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COLUMNA

Pánico o victoria

La pesadumbre ¿puede crear prosperidad? Eric Fromm sostenía que provocar emociones luctuosas entre la población formaba parte de la estrategia del poder porque los ciudadanos decaídos suelen ser más fáciles de dirigir y manipular. Los tristes se conducen como animales dóciles y todavía más sumisos si se encuentran poseídos por una patología animal. De esta manera, se cierra la cadena de las cadenas alimentarias por la que circula el virus de la gripe aviar, el virus de la palmípeda y de la carne de gallina, asociada a la cobardía, el inhibicionismo y la necesidad de protección.

La cultura norteamericana, contagiada a todo el planeta ha difundido, antes de la cuestión aviar, un heterogéneo catálogo de asechanzas, desde los marcianos a los comunistas, desde el Ébola a Sadam Hussein. Primero fueron los medios de comunicación de masas y enseguida el miedo masivo como forma de mantener alimentadas a las empresas de comunicación. No hay mejor modo de ganar espectadores que la alarma. Los mass media han crecido y se han reproducido al compás de los géneros de terror, desde la ficticia guerra de los mundos hasta la guerra atómica, con o sin fundamento real.

El miedo anida fácilmente en el centro de las masas y su capacidad para crear acontecimiento lo convierte en valiosa materia prima del espectáculo, tentador recurso para los dramaturgos y los políticos o ya, a estas alturas, irresistible para cualquier institución o personalidad que aspire a alcanzar visibilidad total.

La comparecencia de los dirigentes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la llamada Cumbre sobre Gripe Aviar esta semana es uno de los ejemplos más rotundos sobre la explotación del pánico de todos los tiempos. Ciertamente se han juntado muchas catástrofes naturales, ciertamente el terrorismo ha arrojado cientos de muertos sobre las primeras páginas y, de paso, sobre nuestro estado de humor. Pero lo peculiar de la OMS reside en generar dolor sin el acontecimiento, de sembrar el duelo sin haberse certificado la muerte.

Lo ha corroborado, en esas fechas, un alto dirigente del Banco Mundial, Milan Brahmbhatt, afirmando que "las principales pérdidas (de la gripe aviar) no vendrán por las enfermedades o por las muertes, sino por el miedo...". O inversamente: la mayor catástrofe no procederá de los destrozos físicos de la catástrofe sino de los efectos psíquicos de no haber sucedido todavía la catástrofe.

Conociendo todo esto, lo consecuente de un organismo como la OMS sería actuar sin dañar, hacer todo lo posible para propiciar el bienestar y no fomentar, a través de sus diagnósticos tristes, la máxima depresión. ¿Un movimiento calculado, pues, para facilitar los abusos del poder, del Banco Mundial y todos sus prójimos? No es probable que el cinismo llegue tan lejos. Pero el vedetismo sí. Porque ¿cómo no aprovechar el inesperado banquete de popularidad que proporciona el anuncio de la "ineluctable" pandemia? ¿La consumación de lo peor?

Un pollo en sí es bien poca cosa, pero justamente un pollo enfermo y letal para la especie humana es el rostro de lo siniestro. Lo más próximo y cotidiano, lo más común e inocente transmutado súbitamente en asesino en serie, ángel o gallo exterminador.

Las figuras del apocalipsis han sido evocadas en algunas publicaciones norteamericanas que repasan estos días desde la inundación de Nueva Orleans a la explosión de una dirty bomb sobre Nueva York. El mundo entero parece expuesto a la gran metamorfosis que seguirá a una hecatombe suprema. O, acaso, se encuentre en metamorfosis ya al compás del collar de cataclismos, tangibles e intangibles, físicos o espirituales, realizados o pronosticados, que han venido a coincidir y a contagiarse como la verdadera pandemia de nuestra cultura. Porque, de un lado, nada es tan contagioso como el pánico y tampoco nada es tan contemporáneo como la réplica, la reproducción, la clonación, el revival, la copia, el tumor, la victoria exponencial del virus.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de noviembre de 2005