GRANDES REPORTAJES

Recuerdo de un infierno

Galicia ardió por los cuatro costados este verano. Fueron dos semanas trágicas en las que se quemó el 3,81% del espacio forestal de la comunidad. Se perdieron vidas, bosques y paisajes. Ha quedado la desolación en una tierra que asiste impotente al azote del fuego año tras año. Entre la maldición y la pesadilla interminable

Carlos Pérez, agente forestal, en los montes de Xaviña, en el 'concello' de mediciones de la madera quemada.
Carlos Pérez, agente forestal, en los montes de Xaviña, en el 'concello' de mediciones de la madera quemada.NAVIA

Cada bosque tiene su musicalidad. Estes de Xaviña y Brañas Verdes están orquestados por el mar, que tiene su fuelle más poderoso en los arrecifes y la ensenada de Trece, entre el Monte Blanco, el Cementerio de los Ingleses y el cabo Vilano. Por aquí, los árboles vivos suenan a tuba y ocarinas. A trombón y oboe. A una fusión de jazz y etno. Bah, deja de fantasear. Sonaban. Ahora sólo cabe esperar el réquiem de la lluvia. Por un momento, espetados en un lodo humeante, los veo como espectros de soldados tiznados de una guerra antigua y futurista (como son, a la vez, todas las guerras), a punto de murmurar la letra de Wilfred Owen que cantaba la tropa resignada: "Ahí fuera caminamos amablemente hacia la muerte". No sigas por ahí. Ponte las botas. La orquesta del viento también abandona aprisa y en silencio los bosques quemados.

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Los xilófagos y la araña. Todo lo que no muere, huye. Lechuzas a quien han robado la noche. Zorros privados de su fábula. Causa espanto el apremio de los seres pequeños. Hileras de insectos. Los árboles tienen defensas inmunológicas. Tienen sus propios medicamentos. Sus hongos. El fuego destruye esas defensas. Ni los árboles, ni los hongos pueden huir.

¿Cuáles son los primeros seres en volver a un bosque calcinado? Lo pregunto pensando en su regeneración. Tal como están las cosas, supongo, cualquier bicho viviente será bienvenido.

-Los xilófagos -me dice Carlos, el agente forestal.

-¿Los xilófagos?

-Sí. Los taladradores. Comen la madera quemada. Es más blanda. El problema es que luego atacan a los árboles sanos. Ya van entrenados.

Mejor señal es la vuelta de la araña. Es la primera criatura visible que pone en marcha, digamos, las tareas de reconstrucción. Puede asir la red, como ha hecho ésta, a los helechos jóvenes, las primeras plantas que surgen en las cenizas, con sus hojas ideográficas. Cuando la tela de la araña esté tejida, dispuesta a la captura, he ahí la señal irónica de que sobrevivir es posible en el bosque.

Recuerdo de un infierno. La superficie quemada en las dos interminables semanas del 1 al 15 de agosto (especialmente virulentos del 4 al 12) equivale al 3,81% del espacio forestal de Galicia. En ese periodo se registraron 2.055 siniestros, con picos de hasta 300 incendios diarios, que recorrieron, en cifras oficiales, 77.772 hectáreas. Ese índice de gravedad, el 3,81%, no se alcanzó nunca en los países con mayor número de incendios de la Unión Europea (España, Portugal, sur de Francia, Italia, Grecia). La mitad de los fuegos, 1.052, fueron declarados de nivel 1 y 2, es decir, aquellos que conllevan riesgos para vidas humanas. Tampoco eso había ocurrido nunca. La mayoría se propagaron a partir de cinco focos iniciales. Dicho de otra forma: entre el 1 y el 15 de agosto se registraron 10.275 focos incendiarios en Galicia. En la estadística oficial se considera gran incendio el que afecta a más de 500 hectáreas. En ese periodo horroroso hubo que hacer frente, a la vez, a 37 incendios que sobrepasaban esa envergadura. Otra situación de excepción. Sólo ellos suponen el 80% de la superficie quemada, más de 62.000 hectáreas. El de mayores dimensiones fue el que cabalgó durante días los montes de Cerdedo, Cotobade y Campo Lameiro y afectó a casi 6.000 hectáreas. Todos ellos, los grandes incendios, tuvieron su inicio el mismo día, el 4 de agosto.

