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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

El poder del mono

Ésta es la historia de la última superproducción del hombre más poderoso del cine. La crónica de 'King Kong', una de las películas de estas navidades, y de su director, Peter Jackson, que conquistó el mundo con 'El señor de los anillos' sin moverse de su país. Así es el universo del mono y de su creador en Nueva Zelanda.

Peter Jackson sonríe a cada uno de los pasajeros que deambulan por el aeropuerto de Wellington. No, no es que el director de cine más poderoso del mundo haya venido en persona a dar la bienvenida a los visitantes de su país. Es sólo un cuadro gigantesco hecho con 2.224 rebanadas de pan -más o menos tostadas para dibujar los rasgos de Jackson- por Maurice Bennett, un artista neozelandés que se llama a sí mismo El Señor Tostada. El cuadro reproduce la sonrisa con la que el director recogió tres de los 11 Oscar que mereció en 2003 'El retorno del rey', tercera parte de la trilogía de El señor de los anillos. Una sonrisa de éxito que cuelga ahora de una de las paredes de un enorme vestíbulo, como un tributo al ciudadano más famoso entre los cuatro millones que habitan Nueva Zelanda.

Es un espectacular día de primavera en el fin del mundo. El olor a madreselva inunda las anchas avenidas del suburbio de Miramar, a las afueras de Wellington. En círculos cinematográficos de medio mundo, este barrio de clase media se ha rebautizado como Welliwood o, siendo justos con el señor de estos pagos, Jacksonville. Al pasear entre sus hileras de casas bajas, de colores pastel y molduras art déco, nadie diría que aquí se emprendió El señor de los anillos, la aventura más formidable del cine reciente. Tampoco que en él, cientos de personas corren hoy (9 de octubre) contra el tiempo para terminar King Kong, el retorno del rey Jackson.

"Es mi primer día libre en meses. Trato de reservar los domingos para mi familia, pero últimamente no ha sido nada fácil. Así que he aprovechado para levantarme tarde, leer los periódicos, relajarme al sol y venir andando aquí. Es bueno trabajar y vivir cerca". Peter Jackson ha adelgazado 30 kilos gracias a su decisión de desterrar la comida basura de su vida. Ahora, dice, su salud ha mejorado sensiblemente. Famélico y sin gafas, es difícil reconocer al director que aman millones de fans en todo el mundo, aunque en su despeinado, sus pantalones de mil bolsillos, sus botas de monte y su jersey grueso permanezca inalterable su vieja indiferencia por la imagen de siempre.

Hace dos años que duerme "mal por las noches" y trabaja "entre 16 y 18 horas diarias" en King Kong. El clásico de 1933 de Ernest B. Shoedsack y Merian C. Cooper, la obra que elevó la miniatura de un gorila (de no más de 35 centímetros) a los altares de la cultura pop, está lista para un nuevo remake.

El resultado, que ha costado unos 170 millones de euros, recibe los últimos retoques en el edificio de nueva planta, estilo años cuarenta, en el que nos hallamos. La película opta con casi todas las papeletas a la candidatura de acontecimiento cinematográfico de las navidades. Y su director, que es además propietario de este edificio, se prepara para enfrentar, una vez más, a sus 44 años, retos insalvables para la mayoría de los mortales. Por un lado, tiene que sobrevivir a su propio éxito. La trilogía del anillo obtuvo 17 Oscar en total y ha recaudado hasta la fecha 3.000 millones de dólares. Además, su segunda y longeva vida en DVD no ha hecho sino empezar. Por otro, a una apuesta personal. Porque la historia de este King Kong comienza para Peter Jackson hace 35 años. En Pukerua Bay, una localidad costera a unos 20 kilómetros al oeste de Wellington, a la que se llega a través de una serpenteante carretera pegada al océano Pacífico.

Allí, un chico del pueblo, hijo único de un funcionario y un ama de casa, queda fascinado tras ver en televisión la versión clásica de King Kong. Tiene nueve años. La historia de un gorila monstruoso, descubierto en una remota isla por un equipo de cine, llevado a Nueva York por la fuerza y empujado a morir bajo el fuego de las avionetas en lo alto del Empire State Building, ejerce tan honda impresión en el niño que coge la cámara de súper 8 de sus padres y se propone rehacer la película. Algún día, se jura a sí mismo, será director de cine.

