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viernes, 18 de mayo de 2007
Reportaje:

El Louvre del desierto

"¿Estará el museo protegido de los ataques de los extremistas islámicos?". "¿Cómo se protegerá a los visitantes de la pornografía expuesta en el museo?". El cruce de preguntas de reporteros extranjeros y locales resume la incredulidad y la desconfianza con la que se presentó en Abu Dhabi el proyecto para el futuro Museo del Louvre en la ciudad. Su autor, el arquitecto Jean Nouvel, conoce el terreno. No es la primera vez que el arquitecto francés más famoso del mundo trabaja para los Emiratos. En el vecino y hoy independiente Qatar levanta la torre Doha, que comenzó a construir a finales de 2006. Y ya el invierno anterior presentó una monumental maqueta para la Ópera de Dubai, "un nuevo emblema planetario", según Nouvel. Con todo, ese auditorio, como el 90% de los edificios que se publicitan para Dubai, todavía no se ha empezado a construir. Pero el Louvre tiene prisa. Estará listo en cinco años. Cuando el jeque sultán Bin Tahnun al Nahyan anunció el acuerdo con el Ministerio de Cultura francés, en Francia se destapó una polémica que viene de lejos: la decisión de Henri Loyrette, el director del museo parisiense, de ceder temporalmente algunas de las obras al High Museum of Art de Atlanta durante tres años, a cambio de 5,5 millones de euros. Con lienzos como el Retrato de Baltasar Castiglione, de Rafael, o Et in Arcadia ego, de Poussin, ya en camino, llega ahora el anuncio de un nuevo acuerdo, y de una nueva sede del Louvre en el desierto.

La nueva sede del museo francés será la guinda de un barrio cultural que contará con otro Guggenheim de Frank Gehry; con un teatro de artes escénicas que firmará la arquitecta más famosa del mundo, la iraquí Zaha Hadid; con un museo marítimo de otro premio Pritzker, el japonés Tadao Ando; y con un parque, llamado de la Biennale, en el que 19 arquitectos emergentes construirán pabellones singulares. Así, cuando Jean Nouvel termine de levantar el nuevo Louvre, en 2012, la hoy isla desierta de Saadiyat será todo menos un desierto. Y hará honor a su nombre (Felicidad) para los ricos turistas que se acerquen a visitarla. A 500 metros de la costa de Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, la isla quiere convertirse en el mejor destino cultural del mundo jamás soñado por potentados: playas paradisíacas, obras maestras del arte occidental y hoteles de siete estrellas. ¿Por qué? Abu Dhabi es un emirato rico. Su renta per cápita es de 30.000 dólares y concentra casi el 10% de la producción petrolífera del mundo y el 4% de la de gas natural. Pero sabe que esos recursos son limitados y ha decidido actuar. Invertir. Diversificar la economía, apostar por una nueva fuente de inversión: el turismo de altos vuelos. ¿Por qué arte y arquitectura? En esa elección podría haber tenido algo que ver el hecho de que, en los últimos años, el jeque califa Bin Zayed al Nahyan, de Abu Dhabi, haya visto cómo uno de sus vecinos, Dubai, pasaba de ser arena del desierto a convertirse en un sorprendente destino turístico glamouroso y millonario.

Genial o maquiavélica, que la idea de transformar una isla desierta en nuevo destino de turismo cultural iba en serio se empezó a ver cuando el pasado junio, el director de la Fundación Guggenheim, Thomas Krens, y el arquitecto Frank Gehry presentaron el que será el mayor museo Guggenheim de la historia. Y desvelaron las cifras del acuerdo: 400 millones de dólares a cambio de la marca Guggenheim. Krens anunció que el de los Emiratos Árabes sería el mayor de todos los Guggenheim construidos hasta la fecha. Aunque el proyecto para ese gran museo se conoció hace ya casi un año, lo cierto es que una nueva sede de una institución que cuenta ya con franquicias en Nueva York, Venecia, Bilbao, Las Vegas y Berlín, y que ha contemplado proyectos en Río de Janeiro o México, es cada vez menos noticia. Así, la información de un Guggenheim en el desierto pasó directamente a las hemerotecas. Sin apenas comentarios. Y sin polémica alguna. Sólo ha revivido ahora, al rebufo de un anuncio más sorprendente, el del Louvre de Abu Dhabi.

