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JESÚS HERMIDA

La memoria de la tele

Muchos le recuerdan dando la noticia por TVE de la llegada del hombre a la Luna. Hermida (Huelva, 1937) es uno de esos periodistas todoterreno que han entrado en nuestra historia más reciente gracias a su personal manera de narrar en una televisión que ha cumplido medio siglo

"Cuando lo de la Luna, yo sólo tenía tres preocupaciones: Que no se cortara la línea, que lo entendiera y llegar al final".
"Cuando lo de la Luna, yo sólo tenía tres preocupaciones: Que no se cortara la línea, que lo entendiera y llegar al final".ANA NANCE

Muchos españoles tienen esa imagen de Jesús Hermida con la melena al viento asombrándose de que el hombre pisara la Luna; él había sido un chico del mar, en Huelva; había apostado por la aventura, se había plantado en Madrid con calderilla, se había convertido en un periodista atrevido, descarado y un poco egocéntrico, y se había ganado las páginas de Pueblo, que era entonces, a principios de los años sesenta, el periódico triunfante al que iban los que querían triunfar. Aquel día, ante las cámaras de Televisión Española, ese joven periodista, que ahora ya tiene 69 años, labró la noticia más importante de su larga carrera. Ahora, con motivo del medio centenario de esa cadena que entonces era única, Hermida, hijo pródigo de ésta y de otras televisiones, e incluso de esta revista de EL PAÍS (de la que fue responsable a principios de los ochenta), ha aparecido contando a los telespectadores las imágenes de la vida de todos, las que han aparecido por la pequeña pantalla y se han quedado en la retina colectiva como un pegajoso, y a veces placentero, recuerdo imborrable. Entre esos recuerdos están las imágenes del propio Hermida, que ha sido imitado por muchos, hasta él mismo se ha imitado. Pues si bien esa imagen de Hermida mirando la Luna cuando la pisó Armstrong está en la retina como la reina de las imágenes de la vida de Hermida, otros tenemos de él una imagen más a pie de tierra, más cercana, acaso más melancólica. Educado para no molestar, Hermida debió ser siempre este adolescente de 69 años que se sienta con nosotros en la terraza del hotel Santo Mauro, en Madrid, y despliega sus cigarrillos finísimos y blancos que ya fumaba cuando estaba con nosotros en la redacción de EL PAÍS. Entonces ya tenía esta sonrisa melancólica, como cercana y descreída, con la que se enfrenta a las preguntas y a sus propias memorias. Escéptico a golpes, este entusiasta declarado parece estar de vuelta de su propia pasión por la aventura, y se halla más cerca, ahora, de las cosas pequeñas que de las grandes palabras o de las grandes imágenes. Como es natural, el tiempo ha hecho en él la mella que suelen hacer la edad y sus temporales, pero, acostumbrado como está a vestir su mirada para la cámara, a veces parece ser el Hermida que apareció y aparece en la tele: seductor, tranquilo, pendiente más de la visión del espectador que de lo que está diciendo. Acaso así fue siempre: preocupado por llevarse consigo la mirada del espectador, para hipnotizarlo o para sentirse seguro: seguro de que le están mirando. En esta entrevista fue así: nos miró, nos habló, y ya palabra y mirada fueron siempre hacia el mismo sitio de la cara, los ojos, que son para él la imagen del alma, es decir, de las palabras. Cuando llegamos, ya estaba en el hotel, paseando por un patio diáfano, con su chaqueta marrón sobre los hombros, como si viniera ya de trabajar. Es curioso: en ese instante, cuando le vimos así, con la chaqueta al hombro, vino a mi memoria la imagen de Jesús Hermida caminando solo por una calle de Madrid, con un traje envuelto al hombro, caminando con la firmeza con la que suele, quizá a un plató de televisión o a un retiro. Ustedes lo han visto ahora en la televisión, en La imagen de tu vida, el programa que con tanto éxito le ha visto volver a los platós, y habrán tenido una experiencia similar: Hermida no ha cambiado, ha cambiado el tiempo; él sigue tan campante, libre de decir lo que se le antoja, andando por la tele como si hubiera aprendido a caminar en la Luna. Con la misma ligereza. He aquí la conversación en la que no nos quitó ojo: como si nosotros le miráramos desde el cuarto de estar.

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¿Cómo está?

