Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Entrevista:MICHAEL KORDA

El editor en el trapecio

Hijo del pintor Vincent Korda y sobrino de dos grandes de Hollywood, Zoltan y Alexander Korda, se ha dedicado en cuerpo y alma al mundo editorial. Amigo de Graham Greene o Tennessee Williams, confiesa sus secretos como editor: dar cariño a los escritores y bailar en la cuerda floja por ellos.

Cuando cuenta cómo le hablaba al teléfono Tennessee Williams pone el acento sureño, y delicado, del autor de La gata sobre el tejado de zinc, de quien fue su editor; Michael Korda, inglés de origen, norteamericano desde muy joven, arruga los ojos, se pone la mano como si hiciera un auricular, y luego emite: "Hey baby, I am Tennessee", pronunciado Tennesííí, y lo hace con una mezcla tan conmovedora de candor, e incluso de lástima, que parece que está hablando de un pariente muy cercano que fuera encantador, pero que no tuvo suerte en la vida. Es uno de sus centenares de autores, y es acaso el hombre más roto del que habla Korda, director literario de Simon and Schuster, una de las grandes empresas editoriales de Estados Unidos, en su libro de memorias Editar la vida, que apareció en inglés hace cinco años y que publicó recientemente Debate en España. Lateralmente, en ese libro aparece también otro de los grandes hombres destrozados de la América de posguerra, Truman Capote, a quien Korda nunca editó. Pero en aquellos años de los que habla en su libro, Capote era una figura que estaba en todas partes, y también con Korda, en almuerzos, en parties y también en el teléfono. Muchos de sus autores le despertaron numerosas veces, entre ellos Jacqueline Susann, Joan Crawford, las hermanas Collins o Harold Robbins. Fue también el editor de Richard Nixon y de Ronald Reagan, y habla de ellos con la misma familiaridad comprensiva con la que él dice que hay que tratar a quien lleva su manuscrito a una editorial… ¿Y por qué le despertaba a usted Capote? "Truman había escrito mi nombre y mi número en una pequeña libreta de notas, junto al nombre de su propio editor, y cuando estaba más desesperado, en torno a las tres de la madrugada, se confundía y marcaba mi número. 'Truman, que yo no soy tu editor', le decía… La verdad es que jamás le vi sobrio".

"Si no tienes sentido del humor, nunca podrías tratar con los autores. Y además tienes que ser comprensivo"

"Cualquier libro se puede arreglar. En EE UU, el editor es el 'chef' que reúne los ingredientes para hacer una tarta"

"El peor error que puedes cometer en el mundo editorial es querer transformarlo. Se trata de vender libros"

Descendiente de una familia extraordinaria, los Korda (Alexander, su tío, y Vincent, su padre), proviene de Hungría, y vivió la infancia y la adolescencia rodeado de grandes del cine, del teatro y de la literatura. Él es el que cuenta cómo trabajaba Graham Greene, gran amigo de sus padres: el escritor inglés se despertaba muy temprano, en un yate, en un hotel, en una casa; iba directamente a una mesa, y allí escribía -"como si estuviera haciendo el padrenuestro"- 500 palabras, y no 501 o 499; luego se desperezaba y exclamaba: "¡Es todo por hoy! Ahora vayamos a desayunar". Llegó a ser editor de Greene, que fue para él como un segundo padre, porque los anteriores editores del autor de El tercer hombre (que su padre produjo en cine) quisieron cambiarle el título de Viajes con mi tía. Graham Greene les envió un telegrama: "Es más fácil cambiar de editor que cambiar de título". Y se puso en manos de quien fue su amigo cuando aún era un adolescente.

