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viernes, 5 de octubre de 2007
Tribuna:

Un espectáculo para los vivos

Supongo que este artículo me va a ganar reproches y antipatías sin cuento, pero qué se le va a hacer. Esta sociedad, tras unos años de comprensión de la diversidad, está volviéndose a hacer tan intolerante ante ciertos asuntos -tradicionalmente lo fue- que cualquier voz disonante casi causa indignación. En gran medida son culpables nuestros medios de comunicación, dedicados a magnificarlo y exagerarlo todo y a convertirlo en escándalo o espectáculo. Lejos de seguir el viejo precepto que a menudo le oí a mi padre -"No se debe conceder importancia a lo que no la tiene"-, parecen decididos a contravenirlo, es decir, a dar enorme importancia a las nimiedades. No es raro que hoy, en los telediarios de todas las cadenas, el locutor anuncie alguna "bomba" en forma de declaraciones de alguien -sea un político o un deportista-. A continuación las emiten, y las tales declaraciones "polémicas" o "tremendas" suelen ser, a lo sumo, una leve insinuación de alguna crítica o queja, si no una chorrada sin trascendencia. Pero el espectador medio tiende a quedarse con el envoltorio, con el anuncio de que va a oír algo llamativo o impertinente, y por mucho que las palabras que luego salen de la boca de Luis Aragonés o de Zaplana sean una mera parida como los centenares de ellas que nos brindan desde hace años, se queda haciéndose cruces y exclamando: "¡Hay que ver! ¡Qué fuerte!"

El grado de histrionismo aumenta con las desgracias, y el mayor ejemplo lo vimos hace mes y pico con la desdichada muerte del futbolista Puerta, del Sevilla. Sin duda es muy triste que un muchacho pierda súbitamente la vida, y para su familia y sus allegados es una irreparable tragedia personal. El hecho de que se tratara de un jugador conocido -pero no era Ronaldinho ni Zidane ni Raúl-, y de que además se desplomara en medio de un partido, y de que durante unos días se debatiera entre la vida y la muerte, añadió dramatismo al caso. Bien, hasta ahí se comprende sin esfuerzo. Lo que ya no se comprende es lo que vino después. Yo vi cómo TVE, supuestamente la cadena más seria, interrumpía su programación e intercalaba un avance informativo, como cuando se produce un atentado grave de ETA, para comunicar el fallecimiento del pobre muchacho. También vi cómo casi todos los telediarios abrían con esa noticia y sus secuelas, durante varios días. Cómo los histéricos periodistas deportivos pedían, exigían, que no se celebraran más partidos esa semana. Cómo el Presidente del Madrid, Calderón ?que, para no ser menos, rivaliza en inteligencia con aquel ex-Presidente del Barça, Gaspart?, hacía caso y suspendía la disputa del Trofeo Bernabéu, y cómo sobre el Barça ?el único club normal en este asunto? llovían censuras por no cancelar a su vez el Trofeo Gamper y limitarse a guardar un minuto de silencio en memoria de Puerta. Cómo, a lo largo de semanas, todos los futbolistas de todos los equipos alzaban su dedo al cielo cada vez que metían un gol, hubieran conocido o no al fallecido. Y cómo Sevilla medio se paralizaba con sus exequias. Pero en fin, Sevilla, ya lo sabemos, tiende a ser muy festiva en las fiestas y muy desgarrada en las desdichas, y además el jugador era de allí. Lo que resulta desproporcionado, y hace sonar una nota inevitablemente falsa y teatral, es que se sevillanice todo el país.

Son pocos los futbolistas que mueren en el terreno de juego, si consideramos cuántos saltan a ellos cada semana, en el mundo entero. Y muere gente en todas partes, en las oficinas, en las carreteras, en las obras, en sus casas. Para los allegados es terrible, sí, pero el mundo no se para, como nunca se ha parado por los miles de millones de muertos de la historia. Ahora hay pretensiones desmesuradas: que no se jueguen partidos, que se suspenda esto y lo otro, que asista algún Ministro al entierro, que todo el mundo participe del duelo. Es como si una parte de la sociedad hubiera tomado al pie de la letra los emotivos versos de Auden -popularizados por la película Cuatro bodas y un funeral- que empiezan así: "Parad todos los relojes, cortad el teléfono, no dejéis que ladre el perro ante su sabroso hueso, silenciad los pianos y con amortiguado tambor sacad el ataúd, que vengan las plañideras". Es el lamento por la pérdida del amigo, la expresión de la íntima necesidad de que nada siga al interrumpirse la vida de un ser querido. Pero después Auden añade: "Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y Oeste, mi semana de trabajo y mi domingo de descanso, mi mediodía, mi medianoche, mi hablar, mi canto -" Pasa a lo personal, el único ámbito al que en realidad pertenecen las muertes. No se puede obligar a guardar luto a los demás, y eso es lo que hoy se hace en España a veces, so pena de ser tenido por un desalmado, un insensible, un duro de corazón. Es como si en algunas cosas hubiera una exigencia de unanimidad -un totalitarismo de fondo-: "Ha ocurrido esta desgracia. Que todo se pare, y nadie quede sin llorar públicamente". En ocasiones así uno se pregunta qué se ha hecho de la vieja sobriedad española, del pudor, la entereza, la austeridad famosa, la involuntaria elegancia de las gentes de este país. Claro que, si recordamos el histerismo colectivo sobrevenido a la reservada y estoica Inglaterra cuando murió Lady Di, habrá que concluir que el fenómeno es universal. Quizá es que hoy se detesta y teme tanto la muerte que la única forma de enfrentarse a ella sea convertirla en un espectáculo y una celebración. Aunque sea a costa del finado; y para los vivos, claro está.

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