¿Qué pasó el 4 de agosto de 2006? Por ahora, la única clave importante que tenemos, con certeza, para intentar esclarecer la causalidad de una de las mayores tragedias ecológicas en los bosques europeos son las especiales condiciones meteorológicas. Se produjo en el sur de Galicia el temible factor 30. Es decir, más de 30 grados de temperatura, menos del 30% de humedad y más de 30 km/h en la velocidad del viento. Otra certeza que añadir al origen de esa deflagración forestal: la acumulación de maleza, convertida en potencial combustible. A ello habremos de añadir una cuarta variable, imposible de medir con exactitud, mucho más temible que el calor, la humedad y la velocidad del viento nordés juntos. Un factor humano. La existencia de bastante más de treinta tipos dispuestos a prender fuego a su propio país.

Uno de los informes más elaborados sobre la pesadilla incendiaria lo ha aportado la asociación ecopacifista Verdegaia. La conclusión dice: "Lo que vivimos la primera quincena de agosto es un episodio más, especialmente grave, de un desastre ambiental que se repite año tras año. Los incendios forestales son un problema crónico y constituyen un fracaso del conjunto de la sociedad gallega".

Los castaños de Casimira. Vive en Pedre, donde nació. En el municipio de Cerdedo, en Pontevedra. Eran seis hermanos. Tres de ellos marcharon a Montevideo. Casimira era costurera. Iba de casa en casa, con la máquina Singer portátil en la cabeza. Apenas daba para ir tirando, eso que sabía coser muy bien los vestidos. Incluso hizo un traje de novia. En 1966, con 29 años, decidió salir del círculo de la aldea para irse a Alemania, ella que casi ni conocía Pontevedra. Y en Alemania entró a trabajar en la fábrica de chocolates Trump, cerca de Hamburgo. Por eso no puede comer chocolates ni olerlos. Porque se pasó años y años en una cinta que nunca se detenía, puliendo tabletas y figuras de conejos de chocolate. Allí conoció a José Villanueva, andaluz de Colmenar, Málaga. Casimira recuerda en especial los días más crudos de invierno. Caminaban abrazados hacia el trabajo, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas. Todo lo que ahorraban lo enviaban a Galicia. Para hacer la casa en la que ahora viven. Y con esos ahorros también compraron la finca de la vega. Ella heredó algunos otros retales de monte. Pero en ese terreno que compraron, al lado de la N-541, por su antiguo trazado, ellos querían ver formarse un souto, un bosque de castaños. Llega un momento en que un castaño es como una catedral. Y es una madera que tiene valor. Además, están las castañas. A Casimira le gustaba abrir los erizos de las castañas haciendo tenaza con los pies, cuidando de no aplastar el fruto. Compraron doscientos plantones de castaño en Pontevedra. Los plantaron un día de lluvia y parece que lo agradecieron, se les notaba en la constitución. Pasó la infancia de los castaños, nacieron los erizos, con las castañas y la memoria dentro. Algunos automovilistas se detenían y recogían erizos de castañas. Algunos sabían abrirlos y otros no. Y a Casimira le hacía gracia que algunos salieran corriendo cuando aparecía y les gritaba: "¡Qué tienen dueño!".

También esos castaños, los de los ahorros de la fábrica de chocolate, ardieron en la primera quincena de agosto.

Casimira Ferrón coge entre las manos los erizos quemados. Si alguien me pidiera un informe sobre los incendios forestales en Galicia, le enviaría, en lugar de un fardo de palabras, este puñado quemado de erizos de castañas.

