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Reportaje:

Viaje al centro de Microsoft

EPS ha visitado el corazón de la mayor compañía de 'software' del mundo y ha hablado con sus cerebros y algunos de los españoles que trabajan en ella. El 'gigante' informático aspira a un nuevo reto: liderar la revolución de los hogares y el entretenimiento.

EPS ha visitado el corazón de la mayor compañía de 'software' del mundo y ha hablado con sus cerebros y algunos de los españoles que trabajan en ella. El 'gigante' informático aspira a un nuevo reto: liderar la revolución de los hogares y el entretenimiento.

84 edificios, un lago y decenas de campos deportivos constituyen el corazón de Microsoft

Miles de programadores quieren trabajar en esta empresa; otros no lo harían por nada

"Microsoft cambió la manera de trabajar y puede cambiar cómo la gente se entretiene"

Ésta es la historia de una ciudad construida en un lugar rodeado de bosques y montañas. Aquí hay un lago y decenas de campos deportivos, y también es posible visitar un museo y una exclusiva tienda. En sus cafeterías se sirven platos de culturas de todo el mundo, y se puede contemplar un paseo de la fama lleno de placas doradas o la ventana del despacho donde trabaja el hombre más rico del mundo. Hay incluso una casa donde las paredes charlan con las persianas. Es una ciudad construida con el único objetivo de que sus habitantes vivan la empresa en la que trabajan. El lago se llama Bill por el nombre de pila de su fundador. Los vasos de la cafetería están adornados con la palabra "Microsoft", y los carteles que allí se cuelgan animan a los empleados a probar sus productos y convencer a sus familiares y amigos de que también lo hagan. El museo repasa exclusivamente la historia de la mayor compañía de software del mundo, y el paseo de la fama repasa los lanzamientos de cada uno de sus productos. Bienvenidos a Redmond, la ciudad de Microsoft.

En este gigantesco campus corporativo trabajan 30.255 personas, en 84 edificios repartidos por toda el área de Puget Sound, en el Estado de Washington, al noroeste de Estados Unidos. Y la visita a Microsoft se realiza en el que probablemente es el momento más crucial de su historia: con 30 años recién cumplidos, Microsoft ya no está satisfecha con controlar nueve de cada diez ordenadores del mundo con su popular sistema operativo Windows. La competencia de Google, Sony y el sistema operativo de libre distribución Linux empieza a ahogarla, así que prepara toda una estrategia destinada a hacerse con el negocio del entretenimiento del hogar digital. Microsoft ya no sólo quiere controlar las oficinas y los despachos. Quiere instalarse en su salón.

Esta multinacional mundialmente famosa factura unos 40.000 millones de dólares y tiene 60.000 empleados en 85 países. Pero su corazón está en Redmond, un lugar situado a 21 kilómetros de Seattle. Esta ciudad es conocida en Estados Unidos por su buena música y su mal tiempo. Es la tierra de Jimmy Hendrix y de Nirvana, y allí nacieron también Bill Gates y Paul Allen.

Cuando los dos amigos fundaron Microsoft (acrónimo de Microcomputer Software), lo hicieron en Alburquerque (Nuevo México), pero nunca dudaron de que su tierra natal iba a ser el lugar donde crecería la compañía. Eligieron los bosques de Redmond incluso antes de saber que iban a necesitar todo el espacio edificable de la zona para albergar el mayor centro corporativo que ha conocido el sector informático. Lo que Microsoft pretendía entonces era huir de las aglomeraciones y los precios del centro de la ciudad, y además buscaba una manera para convencer a los magníficos programadores que trabajaban en Silicon Valley de que abandonaran la soleada California para vivir en la lluviosa Seattle.

