Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:Chernóbil, 20 años después

Bielorrusia aprende a vivir con Chernóbil

Los países vecinos de Ucrania, donde ocurrió el accidente nuclear, sufren las dramáticas secuelas

La explosión del cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania (entonces integrada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), el 26 de abril de 1986, desencadenó el mayor accidente nuclear de la historia por su magnitud radiactiva. EL PAÍS inicia hoy una serie de informaciones sobre las consecuencias, en Ucrania y los países vecinos, de aquella tragedia.

Bielorrusia es el país más afectado por la catástrofe nuclear de Chernóbil, ocurrida en la vecina Ucrania hace 20 años: 2,5 millones de personas vivían en la zona contaminada por la nube radiactiva (el 23% de la superficie bielorrusa). A modo de una piel de leopardo, el cesio, el estroncio y, en menor medida, el plutonio forman manchas sobre el territorio, especialmente en las regiones de Gómel y Magiliov. Ante una tragedia desbordante, el régimen del presidente Alexandr Lukashenko ha optado por "aprender a vivir con Chernóbil [la central está a 16 kilómetros de la frontera bielorrusa]", pero su actitud no es como la de un enfermo de diabetes que integra el tratamiento en la cotidianidad, sino la del enfermo que ignora su mal y se jacta de estar cada día más sano.

En Gómel fueron evacuados 327 pueblos (40 de ellos enterrados tras el accidente), pero en sus librerías no pude encontrar un libro científico o divulgativo sobre Chernóbil. Ni siquiera novelas. En Minsk, el presidente del Comité de Chernóbil, Vladímir Tsalkó, constata que "el 80% de los niños están enfermos en uno u otro grado", pero afirma que el sistema estatal "permite controlar la radiactividad de los alimentos". Los productos contaminados no se aceptan en el comercio, pero los campesinos pueden alimentar el ganado con ellos. "El cesio se elimina. El estroncio se queda en los huesos, pero los huesos se tiran".

Lukashenko ha dicho que el mundo está obligado a ayudar a Bielorrusia, pero también que su país "resuelve este problema solo". En 2005 quiso limitar los viajes de los niños afectados a Occidente para evitar que desarrollaran una mentalidad "consumista". "Le entendieron mal", dice Tsalkó y afirma que 50.000 niños salen anualmente al extranjero.

Parte de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central nuclear está en Bielorrusia. Instalarse allí está prohibido, pero cualquiera puede irse a vivir a otros territorios contaminados. Basta con hacerse un examen médico y firmar un papel "comprometiéndose a no hacer ninguna reclamación al Estado, si enferma", afirma Tsalkó. A este liberalismo, extraño en un régimen autoritario, se le contrapone la visión menos tranquilizadora de especialistas marginados, como Yuri Bandazhevski, estudioso de las dosis de baja intensidad, quien pasó cuatro años en la cárcel, por supuesto soborno, tras criticar la gestión financiera del régimen.

Otro científico sin apoyo oficial es Vasili Nesterenko, director de Belrad, centro independiente de control de la radiación en Minsk. Tenía una red nacional con laboratorios móviles y controles de alimentos a domicilio, pero tuvo que restringir su actividad después de que el Estado dejara de financiarle. Nesterenko dice que la red de control de alimentos ha sido prácticamente destruida y que se ha detectado estroncio 90 en el maíz, la leche y las hortalizas de decenas de pueblos. Sostiene que el deterioro de la salud de la población 20 años después del accidente se debe al consumo de alimentos contaminados y acusa a Sanidad de rebajar la magnitud de la radiación.

"La gente que vive con la radiación no debe pensar cada día en ella", afirma Eleonora Kapitónova, directora del Centro de Medicina Radiactiva de Gómel. La funcionaria admite que a la lista de enfermedades atribuibles a la radiación hay que incorporar diversos tipos de cáncer y enfermedades cardiovasculares. "Estar en la lista" da derecho a prestaciones materiales como víctima de Chernóbil. El Estado, sin embargo, prefiere "reducir" la extensión de los territorios contaminados y así ahorrar medios.

En Zabolotie viven Natalia, Oleg Kozlov y sus tres hijos. Vinieron de Kazajstán, que para ellos era un sitio "peor" que el entorno de Chernóbil. Oleg hace chapuzas cerca de Minsk. Natalia, de 36 años, tiene aún un pasaporte soviético, lo que le impide recibir el subsidio para sus hijos. Oleg, por su parte, hace como si no tuviera el cáncer de pulmón que le han diagnosticado. La hacienda donde Natalia era ordeñadora, fue liquidada, con ayuda de los campesinos de más edad que sólo querían jubilarse, porque las pensiones son los únicos ingresos estables en estas zonas, donde no hay trabajo y, si lo hay, es con sueldos de miseria.

Marina Chernega abandonó Minsk por la contaminada Prómyshi, donde le ofrecieron una casa. Hace de bibliotecaria y asistenta social y cobra unos 300.000 rublos bielorrusos (120 euros), tiene un marido en paro y un hijo de nueve años que ahora es una víctima más de la radiación. Los beneficios sociales de los que gozaba su hijo, tales como la comida gratis en la escuela, fueron suprimidos.

"Si la gente se ve obligada a vivir en zonas contaminadas, hay que enseñarle a tratar los alimentos y a practicar una nueva cultura de vida. Es absurdo producir cereales contaminados para fabricar vodka", afirma Nesterenko. Vladímir Aheyets, director del instituto de radiología de Gómel, ha anunciado la restauración de una vieja fábrica de alcohol en Strelizhevo "con ayuda del Organismo Internacional para la Energía Atómica".

En Bielorrusia se evacuaron 137.000 personas, pero hay quien se resiste a marcharse. En Bartolomeyevka, tres familias viven sin tiendas y sin electricidad. Alexandr Muzichenko, de 40 años, tractorista en paro, enchufa su transistor de pilas a un altavoz en la calle, mientras su padre y los vecinos duermen la borrachera. "Otros se marcharon y ya están criando malvas, y yo, que me quedé, estoy sana, aunque sorda", dice Yelena Muzichenko, de 75 años, madre de Alexandr.

La familia come los productos de su huerto y los vende en el mercado. Más de una vez han tenido que tirar la leche tras un control de radiación. Las pensiones de Yelena y su marido (280.000 rublos bielorrusos, 112 euros) mantienen a Alexandr. La red de ONG en torno a Chernóbil sufre las restricciones que Lukashenko ha impuesto a la sociedad civil. Valentina Smolnika, una médica que preside la fundación Niños de Chernóbil en Buda-Koshelova, se queja de no poder sacar de la aduana la ayuda humanitaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de abril de 2006