Un cuarto de siglo después, el chaval ha cumplido su promesa. Su debut, Mal gusto (1987), la historia de una invasión alienígena en la que los humanos servían de materia prima para hamburguesas galácticas, es un filme rodado y montado en el garaje de sus padres, en Pukerua Bay, durante los fines de semana de un periodo de tres años. Luego vendrían el mediometraje Meet the Feebles y Braindead, la más delirante vuelta de tuerca a la clásica trama de zombies jamás rodada.

En 1996, con Criaturas celestiales -una historia real sobre dos adolescentes, asesinas confesas de la madre de una de ellas-, el cineasta de culto acaba de demostrar al mundo que más vale tomarle en serio. El freak de las películas gore carne de videoclub que lo manchaba todo de sangre en sus primeras obras ha firmado un contrato con Universal para rodar su versión de la película que le fascinó en su niñez. "Pero era el año de Godzilla y Mighty Joe Young. En otras palabras, el mundo no necesitaba otra película con primate", reconoce Peter Jackson, recostado en un sillón de cuero de su cuartel general.

Tras ocho meses de trabajar en el guión, el proyecto queda aparcado ante el empuje de una aventura maravillosa que lo arrolla todo con la fuerza de un tren de mercancías. A partir del clásico de J. R. R. Tolkien, Peter Jackson acepta rodar la película más grande de la historia. El príncipe del videoclub está a punto de convertirse en el señor de los anillos.

Aquel niño de nueve años es hoy "la personalidad más poderosa de Hollywood", según la lista que cada enero confecciona la revista de cine Premiere. Y por fin ha completado el sueño de su infancia. No sólo eso: por ello ha firmado un sueldo de 20 millones de dólares (más un 20% de la taquilla), que compartirá con sus coguionistas, Philippa Boyens y Fran Walsh (que además es su mujer desde 1987 y la madre de sus dos hijos). "No sé si merezco esa fortuna o no. Supongo que todo depende de si hay alguien dispuesto a pagarla", dice Jackson.

La productora Universal, que firma todos esos ceros en los cheques, tuvo claro que sí la había. Como explicó Stacey Snyder, uno de sus directivos, a la revista Entertainment Weekly, tanto dinero no parecía "algo tan difícil de justificar". "No, si trabajas con un genio como él".

"Lo que es inútil es creer que algún día superaré lo que he conseguido con El señor de los anillos", se apresura a dejar claro Jackson. "Al menos, en términos de grandeza. Tampoco le veo el interés. Ya lo he hecho. Siempre he entendido esta película como el remake de King Kong que me gustaría ver. Con eso es suficiente".

-¿Qué cree que opinaría del resultado el chico de nueve años?

-Creo que le gustaría. Aunque no me ha salido exactamente la película que querría haber visto a los nueve, porque, obviamente, he cambiado mucho. Es la película que ha ido evolucionando al mismo ritmo que mis experiencias en el cine. Todas las lecciones que he aprendido me han llevado a este King Kong. Incluso es muy diferente al proyecto de 1996. Hay un par de escenas de dinosaurios que son similares, pero eso es todo. Cuando Universal nos propuso en 2002 retomar la vieja idea de hacer King Kong no nos gustó lo que teníamos escrito, así que empezamos de nuevo.

-¿Y cómo espera que se la tome el resto del mundo?

-No me importa, sinceramente. Aunque espero que guste, claro. Todos tienen una idea de cómo debería ser una película de King Kong. Pero esto no se trata de sentarte a imaginar lo que los demás quieren. Si no, no hubiésemos sido capaces de terminarla. Tampoco habríamos hecho El señor de los anillos. Creo que es un error, un tremendo error. Éste es un trabajo que tiene que estar basado en sentimientos personales. Continuamente estás siendo interrogado, y tomas tus decisiones. Siempre respondo a esas preguntas con lo que siento aquí y en este momento. Muchos me preguntan si es diferente del original. Tiene que serlo, porque han pasado 72 años. Hemos cambiado mucho los personajes. El resultado es definitivamente mucho más realista, con un mayor énfasis en la parte dramática.

