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Más allá del sari

Ha llegado su hora. Las mujeres en India han tomado al asalto las universidades; son banqueras, diputadas, empresarias y diplomáticas. Dirigen las ONG más activas y luchan por barrer los tabúes sexuales. Éste es el vibrante testimonio de algunas de las más influyentes del país

La actriz y reina de 'Bollywood' Shabana Azmi, de 56 años, está considerada una de las mujeres más influyentes del país.
La actriz y reina de 'Bollywood' Shabana Azmi, de 56 años, está considerada una de las mujeres más influyentes del país. JEANNE HILARY

Sus bellos ojos almendrados parecen aún más grandes bajo los efectos de la resaca de la noche anterior. Shabana Azmi, de 56 años y una de las reinas de Bollywood -la mayor industria cinematográfica del mundo-, aún duerme cuando la periodista llega a la cita. Poco después aparece, en pantalones de chándal y camiseta blanca, envuelta en el último hálito del sueño, que se esfuma al comentar con rabia la ilegalidad del edificio que crece junto a la pared de cristal del salón y amenaza con tragarse la vista sobre el Índico de este ático situado en la zona norte de Mumbai (la antigua Bombay).

Shabana es una de las ocho mujeres seleccionadas por la revista india Today, en marzo pasado, entre las 50 personas más influyentes de India. A la lista se une otra con las 10 personas más poderosas. En ésta sólo aparece una mujer, pero es la número uno: Sonia Gandhi, la líder del gobernante partido del Congreso, quien no quiso tener ningún cargo oficial, pero por quien pasa cualquier decisión que se tome en este país de 1.100 millones de habitantes.

En el dinamismo contagioso y alegre que se respira en la India globalizada sorprende la naturalidad con que se ha insertado la mujer en las distintas esferas del desarrollo del país. Desde las finanzas hasta la construcción, pasando por la biotecnología, la industria del software o el diseño, las indias aprietan el paso para colocarse en la vanguardia del país, y su fuerza es uno de los principales motores de India.

Han tomado al asalto las universidades y las escuelas de ingeniería, son investigadoras, periodistas, banqueras, diputadas o diplomáticas, como la embajadora india en Madrid, Suryakanthi Tripathi; indias convencidas de que ha llegado la hora de su país y de que ellas, como mujeres, tienen un papel que jugar para lograr un desarrollo más armónico.

"En India se vive en dos siglos distintos al mismo tiempo: en el atraso rural del XVIII y en la globalización del XXI. Las indias somos el fruto más evidente de la contradicción de una sociedad multilingüística, multicultural y multiétnica en la que conviven el feticidio de niñas y el mando de una mujer", afirma Shabana, que ha empeñado toda su popularidad en un activismo social que no entiende de géneros, aunque beneficia en gran medida a las mujeres que son las víctimas de la miseria y la ignorancia que combate la actriz.

"No me interesa esta sociedad patriarcal que con una mano adora a las mujeres y con la otra las esclaviza. Menos adoración y más igualdad de educación, empleo y participación", señala Shabana, para hacer hincapié en que la mujer india debe seguir su propio modelo de emancipación, que no pasa por el individualismo occidental, sino por el núcleo familiar en que se basa la cultura oriental.

Con un 85% de la población que se confiesa hindú, las indias progresistas consideran que en estos tiempos de desarrollo acelerado es necesario volver a las fuentes originarias de su civilización: a antes de la dominación mongola (1310), que redujo considerablemente el papel de la mujer, y, sobre todo, a antes de que la introducción, en el siglo XIX, de la moda de la dote convirtiera a las hijas en una carga para la familia y lastrara a las mujeres con tintes comerciales.

A la hora de exigir una posición más justa en la sociedad y apoyadas en el creciente nacionalismo, muchas indias miran hacia Uma, la diosa hindú de la luz y de la belleza consorte del dios Shiva, y hacia Kali, la diosa madre, también representante de la oscuridad y la violencia.

Al igual que el impresionante crecimiento que India ha experimentado en el último quinquenio está propiciado desde abajo por la empresa privada y la energía de millones de habitantes, las indias se han adelantado a la acción del Gobierno; han tomado el camino que les brinda la educación y, movidas por su propio impulso, rompen barreras y logran hazañas.

