escasos periodos de bonanza y entendimiento entre ciencia y política, como los vividos bajo la dirección de Ignacio Bolívar (1901-1936) y durante los primeros Gobiernos socialistas (1982-1990), la historia de esta institución desde su constitución (1771) ha vivido pulsos continuos de directores, conservadores y científicos reclamando más espacio y presupuesto para exponer, cuidar y hacer viable para su investigación el patrimonio que encierra. "Antes del verano volvimos a poner en conocimiento del CSIC el lamentable estado en el que se hallan algunas colecciones, el deterioro de determinadas piezas -algunas únicas e insustituibles- y el peligro evidente de perderlas", declara Óscar Soriano, actual vicedirector de Colecciones. Una pérdida de incalculable valor, ya que centenares de científicos de todo el mundo acuden aquí en busca de especies, de tejidos y de muestras de ADN para investigar en diferentes campos, incluida la medicina. Sólo en tejidos se realizan 800 préstamos al año.

Políticos ineptos, guerras de la Independencia y Civil, expolios, represalias franquistas a lo que se consideraba un nido de rojos y masones, promesas incumplidas y burocracias incomprensibles han contribuido a que un museo catalogado como gran instalación científica europea por sus colecciones e investigaciones tenga cientos de miles de restos fósiles apilados en cajas en un sótano atacado por la humedad y con un difícil y peligroso acceso por una escalera de desiguales escalones. "Esto está lleno de incomodidades, y la falta de luces y espacios adecuados obliga a moverte con un cuidado extremo, tanto por los fósiles que manejas como por tu propia integridad física", afirma Celia Santos, conservadora de la colección de invertebrados fósiles y paleobotánica y una de las dos únicas personas que trabajan en un departamento que invierte tiempo en conservar, inventariar, buscar y ceder muestras, recolocarlas y atender labores administrativas. Dos personas ante la mayor y más variada colección de España, con representación de todos los yacimientos de nuestro país y de todos los periodos; en total, sólo en invertebrados fósiles, la cifra sobrepasa el millón de ejemplares.

De tan injusta manera se pagan los servicios prestados por el museo a la ciencia y la cultura. En la actualidad, sus fondos se utilizan en diferentes exposiciones en A Coruña, Córdoba, Valencia, Brasil, Estados Unidos y Canadá, y en sus comienzos nutrieron las primeras vitrinas de los museos de América, Antropología y Arqueológico, e incluso de la Biblioteca Nacional y la pinacoteca del Prado, edificio diseñado por Juan de Villanueva en 1780 para albergar el Real Gabinete de Historia Natural, embrión del actual museo. La cercanía del Real Jardín Botánico, la faz vegetal de las colecciones naturales, con diseño del mismo arquitecto, explica la primera intención de situar a su vera las de zoología, geología y paleontología. Otro edificio cercano, el Palacio de Fomento, sede del actual Ministerio de Agricultura, también estuvo entre las sedes candidatas. Se perdieron entonces varias oportunidades de oro para situar al museo en el eje cultural Recoletos-Prado, y que sus colecciones, exposiciones y actividades resaltaran junto a las que posteriormente llegaron con el Reina Sofía, el Thyssen-Bornemisza, el Arqueológico, la Casa de América o la Biblioteca Nacional.

Tras un azaroso paso por los bajos de esta última, después de ser literalmente expulsado en 1895 de su ubicación en la calle de Alcalá para ampliar las oficinas del Ministerio de Hacienda, se eligió finalmente un enclave que al principio no pintaba mal. Sería en la colina de los Chopos, donde posteriormente se instalarían, siguiendo sus pasos, notables edificios como la Residencia de Estudiantes. Sin embargo, desde el principio se sabía que también aquí se estaría de prestado. Se decidió situarlo en el Palacio de la Industria y Bellas Artes, donde comparte espacio en minoría con la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, que parte por la mitad las exposiciones de zoología y geología. "Siempre inquilino de precario y huésped molesto en casa ajena", resumía Emiliano Aguirre, reputado paleontólogo, artífice del éxito del yacimiento de Atapuerca y director en los años ochenta, en la introducción a un libro sobre la historia del museo hasta 1935.

