Crónica:LA CRÓNICACrónica
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Las ciudades y los hombres

La primera vez que vi la foto de Charles Clifford de la muralla del mar (una foto de 1860) tuve la rara sensación de que estaba viendo el nacimiento de Barcelona. La foto me fue presentada como una de las más antiguas que se conservaban de la ciudad (está en su archivo histórico) y una de las más interesantes. La impresión edénica, de mundo recién creado, la proporcionaba una característica sorprendente de la imagen: allí no había nadie. Estaban el mar, las barcas, la montaña, el cielo, la muralla y las fachadas neoclásicas del paseo. Pero nadie capaz de moverse por sí mismo. Así que la foto parecía congelar el momento en que Barcelona nacía, fruto de algún diseño inteligente. Lo que no era raro, tratándose de catalanes, gente estética y poco darwinista. Pregunté entonces si realmente se trataba de una fotografía o de una suerte de grabado o de cualquier otra mezcla de sales. Aunque sin mucha convicción, lo pregunté. A diferencia de otras fotografías coetáneas, no evocaba los dibujos renacentistas de ciudades ideales. Es decir, no tenía un propósito ejemplarizante, pedagógico. Era la foto de un reportaje de calle cualquiera. Pero con la gente evaporada. Una bomba de neutrones. O algo más estimable: alguna de las geografías abandonadas de Lluís Marsans. Probablemente en aquel momento entró alguien en el despacho y me quedé sin desentrañar la rareza.

A propósito de la exposición 'Barcelona & fotografía' en el Museo de Historia, los cambios producidos en la ciudad

Ahora he vuelto a encontrarme con el vacío de Clifford en la exposición Barcelona & fotografía que presenta el Museo de Historia. No sólo eso. También con la explicación del vacío. Parece cierto que el mundo llevaba ya algún tiempo creado. Dice el comisario Espuche en el catálogo: "Los primeros procedimientos fotográficos, en efecto, dejaban de plasmar todo aquello que no quedaba expuesto un cierto tiempo a la luz, de tal modo que sólo aparecían en la imagen los elementos permanentemente inmóviles o los que no se movían durante un tiempo suficientemente largo". Así debe de ser, en efecto. La foto de Clifford es perfecta desde el punto de vista del vacío. Otras, en cambio, muestran alguna huella fugaz, como la de Franck de 1854 (aproximadamente), de la lonja: alguien camina por la calle, como convertido ya en tiempo.

En la exposición hay un gran número de fotos admirables y todas ellas confirman la única certeza catalana, esto es, que Barcelona es una ciudad vieja y cargada de vida, y que aquí se han producido enormes cataclismos minúsculos que acaso sólo la fotografía sea capaz de ver. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a la fotografía tomada por el señor Robert Capa en enero de 1939 que muestra a una joven pareja, probablemente enamorada, sentada en uno de los bancos de Falqués del paseo de Gràcia. Si es enero, serían las primeras semanas porque Capa marchó de la ciudad antes de la entrada de las tropas franquistas, el 26. Bien: es una foto de la que no sé nada. Pero como es enero del 39 y como los dos están a punto de haber sobrevivido a la tragedia y tienen la vida por delante, y como Capa fotografió esta vez personas y dejó los símbolos para los comentaristas, puedo comentar que es una foto de guerra que presagia la paz (la paz de la vida por encima de la guerra de la historia) y la continuidad de los ciudadanos. En la colección hay otra foto de altísima calidad cuyo autor, Ramon Masats, bautizó La Rambla. Es de 1956. Cinco figuras bailan una espera. Es complicado esto que digo. Esperan el tranvía. Tienen su pose. A diferencia de lo que sucedería en un ballet, ninguno de ellos sabe lo que está haciendo el otro ni se coordina con él. Sólo Masats lo sabe y ha disparado, y ahí está para siempre. Es la gran foto de la ciudad. Cada día, en las ciudades, hay millones de danzas como ésta. Por contraste con los parajes pintorescos, las altas torres o las catedrales, las personas se mueven. Hay una millonésima de segundo para apresar la belleza. La fotografía no cejó hasta que pudo capturar el movimiento. No fue un asunto, estrictamente, de la fotografía. Fueron y son los titánicos esfuerzos del hombre para dar cuenta de que pasó por aquí y de que la muerte es, pues, un asunto relativamente relativo. Fue, es, el realismo.

Las exposiciones del comisario Espuche no suelen ser una mera acumulación del trabajo de los otros. Espuche es un trabajador por cuenta propia y siempre dota a sus asuntos de una espina dorsal perceptible. En Barcelona & fotografía ofrece una tesis de brillante ingenio. La ciudad, dice, vuelve a vaciarse como cuando Clifford y Franck, aunque por razones técnicamente diferentes: "A lo largo de más de un siglo y medio, la fotografía ha constatado una reducción de la diversidad de los tipos urbanos, una disminución indudable de los oficios desarrollados en las calles". Y otras cosas menores, dice. Bien: hay menos afiladores, sin duda. Ya no pasea el hombre del saco de Forcano. El basurero no toca su corneta. Quizá -quizá- hay menos putas en las aceras. Pero esto es sólo lo que ha constatado la fotografía. Lo que por su propia naturaleza puede constatar la fotografía. Difícilmente la fotografía puede narrar la apoteosis de lo privado que se ha producido en este siglo y medio. El cambio en las casas: de lugares fríos, húmedos y desconchados, de lugares de donde huir, a lugares donde recogerse. Y qué decir de las ciudades invisibles presagiadas por Calvino que se extienden hoy por la red y que tienen en Google Earth el símbolo y la brújula.

La fotografía y los hombres. Quizá los tiempos de exposición hayan de afinarse de nuevo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 15 de enero de 2006.

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