"No estamos aquí para transformar la cultura en un producto de consumo. No vamos a vender el legado cultural francés. Al revés. Estamos aquí para llevar nuestra cultura a los lugares del mundo donde la valoran", dijo el ministro de Cultura de Francia, Renaud Donnedieu de Vabres, mientras Jacques Chirac aseguraba que el nuevo Louvre de Abu Dhabi era "un símbolo de un mundo que considera que la lucha entre civilizaciones es la trampa más peligrosa de nuestro tiempo". Chirac se enfrentaba a un público internacional conociendo las reticencias y la oposición de buena parte de los historiadores y directores de los museos franceses, pero a sabiendas también de la precariedad de las finanzas del museo más famoso del mundo. Se aprecia en el reducido número de empleados, para tan magna pinacoteca, y hasta en las desgastadas capas de pintura de las salas. Por eso, cuando el 13 de diciembre de 2006 apareció en Le Monde un artículo titulado "Los museos franceses están en venta", en el que el ex director del Museo Picasso de París Jean Clair, la antigua directora de los museos franceses Françoise Cachin y el historiador Roland Recht aseguraban que los museos franceses eran la envidia del mundo por sus fondos públicos, otros historiadores entraron en el debate. "Seguramente en el pasado reciente ha sido así. Pero hoy el Louvre necesita dinero si quiere seguir siendo un servicio público", replicó la antigua comisaria del Victoria & Albert de Londres, Anna Sommers Cocks, en The Art Newspaper. La historiadora inglesa, que invitó a artistas como Chuck Close, Shirin Neshat o Frank Gehry a escribir en su periódico contra la guerra de Irak, declaró: "Que Abu Dhabi, Qatar y Dubai empiecen a pedir museos y bibliotecas es una oportunidad para ejercer el poder blando en contraposición con el poder duro que tan desastrosamente se ha ejercido en Irak".

Las criticadas nueve exposiciones prestadas al High Museum de Atlanta a cambio de 5,5 millones de euros aportan parte del presupuesto que el Louvre necesitaba. El acuerdo de intercambio entre museos establecía que las obras cedidas no estuvieran ausentes más tiempo del plazo habitual de una exposición. Pero aun así, el pacto con Atlanta provocó la protesta de un sector de la cultura francesa. Si alquilar los cuadros de Velázquez (La infanta Margarita), Rembrandt (San Mateo con el ángel) o Guido Reni (Unión del dibujo y el color) a la "ciudad de la Coca-Cola" les parecía dinero fácil, llevar el Louvre al desierto ha sido aún más controvertido. Pero no es la primera vez que la pinacoteca cede sus cuadros. Ni siquiera la primera vez que el museo cede su nombre. El director del Louvre, Henri Loyrette, ha declarado que su museo presta para exposiciones itinerantes unas 1.500 obras al año. En el pasado ha cedido lienzos de la relevancia de la Mona Lisa, una de sus obras estelares. Y existe también un precedente de una gran cesión sin beneficio económico: los préstamos del Louvre a la ciudad de Lens, en el sur de Francia.

El Louvre de Abu Dhabi se inaugurará con 300 obras. Las expondrá el primer año. Y el número de piezas cedidas disminuirá a medida que el centro árabe vaya formando su propia colección, presumiblemente, de arte islámico. Aunque eso está por ver. No está escrito en ningún sitio. Lo que sí figura son más números: sólo por la cesión del nombre, la marca Louvre, el museo parisiense percibirá 400 millones de euros. Al margen se negocian las obras –un 0,1% de la colección del Louvre, que tiene 380.000 piezas, de las que sólo puede exponer el 10%, o sea, 35.000–. Esas obras serán cedidas por breves periodos durante un plazo de 30 años, siguiendo el modelo del Louvre Atlanta, donde pueden verse lienzos, esculturas y piezas de mobiliario durante tres meses y en un ciclo de exposiciones que durará tres años.

En ese mar de cifras, el director del centro, Henri Loyrette, ha salido al paso de la polémica alegando que el dinero es importante, pero no fundamental. "El Louvre no puede permitirse permanecer ausente de una tendencia en el mundo museístico que ha permitido renovar instituciones como el Guggenheim de Nueva York, con filiales en Bilbao, en Berlín y en Las Vegas". La franquicia es para la marca Guggenheim una forma de vida. Y un modelo. Otra galería parisiense de referencia mundial, el Centro Pompidou, inaugurará el año que viene una nueva sede en Metz, al norte de Francia, que ha diseñado el japonés Shigeru Ban, y la institución ya ha anunciado su voluntad de negociar una futura sede en Shanghai. Un museo de la era victoriana, el Victoria & Albert de Londres, negocia también un acuerdo para desplazar parte de su obra a Hong Kong. El British y el Hermitage de San Petersburgo comparten esa voluntad de "internacionalizar los museos", y hasta el Rodin de París ha anunciado que abrirá sede brasileña en Salvador de Bahía. ¿Será la franquicia la tendencia museística del siglo XXI? Puesta en términos económicos, la cuestión adquiere una nueva luz. Es decir, a la pregunta "¿Qué opinaría usted de que el Prado abriera una sucursal en Pekín?" se obtendría una respuesta que posiblemente sería distinta a la pregunta "¿Le interesaría que en lugar de dedicar el dinero de sus impuestos a los museos públicos se dedicara a acortar la lista de espera en los hospitales o a asegurar plazas de guardería a todos los niños menores de tres años?".