Pero la dejadez ha llegado hoy a un punto sangrante. Simples módulos de obra prefabricados albergan los trabajos de parte de una respetada comunidad científica que sobrepasa las 300 personas. Con ello se refuerza la imagen esperpéntica de un centro que, por otro lado, es el más prolífico en proyectos de investigación de los adscritos al área de Recursos Naturales del CSIC y presenta un índice de impacto entre publicaciones científicas equiparable o superior al de los museos de historia natural de Londres, Berlín, Nueva York, Washington o París.

No hay hueco para las tinieblas en instalaciones como las de la capital francesa. En 1994, los diferentes ministerios implicados en su conservación contrataron los servicios de afamados arquitectos e incluso directores de cine para remodelar la que es ahora una de sus exposiciones estrella, la Gran Galería de la Evolución. Para contarlo todo, en París, los arquitectos Paul Chemetov y Borja Huidobro, y el realizador René Allio, disponían de partida con 6.000 metros cuadrados para imaginar y montar su gran obra, superficie a la que hay que añadir las exposiciones de minerales o la de paleontología. En Madrid, la evolución, la zoología, la geología, la paleontología e incluso la biblioteca ocupan, en total, 4.300 metros cuadrados.

"Yo también digo que el problema de espacio que tenemos es grave. Si no fuera así, nosotros nos podríamos plantear montar igualmente grandes exposiciones, incluso mejores, relacionadas con la biodiversidad, la evolución, el cambio climático?". Alfonso Navas, actual director, no se aparta de la línea crítica mantenida por sus antecesores, aunque matiza que, como organismo del CSIC, "tenemos un presupuesto importante destinado a investigación, pero una partida muy reducida para conservación, divulgación y exposición". En su despacho, que alberga parte del mobiliario que utilizaron el conde de Floridablanca y los primeros directores en la segunda mitad del siglo XVIII (Antonio de Ulloa y Franco Dávila), busca afanosamente la cifra con la que trabajaron durante 2006. Se da otra situación de pasmo cultural: la cifra fue de 300.000 euros para exposiciones. Sólo la factura del servicio de vigilancia del museo asciende a 400.000 euros. "Todas estas carencias nos castran profundamente y nos impiden crecer, porque no podemos montar las exposiciones que nosotros quisiéramos, acorde con nuestras colecciones, y estamos condicionados a aceptar las que patrocinan empresas e instituciones", remata el vicedirector, Óscar Soriano.

Sólo el empeño y el celo profesional de una plantilla reducida mantienen en alto el listón de unos fondos abocados al desconocimiento del mundo exterior. Soriano entró a formar parte del museo en 1985, gracias a un programa de recuperación de las colecciones que supuso la contratación de nuevo personal cualificado y el inicio de uno de los periodos más fructíferos. "La conservación es tarea complicada cuando te encuentras ante cientos de miles de moluscos amontonados en cajas de madera; hay que limpiar, buscar etiquetas, recurrir a diarios de expedición y conseguir el mayor número de citas sobre captura, fecha, localidad, etc. Ni para nosotros como investigadores, ni para el público en las exposiciones sirve de nada observar un caracolito del que no sabemos ni su nombre, ni de dónde procede", explica el vicedirector mientras despliega una esplendorosa colección de caracoles terrestres de Cuba y Filipinas. Colores, formas y tamaños inverosímiles salen y entran de cientos de bandejas que dan testimonio del pasado colonial de España, aspecto decisivo para que Carlos III encargara en 1771 la creación del Real Gabinete de Historia Natural. En su interior había que alojar valiosas piezas zoológicas y geológicas que se traían de las posesiones del imperio español. A ellas se unían las que procedían de las primeras expediciones científicas, como las de Alejandro Malaspina (1789-1794) y la del Pacífico (1862-1866). De esta última hay muestras repartidas por todo el museo, incluida una de gran relevancia protagonizada por insectos.

