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jueves, 30 de agosto de 2007
Reportaje:

Descargas de adrenalina

Deportes de riesgo, conductas suicidas, vivir la vida a tope son situaciones extremas y a menudo buscadas para sentir los efectos de una subida de adrenalina, la hormona vital para el instinto de supervivencia. Quienes se apuntan a esta locura que es ya una moda necesitan sentirse poderosos y libres de miedos.

Vivir al borde del abismo. Pisar el acelerador al entrar en una curva. Saltar desde un puente a una altura de 100 metros y disfrutar de una caída libre atado sólo por los tobillos. Todo eso con el único fin de conseguir una sensación de poder y de libertad a la que sigue un cansancio intenso y placentero, que sólo se consigue con una buena descarga de adrenalina.

Los diseñadores de los parques de atracciones ya no saben cómo conseguir satisfacer el hambre de emociones fuertes de su clientela. "La tendencia es la adrenalina", decía en una entrevista a EL PAÍS Amós Casas, directivo de Amusement Logic, una empresa valenciana que construye piezas para parques acuáticos. "A medida que crece la competencia, hay que llamar la atención con distracciones más impactantes".

¿De dónde viene esta locura por el riesgo? "Soltar adrenalina por un tubo", ésa y no otra es la aspiración de Sergio, un madrileño de 30 años, que ha experimentado y sigue dispuesto a probar toda actividad que le ponga los pelos de punta. Lo último: lanzarse en un paracaídas y apurar todo lo que pueda el momento de abrirlo. Es un reto, cuando lo supera se impone otro, y así un largo etcétera. "Todo lo demás me aburre, y un poco de peligro me da vidilla".

El rey del mambo con una hormona. En Estados Unidos, expertos en acuñar síndromes y patologías decretaron en 1993 la existencia de los adrenaline junkie (yonquis de la adrenalina), y los definieron como sujetos que, consciente o inconscientemente, buscaban excusas varias para segregar su dosis de adrenalina. La propia descarga de la hormona les crea una falsa ilusión de poder que les anima a ir a por nuevas dosis cada vez mayores.

El neurólogo Nolasc Acarín Tusell, autor de El cerebro del rey (RBA, 2002), recuerda que la adrenalina es una hormona que circula por el organismo y aumenta ante los estados de estrés. Es un recurso del sistema nervioso simpático para ayudar al cuerpo a adaptarse a una situación nueva, desconocida. "Ante un estímulo exterior poco controlado, el individuo se pone en guardia. La adrenalina varía la frecuencia respiratoria y cardiaca, llega más sangre al cerebro, los músculos se tensan, las pupilas se dilatan y la visión se agudiza. Esta sustancia nos permite mantener un estado de atención sin cansarnos y tomar decisiones rápidas. Es el mismo mecanismo que se ponía en marcha hace miles de años cuando nuestros ancestros se cruzaban con una fiera en medio de un bosque y debían decidir inmediatamente si atacaban o huían".

La situación de peligro produce una descarga de adrenalina que también se acompaña con un aumento de las endorfinas, a veces llamadas las hormonas del placer, responsables del bienestar que llega tras la tensión. El doctor Acarín resume que los efectos psicológicos de una descarga de adrenalina son "euforia, alegría y la sensación de ser el rey del mambo". "Te sientes potente -otra cosa es que lo seas-, crees que eres el dueño, que puedes elegir entre el bien y el mal".

Opción: vivir peligrosamente. Pero entonces ¿no estábamos ya suficientemente estresados como para seguir pidiendo más marcha? El doctor Acarín marca las diferencias entre las pequeñas y especiales situaciones de estrés de corta duración y la angustia continuada de, digamos, un episodio de acoso laboral. "El estrés reiterado también moviliza adrenalina. Una persona que sufre mobbing en su puesto de trabajo intenta estar al quite: escapar, quejarse y, a la vez, cumplir con sus obligaciones. Pero cuando la situación se repite, la capacidad de reacción se agota, la adrenalina no alcanza y el individuo enferma. La acción ya no supone una sensación placentera y se pasa a un estado de declive que, probablemente, está detrás de muchas enfermedades como la psoriasis, la fatiga crónica, la fibromialgia y hasta la hipertensión arterial".

¿Estrés en la vida moderna? Al doctor Nolasc Acarín le hace gracia que se repita que los urbanitas de hoy sufren mucho estrés. "¿Alguien ha pensado en los grandes problemas que tenía el hombre del paleolítico? Estaba amenazado por las fieras, por las enfermedades, se moría de hambre y se pasaba la vida corriendo por el bosque. Aquello sí era estrés. Y nuestro cerebro es básicamente igual al de aquel hombre, pero nuestra vida corre menos peligro y tenemos muy poca actividad física. Así que de vez en cuando nos gusta asustar al sistema nervioso para segregar un poco de adrenalina". Por esto los hay que se enganchan al gimnasio, a los deportes extremos o a la velocidad. Nos buscamos peligros aparentes, riesgos controlados, deportes de riesgo, falsas contingencias que nos aseguren nuestra dosis de emociones fuertes.

En el fondo, todo es mucho más básico, simples reacciones químicas. Cuestión de una dosis de adrenalina.

Efecto montaña rusa

Cuando la montaña rusa inicia su carrera, las rápidas subidas y bajadas confunden al cerebro. “Los conductos del cráneo se emborrachan, se aturden, se hacen un lío y se produce una sensación de vértigo. Cuando la gente baja, dice que se lo ha pasado muy bien. Sin embargo, en situaciones normales, una crisis de vértigo es una experiencia terrible. Creo que es por el único trastorno orgánico por el que la gente es capaz de pagar”, dice el doctor Nolasc Acarín. Los cambios vertiginosos de altura de la montaña rusa suponen una situación de alerta, un corto periodo de estrés que garantiza una descarga de adrenalina sobre seguro.

Euforia y poder

El efecto adrenalina también se busca con algunas drogas. La más conocida es la cocaína. Para los químicos es la que mejor remeda la acción del sistema nervioso simpático en su producción de adrenalina. Produce todas las sensaciones de una descarga de la hormona, pero es más peligroso. “Al ser un tóxico externo, hay más riesgo porque una dosis excesiva puede cerrar las arteriolas y provocar un infarto en el corazón o en el cerebro”, explica Acarín. Esta droga deja una sensación de euforia y de control muy parecida a la que sigue a una descarga de adrenalina. “Es un gran engaño, parece que tienes una capacidad infinita de hacer cosas, por ejemplo, de conducir durante horas y horas, estimula la actividad sexual y hace desaparecer el cansancio”. Es una sacudida de poder que engancha, y mucho.

La hormona de la acción

La adrenalina es segregada por las glándulas suprarrenales. Su presencia en la sangre aumenta en situaciones de tensión emocional. Ha sido fundamental para la supervivencia de la especie humana. Empuja al individuo a la huida o a la acción, y a tomar decisiones en centésimas de segundo. A veces, ante una emergencia se hacen cosas raras, que no son coherentes con nuestro temperamento. La culpa es de la adrenalina, que diluye el pensamiento racional y nos convierte en mamíferos en peligro.

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Periodista. Former J.S. Knight Fellow at Stanford University
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