Bien, distante en muchas cosas, escéptico con respecto a un montón de ellas. Pero, sobre todo, contemplativo.

¿Qué ha tenido que pasar para que un entusiasta devenga en escéptico?

El curso normal de la vida. Es un proceso benéfico de la naturaleza humana. Al final siempre hay cosas en las que crees más, en ésas te concentras, y de las otras te muestras distante.

¿En qué cree ahora?

Lo primero, en la vida. Vivir es lo más, de eso te das cuenta. Un amigo me dijo esta mañana: "Qué día más asqueroso hace hoy". Y yo le dije: "Pues si estuvieras muerto, ya te gustaría un día como éste".

Le preguntó usted a Pilar Miró, en 'De cerca', su programa de los ochenta, si le habían dado muchas puñaladas. ¿Se las han dado a usted?

Sí, muchísimas. Pero sé que no hay que devolverlas.

¿Qué tipo de puñaladas, profesionales, personales?

De las dos. Supongo que yo las he dado también. Profesionalmente, casi nunca, y personales, imagino que alguna he dado. Yo tengo dos conceptos: estar vivo y no ser malo. Y un tercero: sé dueño de tu vida. Soy de origen marinero, el navegante es aquel que sabe perfectamente siempre dónde está y adónde va. En mi caso, ésa es una ilusión, saberlo.

¿Cómo empezó todo?

¿Mi vocación? ¿Mi vida? Por una casualidad estúpida. Mi abuelo paterno era el típico hombre de su tiempo, supongo que socialista; era un obrero ferroviario que tenía libros, ¡y qué libros! Zola, Dumas, Verne, Los miserables… Y yo creo que en aquellas soledades de hijo único, con mi padre siempre fuera, en la mar, me agarré a los libros desde muy pequeñito. Luego me llevaron al cine. Yo veía que en todas las películas americanas en las que había periodistas, éstos llevaban sombrero y cuando llegaban a la redacción tiraban el sombrero en la percha, y siempre acertaban. Yo empecé a tirar el sombrero de mi padre, y empecé a hacer periódicos. Huelva en los años cincuenta era el fin del mundo. Y un día me sorprendí contando historias por la calle.

¿Cómo eran sus padres?

Ahora pienso mucho en ellos. Mi padre era un fogonero de mar, semianalfabeto. Pero un hombre que cantaba. Volvía de la mar cantando. Era muy simple y tenía unos principios muy férreos. No entendía que a mí me diera por la lectura, por las letras. "¡Lo que necesitas", decía, "es una buena bofetada!". Y te la daba, y volabas.

¿Su madre?

Era una mujer sufridora, muy dura. Tenía que administrar la miseria, y era muy realista. Mi padre no lo era. Un día me dijo: "Si te gusta viajar, vendrás conmigo". Me preparé, pero nunca me llevó. Pasado el tiempo, me advirtió: "¡El día que te vea en cubierta te rompo las piernas!".

Pero usted no quería navegar, sino ser periodista.

Se lo dije a mi madre, y ella me preguntó: "¿Y eso qué es? Yo los únicos periodistas que conozco van por ahí con los tacones torcidos. ¡Lo tuyo es tener un empleo y ayudar!". Me llevaron a un colegio de pago, con el porvenir marcado: buscarme un empleo al final de los siete años de bachillerato. Pero al llegar al cuarto año, el niño dijo que no. En la escuela me dedicaba a leer versos de Calderón, y el único periódico, el Odiel, había que leerlo en la barbería cuando te ibas a cortar el pelo. Así que lo mío debió de ser un caso de vocación intuitiva. Pero sospecho que no era la vocación del periodista, sino la del juglar, la del contador de historias.

¿Cómo era usted de chico?

Era raro, rebelde, solitario, y un insaciable lector. Mi madre venía a apagarme la luz, para que no se me quemaran los ojos, decía, pero yo sabía que era para que no se consumiese electricidad.

¿Por qué les recuerda tanto ahora?

Mi padre se ahogó, y dicen que los ahogados ven en sus últimos momentos el resumen de toda su vida. Será verdad o no, ésa es la leyenda que corre entre la gente de la mar. Y yo creo que a medida que avanza la vida, se cierra el círculo…

… y ahora su padre viene a contarle a usted lo que pasó…

Sí, lo que le pasó a él. Según me contaron, había estado inquieto aquel día, terminó su guardia, se acostó, se levantó, cogió un balde de agua, lo tiró al mar con la cuerda, para sacar agua, llevaba unas alpargatas de goma, resbaló, y el agua se lo llevó. Y no se enteraron en el barco hasta horas más tarde; cayó por la parte contraria al viento, desapareció, y sólo hallaron luego la zapatilla.