Fue editor desde muy joven, porque amaba leer y además le pagaban por ello, y llegó a ser uno de los editores de más éxito de su país, y lo sigue siendo; en su despacho nos mostró la lista de los libros más vendidos de The New York Times, y tenía subrayados en amarillo dos obras que él llevó a Simon and Schuster. Su libro es una aventura que adentra al lector en el mundo empresarial, en la cultura americana de la posguerra, hasta mediados de los noventa, cuando parece que hombres como él tendrían que ir haciendo sitio, en el universo que ha ocupado, a un modo distinto de concebir el negocio de tratar con los libros y con sus autores, y cuando las empresas editoriales empezaron a formar parte de grandes conglomerados que no sólo se dedicaban a hacer libros. Sigue teniendo proyectos, sigue publicando, y él mismo continúa escribiendo sus libros, que en algunos casos llegaron a ser también números uno en las listas de los más vendidos. Cree que va a retirarse en dos años, a los 74, y cuando nos recibe -enjuto, simpático, dicharachero y ocurrente- corrige aún su próxima obra, Arriba, magiares, sobre una revolución en la que él participó, la revolución húngara de 1956, que se publicará el año próximo. Su despacho está lleno de recuerdos, entre los cuales sobresalen los planos y las fotografías de una casa que ama, la que tiene en Santa Fe (Nuevo México), y un retrato de Tennesííí. Le da vergüenza no hablar español, pero se justifica diciendo que sabe también alemán, húngaro, francés, italiano, ruso… Su modo de contar la relación con autores se parece mucho al candor comprensivo con que nos relató en su despacho las llamadas de Tennesííí, y cuando va avanzada la conversación y la confianza, y llega la cena -que transcurre en un hotel donde le agasajan como lo que es también, un autor-, ya está claro por qué sus autores quisieron, y quieren, tanto a Korda: porque es un hombre de un sentido del humor capaz de transformar los dramas que surgen en las madrugadas y en las pesadillas de los escritores en pequeños asuntos a los que él les va a quitar toda importancia. Está algo sordo, y él se excusa, pero ésa la es más venial de sus enfermedades: tuvo un paro cardiaco y cáncer de próstata. A juzgar por su buen humor, este hombre tan cálido como veloz (Peter Mayer, su colega, dice que "es el editor más rápido que he conocido") es capaz de superar otra guerra mundial, o la mayor pesadilla.

Ha escrito usted un libro muy divertido.

Quise hacerlo así. Pero se me olvidó contar una anécdota que acaso le explique a usted cómo es de verdad el mundo editorial. Se cuenta en el cruce de cartas de dos grandes editores de Random House, Bennett Surf y Donald Clamford. Era la guerra mundial, y Donald la hacía en Inglaterra, con el servicio de inteligencia de Estados Unidos. Acababa de recibir, de Bennett, la noticia de que un libro de su editorial había sido seleccionado por el Club del Libro del Mes, una lista decisiva para el éxito de un libro en Estados Unidos. Y Donald fue a ayudar a sacar a los heridos que venían de un avión machacado en combate. Cuando Donald vio salir al piloto, que también trabajaba en Random House, fue corriendo a abrazarle: "¡Bob! ¡Bob! ¡Uno de nuestros libros ha sido seleccionado para el Libro del Mes!". La verdad es que publicar libros es divertido. Para mí hubiera sido muy difícil escribir sobre el mundo editorial sin sentido del humor. Por ejemplo, si no tienes sentido del humor, nunca podrías tratar con los autores. Sería demasiado difícil, horrendo y aburrido. Y además tienes que ser comprensivo. Hay gente que dedica su vida a escribir libros, en la mayor soledad, y luego vienen a ti con sus manuscritos. Los autores me despiertan ternura.

¿Siempre ha sido así?

Siempre. Cada libro, cada manuscrito que entra por esa puerta es lo más importante en la vida de su autor. Hay excepciones entre los libros que se escriben y que se publican, pues hay libros para perder peso, diccionarios, libros para hacer mejor el amor; pero los que me llegan a mí representan sin excepciones lo más importante en la vida de sus autores. El hecho de que sus libros sean triviales, insulsos, fusilados de otros libros o francamente malos no les afecta en absoluto, ésa no es su opinión; ¡sus libros son lo más importante en sus vidas!, y tú tienes que tratarles teniendo en cuenta eso.

Habrá recibido de todo.

Hace 45 años, cuando yo era un joven editor en esta casa, llegaban cajas y cajas de manuscritos. Uno de ellos resultó ser una copia de la Biblia, pero con otra puntuación. El autor tenía una compleja teoría sobre cómo la puntuación lo era todo en la Biblia. Hace años yo le publicaba sus libros a Susan Howard, que era una autora de éxito y ahora sigue escribiendo novelas religiosas para Knopf. Recuerdo que Susan tenía un bebé, un matrimonio complicado; era secretaria y vivía en una casa muy pequeña de Nueva Jersey. Cuando la conocí me dijo que había escrito su libro en la mesa de la cocina después de preparar la cena a su marido y a su bebé. Se publican 60.000 libros anualmente en Estados Unidos, y en este mismo momento unas 200.000 personas, de las que quizá sólo llegue a publicar un 10%, están escribiendo uno, y todas ellas creen que con su libro van a cambiar el mundo o a lograr un éxito que va a compensar toda su vida.

