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Otra lucha del bien y el mal

Es imposible no sentir, detrás de las, por otra parte, impactantes imágenes de Las crónicas de Narnia..., el latido de la inspiración de Tolkien, el padre de El señor de los anillos. Hay un similar interés por mostrar la lucha entre el bien y el mal, hay multitud de referencias cristianas en ambas historias; y hay, igualmente, una imaginación desbocada que crea ensoñaciones y mundos que no están en éste. Y la inocencia como valor y virtud, una inocencia relacionada con las edades jóvenes de la vida: la sombra de Tolkien es poderosa.

Y no podría ser de otra manera, toda vez que el autor de la novela que le sirve de base, C. S. Lewis, era, como el padre de El señor de los anillos, miembro del círculo Inklings, un grupo de profesores amigos que compartían gustos comunes en el Oxford de entreguerras. Narnia nació, al igual que la obra de Tolkien, como una fábula destinada a públicos pequeños y ha gozado siempre, al menos en los países anglosajones, de un amplio apoyo popular; no debe extrañarnos que se encuentren numerosas adaptaciones televisivas. Lo que diferencia este filme largo y torrencial de sus antecesores es la inmensa inversión que su realización ha supuesto. Extraordinarios efectos especiales y una ambientación extraña y sugerente hacen de la película, como en su momento de El señor de los anillos, una suerte de nueva frontera en lo que a hallazgos visuales por ordenador se refiere. Pero otra cosa es que su tono y el interés de lo que cuenta hagan el filme aconsejable para los mismos públicos que la célebre trilogía de Peter Jackson: estamos ante otra inspiración y, desde luego, ante un director, Andrew Adamson, mucho menos interesante que el torrencial neozelandés.

LAS CRÓNICAS DE NARNIA. EL LEÓN, LA BRUJA Y EL ARMARIO

Dirección: Andrew Adamson. Intérpretes: Georgie Henley, William Moseley, Skandar Keynes, Anna Popplewell, Tilda Swinton. Género: fantástico. EE UU, 2005. Duración: 140 minutos.

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Con todo, y a pesar de que su audiencia óptima esté entre los 10 y los 15 años, Las crónicas de Narnia... se muestra con un filme tributario de la larga saga de obras de raíz popular que sirvieron a Lewis de inspiración para crear su célebre novela. De modo que en ella encontramos todas las etapas del desarrollo del héroe que ya individualizara Vladímir Propp cuando estudió el cuento popular ruso: la profecía que augura la llegada de cuatro seres de otro mundo, el viaje hacia otra dimensión, la adquisición por parte del héroe (aquí, de los héroes) de las capacidades que le llevarán al buen desempeño de su tarea, la traición, la lucha y, por fin, el restablecimiento de la situación rota en el comienzo del relato.

Larga y laboriosa en su materialización, descompensada entre unos prolegómenos un tanto fríos y un abrupto caer en las secuencias más guerreras y espectaculares; y poco eficazmente descritos sus personajes principales, la película gustará no obstante a públicos ansiosos de absorber sus impactantes imágenes, al tiempo que llenará el imaginario popular de faunos, centauros, leones habladores y monstruos estremecedores, entre los que destaca la fría, arrogante presencia de la Bruja Blanca, a quien Tilda Swinton concede una magnética y al tiempo terrible apariencia demoniaca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 08 de diciembre de 2005.

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