Isabel Izquierdo ocupa ahora el puesto de conservadora responsable de la colección de entomología, y cita la herencia de la expedición del Pacífico junto a otras de gran relieve cedidas por algunos de los naturalistas más importantes del siglo XIX (Mariano de la Paz Graells, Eduardo Carreño, Juan Mieg, Teodoro Seebold). Izquierdo se esfuerza en mostrar el lado positivo mientras exhibe cajones repletos de mariposas de encendidos colores, escarabajos, saltamontes, insectos palo? "Nos felicitan desde el extranjero por el diseño de cajas que hemos hecho para lograr una mejor conservación que impida que polvo, gases tóxicos y otros agentes ataquen a las colecciones". A pesar de sus esfuerzos y el de otras tres personas que velan por el mantenimiento de cuatro millones de ejemplares pertenecientes a 40.000 especies, sólo se ha podido cambiar a cajas idóneas entre el 15% y el 17% de la colección entomológica. A todo ello hay que añadir la gestión de un tráfico de salidas y entradas cercano a los 13.000 ejemplares anuales.

Otra fuerza viva dentro del museo es Carmen Velasco, técnica especialista del servicio de documentación. Mientras recuerda lo mal que se pasó con la ocupación francesa y la etapa franquista, se enfunda unos guantes y con extrema delicadeza extrae de unos maperos láminas y documentos originales pertenecientes a las primeras colecciones que engrosaron el museo: las de su primer director, Pedro Franco Dávila. Algunas, datadas entre 1760 y 1763, pertenecen al pintor y dibujante francés Jacques Philippe Caresme, y representan moluscos con un realismo que salta de las láminas. Nueve fondos de documentación con archivos textuales y uno especial con fotografías, iconografías y láminas forman otro tesoro que se repasa mientras van saliendo otros nombres señeros de la historia y la ciencia española y mundial relacionados con el museo: Jorge Juan, Godoy, Humboldt, Carlos Linneo, Félix de Azara, José Celestino Mutis? Durante la conversación con la archivera, un elemento extraño viene a corroborar la precaria situación. Una gotera obliga a cubrir rápidamente con plásticos los archivadores. No habrá inundación como en Arganda del Rey el año 2002, pero Carmen avisa: "No es la primera gotera que aparece. No estamos en un sitio bien acondicionado porque este edificio no se hizo para el museo, y eso se acaba pagando".

A la hora de buscar soluciones, desde la dirección se ponen sobre la mesa dos. La que más se defiende pasa por construir nuevos edificios a la espalda del museo para los laboratorios y como almacén apropiado para las colecciones. De esta manera se libera todo el espacio actual (11.000 metros cuadrados) sólo para exposiciones. "El CSIC nos ha prometido la cesión de un edificio de unos 2.000 metros cuadrados aledaños al museo", recuerda el director. Un primer paso en la buena senda.

Como segunda opción, de mayor potencial, queda la de trasladar a los ingenieros industriales a otras instalaciones, aunque esta operación es vista con menos simpatías por plantearse a más largo plazo. José Luis Antoñanzas, vicepresidente de la Sociedad de Amigos del Museo y una de las personas más activas en los últimos tiempos en la recuperación y consolidación de la parte expositiva y divulgativa, opina: "Será difícil obtener lo que el museo se merece mientras se dependa sólo y tan estrechamente de un organismo de investigación y de ninguno de cultura".

Ministerio de Educación y Ciencia, Ayuntamiento y Comunidad de Madrid conocen las carencias, demandas y propuestas porque, entre otros acercamientos realizados desde la dirección, están representados en el patronato del museo. El Ayuntamiento ha hecho saber que daría ayuda si se tiene en cuenta la segunda opción, para lo que facilitarían el traslado de la Escuela de Ingenieros a otro punto de la ciudad. La Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid dice no haber recibido una petición expresa por parte del museo, y el Ministerio de Educación, del que depende el CSIC y, por tanto, principal responsable en la toma de decisiones, calla y no contesta. Una postura que mina la paciencia de las personas que trabajan en y por el museo, pero también la de los visitantes. Algo debe de notar la gente cuando la media de entradas en los años setenta rondaba las 600.000 anuales y ahora no pasa de las 200.000.

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