¿Qué edad tenía su padre?

Nunca supe cuándo nació mi padre; se ahogó en 1961, yo tenía 24 años. Me dieron el canasto que llevaba, como todos los marinos andaluces. Llevaba su ropa, unos periódicos, una foto mía, un artículo mío. Él leía mal, pasaba los dedos por las líneas. Y llevaba su último sueldo, mil pesetas o algo así. Me enfrenté a todo aquello: era como si no estuviera ocurriendo, como si me lo estuviesen contando.

¿Y qué le dice a usted el pasado?

Un famoso periodista español me dijo un día: "¿Has hecho de tu vida una obra de arte?". "¿Qué dice?", pensé. Ahora sé que lo que te conecta con el pasado es ver qué has hecho con tu vida. Y, con toda sinceridad, mi vida no fue una obra de arte. Mi vida fue una fantasía. Han pasado los años aceleradamente y han pasado miles de cosas, y en muchas he estado yo, mirando, contándolo. Lo de la Luna, dice: yo sólo tenía tres preocupaciones entonces, que no se cortara la línea, que lo entendiera y que llegara hasta el final. Y cuando todo terminó y miré que en efecto lo habíamos contado, miré la Luna y me dije: "¡Ahí va la leche, la Luna!". Pero yo no puedo presumir de haber vivido intensamente esos acontecimientos.

¿Cuándo se dio usted cuenta de que iba a ser un contador de historias?

Cuando mi padre me dio las llaves de casa y dijo: "Toma, confío en ti". Utilizaba las llaves para darme paseos por la ciudad solitaria. Ahí es cuando me empecé a contar historias a mí mismo. Y, siendo concreto, en 1956, cuando vengo a buscar trabajo en Madrid.

¿Cuál era la historia de Madrid en ese momento?

A la entrada de Nueva York hay unos versos muy altivos: "Dadme vuestras ansias de libertad…". A la entrada de Madrid no había ningún cartel. Madrid era, para los que veníamos de fuera, la esperanza, la oportunidad. Era una ciudad pobre, de gente pobre pero enormemente ilusionada. No te preguntaban nada de nada, era una ciudad gloriosa.

Y entró pronto en 'Pueblo'; eso era un triunfo.

Conviene explicarlo bien, porque a los periodistas de hoy les puede parecer una estupidez o una inocente expresión de una inocente vida: mi entrada en Pueblo se produce porque yo me había ido a París, a trabajar para una revista, Constellation…

De París a 'Pueblo'…

Alguien pensó en aquella revista que yo podía hacer buenas historias desde París, para la versión española de esa revista. Volví a Madrid y fui a una de esas fiestas con alguien que luego sería muy importante (¡y lo es!) en su grupo. Fuimos juntos a la fiesta de una fotógrafa de Pueblo. No sé qué ocurrió, pero a las tantas de la madrugada me encontré en un patio de la carretera de Barcelona frente a frente con Emilio Romero. Y al final de esa madrugada de la que no recuerdo mucho, Emilio me dijo: "Te espero mañana a las doce en mi despacho". Era el director de Pueblo, el periodista más importante del momento. Y yo acudí a la cita, con la misma resaca que tenía él mismo. Nada más verme me dijo: "Hermidita [y así me llamó siempre], bájate a la quinta y habla con Jesús de la Serna. Él te dirá". Y así empezó todo.

Entró por la puerta grande. Yo le recuerdo en aquel 'Pueblo' de los sesenta. Muy pronto tuvo usted la página 7, la página H.

Primero fue Match Hermida. Emilio Romero era un hombre con una gran intuición periodística, y de una gran generosidad interesada. Te daba una cancha brutal siempre que tú le devolvieras la moneda que él te entregaba. Creyó en mí y me dio esa cancha. Siempre he tenido suerte, y encontrarme a Emilio Romero aquella madrugada fue una suerte.

Eran otros tiempos.