Las cartas de los Emiratos están sobre la mesa. Se trata de tener previsto un nuevo motor para cuando el petróleo y el gas natural flaqueen. Las de los franceses andan más confundidas. De un lado, y a la estela del Gran Louvre que quiso hacer Mitterrand en los años setenta, cuando se amplió subterráneamente con servicios para los visitantes, al museo más famoso del mundo le quedaban pocas maneras de crecer. Escaso de presupuesto y algo falto de mantenimiento, simplemente envejecía. Por otra parte, ¿por qué habría de sacar a pasear por el mundo obras maestras por las que la gente ha peregrinado durante siglos para ver en Francia? En sus poco más de dos siglos de historia, los museos han tratado de ponerse al día con sucesivas transformaciones. Abriéndose al público. Aceptando ser más sede social que cultural, sufragados con actos de presentación de libros, licores o colecciones de moda; alimentados por las crecientes ventas de las tiendas de souvenirs o recibiendo donaciones.

Superada la época de las pinacotecas, al museo-centro comercial le siguió el modelo museo-espectáculo, en el que el edificio pasaba a un primer plano y se convertía en reclamo. Este modelo también entró en crisis cuando casi cualquier aldea del mundo ha llegado a tener un edificio más o menos grandilocuente pero estrepitosamente vacío de contenido. Así las cosas, la franquicia podría ser para los museos un asunto de futuro. Hace veinte años, los museos españoles apenas tenían cafetería y tienda de recuerdos. Hoy, las tiendas, los bares y los restaurantes ocupan en los museos mucho más que el departamento de educación.

Los museos son elitistas sólo ciertos días al año. El resto se deben al público y cumplen. Nos ofrecen pan, circo, cultura y grandes colas.

Más allá de la polémica sobre los intercambios comerciales o culturales, el historiador Didier Rykner, que hoy lidera la oposición al Louvre de Abu Dhabi desde su web en La Tribune de l'Art, ha conseguido reunir las firmas de más de 5.000 profesores, historiadores y trabajadores de museos en contra del proyecto. Tras el anuncio oficial del acuerdo, declaró que había perdido la batalla, pero que la guerra continuaba. Con todo, una de las batallas que siguen generando más preguntas no podrá comenzar hasta que esté el escenario preparado y se cuelguen las exposiciones. ¿Qué tratamiento recibirá la figura humana en un ámbito islámico tan conservador como el de Abu Dhabi? La respuesta del ministerio francés fue escueta: "El comité que seleccionará las obras expuestas incluirá un representante de Abu Dhabi conocedor de la cultura, las costumbres y la sensibilidad locales". La población del emirato es fundamentalmente islámica y, a pesar de ser una de las ciudades más liberales en el ámbito conservador del golfo Pérsico, no deja de ser un lugar en el que buena parte de las mujeres continúan cubriéndose la cabeza con una shayla.

Hace días, el autor del Guggenheim de Bilbao, Frank Gehry, ha declarado que su nuevo museo será una aventura. "Acabo de cumplir 78 años, pero no me considero acabado", decía en un artículo publicado en el diario británico The Guardian titulado, precisamente, "Mi aventura en Abu Dhabi". Gehry demostraba ser consciente de la importancia de sus decisiones: "Tengo un equipo de 170 personas y, más que marcar un camino, lo que me gusta es experimentar. Y eso es lo que vamos a hacer", anunciaba. El arquitecto ha dejado claro que Abu Dhabi no será un Bilbao 2. Y lo cierto es que la maqueta presentada el verano pasado es muy diferente del museo vasco. Lejos de ser un cuerpo escultórico, es un espacio fragmentado, una manzana con calles y plazas: la suma de varios edificios. "Será más orgánico. Mi interpretación de un pueblo árabe: con callejas, sombras y sol. El mayor Guggenheim de la historia tendrá sol y aire fresco", dijo Gehry en la presentación. El frescor de la sombra de su proyecto jugará una baza importante, aunque el arquitecto ya ha admitido que el museo deberá contar también con aire acondicionado. Como el futuro Louvre, el nuevo Guggenheim tardará cuatro años en construirse. "Lo terminaré con 82 años, y lo que sí puedo adelantar es que no se parecerá en nada a la ampliación del MOMA de Nueva York, que tanto empeño ha puesto en recordar a unos grandes almacenes", dijo un Gehry beligerante.