Entre ellas destaca la de Kiran Mazumdar-Shaw, fundadora de Biocon, la principal empresa india de biotecnología. Kiran, de 51 años, se ha convertido en la mujer más rica del país al hacer de Biocon un imperio cuyos fármacos se exportan a medio centenar de países. Más de 600 científicos trabajan en su compañía.

Pese a que Indira Gandhi gobernó como primera ministra el destino de India durante 18 años (de 1966 a 1984, aunque entre 1977 y 1980 estuvo en la oposición), no propuso durante su tiempo ninguna legislación en defensa de los derechos de la mujer. Por el contrario, su nuera, Sonia Gandhi, aupada contra su voluntad a la política tras el asesinato de su esposo y ex primer ministro Rajiv Gandhi, se ha convertido, desde su refugio en las bambalinas del poder conquistado en las elecciones de mayo de 2004, en la gran abogada de las indias.

En agosto de 2005, el Parlamento

aprobó la Ley de Protección de las Mujeres contra la Violencia Doméstica, considerada un importante avance para quienes después de casarse, casi siempre en matrimonios concertados, pasan a formar parte de la familia de su marido y son con frecuencia víctimas de ésta y de la incomprensión de su propia familia, que les exige silenciar los abusos. Además, ya está en marcha otra ley para proteger a las mujeres de la explotación sexual y el acoso en el trabajo, así como distintas medidas para conseguir que adquieran mayor nivel educativo, social y económico.

Con 140 películas a sus espaldas, algunas de las cuales levantaron ampollas en la conservadora sociedad india, como Fire (1996), que trató por primera vez en el país el tema del lesbianismo, Shabana Azmi asegura que fue Arth (1982) la que le abrió el camino del activismo social al descubrirle la enorme influencia que tenía su popularidad. "Miles de mujeres sencillas como la de la película, que habían sido abandonadas por su marido o tenían problemas en el matrimonio, me llamaron para pedirme consejo", cuenta.

La actriz, reconocida internacionalmente como un símbolo del orgullo de India, casi parece estimar más su labor social que haber logrado cinco premios nacionales a la mejor actriz (los Oscar indios). Empeñada en distintos proyectos de ayuda "a los pobres de los pobres", su militancia social la llevó en 1986 a una huelga de hambre de cinco días con la que su grupo obtuvo terrenos del Gobierno regional para rehabilitar uno de los muchos barrios de chabolas de Mumbai, y en 1989 participó en la marcha a Nueva Delhi para denunciar la violencia comunal.

A diferencia de Shabana, a Arundhati Roy no le gusta que la llamen activista. Ella quiere que se la siga viendo ante todo como escritora: "No me considero una activista. Sigo siendo escritora, aunque escriba no ficción. Es triste pensar que los escritores sólo tienen que hacer algo que no suponga compromisos sociales, como si fuesen unos simples animadores", dice la autora de El dios de las pequeñas cosas, novela que le valió el premio Booker 1997 y la catapultó a la fama mundial.

Aunque le pese, lo cierto es que las diatribas de esta mujer de 45 años, con aspecto de chiquilla y ojos negros y bailarines como cuentas de azabache, la han convertido en una de las voces más reconocidas del llamado Movimiento por la Justicia Global. Fustigadora infatigable de la política imperialista de George W. Bush, es una defensora a ultranza de algunas causas medioambientales, como la oposición a la presa del río Narmada, por la que fue condenada a un día de cárcel y a una multa simbólica por su desobediencia civil.

Nacidas de la cara y la cruz, del arriba y el abajo de la sociedad india, la actriz y la escritora son la imagen más visible de la mujer de este país del subcontinente asiático. Ambas representan caminos visceralmente opuestos, pero los dos sirven de ayuda a sus congéneres.

Para Shabana todo fueron facilidades; hija del poeta Kaifi Azmi y de la actriz Shaukat Azmi, tuvo una educación universitaria y desde niña, muy arropada por su familia, se relacionó con los intelectuales progresistas de India que visitaban su casa. Arundhati, sin embargo, tuvo una infancia difícil, vivió parte de su juventud en la calle y trató de ganarse el sustento en el cine, con papeles de actriz y como guionista, hasta que el éxito de su primer libro la convirtió en multimillonaria.