Y es que nada en este campus está improvisado. Su mismo nombre hace referencia al ambiente universitario de tranquilidad e invitación al trabajo duro y la diversión controlada que sus fundadores querían recrear. Redmond está rodeado de frondosos bosques. Los edificios son bajos y agradables. El césped está perfectamente cortado. Hay campos de fútbol, críquet y softball, circuitos para hacer footing… En sus edificios se exponen 4.400 obras de arte, entre pinturas y esculturas. El horizonte es visible desde prácticamente cualquier lugar, y en un despacho con ventana es fácil ver la puesta del sol. Los árboles y las montañas parecen proteger un lugar de trabajo donde no hay ruidos, ni suenan bocinas, ni se escucha nada aparte de pájaros y el ocasional timbre de alguna bicicleta. Es un lugar idílico, una arcadia corporativa tan aparentemente perfecta que no ha podido escapar a la paradoja. En la novela Microsiervos, el escritor Douglas Coupland (también autor de Generación X) hace una ácida crítica de la sede corporativa de Microsoft, a la que denomina "campus de tupperware": sellado y aislado para que los intrusos y las ideas indeseables no perturben la paz y la belleza del interior.

Los edificios originales estaban también diseñados con la clara intención de convencer a los mejores programadores de Silicon Valley para que se mudaran. Están estructurados en forma de X para aprovechar mejor la luz y poder construir el mayor número de despachos con ventana. Ésta es, de hecho, la característica más significativa que diferencia el campus de Microsoft de los que cualquier otra compañía de su sector ha construido después. En Silicon Valley, los programadores trabajan en estrechos cubículos donde su intimidad es nula y la única vista a la que pueden aspirar es la de una foto de su pareja o su mascota pegada a una pared blanca. En Microsoft, sin embargo, tienen un amplio despacho y pueden optar a uno con ventana, que se gana por riguroso orden de antigüedad en la empresa.

Y es que Microsoft tiene fama de cuidar a sus empleados hasta la obsesión. La compañía aparece siempre entre las 20 mejores empresas para trabajar de Estados Unidos, según la clasificación de la revista Fortune. Además, tiene la menor tasa de desgaste (es decir, de porcentaje de gente que la abandona) de esta industria, caracterizada por el robo constante de empleados y los cambios tecnológicos que obligan a los programadores a variar frecuentemente de empleo. En Microsoft es fácil encontrar a trabajadores que llevan 10 o 15 años en la compañía.

La dificultad para entrar en la empresa explica, en parte, por qué los empleados se quedan en ella. La entrevista de trabajo de Microsoft es ya un clásico que estudian los directores de recursos humanos de todo el mundo. Los candidatos deben pasar un día entero en el campus, donde son sometidos a un interrogatorio en toda regla. A las preguntas clásicas sobre su formación y objetivos se suman las concretas sobre Microsoft y el sector. Después vienen los acertijos, algunos de ellos desvelados en el libro How would you move Mount Fuji, de William Pundstone: ¿cómo moverías el monte Fuji? ¿Cómo calcularías lo que pesa un avión sin usar una báscula? ¿Cómo diseñarías el cuarto de baño de Bill Gates? El objetivo es conocer la capacidad del candidato para solucionar problemas, y medir su creatividad e imaginación. La compañía se enorgullece de contratar candidatos inteligentes, independientemente de su formación. De hecho, Bill Gates (o Bill G, como le llaman en la compañía) nunca se graduó en la universidad.

Los beneficios sociales explican también esa fidelidad. Microsoft paga un buen seguro médico privado, y de vida y discapacidad, en un país donde vivir sin seguro es arriesgarse a no sobrevivir. Las empleadas pueden coger tres meses pagados de baja de maternidad y otros dos en excedencia, mientras que los hombres pueden acceder a una baja de paternidad de un mes pagado y otros dos sin sueldo. Las bebidas (no alcohólicas) son gratis. En la cafetería, 19.000 personas comen diariamente menús que están subvencionados (el plato preferido: pizza). Los sueldos son buenos; Microsoft está entre las cinco empresas del sector que mejor pagan a sus trabajadores. No hay dress code, es decir, que cada cual puede vestir como mejor le parezca. Y hay libertad total de horarios. "Aquí da igual las horas que trabajes, mientras hagas tu trabajo", resume la española Nuria Oliver. El buen rollo incluye una fiesta cuando el empleado cumple cinco años en la empresa, y el derecho a tirar al jefe al lago Bill si el producto se acaba antes de la fecha prevista.