Una avalancha insuperable de autores…

A no ser que tengas sentido del humor, sería imposible estar en este mundo. El 99% de las veces tienes que rechazar los libros. Y el 1% de las veces tienes que lidiar con aquellos a los que has dicho que sí. ¡Pero el 99% de las veces le estás diciendo no a personas que se han pasado la vida escribiendo su gran obra! Es muy triste estar en medio de los sueños y de las aspiraciones de la gente, y ser tú quien las tiene que hacer cumplir y que te lo impida tu obligación profesional.

En su oficio es importantísimo aprender a decir no tanto como aprender a decir sí…

Digo no mil veces antes de decir sí. Cuando digo sí estoy asumiendo muchas responsabilidades con respecto a la persona con la que me comprometo. Es complicado, porque en este país, particularmente, el editor es el vínculo entre la editorial y el escritor, así que he sido más de mil veces el responsable de un libro de una forma directa. Puedes intentar adivinar si un libro va a ser un éxito de ventas o un fracaso, pero no siempre aciertas. Hubo un periodo de mi vida, entre los 30 y los 50 años, en el que acertaba más de lo que me equivocaba. Pero ahora ya no es así. Si aciertas un 51% del tiempo eres un genio. Un cierto grado de fracaso es parte de todo negocio, y existe en todas las partes.

Pero usted dice que sin el entusiasmo no existiría el editor.

Es que éste es un oficio de entusiastas. Es casi imposible ganar el dinero suficiente como para compensar el entusiasmo que se pone en este negocio. Fíjese que hace 30 o 40 años lo único que tenían que hacer las editoriales era mantenerse a flote. Pero en el mundo que vivimos, aquellas editoriales que se mantenían a flote fueron absorbidas en muchos casos por gigantes; Bertelsmann, por ejemplo, compró editoriales en todo el mundo, y esos gigantes se han sentado a esperar a que el dinero llegara a la caja. Lo que pasa es que eso no funciona exactamente así. Y no siempre son los grandes grupos los que colocan sus libros en los números uno; de vez en cuando hay alguien muy humilde que publica un libro que nadie conoce y que consigue ponerse a la cabeza de los best sellers. Hay misterios así. Cada libro que publicas es un experimento.

Esa concentración de la que usted habla tiene su reino en Estados Unidos; su propia compañía, Viacom [que se dedica a editoriales y a medios de comunicación], concentra varias empresas.

Ahora mismo, en Estados Unidos sólo hay dos o tres editoriales independientes. Si tomamos a Bertelsmann, por ejemplo, integra a Random House, Knopf, Bantam, Banthan, etcétera. Algunos de esos sellos, como Knopf, tienen su propia personalidad, de modo que pueden tener vida propia aunque pertenezcan a un grupo. Otras, como Banthan, van a peor por falta de personalidad; ya no sé ni quiénes son, ni qué hacen. Antes, las editoriales tenían más personalidad; el editor tenía una cara, un teléfono, un contacto. Y los escritores mismos eran celebridades. Recuerdo que la sede de Random House estaba en la Quinta Avenida y compartía edificio con la diócesis de Nueva York…; cuando John O'Hara, un célebre autor de aquellos tiempos, tenía un Rolls-Royce, y uno de sus caprichos era que las puertas se abrieran y que hubiera varias plazas libres en el patio para aparcar su espléndido automóvil. Hoy día, eso no ocurre. Los escritores ya no tienen ese ego ni expresan tales excentricidades. Y los editores son ahora más discretos. Pero antes, los editores disponían de comedores privados, tenían sus chefs particulares, daban banquetes y competían también sobre la calidad de sus comidas. Random House tenía un chef mejor que el de Simon and Schuster, hasta que esta compañía decidió estar por encima. E invitaban a los escritores como un modo de hacerlos más importantes. Ahora, ya nadie hace eso.