Taquigrafía de un gobernante. Fue muy grave lo que ocurrió. Pudo haber sido una tragedia horrible. Tenemos que lamentar cuatro muertes. Pero pudo ser mucho peor. Espantoso. Esperábamos problemas, pero nunca se nos pasó por la cabeza que íbamos a encontrarnos con una situación tan excepcional. Nuestro bautismo de fuego fue tratar con un monstruo desconocido. Estamos ante una tipología completamente distinta de incendio. Tenemos que hablar de un incendio urbano-forestal, con cinco o más focos, y difícil contención y extinción, porque hay que darle prioridad a la defensa de las vidas humanas y las casas. Ahora se puede comentar. Hemos vivido situaciones realmente alarmantes. Ha habido brigadas de extinción que han estado en serios aprietos. Dentro de esa situación límite, el trabajo ha sido ejemplar. Algo sobre la causalidad. De forma prácticamente simultánea se producen incendios en el aeropuerto de Lavacolla, en el entorno del núcleo de Santiago, a lo largo de las principales arterias de comunicación -como en la A-9 (la autopista que recorre Galicia de norte a sur) o en la vía rápida del Barbanza-, así como en las postrimerías de las residencias -privada y oficial- del presidente de la Xunta de Galicia, o cerca de edificios singulares como la propia sede de Protección Civil. Pregunto: ¿no inducen coincidencias como éstas a pensar en una dirección intencionada de los fuegos? Uno de los militares especialistas en catástrofes comentó en el centro de seguimiento de los servicios de extinción de la Xunta: "Esto es una operación de acoso y sabotaje". Con todo, lo importante es el futuro. Reforzaremos y especializaremos las brigadas de extinción. Vamos a poner en marcha un plan de choque para el establecimiento de perímetros de seguridad en los núcleos habitados. Nuestra intención es que no pueda haber plantaciones pirófitas a menos de 50 metros de núcleos habitados. Otro plan inmediato es financiar la recogida de biomasa para producir energía eléctrica y biocompost. Se trata de incentivar la limpieza del monte. Podemos afirmar que la mitad, un millón de hectáreas, está en situación de notorio abandono. ¿Y qué sucede? Que eso es un riesgo permanente para todo el país. Es imposible para la Administración limpiar un millón de hectáreas. Casi el 70% de los montes es de propiedad privada. Así que es necesaria la responsabilidad de todos. Y es que en el monte gallego hay sitio para todos. ¿Cuándo se empezará a notar la regeneración y una mayor diversidad en los bosques de Galicia? Si todo va bien, yo creo que en doce años. Los bosques quieren tiempo.

(De una conversación con Alberte Blanco, director general de Montes de la Xunta de Galicia).

La maquinaria pesada. Los montes gallegos, todo el territorio, son un palimpsesto. Ahí están las distintas formas en que la humanidad ha escrito sobre la tierra. Sus cultivos, sus preferencias, sus lugares sagrados, la caligrafía rotunda de los poderosos, las grandes talas de los bosques atlánticos, el microcosmos de la casa campesina, los caminos profundos, la sutileza de los setos y cercados, frente a los muros bélicos de hoy, con sus metemiedos… Sí, todo está escrito en la tierra. Los grandes rebaños de cabras y ovejas que se alimentaban de la maleza. Su desaparición. El hueco en el aire de los emigrantes. Las mareas sucesivas de repoblación impuesta, basadas únicamente en dos especies de crecimiento rápido y pirófagas, el pino y el eucalipto. El eucalipto pasó del 2,6% de la superficie arbolada en 1972 al 14% en 1998. El repliegue al gueto de las especies autóctonas y los caducifolios. La nula promoción de las maderas nobles. Hoy, Galicia tiene que importar madera de calidad para la fabricación de muebles. Ramón Otero Pedrayo, el viejo patriarca de las letras gallegas, leía una noche a Chateaubriand en su pazo de Trasalba, escuchó cómo un rayo partía la araucaria y tuvo tiempo a advertir antes de la muerte: "¡Por favor, tengan mucho cuidado con la maquinaria pesada!".

La maquinaria pesada. Don Ramón siempre supo identificar el peligro y acertar con las metáforas.

El paisaje, en gran medida, es una construcción humana. Cabría pensar en un contradictorio trazado histórico, donde se va alternando lo brutal y lo erótico en la relación con la tierra. El propio Otero Pedrayo, en su Geografía de Galicia, parece un erotómano al hablar de las formas de la tierra. La maquinaria pesada, en sus versiones ciegas, ha ido deconstruyendo paisaje; ha tenido el efecto de arrinconar la biodiversidad, la flora y la fauna, empobrecer el suelo de antiguos terrenos de cultivo y hacer monocromo el paisaje.

El 60% del territorio gallego es superficie forestal, el 11% del total español. Casi el 70% es de propiedad privada. Existen 670.000 propietarios con una media de dos hectáreas, en diferentes parcelas. Otra parte importante, el 28%, pertenece a las comunidades de vecinos, que llevan años reclamando la posibilidad de gestionar los montes con criterios económicos. Sólo el 2% de ese terreno es de propiedad pública. En Europa, la media de bosque de propiedad pública es el 35%.