Jackson tuvo claro desde el principio que, para lograr ese realismo, el papel de la amada de King Kong, Ann Darrow, tenía que trascender al de la rubia que se desgañitaba por boca de la actriz Fay Wray durante tres cuartos del metraje en la versión clásica. La británica Naomi Watts, curtida en películas independientes, fue la elegida. "Antes de comenzar el rodaje me pareció importante que Naomi conociese a Fay Wray, y quedamos para cenar en Nueva York dos días después de la entrega de los Oscar [de 2003]. De modo que ahí estaba yo, en la ceremonia, con una película nominada a 11 estatuillas e infinitamente más nervioso por el hecho de que iba a conocer a Fay". Jackson quería contar con la veterana actriz para un papel en la película, aunque no fue posible. Fay Wray murió en agosto de 2004 a los 86 años de edad. "Una de las cosas más entrañables de este proyecto fue conocerla. Y una de las más tristes, que al final no pudiésemos colaborar".

Para el papel del héroe no hubo dudas. Todas las miradas se dirigieron hacia Adrien Brody. Tras una prueba, un puro trámite, los productores se cuidaron de hacer saber al actor estadounidense que era la primera y única opción para encarnar a Jack Driscoll, el guionista sin blanca que se disputa el amor de la chica con nada menos que un gorila de 20 metros. El tercer vértice del triángulo protagonista es Jack Black (Carl Denham en la película). Un director de cine capaz de sacrificar la vida de su equipo para conseguir acabar su obra. "Hay ciertos elementos de la historia con los que me siento muy identificado", admite Jackson. "Creo que hay mucho de Carl Denham en mí. Probablemente no arriesgaría la vida de nadie. Espero ser capaz de parar a tiempo", se ríe. "Aunque creo que es necesario ser obsesivo para afrontar este trabajo. Es esa determinación la que al final consigue que el trabajo llegue a su fin. Cuesta unos dos años hacer una película, y tienes que estar muy centrado y decidido a ello para lograrlo".

Todos los que han trabajado alguna vez con el director neozelandés coinciden en destacar esa determinación; también, que a veces raya en la obsesión. Una conversación telefónica con Diana Peñalver -protagonista de Braindead (1992), su tercera película- lo confirma. La actriz sevillana conoció a Peter Jackson a finales de los ochenta, a través de Fernando Trueba. El director madrileño y el productor Andrés Vicente Gómez habían quedado muy impresionados tras un pase casero de Mal gusto. "Vimos la película con Peter en casa de Andrés. Me pareció genial y muy divertida, más aún cuando nos dijo con el dinero -o el no dinero- con que la había hecho", recuerda Trueba. De aquel encuentro surgió la improbable colaboración entre el niño prodigio neozelandés y la actriz española. "Con él, las jornadas empezaban a las seis de la mañana y terminaban a las diez de la noche", rememora Diana Peñalver. "Te pasabas 16 horas cubierta de sangre, que era, en realidad, jarabe de arce. Al terminar, Peter sacaba unas latas de cerveza y te obligaba a ver todo el material que habíamos rodado, cuando tú lo que querías era irte a dormir a casa".

De lo que se deduce de los reveladores diarios de rodaje que el propio Peter Jackson ha ido colgando en la web de la película (www.kongisking.net), King Kong tampoco ha sido una excepción. Jackson aparece visiblemente exhausto en varios de los vídeos. Casi al borde del colapso. Incluso ahora, terminados los ocho meses de rodaje y con 23 de las 32 semanas de posproducción tocando a su fin, la factoría está a pleno rendimiento. Hasta el último momento, los monitores de plasma y las máquinas de edición echarán humo para poner en orden las más de 400 horas de película rodadas.

Mientras tanto, Peter Jackson atiende a sus tareas de promoción, que básicamente consisten en invitar a una docena de periodistas -pagados por su distribuidora- a que crucen varios continentes para hablar con el gran hombre. Poco más, porque, por mucho que se empeñe la prensa, casi nada queda ya del rastro del rey de los gorilas. A menos que, claro, se coja un avión a Londres y se vaya en busca de Andy Serkis, un actor que, pese a ser probablemente uno de los más famosos del mundo, pocos reconocerían por la calle. Fue la criatura Gollum en la trilogía del anillo y ha puesto los gruñidos y movimientos de la bestia en King Kong. Encabeza un nuevo método de interpretación con futuro: la estirpe de los actores digitales. En el rodaje, su labor consistió en interactuar con Naomi Watts. Pero el trabajo había empezado para él antes de que se oyera el primer "¡acción!". Serkis pasó tres meses estudiando en vivo el comportamiento de los gorilas en el zoo de Londres y en una reserva natural de Ruanda. Todo en el principal personaje de la película debía revestir el máximo realismo. Las cosas han cambiado mucho desde 1933. El actor fue, durante el proceso, muy consciente de que hoy toda una generación de espectadores criados con los documentales de National Geographic pueden ser muy puntillosos al respecto.