Y eran distintos los periodistas. Eran buenos escritores, porque como no se podía decir mucho, tenían que decir las cosas de manera atrayente. Entonces aún circulaba aquella noción de que perro no come carne de perro, de que los periodistas nos respetábamos. Probablemente era mentira, pero funcionaba.

Usted triunfó enseguida.

La respuesta es sí. Tenía alrededor a gente fabulosa, y como yo era un chico fantasioso, no me arredré y escribí como yo creía que había que hacerlo. No lo hacía por ambición, ¡es que yo era un niño!

Y ahora que lo mira desde esta distancia, ¿cómo le afectó la vanidad inherente a esos logros?

Me afectó en solitario. Volvía a Huelva, les contaba historias a la luna y a los perros. Siempre en solitario. Me regodeaba, puede ser, pero por dentro. Siempre me han dado mucha vergüenza los elogios.

¿Y qué concepto tenía de usted mismo?

No muy bueno. Pensaba en la muerte de mi padre y yo iba y le dejaba flores en el mar. Y murió mi madre, y yo estaba en Estados Unidos. No sé si entonces tenía esa imagen de mí mismo, pero ahora la siento así.

A lo mejor, la vida que se hace se convierte en una carta a los padres.

Es posible. Entonces la vida era como una pequeña fantasía, como si todo fuera provisional, como si no importara lo que estabas haciendo. Y acaso por eso conocí a gente muy importante, pero jamás tomé ni una nota.

Y quizá por eso no ha escrito un libro.

Sí, siempre pensaba que mañana sería otro día. Escuché cosas tremendas de gente muy importante.

¿Cuál era el estado de su ambición entonces?

No era una ambición de poder, ni económica. ¡Soy un desastre para la economía! A mí me da vergüenza hablar de dinero cuando me proponen un programa. Mi ambición era hacer las cosas bien.

En 'Pueblo' estuvo tres años, de 1965 a 1968, años intensos.

Era una competición preciosa, entre todos nosotros. Cada uno en su estilo. Yo admiraba a Tico Medina, a Yale, a un montón de gente. Recibí enseguida un consejo de Eduardo Delgado, un redactor jefe cuya amistad y sabiduría me marcaron. "Quiero escribir esta historia…", le dije. "No me la cuentes, escríbela". Competíamos dura y fieramente. A ver quién era el más brillante, buscabas la sonrisa del director, que bajara a tu mesa. Un día se nos ocurrió hacer un panfleto a favor de Picasso, pasó por mi mesa y me dijo: "No me fastidies, Hermidita…". Pero te miraba, y añadía: "Pero lo has escrito muy bien".

En sus páginas siempre estaba usted en primer plano, 'Match Hermida', 'La Página Hache'…

Era así, no era soberbia. Yo estaba, las hacía yo. Y no decía lo que pensaba, sino cómo pasaban las cosas por dentro de mí.

Se va de 'Pueblo' a televisión. Directamente al primerísimo plano.

Fue en 1967. Volvíamos de noche Eduardo Delgado y yo al periódico; el conserje nos dijo que subiéramos a ver al director. En su despacho había más gente, no era una reunión exclusiva. "Me voy de Pueblo a Informaciones", nos dijo. Y nosotros tendríamos que irnos de avanzadilla. Nos pidió discreción, era un secreto.

Qué secreto tan peligroso: lo sabían tantos.

Nosotros lo mantuvimos. Hasta que un día, a las cuatro de la madrugada, suena el teléfono en la redacción. La operación se había frustrado. Emilio Romero no se iba, pero los que estábamos comprometidos teníamos que pedir el finiquito e irnos a Informaciones. Yo ya hacía cosas en televisión, con Eduardo Delgado, el telediario de la noche. Y un día comenté con Pepe de las Casas, que era un hombre muy importante en aquella tele, que allí faltaba gente que contara historias. Me convocó a su despacho. "A ver, ¿cómo lo harías?", me dijo. Yo había estado esa mañana con Adenauer, el presidente alemán, y le conté lo que había vivido. "Muy bien, cuéntalo así". Y lo conté. Así empezó mi primer plano en televisión.

¿Qué supuso eso para usted?

Me di cuenta de que estaban equivocados los que creían que la televisión tenía que ser una cosa solemne. En el periódico llegas a la mente de la gente si vas a su corazón, y en la tele llegas al corazón si les miras a los ojos. Un día, Pepe de las Casas me llamó a casa: "¿Te irías a Nueva York de corresponsal?". "¿Cuándo? ¿Mañana?", le pregunté, ansioso.