"En estos tiempos tan complicados (la guerra de Irak y la campaña mundial estadounidense contra el terror son muy importantes para nosotros los intelectuales) debemos utilizar el poder del arte, el cine o la música para hacer frente a lo que sucede", afirmó Arundhati en una larga entrevista mantenida en su casa de Nueva Delhi en 2004, mientras se escrutaban los votos que expulsaron del Gobierno a los nacionalistas hindúes del BJP.

El crecimiento económico de India ya había acaparado la atención mundial. Decenas de miles de ingenieros e ingenieras habían hecho de la ciudad de Bangalore el nuevo Silicon Valley y en Estados Unidos se sucedían manifestaciones de protesta contra la deslocalización de sus centros de investigación y análisis, sus empresas y sus centros de llamadas a los parques tecnológicos y aldeas cibernéticas que se multiplicaban por el país de los mil dioses.

Más allá del sari, pero con la fuerza de sus vistosos colores y el vigor de una prenda que hace dos siglos que viste a ricas y pobres, millones de indias habían dado un paso al frente y, como las sagradas aguas del Ganges fertilizan la tierra, habían salido de sus casas para enriquecer con talento, trabajo y esmero su país y su sociedad. Una de ellas es Sunita Kohli, la mujer que ha llevado por los cinco continentes el refinamiento del diseño y la arquitectura de interior indios.

Con 60 años, una decena de libros publicados y toda una ristra de premios nacionales e internacionales, Sunita sostiene que India no es un país machista. "El problema son las castas, la dote y la miseria que se ceba en los más débiles, pero en la clase alta india y en la nueva clase media emergente la mujer está bien considerada. Tiene libertad y acceso a la educación, que es lo fundamental. En mi generación no muchas se plantearon la necesidad de trabajar -yo comencé mi actividad como un pasatiempo-, pero las nuevas generaciones, mis hijas, no se conforman con el papel de madres", afirma.

Sunita es un ejemplo de la India multicultural: "Soy hindú, estudié en un colegio católico y crecí en una ciudad de mayoría musulmana, Lucknow". Reconoce que forma parte del sector de las privilegiadas, pero advierte que India sólo podrá triunfar si el Gobierno realiza un esfuerzo por mejorar la sanidad y la educación de sus mujeres. Ella contribuye a ese esfuerzo con una fundación que ofrece escolarización y sustento a niños de la calle.

Quizá una de las indias que más ha hecho por sus compañeras de sexo sea la abogada Ela Bhatt, de 73 años. Ela fundó, en 1971, la Asociación de Mujeres Trabajadoras Autónomas (SEWA) para combatir los abusos y la indefensión que sufrían las empleadas por cuenta propia en el sector textil, cuyos salarios eran infinitamente inferiores a los de los hombres.

La SEWA, que se convirtió en sindicato al año siguiente, comenzó de inmediato a impartir clases de costura, bordado, mecanografía y taquigrafía, además de abordar la defensa de los derechos laborales de sus asociadas. Hoy en día tiene cerca de 700.000 afiliadas, todas ellas trabajadoras de la llamada economía informal: vendedoras ambulantes, tejedoras, alfareras, campesinas, artesanas, etcétera.

Si esto fue importante, lo que verdaderamente abrió nuevos horizontes a muchísimas indias fue el Banco SEWA, que se puso en marcha en 1974 con la contribución -10 rupias (un euro se cambia por 55 rupias)- de 4.000 mujeres. "¿Cómo es posible que en un país como India, donde buena parte de sus gentes son analfabetas, el sector bancario deje en la estacada a su propia población por la simple razón de que no sabe escribir su nombre?", fue la pregunta que se hizo Ela Bhatt para ponerse al frente de un proyecto que nacía con una línea de microcréditos a un tipo de interés razonable.

Ela y el Banco SEWA han sacado de la miseria y devuelto la dignidad humana a cientos de miles de mujeres intocables, y analfabetas; mujeres que abandonaron la sombra en una sociedad que las despreciaba y lograron hacerse dueñas de sus vidas. Historias pequeñas que comenzaron con un microcrédito para comprar una cabra, un búfalo, hilo para tejer o utensilios para realizar artesanía; historias que prosiguen por la escolarización tanto de los hijos como de las hijas, y en la absoluta mayoría de los casos por la mejora del nivel de vida.