El trabajo de Serkis lo completaron los técnicos de Weta, la factoría de efectos especiales de Jackson, de la que han salido fantasmas, horripilantes orcos o sanguinarios ejércitos, y, en el caso que nos ocupa, desde los pelos del primate hasta la diminuta ventana del piso 85 del Empire State Building o los dinosaurios que se miden con King Kong. Para la criatura, la verdadera estrella del filme, fue necesario estudiar la fisiología de los gorilas, sus movimientos y sus expresiones faciales. Tanto el modo en el que se golpean el pecho como lo que cada golpe significa. El resto se reprodujo a partir de miniaturas. Más del doble de las que se usaron en las tres películas de El señor de los anillos juntas. Para Jackson, esta elección tiene algo de romántico. Un tributo al ídolo de su infancia Ray Harryhausen, mago de la stop motion: una técnica en la que cada fotograma es un imperceptible movimiento del monstruo y un triunfo en la batalla por la credulidad de los espectadores que llenan las salas hoy día.

Poco sospechoso de romanticismo inútil, Peter Jackson no ignora que las audiencias de su King Kong estarán formadas por adolescentes inmunes al hechizo del aroma clásico del original. Por eso, la película rebosa también de los trucos propios de la animación por ordenador que definen el cine moderno. "La tecnología hace ciertas cosas más fáciles. Lo sé porque yo he trabajado en la época anterior a los ordenadores", admite Jackson. "Ahora no hay nada imposible. Yo no domino en absoluto el tema. No soy capaz de mandar siquiera un correo electrónico. Afortunadamente, me rodeo de verdaderos genios de los ordenadores, a los que sólo tengo que explicar qué busco exactamente. En los viejos tiempos imaginabas un día soleado, llegabas al rodaje y estaba lloviendo. Creo que vivimos un tiempo bastante apasionante. Hacemos cine en un sentido muy pionero. Como sucedía con el sonido y el color en los años treinta".

En cuanto a los escenarios, prácticamente todos, incluida la ciudad de Nueva York, fueron recreados primorosamente en el interior del enorme estudio que Jackson posee en Miramar, primero, y en las pantallas de los ordenadores de Weta, después. El espíritu primigenio de King Kong exigía para Jackson mucho estudio y pocos escenarios naturales. Los únicos exteriores se rodaron en los paisajes de suaves colinas y vegetación insultante de una península que se adentra en el mar de Tasmania a las afueras de la ciudad, así como en un oxidado barco holandés de los años cincuenta que espera fondeado en la bahía de Wellington a que llegue la hora de su desguace.

Por todo ello, el personal de la productora en Nueva Zelanda repite sin cesar que "esto no es El señor de los anillos". Esta vez no hay localizaciones que visitar. Y King Kong, probablemente, no causará el mismo efecto sobre la economía neozelandesa. Se calcula que la trilogía contribuyó a aumentar el turismo receptor en un 14% gracias al culto de los fans, que buscan por el país cualquier vestigio de la tierra media.

Éste es sólo un ejemplo más de algo evidente: Peter Jackson es una lucrativa marca para Nueva Zelanda. Y un modelo para los cineastas de los antípodas. En una raquítica industria como la de su país (en 2004 se produjeron cinco filmes), Jackson representa la alternativa al modelo de director que alcanza el éxito local y corre a firmar insulsas producciones en Hollywood, como hicieron, en algún momento de sus carreras, Jane Campion, Vincent Ward o Lee Tamahori.

