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EL FUTURO DE ORIENTE PRÓXIMO

Sharon deja un proceso de paz estancado

La enfermedad del líder israelí añade confusión a un conflicto que se ha quedado sin Hoja de Ruta

Jerusalén
El primer ministro israelí, Ariel Sharon, yace en coma en un hospital de Jerusalén tras sufrir el miércoles pasado un masivo derrame cerebral. Hoy será el día clave en el que los médicos decidirán cuándo se le despierta del coma inducido en el que se encuentra. La supervivencia del dirigente israelí es una incógnita, pero su porvenir político se ha esfumado. Los futuros gobernantes de Israel difícilmente podrán adoptar decisiones tan polémicas como la evacuación judía de la franja de Gaza, medida unilateral que, aunque acogida con agrado en el mundo palestino, ha supuesto un frenazo cuando no la aniquilación del moribundo proceso de paz en Oriente Próximo.

"La verdadera formación de Ariel Sharon es militar. Sus tácticas fueron brillantes. Pero nunca se ha sabido si tenía una visión estratégica. Ha trasladado a la política su pensamiento militar y toma las decisiones para que sus consecuencias siempre le sean favorables", explica el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Mario Sznajder. En el campo de batalla no cabe la negociación y el hoy convaleciente Sharon trasladó esta idea al ámbito político. "No hay socio para la paz", repetía sin cesar durante los años en que encerró a Yasir Arafat en la Mukata de Ramala, hasta su muerte en noviembre de 2004. La letanía se escucha también hoy, pero ahora referida al actual presidente palestino, Mahmud Abbas. Rechazado el proceso de paz, el primer ministro optó por las medidas unilaterales. Primero levantó el muro ilegal que se adentra en territorio cisjordano y que prefigura una frontera inaceptable para el futuro Estado palestino. Después desmanteló las colonias de Gaza y retiró a los soldados de la franja.

Arik ha ido a su aire, contra la voluntad de los prebostes palestinos y de los 'ultras' judíos

No se vislumbra ningún líder con capacidad para retomar el proceso de paz

La historia del proceso de paz entre israelíes y palestinos es el relato de un sinfín de desencuentros entre líderes carismáticos que se odiaban a muerte y el recuento de todos los incumplimientos posibles. Los principales gobernantes judíos y palestinos -Yasir Arafat e Isaac Rabin- que impulsaron los Acuerdos de Oslo de 1993, después de la Conferencia de Madrid, han muerto; quienes les siguieron (Ehud Barak) fracasaron en sus intentos por solucionar un conflicto que ha hecho correr tanta sangre en el último siglo. Y Sharon, al que muchos observan como el único dirigente capaz de hacer comprender a sus ciudadanos la necesidad de abandonar tierras árabes, languidece en un hospital de Jerusalén y deja un legado que se aleja del modelo de sus predecesores.

Arik ha ido a su aire, contra la voluntad de los prebostes palestinos, contra la derecha extremista judía e incluso contra muchos dirigentes del que fue su partido, el Likud. "Sharon es sofisticado y no conoce el miedo. No tiene la vena religiosa, es desconfiado, pragmático. La decisión que toma se ejecuta", asegura Sznajder.

Tras el estallido de la segunda Intifada, cuya chispa el mismo Sharon encendió con su visita a la Explanada de las Mezquitas en septiembre de 2000, el ex general decidió, ya convertido en primer ministro, cambiar el rumbo. Drásticamente. Nada de paz por territorios. Y nada de firmar la paz para que la seguridad de Israel quede garantizada. Sharon ha dado un vuelco a la ecuación y durante sus cinco años de mandato ha insistido hasta la saciedad en su nuevo propósito: sin seguridad no habrá paz, que traducido al lenguaje que se plasmó en la Hoja de Ruta significa que el desmantelamiento de las milicias palestinas es condición sine qua non para entablar negociaciones sobre los territorios ocupados. Sharon logró convencer al presidente de EE UU, George W. Bush, de su nueva tesis.