En los últimos años, Galicia produjo más del 60% de la madera de eucalipto de España y la tercera parte de la madera de pino. Hay una poderosísima industria de transformación maderera y una gran planta de celulosa. Pero el mayor cambio sobre el territorio se ha producido en la geografía social. Además de las grandes emigraciones hacia el exterior, la población gallega ha protagonizado un extraordinario movimiento migratorio: ha abandonado el campo sin que lo parezca. A principios de los años cincuenta, el 85% del censo habitaba en el rural y un 70% vivía de la agricultura. Cuando España se incorpora a la Unión Europea son más o menos la mitad, un 35%, las personas con una actividad económica agrícola o ganadera. En la actualidad, dos décadas después, no alcanza el 7%. Pero la principal singularidad gallega se mantiene: la dispersión de la población. El gallego sigue viviendo pegado a la tierra, pero le ha dado la espalda.

San Simón y San Xusto. Si hay un microcosmos, una célula embrionaria, un lugar a partir del que poder reconstruir Galicia, no sólo como naturaleza, sino también como historia, este lugar es la isla de San Simón. Esos días siniestros de agosto, eso ocurrió de alguna forma. Ardía por Pontesampaio. Ardía por Soutomaior. Ardía por Domaio, ardía el Morrazo. Ramón Pazos, de 30 años, el barquero, piloto del Lucha Uno, la motora que lleva a la isla, tiene un recuerdo volcánico de aquellos días. Como si todos los montes del entorno de la ría entraran en erupción y esta vez sólo se salvase San Simón, con su paseo de bojes centenarios, con longevos eucaliptos a los que el mar y el viento y la corrosión de los excrementos de los cormoranes ha ido convirtiendo en piezas escultóricas.

Muchos kilómetros después, al volver desde Terra de Montes, veo un indicador quemado que me hace saltar. ¡No puede ser! ¡La carballeira de San Xusto, no! Todos los ateos, todos los pecadores de Galicia, rezando antes de que esto ocurra. Y allí está, entera. Los robles que ampararon todos los bailes, todos los abrazos, todos los enamoramientos. Allí donde nació la copla del doble sentido: "Carballeira de San Xusto, a da folla revirada, naquela carballeiriña perdín a miña navalla…". El erotismo de la cultura popular jugando siempre con el filo del lenguaje. Rodeado, sitiado, el robledal más mítico del folclore gallego ha sobrevivido. Me acerco al cañón del Lérez. Los montes descarnados. Va negro el río, con cenizas de todas las tribus montañesas. La terrible sentencia de Florentino Cuevillas retumba en el abismo calcinado: "Galicia es un país que quiere suicidarse y no lo consigue".

Monólogo interior de un agente forestal. Llevo 16 años apagando incendios. He visto fuegos muy grandes. La diferencia, este año, fue la intensidad. Y la estrategia del fuego. Se alió todo. Clima e incendiarios. Un incendio se puede extinguir. Pero, ¿qué haces cuando se multiplican, cuando el apagar uno parece la señal para que broten cinco? He visto cómo se han quemado 600 hectáreas en seis horas. El fuego se humaniza también en su maldad. Cuando se acerca a las casas hace estallar los cristales. Ésa era la prioridad, salvar los lugares habitados. Y en esta zona de Camariñas y Xaviña, el espacio natural del areal de Trece, un gran paraje dunar que se destruiría de quemarse el tejido vegetal que lo sostiene. En estos casos hay que contar con la ruindad del fuego. Con argucias de criminal. Se hizo un cortafuegos desde la pista que bordea Trece. Es una amputación, un recurso último, muy doloroso. Pero se trata de atraparlo, de que se coma a sí mismo. Todo parecía ir de acuerdo con lo planeado. A lo largo de toda la pista había hombres vigilantes, ningún tramo a salvo del ojo humano. De repente comenzó a arder al otro lado de la pista, en el espacio natural. Un brote espectacular, como por efecto de un lanzallamas. Ningún incendiario podría haber entrado allí. No cayó ningún artefacto del cielo. Sigiloso, utilizando las raíces como mecha, el fuego había atravesado la carretera por una tajea.

