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Reportaje:

La memoria del minero

Antonio Yunquera rememora la época dorada de la minería en Gallarta, cuna del movimiento obrero vasco

Vitoria
ANTONIO YUNQUERA, minero, hijo y hermano de mineros. "Yo nací en Balastira, un barrio de Gallarta, el 20 de enero de 1922. Era el menor de siete hermanos. Con 15 años ya iba a cargar vagones para ayudar en casa. No había más que miseria. El pueblo estaba donde ahora se encuentra esta mina a cielo abierto", recuerda mientras mira los restos de una explotación ya abandonada, creada cuando el laberinto de galerías subterráneas se hundió y se tragó la primera Gallarta.

Antonio Yunquera es uno de los supervivientes de aquella minería de los primeros decenios del siglo XX, en la que surgieron líderes obreros como Dolores Ibarruri, La Pasionaria. Gente con coraje: buena prueba es el Museo Minero de la localidad, levantado por un puñado de aquellos viejos mineros.

Hay paisajes que reivindican la memoria amable de la historia vasca: son ésos que ilustran las páginas principales de las guías turísticas y de los folletos institucionales. Allí siempre digura el caserío bucólico en una ladera brumosa, los cascos antiguos de las capitales o los edificios solemnes que dieron prestancia a las villas de la provincia. Sin embargo, la historia del País Vasco no se puede entender sin otra panorámica, menos ideal y turística: la que presenta su pasado industrial, vinculado sobre todo a la siderurgia, y que nace de esa vena de hierro que cruza los montes de Euskadi.

La historia de la minería -vizcaína, sobre todo- resulta imprescindible para comprender el devenir del País Vasco a lo largo de los últimos 150 años. Sólo por ello es necesario reivindicar el respeto y el recuerdo para esos paisajes de los montes de Gallarta, Triano, La Arboleda, Galdames, Sopuerta o El Regato, y para aquellos miles de trabajadores, inmigrantes en su gran mayoría, que desnudaron aquellas colinas, mientras vivían en condiciones infrahumanas. Antes de que la naturaleza borre las huellas de las minas y la muerte alcance al último de los mineros.

"Vivíamos en casetones y otros edificios de construcción precaria". Antonio Yunquera habla de un paisaje hoy extinguido, pero tampoco hay nostalgia en sus palabras: la antiguo Gallarta que se comieron las minas era tan miserable que su desaparición supuso más un festejo que un funeral. Todos vivían como inquilinos en casas propiedad de los dueños de las minas. Familias enteras procedentes de Cantabria, Zamora, Valladolid o Soria pasaban por las callejuelas con sus enseres en la cabeza, en busca de un lugar donde quedarse o a la caza de una casa en condiciones menos malas que en la que residían.

El relato continúa: "Todo esto que se ve es una explotación a cielo abierto, pero por debajo las galerías llegan hasta el mar, que se empezaron a perforar en 1960. El acceso principal tiene 823 metros, con un 28% de desnivel, y bajaba hasta 116 metros por debajo del nivel del mar. Ya no se explotan las minas, pero todavía queda muchísimo mineral".

Lo dice quien trabajaba 48 horas cada semana. "Entrábamos a las ocho y a las doce a comer. Vuelta a la una de la tarde y hasta las cinco. De lunes a sábado. Fue un gran logro el pasar a las 44 horas. Todavía recuerdo las movilizaciones, a pesar de la policía. La represión era dura, pero se aguantaba todo hasta que se conseguían las reivindicaciones". De aquellos tiempos más juveniles, de sus primeras huelgas, Yunquera tiene presente la fuerza de La Pasionaria. "Era un referente. Todavía me acuerdo de sus arengas para conseguir el respeto de los patronos. No hay más que ver el buen recuerdo que el pueblo tenía de ella: cuando regresó del exilio, todo fueron felicitaciones, abrazos. Todavía tenía mucha familia y amigos".

Después de picar el mineral, llegaba el momento de sacar el hierro. "El mineral se subía en cestos hasta el vagón, que estaba tirado por cabalgaduras, caballos percherones o bueyes. Y cuando se lograban unas 2.000 toneladas se llevaba al barco", recuerda.

El domingo llegaba la fiesta. "De chavales, íbamos hasta con corbata a los bailes y las romerías. La banda de música de Gallarta era de las mejores. Íbamos andando hasta Portugalete para ahorrarnos los 80 céntimos del autobús. Merendábamos bacalao, chorizo, unos huevos,... Un plato de callos costaba 75 céntimos". Todo un lujo para quien recibía un sueldo miserable.

Con Franco, lo poco que se había conseguido en los lustros precedentes comenzó a tambalearse. La mina perdió sus mejores vetas. Ya no había tanto trabajo. Muchos buscaron un empleo en las fábricas, como Antonio Yunquera, que se jubiló en la General Electric de Sestao. La represión era durísima. "La peor huelga era la del Primero de Mayo. Recuerdo unas palizas terribles, hasta que Franco lo convirtió en San José Obrero. Hasta ese momento, tenías que justificar la pérdida de ese día, por enfermedad o lo que fuera, y si no, te metían en la cárcel o te echaban de la empresa".

El protagonista de esta historia es también uno de los encargados de mantener el Museo Minero de Gallarta, auténtica obra comunitaria de recuperación de un tiempo que desapareció casi sin dejar rastro, salvo en el paisaje. A partir de la iniciativa de Carmelo Uriarte, un grupo de voluntarios se echó al monte, literalmente, en busca de maquinaria, de vagones y herramientas. "Llegamos a donde no lo habían hecho los gitanos, lugares perdidos entre la maleza", explica Yunquera. Cuando cerraron las minas, todo el instrumental se convirtió en excelente chatarra. Este grupo salvó algunas joyas y otras las restauró. También trabajó en la recuperación no sólo de la actividad económica, sino en dignificar la fértil historia política y social de aquellos años que parece estar en un segundo plano permanente.

En la Margen Izquierda

La biografía de Antonio Yunquera resulta un buen ejemplo de la de tantos ciudadanos de la margen izquierda de la ría del Nervión. Séptimo hijo de inmigrantes sorianos, nació al lado de las minas, como podía haberlo hecho junto a Altos Hornos.

Empezó en la mina, pero, en cuanto pudo, se marchó a trabajar a una fábrica. En mal momento. Cuando llegó a la fundición Aurrerá de Sestao había empezado la guerra. Pronto tuvo que trabajar de seis de la mañana a diez de la noche fabricando obuses con los que se bombardeaba a los suyos, en otros lugares de España. Cambió de trabajo en cuanto pudo. Primero la construcción, luego la General Electric.

Se caso, tuvo tres hijas que viven en Barakaldo, adonde ha acabado por ir a vivir, para estar más cerca de ellas. Eso sí, siempre que puede sube a Gallarta, a su museo minero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 2005

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