Esta visión idílica del trabajo también ha generado críticas, en este caso de la industria del cine. En Antitrust, una película de 2001, un joven programador es contratado por una gran empresa de software y recibe un enorme sueldo, una preciosa casa y un espléndido coche. Todo cambia cuando descubre los sucios manejos monopolísticos de su jefe, un millonario obsesionado con la tecnología y el dinero, interpretado por Tim Robbins, que no se preocupa en ocultar su inspiración en la figura de Bill Gates.

Y es que hay miles de programadores dispuestos a trabajar en Microsoft. Pero también hay miles que no lo harían ni por toda la fortuna del hombre más rico del mundo. Ninguna otra compañía del mundo de la tecnología (y quizá ninguna otra, en general) genera tanta animadversión. Desde los años ochenta, cuando el poder de Windows empezó a crecer, Microsoft ha sido duramente criticada por sus métodos comerciales -que incluían descuentos a compañías amigas y castigos a las que no lo son—, la inestabilidad de sus productos y su tendencia a copiar cualquier innovación que le parezca para integrarla en su todopoderoso Windows. Odiar a Microsoft es, de hecho, parte de la diversión de esta industria, o al menos lo era hasta que la compañía decidió abrir la chequera y se gastó más de 5.000 millones de dólares en pagar a sus competidores (AOL, Sun, RealNetworks…) para que retiraran las demandas por abusar de su monopolio.

Porque la de Microsoft ha sido una carrera velocísima. En el pequeño museo de la compañía, en el campus, un par de vitrinas resumen a la perfección ese camino, en el que esta empresa ha pasado de ser una insignificante compañía de tres empleados que había desarrollado un simple lenguaje de programación, a convertirse en una de las empresas más importantes e influyentes de la historia. En el museo se expone la revista Popular Electronics, que inspiró a Gates y Allen para crear el lenguaje Basic para el ordenador Altair 8800. También está el primer ordenador personal de IBM, que en 1981 decidió optar por el sistema operativo MS-DOS de Microsoft para equipar sus PC, cambiando así para siempre la historia de la informática. Se puede contemplar la camiseta "yo construí Microsoft y sobreviví", firmada por sus primeros empleados. Y el primer Windows, de 1985, que convertía la inmanejable complejidad de letras y números del MS-DOS en una simple serie de comandos gráficos, haciendo, así, que la informática dejara de ser una ciencia oculta para convertirse en la herramienta principal de la sociedad digital. También están las primeras portadas de Time mostrando a un jovencísimo Bill Gates, y la última, en la que es nombrado Personaje del Año junto a su esposa Melinda y el cantante de U2, Bono, por sus labores humanitarias.

Los críticos de Microsoft creen, claro, que en el museo faltan muchas cosas. Por ejemplo, un homenaje a Gary Kidall, que terminó sus días alcoholizado y arruinado después de vender por 75.000 dólares su sistema operativo CP/M a Bill Gates y enterarse de que éste le había cambiado el nombre por el de MS-DOS y se lo había vendido a IBM. O un homenaje al Macintosh, el primer ordenador personal que incluía un interfaz gráfico de usuario (es decir, el dibujo de una papelera para indicar que allí había que eliminar los documentos) que después popularizaría Windows.