Michael Korda es hijo de Vincent Korda y de su primer matrimonio con la actriz Gertrude Musgrove, que a los 94 años aún vive en Palm Beach (Estados Unidos). Cuando le preguntamos por su madre, Korda apuntó en su libretita que debía llamarla esa noche. La primera vez que los padres discutieron en serio fue en el hotel Ritz de Madrid, en 1936, cuando empezaba la Guerra Civil española; él tenía tres años, y su padre había venido a colaborar con el fotógrafo Robert Capa. Vincent Korda es el responsable artístico y de producción de filmes como El Rolls-Royce amarillo, El día más largo, El ladrón de Bagdad, La vida privada de Enrique VIII, To be or not to be, El tercer hombre… Michael asistió a algunos de esos rodajes, y guarda un recuerdo especial de El tercer hombre (Carol Reed, 1949, rodada en Viena), en el que coincidió con uno de los grandes de su vida, Graham Greene, a quien se debió la idea literaria del filme. En Editar la vida cuenta Korda cómo lo concibió: tenía una idea, la escribió en un papel, se la dio a Vincent Korda y éste le convenció para que siguiera escribiendo regalándole un castillo en el sur de Francia.

El tío de Korda, Alexander, inseparable de su padre, fue también director y productor de cine, y esposo de la actriz Merle Oberon. Y aún hay otro tío, Zoltan Korda, uno de los grandes directores del cine británico de los años treinta. En 1979, Michael Korda describió ese glamouroso mundo familiar en su libro Charmed lives, traducido aquí como Una vida encantada. "El título es irónico: una vida encantada; daba la impresión de que lo era, pero en muchos casos era una vida de infierno".

Usted estaba condenado a vivir entre celebridades.

Sí, me crié en una familia de cineastas, escritores y artistas. Estaba rodeado de gente con egos enormes. Los amigos de mi padre eran Andre Derain, Picasso, Brassai, Capa… Mi tío Alex era amigo de gente como Winston Churchill. Hay excepciones, pero generalmente los escritores no tienen la publicidad que alcanzan las estrellas del rock o del cine de Hollywood, o Donald Trump. El escritor en este país está muy por debajo de la media de las celebridades; por tanto, desarrolla un ego más grande, forjado por la necesidad de ser importante y respetado. Yo fui editor de George Harrison y de John Lennon. A su lado te dabas cuenta de la fama que les rodeaba, algo que jamás dará escribir y publicar libros. A veces se juntaban los libros con la fama propiamente dicha, y entonces era el caos del glamour. Recuerdo ir a una fiesta en Beverly Hills con Irving Lazar [agente de celebridades de la literatura y el cine] y [la actriz] Joan Collins. Publiqué dos o tres libros de Joan y algunos de su hermana la escritora Jackie Collins. En ese momento, en aquella fiesta en Beverly Hills, ella estaba en la cúspide de su fama, como protagonista de aquella serie de televisión, Dinastía. Cuando llegamos a la fiesta se abrió la puerta de la limusina; alguien dijo: "¡Joan Collins!", y ella se bajó ante una llamarada de luces y una docena de reporteros. Pero éste no es el mundo que les espera a los escritores. Por ejemplo, Salman Rushdie debe su fama, aparte de que sea un buen escritor, a que fue condenado a muerte. Siempre habrá un murmullo especial cuando alguien como él entra en una fiesta. Pero nunca tendrá la misma repercusión que si entraran Paris Hilton o Nicole Kidman.

Usted cuenta relaciones muy divertidas con famosos. No se creía que Joan Crawford escribiera de verdad sus libros, con aquellas uñas no se podía teclear. Ella le enseñó su guardarropa, donde todos sus trajes tenían escrita la historia que ella les atribuía.

Cuando trabajas con gente famosa acabas acostumbrándote. Son como monstruos sagrados. Ya no quedan tantos. Mire la lista de éxitos. Ya no hay un Norman Mailer, o un Capote. ¿A quién de los que aparecen hoy reconocería por la calle? El escritor como estrella fue algo de los años sesenta, y la última que representó esa personalidad fue Jacqueline Susann.

Usted le arregló libros a Jacqueline Susann. ¿Qué cara se le pone al autor?