Se dice que en Galicia "tenemos suerte", que la naturaleza es muy fuerte. Es falso. El monte va perdiendo su humus, su sustancia. Sobre todo si arrecia la lluvia. Como ha pasado este año, que se ha llenado el mar de ceniza. Es lo que llamamos el descarnarse del monte. Ves los montes descarnados.

¿Qué ocurre cuando no solamente luchas contra el fuego, sino con la desesperación de la gente? Desesperación quiere decir también, muchas veces, incomprensión. Y algunas veces, agresividad. Gente que abuchea, que insulta. La furia del fuego, por un lado. La desesperación enfurecida, por otro.

Luchas contra el fuego, pero no puedes responder a los insultos, aunque haya insultos que te quemen más que el fuego. Llevas jornadas encadenadas, sin dormir, y oyes reproches del tipo: "¿Dónde os habéis metido, vagos?". Pero estábamos con el asunto de la causalidad. ¿Quién? ¿Trama organizada o perturbados? Te voy a decir una cosa. Aquí se apuntó todo dios. Todos se apuntaron al carro. Los que tienen intereses y los locos.

(Xoán Carlos Pérez, 37 años, agente forestal en Camariñas).

Hijos del árbol santo. Fue Martín de Braga, un galo procedente de Bizancio, quien comunicó en forma canónica a los habitantes de Gallaecia en el siglo VI que los árboles no hablaban. Ni las piedras. Ni las fuentes. El predicador no era del país, así que los galaicos decidieron no contrariarlo en público, pero siguieron hablando con los árboles. Con algunos, en especial. Finalmente, como siempre, se llegó a un pacto. Los árboles, tal vez, quizá, podrían hablar, pero en cristiano. Son los llamados, en la tradición, árboles santos. En uno de los lugares mejor conservados de la ría de Camariñas está uno de estos árboles curativos. El carballo de Cereixo. Al lado de una hermosa iglesia románica, algo de santo debe tener porque el lugar se ha mantenido a salvo del desastre urbanístico. Ha sido un roble prolífico, el de Cereixo. Muchos de los robles de la comarca son hijos del árbol santo. Los vecinos de A Devesa y Carnés, en la comarca de Soneira, cuando iban a vender los frutos de la tierra a la feria de Ponte do Porto volvían con brotes del árbol santo. Entre las grandes plantaciones de eucaliptos y pinos, A Devesa era un reducto de vida diversa y un motivo de orgullo para los vecinos, que siempre la han mimado como un lugar sagrado. Acaso la última estación del lobo en el oeste atlántico. No me extraña que a José Manuel Roget, el vecino que nos acompaña, y que hace poco ha restaurado la casa familiar, se le nublen los ojos cuando describe el bosque quemado. En la charla surge la inevitable cuestión de la autoría y vuelve el dilema de si hay tramas organizadas o es una suma de perturbados que van por libre. Y es cuando Roget dice con precisión irónica: "¿Cosa de locos? Si esto es un manicomio, está muy bien organizado".

Los defensores de los petroglifos. En medio del desastre, hay quien se aprovecha para el expolio. Dos esculturas zoomórficas desaparecidas de entre los restos de la antigua capilla de Santa Cecía, en el lugar de Rubial, en el municipio de Brión. Como ocurrió con el Prestige, y la marea negra que asoló el litoral, el fuego saca lo mejor y lo peor que una sociedad tiene dentro. Fuimos en busca de los petroglifos de Campo Lameiro, temiendo lo peor. Son una muestra única, extraordinaria, antiquísima, de arte rupestre. Grabados de animales, laberintos, círculos concéntricos hechos con sílex sobre rocas de granito, conservados miles de años a la intemperie. El fuego que bajó desde Cerdedo hasta los límites de Pontevedra, en una extensión de treinta kilómetros, acechó también los petroglifos. De hecho, las llamas envolvieron a uno de ellos, la llamada Roca de San Francisco, con un grabado de formas circulares que quizá cuente algún misterio cósmico. Pero la zona principal de los petroglifos, en Praderrei, fue defendida por los propios vecinos, vigilantes día y noche. En el horizonte, grandes manchas quemadas en el mapa, la sierra de Suido, Cando, Castelada, Montes de Testeiro… ¿Adónde van las palabras cuando arde lo que nombran?

