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Esta isla quiere alejarse de la costa

Un ingenioso sistema de regulación de aguas salvará el Mont Saint-Michel de los sedimentos

Un total de 164 millones de euros. Es el montante global que van a gastarse distintas instituciones francesas para que el Mont Saint-Michel siga siendo una isla. Una de las maravillas del mundo. Uno de los monumentos más visitados de Francia. Su atractivo, lo que lo hace único, es el que sea y no sea una isla, que las mareas lo aíslen y lo dejen rodeado por una inmensidad de agua. Hace siglos, en la marea alta, el Mont Saint-Michel quedaba a cuatro kilómetros de la costa, pero hoy queda a unas pocas decenas de metros. Si no se hacía nada, en un par de décadas los sedimentos marinos provocarían que hubiese una perfecta continuidad entre el territorio del continente y el de la roca que acoge la abadía de Saint-Michel.

El mítico Mont Saint-Michel, amenazado por el barro y los sedimentos, volverá a alejarse del continente con la marea y a recuperar su antigua magia. Situado entre Normandía y Bretaña, en la desembocadura del Couesnon, ya tenía algo de mágico cuando era una simple excrecencia rocosa en medio de la arena o de las aguas, pues los druidas lo utilizaban para reunirse y transmitirse los secretos de su sabiduría. Los romanos construyeron una calzada para unir los 3,9 kilómetros cuadrados de roca al resto del Imperio. En el siglo VII, cuando se erigió un modesto oratorio en lo que aún se llamaba Mont Tombe, la calzada había desaparecido, desgastada por el oleaje y por la necesidad que los campesinos tenían de sus piedras para levantar los muros de sus casas.

En marea baja, el río soltará al mar de golpe, como una cadena de WC, el agua embalsada

Las callejas empinadas que solo recorrían los frailes hoy son pasto de las multitudes

El problema que hay que resolver para evitar que el continente se vaya acercando al Mont Saint-Michel lo provocan los más de 700.000 metros cúbicos de sedimentos que, cada año, deposita la marea en torno a la roca. ¿Por qué no se los vuelve a llevar mar adentro? Sencillamente, porque la marea es más rápida y poderosa cuando sube que cuando baja -el puerto de Brujas, que murió al quedar bloqueado por la arena, nos recuerda esa verdad elemental-, pero también porque la intervención humana ha modificado el entorno. Mediante la construcción de polders que han ganado terreno al mar y creado más superficie destinada a pastos para el llamado vau des salers, una ternera cuya carne es particularmente apreciada porque el animal se ha alimentado con pastos más salinos de lo habitual. Y mediante la carretera-dique que une la roca a la costa, una obra que existe desde 1879 pero que se remodeló 1964, lo que agravó el problema al facilitar que se amontonase la arena mojada en torno a la roca para así disponer de un gigantesco aparcamiento. No podía ser menos cuando 3,2 millones de visitantes acuden cada año al lugar para descubrirlo.

Obviamente, lo primero en que se pensó para solucionar el problema fue en utilizar un ejército de tractores oruga que llevaran a cabo un gigantesco desplazamiento de la arena sobrante. El ritmo de las mareas complicaba mucho la tarea equiparándola a la idea de vaciar el océano con un vaso. Además, aunque se hubiese encontrado la técnica para devolverle al mar sus dominios, nada quedaba resuelto: al año siguiente el fenómeno de acumulación de sedimentos iba a volver a empezar.