Europa y Estados Unidos son distintos en ese plano. Claro que hay escritores con los que eso no se puede hacer, primero porque no lo necesitan y segundo porque no te dejan. Pero, en esencia, muchas novelas comerciales están escritas por gente que no tiene la habilidad de escribirlas. Todo se puede arreglar. Y eso es lo que hacen los editores, yo lo he hecho. En este país, el editor es el chef que reúne los ingredientes para hacer una tarta. Es curioso, en Inglaterra no existe este perfil. Y muchos de los libros que vienen de allí nos parecen mal editados. Tampoco existen editores así en Francia. Y seguro que tampoco los hay en Alemania o en España. En Italia sí ocurría cuando Mondadori era una editorial fuerte. Creo que éste es un fenómeno americano.

¿Lo sigue haciendo?

Ya no lo suelo hacer. De joven no me importaba dedicar 18 horas al día a reescribir un libro. Ahora prefiero que los escritores sepan escribir. En el caso de Jackie Susann, a ella le hubiera molestado que no le hubiéramos prestado la atención que tuvo. Si yo le hubiese dicho: "Genial, Jackie, el libro está perfecto, vamos a publicarlo", ella se hubiera molestado. Además, Jackie era una persona muy realista. Quería y esperaba que un equipo le ayudara a contar su historia. Ella sabía qué quería contar, conocía qué pensaban sus personajes, pero no podía escribir. Lo que ocurría con ella era como lo que pasa con los actores: aceptan ser dirigidos, y lo que importa es el producto final.

A Joan Collins también le escribían.

Tenía su equipo, pero eran sus historias. Ella se sentía igual de orgullosa de su libro que Marcel Proust de los suyos. Joan Crawford tenía sus escritores, pero hablaba de sus palabras como si ella las hubiera ensamblado personalmente.

Los presidentes tampoco escriben…

Cuando recibí el manuscrito de las memorias de Reagan, lo primero que pensé es que él no había escrito una sola palabra, y que además no tenía el menor interés por haberlo hecho. Y era una lástima, porque luego leí sus intervenciones en la radio, que sí escribió él, y pensé que se expresaba con mucha soltura. Pero lo de escribir libros le daba igual.

Cuenta usted cómo fabricó Ronald Reagan su encuentro privado con Gorbachov, como si los dos hubieran estado realmente solos.

Hay que tener en cuenta que Reagan era un actor. Y pintó esa escena como a él le hubiera gustado que ocurriese. Fíjese que Reagan pronunció una vez un discurso para rendir homenaje a unos hombres que habían ganado medallas por su heroicidad. Cuando se dirigió al público contó la historia de un joven soldado que se quedó atrapado en un avión en llamas. El piloto pudo agarrar de la mano al joven y le dijo: "No te preocupes, muchacho, estamos juntos". Y le dieron la medalla de honor. Mientras lo contaba se le saltaban las lágrimas. ¡Y esa historia no sucedió, la tomó Reagan de una película de la Warner Bros., de 1943!

Usted narra un momento muy intenso de las negociaciones para sacar el libro: cuando Reagan duda si comerse o no la última galleta que queda en un plato.

No creo que eso refleje la simplicidad de Ronald Reagan. Él quería esa última galleta, pero había sido educado en una familia muy estricta, que le había enseñado que era de mal gusto comerse la última galleta. Como presidente podía cogerla, pero como Ronald Reagan tenía que reprimirse.

Nixon…

Me lo presentó su hija. Si se lee como lo describo en mi libro, se advierte muy bien que mi intención no es juzgar a las personas, sino contar cómo son, o cómo eran. Como regla general, sólo escribo lo que recuerdo, y tengo muy buena memoria. Pero jamás me burlo, jamás critico; cuando escribo no ficción intento ser una cámara.

¿Y qué foto tiene de Nixon?

Era un hombre muy inteligente. Probablemente el presidente más inteligente después de George Washington y de Abraham Lincoln. Pero con un mal juicio moral y político, y con defectos de carácter que le hubiesen supuesto grandes problemas en cualquier profesión que hubiese escogido. Pero era inteligente. Creo que la combinación de agresividad y sospecha intensa que tenía Nixon queda clara en el libro. Pero no le juzgo. Kissinger, para quien también trabajé como editor, siempre me decía que mi retrato de Nixon era sesgado. Y le entiendo, porque ese retrato no era el del Nixon que él conoció.