La impaciencia del fuego. Según información del jefe del Servicio de Protección de la Naturaleza, fueron detenidas 57 personas; de ellas, 27 en Pontevedra, la provincia más afectada por la oleada incendiaria. Actuaban de modo individual y en el mismo término municipal o en otros limítrofes a su residencia. De todos los detenidos, 15 ingresaron en prisión, tres pasaron a disposición del Tribunal de Menores y otros tres ingresaron en un psiquiátrico. Causas, según este mando: resentimiento social, trastorno psicológico, alcoholismo… Y por fin, una intencionalidad posmoderna: el disfrute del visionado de los medios que se emplean en la lucha contra los incendios. El onanismo catastrófico. En otros años, una característica que destacaba era la edad de la mayoría de los investigados, muy alta. Entre 1999 y 2005, 451 detenidos. La mayoría superaba los 65 años. La anciana que hablaba de extraños pobladores del bosque. El viejo que quería matar todos los lagartos. Pero sería un error, propio de la antropología turística, hablar de la cultura del fuego entre los viejos de la tribu. La conclusión es más sencilla. La población ha envejecido, sin renovarse. La dispersión de la población, esa urdimbre entre la humanidad y la tierra, se ha convertido en una maldición. ¿Qué vida lejos del centro comercial, lejos de los rótulos luminosos de los lugares de marcha? Galicia registra, proporcionalmente, el mayor número de jóvenes víctimas de accidentes de tráfico. La mayoría ocurren a altas horas de la madrugada, los fines de semana. Muchos de los muertos lo son por choque contra… árboles. En el último accidente anotado, el marcador del vehículo, conducido por un muchacho de 18 años, registraba una velocidad de 205 kilómetros por hora. Hubo manifestaciones de distinto signo en Santiago motivadas por la ola de incendios. Pero en las zonas afectadas sólo se puede hablar de una marcha protagonizada por el vecindario. Fue en la zona de Navia de Suarna: el fuego había afectado al repetidor de televisión. Una reacción comprensible. El incendio también había hecho desaparecer el mundo virtual.

John Berger nombra el capitalismo impaciente. La velocidad. El crecimiento rápido. El tipo de fuego de la semana trágica de agosto de 2006 también parecía condensar todas las urgencias. Era un fuego impaciente. Quizá por eso tomó como una de las principales vías de propagación los arbolados colindantes con la A-9, la llamada autopista del Atlántico. Las llamaradas iban de copa en copa. El fuego tenía esta vez una estrategia urbana. Sitió urbanizaciones, cámpings, ciudades. Finalmente, el fuego rodeó los cementerios. Eso fue lo que ocurrió, por ejemplo, en Ponte do Porto y Camelle. No puedo evitarlo. He tratado de escaparle. Pero ante la visión de los muertos rodeados por el fuego, taladra el texto, ahora sí, como un xilófago, el adjetivo dantesco.

El yacimiento catastrófico. El filósofo Jean Baudrillard habló de un destino mediático para el continente africano, el de convertirlo en un "yacimiento catastrófico". Ser explotado como productor de catástrofes. Otro filósofo puntero, el alemán Ulrich Beck, ha acuñado el concepto de "sociedad de riesgo" para definir la relación entre humanidad y naturaleza en nuestro tiempo. En este reparto de papeles, ¿corre el peligro Galicia de convertirse en "yacimiento catastrófico"? Lo que ocupa claramente es una frontera en la sociedad de riesgo. El álbum fotográfico de Galicia en los últimos años podría aportar abundante material para una imponente instalación del pujante arte apocalíptico. Castelao, en forma de irónico panteísmo, escribió que la Santísima Trinidad del pueblo gallego estaba constituida por la Vaca, el Pez y el Árbol. La base del sustento y los tótems futuristas. Fue certero en el diagnóstico. Galicia, en su escala, es hoy una potencia forestal, como lo es pesquera y ganadera. Las nuevas pestes de la "sociedad de riesgo", del capitalismo impaciente, se han manifestado con crudeza en el noroeste peninsular. Y han acertado, con ruin precisión, en los tres símbolos. La enfermedad de las vacas locas, las mareas negras en las costas y la plaga de incendios forestales.