Durante 10 años, los expertos han estado estrujándose las meninges y haciendo cálculos. Al final parecen haber encontrado la solución: basta con invertir el fenómeno de la marea, es decir, basta con que sea el agua que se retira la que tenga mayor empuje y capacidad de arrastre. Fácil de decir pero difícil de materializar, pues no se conoce técnica alguna para domeñar el oleaje marino. Un río, el modesto Couesnon, iba a resolver la cuestión. El pobre Couesnon también es víctima de la potencia marina y su calado ha ido disminuyendo a medida que se iba modificando ensanchando su desembocadura por la arena que empujan las mareas. Los técnicos decidieron que había que poner unas compuertas al río, levantar una suerte de pantano que evitase la aportación sistemática de sedimentos. Ésa es sólo la primera parte de la idea. Durante la marea alta se deja que el agua penetre en el Couesnon, pero sólo el agua, sin los sedimentos. Luego, en marea baja, el Couesnon soltará de golpe el agua embalsada, que vuelve al mar con una capacidad de arrastre muy superior. Es como -la imagen es eficaz porque es exacta- si tirásemos de la cadena del inodoro.

Se calcula que el sistema tardará unos veinte años en devolver las cosas a donde debieran, es decir, a alejar la costa del Mont Saint-Michel y garantizar la condición de isla del monumento con la marea alta. El pantano del Couesnon estará acabado en 2008, pero las obras no se limitan a ese juego de compuertas. Hay que construir un nuevo aparcamiento, en el continente; crear un sistema público de transporte entre el Mont Saint-Michel y la costa; derribar el viejo dique-carretera y construir sobre la arena un puente de 700 metros capaz de dejar circular el agua sin que ésta haga temblar sus pilares. Estará listo a finales de 2010 o principios de 2011. De ahí el coste de 164 millones de la obra.

Las aportaciones de los distintos implicados en la financiación de la obra se desglosa así: 79 millones del Estado, 59 de las colectividades locales -ayuntamientos, departamento y región-, 17 de la Unión Europea y 3 de la sociedad que explota las aguas del Couesnon. Ésta ha asumido los trabajos preparatorios, que han incluido crear unas zonas pantanosas en torno al río para garantizar la supervivencia de unas ranas especiales, que sólo se dan en la zona, y que hubieran muerto de haberlas dejado a manos de las compuertas.

Para François-Xavier de Beaulaincourt, director de la asociación que defiende los intereses de la bahía, "el pantano nos permitirá lanzar lejos los sedimentos, pero al mismo tiempo nos permite erigir un mirador extraordinario. Con el sistema de transporte público nos será más fácil regular los flujos turísticos. Y de todo ello también saldrán beneficiadas las ciudades vecinas, como Cancale, Granville, Saint Malo o Chausey". La asociación que preside de Beaulaincourt dice querer "mejorar la calidad de la visita. Las estimaciones nos dicen que podríamos acoger a cinco millones de visitante anuales".

Ése es otro problema: cómo lograr que cinco millones de personas que pasan unas pocas horas en un lugar de menos de cuatro kilómetros cuadrados y que tiene sólo 50 habitantes censados, no destruyan el espíritu del lugar. Imposible destruir lo que no existe o que ya emigró hace varias décadas, responden los más críticos. ¿Qué queda de la abadía benedictina fundada el 966? ¿Qué se ha conservado de la siniestra prisión instituida en 1791 y en funcionamiento hasta 1863? ¿Qué se distingue de la sucesión de edificaciones carolingias, románicas y góticas? Las piedras están ahí, rodeadas de bares, restaurantes, creperías y hoteles. Las callejas empinadas que sólo recorrían frailes y unos pocos pescadores y campesinos son hoy pasto de multitudes más o menos disciplinadas que transforman un centro espiritual en una disneylandia de la naturaleza. ¿Es el destino de la cultura europea? ¿El Mont Saint-Michel, si dejaba de ser isla, perdía valor? Probablemente, si el continente hubiese engullido la roca, la abadía hubiera recuperado la tranquilidad y el flujo de visitantes se habría dividido entre 10. Ese claustro, único, abierto a la inmensidad del océano, hubiera sido de nuevo silencioso. Pero es cierto que el lugar es único porque durante siglos las aguas lo aíslan durante media jornada cada día. Que la historia del lugar está ligada a la particularidad física. Hoy es una gigantesca cadena de water la que asegura la pervivencia de esa particularidad. ¿Signo de los tiempos?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de julio de 2006