El editor ve un personaje que los otros desconocen…

Y todos los personajes deben interesarle. Publiqué las memorias de Breznev; sabía ruso, y creí que era el editor adecuado para publicarlo. Publiqué a Sharon, me cae bien, y con él no estoy de acuerdo. Pero los editores y los periodistas son iguales en esto: no deben juzgar a la gente que están entrevistando, o publicando. Quise publicar las memorias de Albert Speer [colaborador de Hitler]. Cuando le llevé el libro a Max Schuster [de Simon and Schuster] me dijo que no podía publicarlo: no quería que su nombre se asociara al de un dirigente nazi. En general, no creo que deba ser el editor quien juzgue moralmente al escritor. Si la historia es buena, si crees que va a vender, deja que se cuente. Y si publicas a Hillary Clinton, debes estar dispuesto a publicar a Laura Bush. Y si los autores se sienten incómodos, pues que les den.

Es usted muy tierno con Tennessee Williams.

Yo era amigo de Tennessee. Yo le quería mucho. También quise mucho a Graham Greene. Fue un segundo padre. Creo que tienes que ser muy cauteloso en este mundo y no hacerte muy amigo de los autores a los que publicas. Es un mundo muy cruel, y las relaciones que se crean dentro de las editoriales no son eternas. Si todos tus amigos son escritores, tarde o temprano vas a perder amigos, bien porque se marchan a otra editorial o bien porque sus libros fracasan.

Su primer amigo escritor fue Graham Greene.

Graham hubiera encandilado a cualquiera que, como yo, tuviera 15 o 16 años. Era extraordinario. Y un escritor maravilloso. Fue un hombre maravilloso y le echo mucho de menos. También echo mucho de menos a Carlos Castaneda [cuyo primer libro fue una tesis doctoral por la que Korda apostó para convertir al famoso chamán en uno de los personajes más influyentes de los años sesenta y setenta en el mundo].

Pero la gran influencia de su vida fue su familia…

De mi familia recibí un gran regalo genético. De mi padre heredé su capacidad artística. De mi tío Alex, la habilidad de tratar con gente. Pero es difícil ser objetivo con mi familia. Creo que lo dejé claro en mi libro, Charmed lives: no eran personas felices. Para mi tío Alex, por ejemplo, la felicidad no era su objetivo. A él le interesaba el dinero, la fama, vivir muy bien, y el amor de mujeres guapísimas. Y lo consiguió. Pero no era feliz. Tampoco creo que él esperara ser feliz. Ésa es una esperanza muy americana. Nosotros los europeos pensamos que la felicidad no tiene que ver con conseguir cosas. En EE UU existe la convicción de que la felicidad se puede fabricar. El 90% de los libros que se publican aquí tratan de eso.

¿Qué es para usted el mundo editorial en el que ha vivido?

Un circo. Y para sobrevivir en él tienes que haber nacido en él. El circo expulsa a aquellos que vienen de fuera; eso es lo que le pasó a Harold Evans [un gran periodista que dirigió en el Reino Unido The Times y The Sunday Times, y luego fue directivo de Random House en Estados Unidos], un hombre con tantos talentos; pero las lealtades de este mundo son con aquellos que se han hecho en él. El peor error que puedes cometer si entras en el mundo editorial es querer transformarlo como si fuera el mundo del cine o de la televisión. Se trata de vender libros, es otra cosa. En este trabajo tienes que ser siempre un poco cínico; en este sentido, se parece a la televisión: los desastres generan ventas. Para nosotros no existe una mala noticia. En términos de venta, las malas noticias son buenas para nosotros.

¿Ya no le llaman a las tres de la madrugada, como Capote?

Pobre Capote. Es muy difícil describir a Truman porque siempre le vi borracho. Muy interesante, pero muy raro. No, ya no me llaman tanto, ya no soy tan popular. En este país, escribir, y editar, es como andar sobre la cuerda floja a 150 metros de altura. Como en el circo.

¿Y quién es usted en ese circo?

Yo en ese circo soy el que está en la cuerda floja.

'Editar la vida', de Michael Korda, está publicado en España por Debate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 2005