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Crítica:FESTIVAL DE PASCUA DE SALZBURGO

El alma de las cosas

Por primera vez en sus 40 años de existencia se programa la única ópera de Debussy en los Festivales de Pascua de Salzburgo, prácticamente una década después de que subiese a escena en los Festivales de verano. Simon Rattle ha querido redondear con el idioma francés su baile de lenguas -las tres óperas anteriores de su mandato en Salzburgo han sido en inglés, italiano y alemán- y también ha buscado situar el emblemático título de Debussy justo inmediatamente antes de su inmersión de cuatro años en El anillo wagneriano. La invitación a Stanislas Nordey para que configurase la escena era otra señal clarificadora de que Rattle iba en esta ocasión a por todas.

El director inglés puede, en efecto, ir a por todas, porque tiene la garantía de tener detrás un instrumento musical tan colosal como es el de la Filarmónica de Berlín. Convenció una vez más la filarmónica con una interpretación de una riqueza exuberante, puesta en todo momento al servicio de desentrañar el misterio y profundidad de la obra, y también centrada en crear la atmósfera sonora apropiada para adentrarse en el simbolismo sin caer en el hermetismo. Rattle, muy concentrado, en lo que puede considerarse su apuesta más audaz en Salzburgo, controló a placer los mecanismos musicales, puso los granos de sal suficientes para que el equilibrio imperase y en ningún momento se dejó llevar por la tentación del exhibicionismo o la brillantez gratuita.

Pelléas et Mélisande

Drama lírico de Claude Debussy sobre un texto de Maurice Maeterlinck. Orquesta Filarmónica de Berlín. Director: Simon Rattle. Director de escena: Stanislas Nordey. Escenografía: Emmanuel Clolus. Vestuario: Raoul Fernandez. Con Simon Keenlyside, Angelika Kirchschlager, José van Dam y Robert Lloyd. Festival de Pascua. Grosses Festspielhaus, Salzburgo, 8 de abril.

Fue una versión volcada hacia la interiorización del drama

No fue una versión volcada preferentemente hacia lo idiomático, sino hacia la interiorización del drama. La inquietud salía del foso y llevaba al espectador a una sensación de desasosiego más que de melancolía o tristeza. (Creo que fue Susan Sontag quien afirmó que esta ópera era la más triste de la historia).

A que no lo fuese contribuyó Rattle lo suyo, pero también Nordey y sus colaboradores escénicos. No lo tenían nada fácil, pues heredaban de la década anterior al menos cuatro versiones de gran entidad escénica: la ya clásica en su sencillez de Peter Stein para Cardiff, la expresiva hasta lo kafkiano de Herbert Wernicke para Bruselas, la luminosa y poética de Robert Wilson para París y Salzburgo, y la hiperrealista e inquietante de Christoph Marthaler para Francfort.

Nordey pone en el centro de todo a Mélisande subrayando su carácter de heroína de la ópera en el sentido moderno, es decir, desde su actitud de vivir su vida con absoluta libertad. Va de rojo de calle y el resto en blanco teatral. Los vestidos, los maniquíes, los bellísimos cuadros en rojo y negro, se multiplican. La potencia visual es enorme. El simbolismo de la obra es abstracto, y se inscribe en una ceremonia ritual que mira a los cuentos de antes y los devuelve con cierta fantasía futurista. No hay apoyos figurativos o realistas: los cabellos, la cama, el estanque. La narración mira hacia el alma de las cosas, que diría Azorín, y se manifiesta en imágenes plásticamente efectivas.

Angelika Kirchschlager se integra bien como Mélisande en este planteamiento teatral y conceptual pero no lo sobrepasa desde el canto, ni desde la evanescencia de la melodía, ni desde la seducción del misterio, ni desde el estilo. El sentimiento de distancia acaba por imponerse. No así en Simon Keenlyside, un Pelléas imponente que reivindica la primacía del canto gracias al humanismo de la voz. El veterano Van Dam realiza su oficio con maestría y escasa emoción. El resto del reparto completa con corrección los cometidos vocales. El público vivió la representación en grado de ensimismamiento. Aplaudió con fuerza. No hubo una sola protesta ni siquiera para los del equipo escénico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de abril de 2006