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Editorial:

El BCE da un respiro

El Banco Central Europeo (BCE) decidió ayer mantener invariables los tipos de interés en el 4% para no añadir más leña al fuego después de las actuales turbulencias financieras mundiales. La medida ha sido recibida con alivio y júbilo. Su presidente, Jean-Claude Trichet, afirma que es conveniente recabar más información sobre la crisis dado el alto nivel de incertidumbre antes de sacar conclusiones. Cuando el miércoles, un día antes de la reunión de gobernadores, la entidad anunció su disposición a intervenir de nuevo en los mercados inyectando liquidez para aliviar la grave tensión monetaria, estaba admitiendo implícitamente lo insensato que hubiera sido seguir alimentando la expectativa de que se produjera otra subida de tipos tras la última de medio punto en junio. Con la convulsión presente, no había otra alternativa que tratar de normalizar la actividad bursátil. Pese a ello, la calma no está ni mucho menos garantizada.

Los mercados mundiales están sufriendo fuertes tensiones. Los tipos de mercado han experimentado alzas notables similares a las que motivaron la inyección de liquidez del 9 de agosto. El riesgo se ha instalado entre los grandes operadores, bancos e inversores. La razón es el desconocimiento de la extensión de esos paquetes de activos en los que están incorporadas las hipotecas

subprime estadounidenses, de baja solvencia, desencadenantes de esta seria crisis de confianza. En tales circunstancias, como han hecho otros grandes bancos centrales, y el propio BCE ha reconocido, ahora lo prioritario es garantizar el correcto funcionamiento de los mercados y evitar que las serias disfunciones contagien más de lo que ya han hecho a la actividad de las economías.

Europa, la eurozona en concreto, inició hace pocos meses una recuperación largamente esperada sin tensiones inflacionistas. A pesar de ello, un discutible exceso de celo del BCE le llevó en agosto a insinuar que el recorrido alcista de los tipos, tras ocho subidas en un año y medio, no había concluido, albergando la expectativa de otra más. Afortunadamente ha optado, cuando menos, por esperar a que retorne la normalidad. La credibilidad antiinflacionista de la institución que preside Trichet no se ha resentido con la decisión de ayer, al tiempo que ha reforzado la confianza de los ciudadanos a cuyo bienestar ha de servir.

Pero en modo alguno el BCE ha de bajar la guardia; como alerta han de mantenerse las instituciones supervisoras españolas, el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Conocer el impacto de la crisis en las entidades españolas, presumiblemente muy limitado, es la primera de las providencias para fortalecer la confianza en el sistema financiero español como uno de los más solventes del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de septiembre de 2007