Se hizo un personaje.

Me daba cuenta del cambio que se iba operando cuando volvía a España. ¡Entrabas en una sala de fiestas y a veces veías a gente imitándote! Una extraña sensación. Te haces a ella.

Pero habría una voluntad de 0hacer lo que hacía como lo hacía…

Era un impulso irrefrenable de contar historias. Y Nueva York era una fuente inagotable. Bajaba por Park Avenue y veía a las secretarias en primavera metiendo sus piececitos en las fuentes de los narcisos, ¡cómo no vas a contar esa historia! Siempre entendí también que la televisión es comunicación, y yo quería comunicar.

¿Qué sensación le da ahora, en su propio programa 'La imagen de tu vida', ver que la imagen con la que se le identifica es la del hombre en la Luna?

Esa imagen no me corresponde a mí. Es la historia más importante del siglo XX, si dejamos atrás la bomba atómica. Durante años no estuvo en TVE la grabación de esa imagen con mi voz. Pero a través de un amigo, un día encontré una cajita de cinta adhesiva que decía: "Narraciones de Jesús Hermida y de Cirilo Rodríguez". Cirilo las hacía para Radio Nacional. ¡Y la escuché por primera vez! Me dio mucha vergüenza.

¿Cree que sobreactuó?

Creo que lo refleja bien The New York Times del 21 de octubre; en la parte que dedica a la llegada a la Luna señala que el corresponsal de la televisión española saludó el acontecimiento con grandes voces en el centro de prensa de la NASA. Yo no sé si me pasé o no, sí sé que tuve que vivir la pasión del momento. Sí recuerdo algo que dije: "El pie de Armstrong toca la Luna como la mano de un niño toca la cara de su madre".

La gente le recuerda por eso.

Es un anclaje, un broche en una larga historia. Me seguían por las historias que les contaba desde Nueva York, empezaron a ver un Estados Unidos que no conocían, y me tocaron Vietnam, el Watergate, el asesinato de Robert Kennedy… historias bien fuertes.

¿Qué aprendió?

Que el periodismo es una profesión seria, que no es un circo, ni una reunión de bohemios. El periodista norteamericano es alguien riguroso, y aprendí que los periodistas han de ser rigurosos, creíbles.

¿Ve eso como un contraste con respecto a lo que pasa aquí?

Bueno, lo que a mí me parece es que la profesión está muy tecnificada, muy parcelada, y eso impide de alguna manera el individualismo creador.

Pero usted decía que en Estados Unidos un periodista ha de ser tan riguroso como un cirujano. Eso no pasa aquí.

Ahora todo vale, estamos en el todovalismo, es verdad.

Volvió a España en 1978.

Profundamente atraído por el cambio. No me lo podía perder. Leía EL PAÍS, veía cómo se iba fraguando todo, tenía que estar aquí. También me habían ofrecido irme a México para hacerme cargo de la dirección de imagen de Televisa.

¿Y cómo encontró España?

Estaba perdido. Hubo acusaciones de que era socialista. Y estuve algún tiempo sin hacer nada. Un día le dije a Pilar Miró, mi amiga: "Me tendré que ir". "No te vayas", me dijo. Luego me dieron De cerca. Con el peor horario, las tres y media de la tarde de aquella época. E hice de nuevo lo que me dio la gana.

Y ahí fue donde hizo aquella entrevista a Pilar Miró, la de las puñaladas…

Hablamos de las puñaladas que le habían dado. Claro que a mí también me han apuñalado. Y lo peor que he hecho es sonreír siempre a quien me apuñala.

Del último sitio que dimitió fue Antena 3.

Pero no me quiero poner gorros. Mi contrato terminaba, pero cuando llegó la nueva dirección les dije que me marchaba. Y yo mismo redacté la nota en la que se comunicaba mi marcha. En ella decía que Antena 3 era maravillosa. Luego he vuelto a hacer televisión, pero de manera esporádica. Como ahora, en TVE.

Usted inauguró la televisión de las mañanas.