Se puede discutir cómo logró Microsoft su inmenso poder (innovando, dicen ellos; copiando y amenazando, dicen sus detractores), pero no que lo tiene. Sin embargo, le empiezan a pesar los años y las responsabilidades. Se nota en el campus. Ya es prácticamente inabarcable. Los edificios no fueron construidos ni numerados sucesivamente, así que su ordenación no responde a ninguna lógica, por lo que es obligatorio pararse en cada esquina a consultar los carteles informativos. Incluso para los más veteranos resulta casi imposible no perderse. Así que lo mejor para moverse por allí es solicitar a los recepcionistas (hay uno o dos por edificio) un vehículo. Hay 48 que, cada día, trasladan gratuitamente a una media de 2.000 personas por todo el campus.

El gigantismo de Microsoft además es tal, que acaba de reestructurar también todo su equipo directivo y la propia compañía por divisiones de negocio. Y le está costando retener a sus empleados. Una broma interna asegura que los trabajadores que llevan más de 10 años en Microsoft siguen allí porque viven para trabajar, ya que son millonarios en acciones. El resto, en cambio, trabaja para vivir. Un vistazo en los garajes lo confirma: hay carísimos coches deportivos, pero hay muchos más familiares o de segunda mano. Para los empleados que llevan cinco o seis años es muy duro, porque ellos sí esperaban hacerse ricos: en 1999, la acción cotizaba a 120 dólares. Ahora ronda los 27. El éxito en una empresa que crea programas informáticos depende, sobre todo, de lo buenos que sean sus programadores. Y ahora Microsoft va a tener que esforzarse mucho en retenerlos, porque Silicon Valley le está devolviendo la jugada: la acción de Google en Bolsa roza los 400 dólares, y sus oficinas están en un lugar agradable y, además, soleado.

Hay quien ya habla de la nueva Microsoft, "la versión 2.0", más grande y madura y, según sus portavoces, consciente de su responsabilidad después del desgaste de dos décadas de investigación antimonopolio en Estados Unidos y la UE. Esta nueva Microsoft quiere abandonar los PC y entrar en los televisores. O como explica J. Allard, el responsable de la consola Xbox y uno de los más prometedores ejecutivos de la compañía: "Microsoft lleva 30 años centrada en las actividades que se realizan entre las 9.00 y las 17.00. Nosotros, ahora, vamos a por el periodo de entre las 17.00 y las 21.00".

La casa digital, que se encuentra en el campus, es el mejor ejemplo del futuro de esa estrategia. Lo primero que le advierten a uno cuando visita esta casa es que nada de lo que va a ver es real. Ni siquiera son innovaciones en las que Microsoft está pensando comercialmente. "Nosotros mostramos lo que puede ser posible en los próximos cinco o diez años", explica Pam Heath, responsable de programas en esa división. "Algunas cosas se harán realidad, otras no", añade.

La casa de Microsoft puede ver, sentir y reaccionar en función de las cámaras, micrófonos, sistemas táctiles y chips de radiofrecuencia instalados en ella. La tecnología, sin embargo, no invade la casa ni agrede a sus habitantes. Puede utilizarse o despreciarse. Nada más entrar, por ejemplo, una pantalla táctil situada en la pared informa de dónde están los niños, después de localizarlos con un GPS (localizador por satélite). Heath cuenta que los padres, sin embargo, han decidido desactivar esa opción en el adolescente. Ya confían en él lo suficiente como para no seguirle los pasos. "Somos conscientes de la importancia de proteger la intimidad", dice. En el salón, un panel digital muestra fotos y vídeos de un viaje de la familia a París. Una Torre Eiffel de plástico con un pequeño chip en la base carga la información, así que, si la familia se cansa, siempre podrá sustituirlo por la reproducción del Coliseo y mostrar los recuerdos del viaje a Roma. O conectar una webcam que muestra el tiempo que hace en la casa de la playa.

Los papeles no desaparecen. Como dice Heath, "tienen un valor emocional en nuestras vidas. A la mayoría de la gente no le gusta vivir en un lugar muy tecnificado". Pero pueden incorporar más información. Un imán de la pizzería más cercana, pegado en la nevera, informa en tiempo real de las ofertas del día. Una invitación a una fiesta de cumpleaños dotada con un chip permite confirmar electrónicamente si asistiremos o no. Y leer un libro digitalizado a un niño puede convertirse en una experiencia multimedia. Heath empieza a narrar: "En la habitación verde [se encienden unas luces verdes], la vaca saltaba [se escucha un mugido]".

