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Crítica:NUEVAS ARMAS PARA LA NOVELA NEGRA

Luz de espías

He aquí lo mejor de Alan Furst y sus espléndidos mundos en la Europa de los años treinta y cuarenta, novelas históricas, de espionaje y de guerra, esa prolongación de la política, si es que la política no forma parte de la guerra sin fin entre bondad y maldad.

Atacada Polonia en la agonía del verano de 1939, el capitán Alexander de Milja, especialista en mapas, se integrará en la resistencia clandestina en Varsovia contra el invasor alemán. El combate se extiende azarosamente de la Inglaterra bombardeada a los bosques de Ucrania, con eje en un París de colaboracionistas y fugitivos, como salido de la imaginación de Patrick Modiano y la realidad de Joseph Roth, y dibujado por un Hergé menos humorístico y más heroico-erótico de lo habitual.

El agente secreto huye y, en el mismo movimiento, busca al enemigo para enfrentarse con él. Es amante de mujeres extraordinarias como apariciones, y especialista en cambiar de personalidad, poeta ruso de vanguardia o industrial carbonero checo. Vive a través de muertes y metamorfosis, contra el cruel alemán, la pusilanimidad francesa, el tosco estalinismo sangriento. Su patriotismo es una forma de internacionalismo, una especie de amor propio compartido. Sabotea transportes de tropas, salva el oro del Banco Nacional de Polonia, asalta cárceles. Trabaja con mujeres espías que, en el momento de ser detenidas, muerden una ampolla de cianuro. El oficial polaco es la mejor novela de Furst, en justo equilibrio entre la percepción de la situación histórica y la acción fulminante.

EL OFICIAL POLACO

Alan Furst

Traducción de Jaime Collyer

Seix Barral. Barcelona, 2007

390 páginas. 19,50 euros

Furst cultiva la atracción de los mundos perdidos en otro tiempo y otra galaxia, en la legendaria y cinematográfica Segunda Guerra Mundial, por ejemplo. Es el espectáculo de un mundo que se acaba interminablemente, para que continúe en una aventura más, en una hazaña nueva. El capitán De Milja combate a las tropas de asalto de la Wehrmacht a orillas del Vístula, acompaña alegremente a los jerarcas alemanes que ven pintar a Picasso, o aborta una invasión a Inglaterra desde Calais en septiembre de 1940. La valentía de los pilotos de la RAF se alía con la astucia temeraria del cartógrafo Alexander de Milja. Aunque el peligro no nos detenga, Furst también sabe demorarse rapidísimamente en el análisis de la política internacional en aquellos apasionantes y peligrosos días. "La tiranía se ha convertido en una ciencia", le dice a De Milja uno de sus jefes. El oficial polaco, contra esa ciencia, domina el arte de ser invisible mostrándose ante todos. Su creador, Alan Furst, le ha concedido dos gracias: tener fortuna y no temer a la muerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de agosto de 2007

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