Como Stanley Kubrick, Jackson es de la clase de directores que pisan Los Ángeles sólo para obtener dinero, recoger los premios y volver a casa. La diferencia con el legendario director británico es que, en su caso, el lugar en el que vive está a tres horas en avión de cualquier pedazo de tierra que se pueda considerar firme. "Continúo aquí porque ésta es mi casa. No tiene más secretos. Para ser director, ya no tienes que estar basado en ningún sitio en concreto. Mucho más gracias a la tecnología. Este negocio se está convirtiendo en una industria global, ya no tiene sentido que Hollywood ostente el monopolio. Éste es el país en el que nací, crecí e hice mis películas de bajo presupuesto. No sería lógico que, llegada la hora de las cosas grandes, me marchase a otro sitio". Peter Jackson llevaba invertidos hasta julio de 2004, según el diario neozelandés Dominion Post, unos 57 millones de euros en el barrio de Miramar desde que en 1993 compró un antiguo almacén y un ordenador para crear los estudios de efectos especiales que nadie era capaz de ofrecerle en Nueva Zelanda. Aquella primera compra fue el germen de Weta, su factoría de sueños, y de Jacksonville, una completa maquinaria que ofrece todo lo necesario para completar una superproducción.

Doce años después, Peter Jackson es tratado por la prensa local, que informa en sus páginas del más mínimo de sus movimientos, como "el más importante inversor privado en Nueva Zelanda". Emplea a cientos de trabajadores. Una cifra que fluctúa con las fases de la realización y que incluye tanto a neozelandeses como a extranjeros. Melissa Booth es una de ellas. Nació en Wellington y trabaja en la producción de las películas de Peter Jackson desde hace 10 años ininterrumpidamente. "Empecé con La comunidad del anillo y aquí sigo. Cualquiera que trabaje en esto sabe que una década de trabajo continuado es una eternidad", admite sonriente.

Como ella, la mayoría de los habitantes de Wellington tiene una anécdota que contar sobre el gran hombre. Y cada esquina de la ciudad, algo que añadir a su leyenda. Está, por ejemplo, el teatro Embassy, una majestuosa sala de 1924 donde estrenó su primera película de bajísimo presupuesto, y que, 14 años y varios millones de dólares después, contribuyó a reconstruir para el estreno mundial de El retorno del rey.

Jackson no parece dispuesto a dejar que sus compatriotas, gente de natural poco impresionable, sigan hablando bien de él. Lo harán, seguramente, si lleva a buen puerto otro de sus proyectos: crear en la ciudad un museo de memorabilia de King Kong. "Tengo bastantes recuerdos, que he coleccionado durante años", dice el tipo que ha admitido haber pagado 150.000 dólares por un póster original de la película. "No hay mucho material por ahí. Aunque hay un coleccionista que tiene un montón. Le he invitado a venir aquí con una miniatura del King Kong original que tiene. Después de 72 años se va a reunir con algunos dinosaurios que poseo. Creo que organizaremos un par de peleas", explica entre risas.

Pero si hay un vecindario agradecido a Peter Jackson, éste es el de Miramar, el suburbio de apariencia aburrida que es su pequeño reino. Entre hileras de casas con porche, almacenes de jardinería y tiendas de animales, Jackson ha construido, además de la factoría Weta, un estudio de grabación en una antigua fábrica de pinturas, un cine estilo años treinta escondido en un edificio de madera tan achatado como anodino y, lo último en llegar, los más modernos talleres de posproducción del mercado. Todo con dinero de su bolsillo.

"Estamos construyendo lo necesario para hacer películas aquí. Ha costado, pero ya está. No necesito mucho más", afirma. Estudios como Disney, Paramount o Twentieth Century Fox ya se han paseado por este lugar del mundo atraídos por la personalidad de Jackson y por la benevolente política fiscal del Gobierno. Parte de los efectos especiales de Yo, robot, por ejemplo, fueron diseñados en Jacksonville.

"Después de 10 años sin parar de hacer cine aquí, toca que otros vengan a usarlos", dice Jackson. Sacar réditos a su inversión, "hacer una pausa y pensar en los siguientes guiones" son sus planes para 2006. De momento, en su agenda ya figura la producción ejecutiva de Halo, una película basada en un famoso videojuego para la que, de momento, no hay director designado. También la adaptación de Lovely bones, novela de Alice Sebold y proyecto con el que Jackson volverá al cine intimista, más cercano a Criaturas celestiales que a la saga del anillo. ¿Y luego? "Arriesgar, seguir soñando películas y conseguir sentirme orgulloso de cada filme que haga. No puedo evitar que la gente escriba miles de páginas cada vez que estreno una película. Sólo procurar dormir tranquilo por las noches".

El rey Peter Jackson se merece un respiro.

'King Kong' se estrena el próximo 14 de diciembre en cines de toda España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de diciembre de 2005