"Si yo fuera un dirigente árabe no negociaría con Israel. Es natural. Los árabes sólo ven una cosa. Llegamos y les robamos su país. ¿Por qué habrían de aceptarlo?", dijo en 1956 el propio Ben Gurión, fundador del Estado judío. Medio siglo después, las tornas han cambiado y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) se empeña en una negociación con Israel que no rinde frutos y que es sometida a continuas condiciones por una contraparte que decide a su antojo.

Le llevó una década a Yasir Arafat convencer a sus correligionarios de la Organización para la Liberación de Palestina de la necesidad de reconocer las resoluciones de Naciones Unidas 242 y 338 y de renunciar a la destrucción del Estado de Israel. Lo logró en 1988. Y fueron necesarios años de negociaciones secretas para que Arafat y el primer ministro Isaac Rabin se dieran la mano en la Casa Blanca, en septiembre de 1993, tras la firma de los Acuerdos de Oslo, que establecieron una autonomía muy limitada para sólo una parte de los territorios ocupados. No han funcionado. La irrupción de los atentados suicidas, perpetrados desde 1996 por los grupos fundamentalistas, es la coartada perfecta para que Israel rechace abordar asuntos sustanciales.

La Hoja de Ruta -el plan patrocinado por EE UU, la Unión Europea, Rusia y Naciones Unidas- fijaba un calendario que desembocaba en la creación de un Estado palestino a finales de 2005. Ha caducado y hacerla revivir en los próximos meses será imposible. La campaña electoral para las elecciones israelíes del 28 de marzo está a punto de arrancar y la incertidumbre sobre quién será el próximo primer ministro es absoluta. Tampoco importa demasiado. Venza quien venza, no se vislumbra que ninguno de los líderes del momento tenga capacidad para retomar el proceso de paz.

Todo indica que nadie conoce con detalle las intenciones que albergaba Sharon sobre eventuales retiradas de Cisjordania. Hablaba el convaleciente de un "Estado palestino", y así se expone en el programa de Kadima, el partido que acaba de fundar tras su fuga del Likud. Se ignora cómo sería ese Estado. Lo que sí se barrunta hace tiempo es que sus características no se negociarían con la ANP. "La evacuación de Gaza nos servirá para congelar el proceso de paz y evitar el establecimiento de un Estado palestino y la discusión sobre el asunto de los refugiados, las fronteras y Jerusalén", aseguró hace poco más de un año Dov Weissglas, el principal asesor de Sharon. Mientras, la expansión ilegal de los asentamientos prosigue sin pausa. El Gobierno de Sharon ha concedido licencias para construir miles de viviendas en las colonias que circundan Jerusalén. Los hechos consumados se suceden para configurar esas fronteras definitivas que Sharon dibujaba día a día.

Sólo Washington ha logrado arrancar al Gobierno israelí concesiones nimias. Fueron necesarias 20 semanas de negociaciones para que el Ejecutivo de Sharon aceptara traspasar a la ANP y a Egipto el control del cruce fronterizo de Rafah, en el sur de Gaza. Y fue imprescindible la implicación de la jefa de la diplomacia de EE UU, Condoleezza Rice, para que Israel se plegara al acuerdo. Hoy, la amenaza sobre un posible cierre del paso pende sobre la ANP, que no desarma las milicias palestinas consciente del riesgo de guerra civil.

"Los cierres de los territorios, los controles militares, las detenciones y asesinatos conllevan el colapso del Gobierno palestino. Pero en lugar de enseñar la bandera blanca, la población ha sacado la bandera verde, la de Hamás", escribía el viernes en el diario Haaretz el analista Akiva Eldar. El miércoles, Yuval Diskin, jefe del Shin Bet, el servicio de espionaje interno, alertaba sobre la anarquía reinante en Cisjordania y Gaza, la debilidad de la ANP y el peligro de que Hamás reemplace a Al Fatah al frente del Gobierno palestino. "¿Puede ser que el futuro del Estado de Israel estuviera en manos de un ser mortal que no ha dejado nada tras de sí, salvo el caos político interno y con los países vecinos?", se preguntaba el viernes Eldar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de enero de 2006