Dejé TVE en 1983, me dediqué a la radio, volví en 1987. Me pidió Pilar Miró que volviera. Era mi amiga. Me llamaba: cuando la iban a operar, cuando el 23-F (yo estaba en EL PAÍS, ella estaba sola). Y un día de 1987 estaba yo en Antena 3 Radio, en antena, y me llama. Le dije al control que pusiera un disco, y salí a atenderla. "¿Te inventarías un programa por la mañana?", me preguntó. "Vale, me lo invento". Y ahí nació mi programa de las mañanas en TVE.

Era un riesgo.

Pero yo me creaba mi propia televisión. A lo mejor estaba equivocado, pero era lo que quería hacer. Se trataba de alegrar la vida a las amas de casa. Junté, entre otros, al psiquiatra Vallejo-Nágera, que ya estaba muy enfermo, y a Camilo José Cela, que estuvo allí incluso cuando le hicieron Nobel.

¿Se sintió mal cuando notó que finalmente ya no contaban con usted, en TVE, en Antena 3?

Eso no me produjo ningún sentimiento especial. La muerte de mi padre en el mar sí que me produjo sentimiento. Tendría un sentimiento especial con respecto a la tele si yo me arrepintiera de algo, y no me arrepiento de nada.

¿Y cómo ve ahora desde fuera los medios?

Me mantendré en la elegancia o el escaqueo de citarte La Celestina: "Todo está hecho en la vida a modo y manera de batalla". Es una gran batalla. Se está haciendo.

¿Y qué siente ahora cuando la palabra 'televisión' va seguida de la palabra 'basura'?

Basura hay en todas partes. La basura no es consustancial al mundo de la televisión. Pero la televisión lo agiganta absolutamente todo. Cuando se crearon las privadas, yo dije en Valencia, en una convención, que a partir de ese momento la gente podría ver lo que quisiera, Y lo que no quieres ver desaparece si apagas el televisor. La audiencia es responsable de lo que quiere ver, y las cadenas son miméticas, el negocio es lo que cuenta. Dicho lo cual, yo no culparé a las gentes que hacen esos programas. Y no voy a ser yo quien diga que son indignos, ¿quién soy yo para decir eso? Sí digo que me duelo un poco de que un medio al cual he dedicado cuarenta años de mi vida, que se cumplen este año, no nos dé otras cosas, no nos enriquezca más. Y eso es culpa de todos nosotros. Y eso me duele. Cuarenta años de mi vida para que al final resulte que la televisión es, en boca de casi todos, una basura… Duele un poco.

¿Se siente rechazado por esta televisión?

No: de esta televisión me han llamado. Han pensado que un tipo que lleva ahí cuarenta años tiene memoria histórica, y me han pedido que la cuente. Es la historia de mi vida, de nuestras vidas.

De las imágenes que ha visto, ¿cuál le ha impactado más?

La de la Luna. Una imagen inolvidable del siglo XX. Y el impacto en la torre sur del World Trade Center.

¿Y de las suyas personales?

No está en la tele: acaba de ocurrir lo de la Luna, yo estoy en Houston, entro en un pequeño parque, me tiro en el suelo, y me digo a mí mismo: "Lo hiciste, macho".

La gente habla mucho de las mujeres que usted ha descubierto en la tele.

He tenido jefas, he traído mujeres, pero también he traído muchos hombres. A las mujeres que algunos dicen que son las chicas Hermida yo les decía: "Un minuto de televisión es un regalo de los dioses. ¡Por amor de Dios, no lo desaprovechéis! ¡Cuánta gente mataría por un minuto de televisión!".

¿Volvería?

Para hacer algo concreto, como ahora. Lo que no haría nunca es ir arrastrándome por los estudios de televisión contando las miserias y las historias de mi vida. Eso no hay que hacerlo nunca.

El niño que quería contar historias. Dígame una historia que le habría gustado contar.

Un día de mayo de 1961 trabajaba yo en una revista. Me levanté y le dije al director: "Me voy a Huelva". Y llegué a casa. Pregunté por mi padre. "Está de guardia, en el puerto". Estaba en la caldera. "¿Qué haces aquí?". "Vine en coche". Bajó de nuevo a la caldera y subió con unas gambas. "¿Te veo esta noche?". "No, estoy de guardia". "Me voy mañana". Me fui. Un mes más tarde, alguien me llama y me dice: "Oye, tu padre ha tenido un accidente". Ésta es la historia que me habría gustado contar: mi padre que vuelve con las gambas, y yo le pregunto: "¿Te veré mañana?". No le vi nunca más.

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