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COLUMNA

La bolsa y la vida

Se nos ha dicho hasta la extenuación que el mundo ha cambiado desde el 11-S y que parte de la humanidad, empezando por los europeos, no se ha enterado de estos cambios tan espectaculares. Nos lo han dicho los grandes zares de la seguridad respecto a muchas cuestiones, pero ahora nos centraremos en dos: los derechos humanos y la libre circulación de capitales; las vidas y las bolsas. Rumsfeld y Cheney han dejado el campo sembrado de medias palabras y de frases enteras para dar a entender que iban a hacer de su capa un sayo a la hora de tratar con los sospechosos de terrorismo, y luego ya hemos visto lo que ha sucedido. Paul O'Neil y John Ashcroft, que entonces eran respectivamente secretario del Tesoro y fiscal general, nos avisaron de que Estados Unidos iba a exigir cambios drásticos en las reglas de juego financieras, los paraísos fiscales, el secreto bancario, y en general todo lo que afecta al dinero negro y a los circuitos de evasión fiscal.

¿Y qué ha pasado luego? Pues muy sencillo: por un lado ha ido creciendo la lista de la ignominia, encabezada por Guantánamo y Abu Ghraib, y por la otra también ha crecido sin pausa la economía sumergida en todo el mundo, algo que ha estudiado con precisión el ex ministro de Comercio e Industria de Venezuela y actual director de la prestigiosa revista Foreign Policy, Moisés Naïm, en su libro Ilícito. Cómo el contrabando, los traficantes y la piratería están cambiando el mundo, de próxima aparición en España. Una de las cuestiones que cuenta Naïm es que las redes terroristas se hallan vinculadas a todas las actividades ilegales más características de la globalización: falsificación de marcas, piratería, contrabando, tráfico de drogas y lavado de dinero negro. El escándalo de Enron y los atentados del 11-S son las dos caras de la misma moneda de una grave negligencia de Estado.

A pesar de los esfuerzos de policías y jueces de algunos países y de la Organización Mundial de Comercio, todas estas actividades han seguido floreciendo después del 11-S tanto o más que antes. Naïm ejemplifica lo sucedido con una excelente anécdota en primera persona: "Me encontré en Zúrich con un gestor de banca privada especializado en fortunas de clientes millonarios. 'Si alguien pide sus servicios para gestionar algo así como 50 millones de dólares', le pregunté, '¿hasta qué punto es más difícil hoy en día ayudar a esta persona a mantener su dinero a salvo de las autoridades comparado con lo que sucedía hace diez años?'. Sonrió y me dijo: 'La principal diferencia es que ahora le cobro más".

La compra de la compañía portuaria P&O por DWP (Dubai World Ports) ha convertido la contradicción entre la bolsa y la vida en un problema político para Bush, un charco más en el pantano en el que chapotea desde hace un año. DWP es propiedad del emirato de Dubai, uno de los miembros de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), caracterizado por la máxima libertad económica, su minimalismo fiscal y la proclividad a incubar en su seno doctrinas yihadistas y sus peligrosas secuelas prácticas. Dos de los terroristas del 11-S salieron de los EAU. La confederación de emiratos petroleros tenía relaciones diplomáticas con el Afganistán de los talibanes. Y el científico nuclear paquistaní Abdul Qadeer Khan utilizó los emiratos para suministrar su tecnología a Libia e Irán.

Es muy improbable que esta compañía, la quinta en el mundo en su género, signifique un peligro para la seguridad de Estados Unidos. Pero no será sencillo convencer a los norteamericanos, empezando por el partido republicano, de la inocuidad de la operación. Estados Unidos rechazó la compra de la petrolera californiana Unocal por parte de la china Cnooc, por considerar que se trataba de una inversión estratégica que no se podía dejar en manos de una compañía estatal de un país potencialmente rival. "El recurso fácil a la amenaza terrorista se le está volviendo en contra ahora a la Casa Blanca", ha escrito en estas páginas Sandro Pozzi desde Nueva York. Y, sobre todo, la operación demuestra que hay una gran manga ancha con los amigos de la oligarquía del petróleo, a la que pertenece Bush, y una manga muy estrecha a la hora de respetar la división de poderes, la legalidad internacional y los derechos humanos. De un lado, una respetuosa reverencia a las sacrosantas reglas del mercado internacional y a los derechos del dinero, incluso si el jugador es una compañía de capital público de un Estado oligárquico, y del otro, una desdeñosa indiferencia hacia la legalidad que protege las vidas y los derechos de las personas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de marzo de 2006