Con todo, y a pesar de sumarse a la moda de los edificios espectáculo, la ciudad de Abu Dhabi no podía apostar una parte tan importante de su dinero a una sola carta. Ni el mayor Guggenheim ni el primer Louvre franquiciado estarán solos en el desierto. La isla de Saadiyat contará también con un teatro de la iraquí Zaha Hadid de aires biomórficos con grandes cristaleras en forma de hoja, un proyecto que, como es habitual en los trabajos de Hadid, genera polémica. Desde numerosos foros de Internet se preguntan ya cómo piensa hacer un teatro con tanta luz artificial. Es como si no hubiera caído en que ningún auditorio ni teatro puede tener vistas, que en su edificio son, naturalmente, al mar. "Lo que los políticos quieren de nosotros es un collar de perlas", ha resumido Frank Gehry aludiendo a la ristra de edificios singulares que ha encargado el jeque califa Bin Zayed al Nahyan.

Curtido y generoso, Gehry ha alabado los trabajos de sus colegas en el futuro distrito cultural de la isla, y, con una vitalidad que hace olvidar que es casi octogenario, se ha ofrecido para trabajar en su urbanismo. "Lo que me entusiasma del proyecto de Abu Dhabi es el cambio que supone. Se ha puesto de moda recibir encargos para levantar edificios bonitos pero vacíos. En Abu Dhabi se han preocupado de los contenidos. Y eso ya indica un cambio". Cómo y qué se mostrará promete ser la nueva polémica del traslado de un coloso de la cultura occidental al desierto. ¿Diálogo entre culturas? ¿Transacción comercial? ¿Gueto cultural? Sea como sea, convertir una isla desierta en un paraíso rentable en el escaso margen de una década tal vez refleje, como pocos otros proyectos, la urgencia y la huida hacia delante en la que, definitiva y globalmente, estamos todos inmersos.

Un centro de artes escénicas

Con cinco teatros –una sala de conciertos, una ópera, un teatro flexible, un auditorio y una escuela de artes escénicas– y capacidad para 6.300 espectadores, el edificio que la única arquitecta del mundo premiada con el Pritzker levantará en Abu Dhabi será su mayor proyecto hasta la fecha. Con forma biomórfica y enormes ventanales vertebrados como hojas de árbol, el centro explotará la luz natural. Y su rotunda forma líquida dejará atrás los trabajos angulosos de su autora. No en vano, Zaha Hadid (Bagdad, 1950) lo ha definido como una "forma escultural compleja que cambia de altura y profundidad para acoger las diversas instalaciones". No es éste el primer proyecto que Hadid firma para Abu Dhabi; su puente Sheik Zayed ya está en construcción.

El mayor de todos los Guggenheim

El más joven de los museos Guggenheim será también el de mayor tamaño. Y tal vez el menos icónico. Su arquitecto, Frank Gehry, ha optado por reproducir, con su lenguaje plástico ondulante de geometrías trapezoidales, la escala y la organización de un poblado árabe. Así, el GAC (Guggenheim Abu Dhabi) se asemeja a una montaña de pequeños edificios inclinados. Tendrá plazas y calles, sombras y luces. Gehry ha repartido salas e instalaciones entre los muchos edificios que compondrán el museo. Y de acuerdo con la voluntad ecologista de la isla de Saadiyat, donde se levantará, el arquitecto californiano ha recurrido a ventilaciones cruzadas, pérgolas y zonas de sombra. El resultado, un museo-ciudad para una ciudad-museo, un lugar que, como dice el proyectista, será tan Gehry como Abu Dhabi. Este año empiezan las obras. Y cuentan con que esté listo en 2011.

Una cúpula a la orilla del mar

El Instituto del Mundo Árabe de París fue el proyecto que lanzó a Jean Nouvel al estrellato internacional. Tras aquel logro de los ochenta llegaron algunos museos en los noventa, y la ampliación del Reina Sofía de Madrid en 2004. Pero después de fallar en un intento de diseñar un Guggenheim para Río de Janeiro en 2002, a Nouvel le faltaba un gran museo cosmopolita. En Abu Dhabi ha encontrado esa oportunidad. El Louvre del Golfo vivirá protegido por una gran cúpula perforada por tragaluces que filtrarán el sol y la luz. El proyecto del francés comparte con el de Frank Gehry la idea del museo-ciudad en una ciudad-museo, pero con una diferencia: Nouvel apuesta por un gigantesco reclamo, la cúpula junto al agua. Ésa será la imagen del nuevo Louvre que abrirá sus puertas en el año 2012.

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