El lugar más importante de la casa lo ocupa, como en casi todas, la televisión, convertida en un auténtico centro de entretenimiento digital. Se pueden ver películas bajo demanda descargadas de Internet, escuchar música recomendada por amigos conectados al Messenger (que también es de Microsoft), jugar con miles de personas a un videojuego o hablar con la abuela por videoconferencia. Todo ello gracias a la consola Xbox 360, que, como una gigantesca piraña, ha devorado al resto de los habitantes del salón (el DVD, el equipo de música, el sistema de cine en casa, el teléfono…). Microsoft intenta, por tanto, situarse en el mismo centro de la vida urbana en el futuro digital. "La tecnología va a cambiar la manera en que la gente consume el entretenimiento", explica J. Allard, "y el entretenimiento va a ser, fundamentalmente, un negocio de software. Como líder de la industria de software, que ha cambiado la manera en que la gente trabaja, Microsoft puede hacer lo mismo con el modo como la gente se entretiene".

Microsoft cree que, como la del software, la revolución del entretenimiento digital llevará otros 30 años. Aunque eso le importa poco a Ted Gudith. En el sótano del edificio donde se desarrolla el hardware de la compañía, este hombre afable modela prototipos que crean los diseñadores de Microsoft, para que después puedan probarlos y tocarlos. Por sus manos pasan decenas de ratones, teclados o mandos de consolas cada año, y tiene entre 12 y 20 proyectos a la vez. Los construye, moldea, replica y reconstruye en distintos materiales. Gudith sonríe cuando se le pregunta si a él y a su equipo les satisface su trabajo manual en una compañía que diseña casas que hablan solas: "Yo creo que somos los que mejor nos lo pasamos en todo Microsoft", dice.

El sol se pone. Los trabajadores empiezan a abandonar la guarida de la bestia de Redmond, como llaman a Microsoft algunos de sus enemigos. Pero nada de esto afecta a los softies, como se les conoce en el sector. Durante todo el proceso antimonopolio, e incluso en el momento más duro (cuando un juez decidió que la compañía debía dividirse en dos), los empleados obedecieron a Bill Gates, que les ordenó en un mensaje de correo electrónico que se olvidaran de las cuestiones judiciales para centrarse en su trabajo. En Redmond, Microsoft no es una empresa; es la misma vida. Y para una compañía que se enorgullece de la diversidad de sexos, razas, religiones y opciones sexuales que hay en ella, la uniformidad de sus empleados a la hora de apoyarla es sorprendente. Si se les pregunta, su lema, entonces y ahora, es: "Todos somos Microsoft".

J. Allard: "Cada día pienso cómo la tecnología puede cambiar la vida"

El hecho de hacerse llamar J cuando su nombre de pila es James refleja muy bien que la carrera de este joven de 36 años estaba destinada a hacer algo más que pasarse las horas escribiendo líneas de código. En 1993, cuando sólo tenía 24 años y acababa de incorporarse a Microsoft, sugirió a la compañía que debía apostar por Internet. Lo logró. Después, convenció a Bill Gates y Steve Ballmer (el presidente de Microsoft) de que debían hacer lo propio con los videojuegos. Dicho y hecho. Supervisó un proyecto de más de 2.000 millones de dólares para situar a Microsoft en el mercado del entretenimiento digital y vendió 22 millones de consolas Xbox. Ahora pretende desbancar a Sony y su todopoderosa PlayStation con la nueva Xbox 360, que, además de jugar, permite ver películas, escuchar música, llamar por teléfono o conectarse a Internet. Su aspiración última: "Que Xbox 360 una a toda la familia. Este producto no es sólo para jugadores, es para gente que simplemente quiere pasarlo bien". Su poder en la compañía es tal que ha sido designado por la prensa estadounidense como uno de los baby bills (los que están en la carrera para la sucesión del magnate). Él se ríe ante la ocurrencia: "Es algo divertido sobre lo que escribir. Pero yo me levanto cada día pensando en cómo la tecnología puede cambiar la forma en que vive la gente; antes, en el trabajo, y ahora, en cómo lo hará en sus casas. Tengo el mejor trabajo del mundo, y no quiero el suyo. Es más", concluye, "a ellos [Gates y Ballmer], probablemente, les gustaría hacer el mío".