No, Galicia no consigue suicidarse: "Lo más sorprendente es que, frente a cada catástrofe de la nueva sociedad de riesgo, se ha producido una explosión de energía, de vitalidad crítica alrededor de las últimas tragedias. De alguna forma, lo que pasa en Galicia es una metáfora de lo que ocurre en el mundo". Antón Patiño celebra la forma irónica en que muchos artistas, músicos y escritores jóvenes se identifican generacionalmente por las catástrofes. "Yo soy de la generación Polycomander [un carguero hundido en Vigo con productos tóxicos], como los de Siniestro Total". Así, en la Costa da Morte, la generación Cason, o en A Coruña, la generación Urquiola. La generación Prestige. Ahora, la generación Lume (fuego). Una manera de poner en crisis la propia catástrofe. Vencerla. Decía el muy escéptico Cioran: "Me gusta reír. Y no puedo reír solo".

Información y miedo. El monte arde todos los años en Galicia. Pero en la Televisión de Galicia no existían los incendios. El gobierno anterior afirmaba aplicar un criterio de los expertos: la información sobre incendios produciría un efecto contagio. A cambio podías disfrutar, en directo y diferido, de la Fiesta del Cocido. Este año, los medios autonómicos han informado diariamente del número de siniestros y su localización, y han emitido programas especiales de larga duración durante la oleada incendiaria del 4 al 12 de agosto.

Galicia ardía en la realidad y en el mundo virtual.

"¡Que se hable! Ya hubo bastantes prohibiciones". Fina Casalderrey, de 55 años, maestra, vecina de Lérez, mucha experiencia ya como educadora, y escritora y premio Nacional de Literatura Infantil, considera que la información ha sido fundamental para crear en la opinión pública una reacción de sensibilidad medioambiental y de rechazo a la delincuencia incendiaria que hasta ahora no se había notado con esa intensidad en Galicia. El fuego se había instalado casi como una costumbre, como una fatalidad, incluso en el refranero: "En setembro arden os montes e secan as fontes".

"¿Cómo es el miedo ante esta clase de fuego? Así me imaginaba de niña el fin del mundo. Es un miedo orgánico, que te domina, que perturba todo; que no sólo te aturde personalmente, sino que crea desconfianza. Cuando te rodea con estas magnitudes, cuando arde la naturaleza y cerca las casas, tienes la sensación de que arden también los valores. Por eso es tan importante informar y no callar. Y que la gente reaccione frente al fatalismo. Hay unas causas, unos responsables, unos culpables. No es una maldición bíblica".

El Carballo con Botas. Es una verdad a medias, lo del dar la espalda al monte. Por ejemplo, el Carballo con Botas no sólo es un cuento infantil, sino que existe. Es un grupo de educación ambiental, surgido en la aldea lucense de Garabelos. Una de las ideas es recoger botas viejas para rellenarlas de tierra y plantar bellotas o castañas. No hay mejor vivero que una viejas botas humanas. Es necesaria una acción de gobierno, coinciden todas las partes. Pero hay también iniciativas particulares. Se multiplican, por decirlo así, los Carballo con Botas. Grupos de personas que se agrupan para comprar espacios donde proteger o desarrollar el bosque autóctono y que se han convertido en refugios para especies animales. Una referencia hoy en Galicia es Ridimoas. Un bosque paradisiaco situado en Ourense, de más de 300 hectáreas, y del que se puede decir que nació de un incendio. A Pablo Oitabén, promotor de esta iniciativa de compra solidaria, por medio de cuotas, de montes para regenerar, se le ocurrió la idea hace ya treinta años, al ver quemado un bosque de pinos de su padre, después de una oleada incendiaria que arrasó la comarca de O Ribeiro. La noticia es que Ridimoas no arde. Entre sus habitantes, caballos que llegaron al bosque rescatados del maltrato, incluso por requerimiento judicial. Animales que hoy son la primera línea en la defensa contra el fuego. Se alimentan de la maleza. Vigilan.

Hay muchos cuentos verdaderos que se escriben en el palimpsesto del suelo gallego. Pero quizá lo más importante de lo ocurrido este año frente a la oleada incendiaria, como ante otras catástrofes, ha sido la reacción de la opinión pública. La clara noción de la gravedad del delito ecológico. El agente forestal Carlos no cree en milagros. Ni siquiera la multiplicación de medios podría evitar los incendios: "No hay nada más importante que la formación de los jóvenes, la conciencia de la gente".

También él es un carballo con botas. Una de esas personas que encarnan todo aquello en lo que uno puede confiar. No dejarán que Galicia sea sinónimo de "yacimiento catastrófico".

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 29 de octubre de 2006.

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