Editorial:Editorial
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Fase decisiva

El presidente del Gobierno ha desmentido

que exista compromiso alguno con la banda terrorista ETA, y le ha faltado tiempo al partido de la oposición para expresar, por boca de Ignacio Astarloa, su incredulidad, porque "las palabras no van en consonancia con los hechos". Nada puede frenar un delirio basado en el juicio de intenciones permanente y en los peores hábitos de denigración del adversario. En semejante contexto, los hechos parecen no contar: el Gobierno ha puntualizado que en ningún caso va a derogar la Ley de Partidos; la justicia ha seguido su camino con la desarticulación de la trama de extorsión de ETA; no se ha producido medida alguna favorable a la banda ni reconocimiento verbal comparable con las que puso en práctica el Gobierno de Aznar en la anterior tregua. A pesar de todo, el PP insiste en acusaciones tan truculentas como insostenibles: traición a las víctimas, rendición del Gobierno a la banda terrorista, desmembración de España, entrega de Navarra o reconocimiento del derecho de autodeterminación.

El proceso para el fin de la violencia en Euskadi nace de la comprobación por parte del Gobierno de la voluntad del actual grupo dirigente de ETA y Batasuna de abandonar la actividad armada. Este tipo de procesos requiere inevitablemente de una cocina previa sobre los instrumentos y los métodos de negociación: los trabajos preparatorios acostumbran a influir en el resultado final. La tregua de 1998 fue preparada por el PNV; su anuncio fue el fruto de un pacto entre los nacionalistas vascos y el tándem ETA-Batasuna, sin la participación del Gobierno del PP. Esta secuencia tuvo mucho que ver con el fracaso de las conversaciones. En esta ocasión, los contactos preliminares han sido entre emisarios del Gobierno socialista y de ETA, por lo que la probabilidad de éxito es mayor.

Con el anuncio del alto el fuego, la fase previa se dio por terminada. Con la declaración del presidente Zapatero y el contacto PSE-Batasuna se ha entrado en la negociación de carácter oficial. Estamos, por tanto, en una fase nueva, al inicio de la cual es lógico que ETA y Batasuna traten de poner sobre la mesa exigencias muy superiores a lo que razonablemente pueden obtener. Así se explica la proliferación de informaciones y rumores que los contrarios al proceso para el fin de la violencia utilizan sin rubor alguno. No deja de ser escandaloso que la derecha dé siempre más credibilidad a las informaciones que facilita ETA que a las que vienen del Gobierno.

En un proceso como éste es muy importante que las decisiones del Ejecutivo puedan ser seguidas y asumidas por la ciudadanía. Por eso no cabe la precipitación. Sería más fácil si la confianza, la discreción y la comunicación entre los partidos fluyera normalmente. Hace bien pues Rodríguez Zapatero en buscar insistentemente el apoyo del PP, un partido que hoy apuesta sin rubor por el descarrilamiento de la negociación. Tal estrategia es moralmente reprobable y un enorme error político. De nuevo los datos son más tozudos que las veleidades irresponsables de la oposición: las encuestas demuestran que los votantes conceden su confianza al presidente para que busque el fin del terrorismo, como lo intentaron sus predecesores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 15 de julio de 2006.

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