Nuria Oliver: "Lo único que no me gusta de aquí es lo lejos que está de España"

En el museo de Microsoft hay una aplicación muy curiosa: un televisor muestra un juego de pimpón, que el usuario puede manejar moviendo sus manos de un lado a otro delante de la tele. El juego fue desarrollado por Nuria Oliver, alicantina de 35 años y una de las investigadoras más brillantes de Microsoft. Después de estudiar telecomunicaciones, pidió una beca para hacer el doctorado en las siete mejores universidades estadounidenses y fue admitida en todas. Fue fichada por Microsoft. "Su laboratorio y la calidad de la investigación eran los mejores", resume. Trabaja en aplicaciones de inteligencia perceptual, es decir, en intentar que el ordenador perciba las reacciones del usuario y lo que ocurre en el entorno, y actúe en consecuencia. Ahora ha desarrollado una aplicación que utiliza el teléfono móvil para detectar la apnea del sueño y alertar al usuario. En Seattle está contenta, pero reconoce que volvería a España si pudiera trabajar en lo que le gusta, algo que, dado el desarrollo de la ciencia informática en nuestro país, es imposible.

Jordi Mola: "Disfruto con el reto de resolver los problemas cada día"

Este programador badalonés de 34 años escribe código, y lo hace para el nuevo y más esperado lanzamiento de Microsoft: Windows Vista, la nueva versión del sistema operativo, que saldrá al mercado en 2006. Hace cinco años decidió dejarlo todo, amigos y familia, para irse a un lugar que, en el mejor de los casos, está a 14 horas de avión de España. Como hace con todos los extranjeros, la compañía le facilitó casa y coche durante dos meses, le pagó la mudanza y puso a su disposición a una persona para que le ayudara con los trámites burocráticos con la Administración americana y los bancos. Lo que más le gusta de su trabajo es el propio trabajo, es decir, el reto diario, "los problemas a resolver". Y la organización del trabajo. Aún se sorprende de que su jefe, con 600 personas a su cargo, le conozca por su nombre de pila. Lo que menos le gusta es el clima y la comida. "Los días son muy grises; la comida, muy grasa", resume este joven que mitiga la morriña cenando cada viernes con otros españoles de la compañía.

Laura González: "Me gustaría volver, pero tendría que trabajar en algo diferente"

"¿La principal diferencia con España?", se pregunta esta barcelonesa de 34 años. Tras pensarlo brevemente, no duda la respuesta: "Que aquí te valoran por tu trabajo, no por quién eres. Y como mujer, lo notas aún más". Esta compañía se enorgullece de su política de fomento de la diversidad, pero, aun así, sólo el 25% de sus trabajadores son mujeres, una cifra que en todo caso supera a la habitual de un sector en el que predominan mayoritariamente los hombres. Como a todos los españoles, a Laura le cuesta adaptarse a la comida ("es complicadísimo encontrar buena fruta y verdura") y al clima ("me levanto y me acuesto, y siempre es de noche"). Pero le apasiona su trabajo como program manager o responsable de programas en Windows Vista, y sabe que difícilmente podría enfrentarse a los mismos retos profesionales en España. "Claro que me gustaría volver, pero entonces tendría que trabajar en algo diferente. Esto es lo que les ocurre", resume, "a todos los extranjeros que estamos aquí".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de enero de 2006