El economista de Bangladesh Muhammad Yunus recibió este año el premio Nobel de la Paz por popularizar los microcréditos y por fundar, en 1976, con sus propios ahorros, un banco que tiene a los pobres por objetivo. Dos años antes, el Banco SEWA, bajo la presidencia de Ela Bhatt, había abierto las puertas de la esperanza a miles de paupérrimas mujeres que hasta entonces jamás habían sido tomadas en cuenta por el sistema financiero y cuyos sueños de progreso eran aplastados sin piedad por los desorbitados intereses de los eventuales usureros a los que podían recurrir.

Ela fue la primera en demostrar que las mujeres -aunque sean analfabetas- son buenas pagadoras. Hoy en día han florecido en India multitud de banqueras de los pobres. Pese al desarrollo de los últimos años, aún hay 300 millones de indios que sobreviven con menos de un euro al día.

Atrasada y avanzada, apasionada y fría, la India del XXI ha recurrido a las tecnologías para quitarse el lastre de su miseria y ha encontrado sus mejores aliados en Internet y los medios de comunicación.

Dicen los indios que la mejor herencia que les dejó la colonización británica (1757-1947) fueron el sistema judicial y la libertad de expresión. Cientos de periodistas, conscientes de la dura realidad de la población rural y de los barrios marginales urbanos, se sienten comprometidas con una misión educadora. Muchas mujeres aprenden en la pequeña pantalla que la casta no es más que un lastre y que el futuro lo tienen delante.

Entre las periodistas comprometidas con la causa femenina destaca, sin duda, Mridal Pande, de 61 años, que fue presentadora del telediario en la cadena pública Doordesha, jefa de redacción del diario Hindustan Times y fundadora de la revista Indian Women's Press Corps, además de autora de numerosos libros. Hija del conocido escritor en hindi Shivani, a diferencia de Shabana Azmi, Mridal Pande sostiene que "no importa la casta o la clase social, porque la mujer es marginada por el hecho mismo de serlo, y esto es lo que permite a las mujeres sentirse más cercanas a los problemas de otros grupos sociales marginados".

Mridal es de las pocas que se han atrevido a investigar el, para India, escabroso tema de la sexualidad y el fetocidio femenino, que se practica sobre todo en el norte del país. "No existen apenas registros de la violencia y el abuso sexual que las mujeres sufren regularmente", declara la periodista, que sostiene que "la mayor plaga que padece India es la del silencio de sus mujeres".

Para Mridal es fundamental incrementar el número de diputadas, por lo que apoya firmemente el establecimiento de cuotas femeninas en los parlamentos, tanto regionales como en el central, donde las mujeres apenas alcanzan el 8,3% de los 545 escaños de la Lok Sabha, la Cámara baja.

El avance en el escenario laboral perpetrado por las indias en los últimos años no se corresponde con su escasa presencia política, lo que se debe en gran parte al enorme coste de la campaña electoral, que el candidato financia de su bolsillo. La política india sigue dominada por los grandes clanes familiares -empezando por los Gandhi-, en los que son mayoritariamente los varones los que siguen la línea paterna. La tragedia que envuelve a la primera familia del país colocó a Sonia al frente, pero su hijo Rahul Gandhi ya es diputado y se prepara para el gran relevo.

La corrupción y los frecuentes escándalos financieros que afectan a la clase política hacen que pocos indios confíen en sus gobernantes o en las instituciones oficiales. Alice Garg, educadora y fundadora en 1972 de la Sociedad Bal Rashmi, organización dedicada a prestar asistencia a mujeres y niños económica y socialmente desfavorecidos del Estado noroccidental de Rajastán, está convencida de que "a los políticos no les interesa eliminar la pobreza".

Hija de un asistente social, esta mujer corajuda, que participó en 1997 en una campaña para llevar ante los tribunales a los responsables de la presunta violación en Jaipur de una mujer por 15 hombres, entre ellos un superintendente adjunto de policía, es sumamente escéptica cuando habla de políticos o instituciones: "La ayuda internacional jamás llega a los que la necesitan, sino que sirve para pagar los gastos de los gobernantes".

"El nuestro es el cuarto mundo. Las mujeres de Asia ni siquiera vivimos en el tercero: estamos en el cuarto", afirma Alice al indicar que fue "el sufrimiento de los que no se quejan" lo que la llevó a vivir entre los pobres de los pobres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de enero de 2007