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Reportaje:

Biblioteca Nacional, esa desconocida

La Biblioteca Nacional, que atesora millones de libros y documentos, códices, incunables, manuscritos, grabados o mapas, es todavía una gran desconocida para la mayoría de los españoles. Su actual directora, Rosa Regàs, está empeñada en abrir sus puertas de par en par y que los ciudadanos puedan adentrarse en un mundo lleno de maravillosas sorpresas.

La luz natural que inunda los pasillos, salas de lectura y despachos de la Biblioteca Nacional es como un símbolo de la apertura que quiere vivir el histórico centro, que nunca gozó de excesiva luz, como no fuera la contenida en sus anaqueles, y que en el último cuarto de siglo ha permanecido en penumbra para la mayoría de los españoles. Hay una generación que prácticamente desconoce este sanctasanctórum del libro, que guarda la crema de la crema de nuestras joyas bibliográficas -códices, manuscritos, incunables, pero también todo lo publicado en España desde 1958-, instalado en el mismísimo corazón de Madrid. Ni ha entrado en ella, ni sabe dónde está, ni apenas ha oído hablar de su fabuloso contenido. Hay otras generaciones, anteriores, que la conocieron y usaron con frecuencia, estudiaron en su famosa sala de lectura e incluso ligaron por sus pasillos.

Regàs: "Mi objetivo es convertir la biblioteca en un espacio abierto"

La Biblioteca Nacional no sólo ha abierto su enorme puerta principal, cerrada durante años a cal y canto, y en el olvidado y casi inexistente jardín han surgido unas sillas de diseño que aprovechan algunos incrédulos ciudadanos, sino que cuando se penetra en el emblemático salón general de lectura, la sorpresa es total para cualquiera que lo haya conocido en otros tiempos. La luz cenital que se cuela a raudales por la enorme claraboya del techo y altas ventanas, además de facilitar la lectura, descubre al lector aspectos inusitados: la filigrana del balconcillo de hierro forjado, a juego con las fantásticas librerías grises-azuladas que rodean la sala; las pinturas del techo; las ornadas paredes, y los cuadros de un recinto cuya atmósfera atrapa de inmediato. Flota el ambiente de una antigua biblioteca, acoplado, sin rechinar, al confort y tecnología del siglo XXI. Silencio de monasterio, aire acondicionado y ordenadores portátiles en históricos pupitres de madera.

Se puede decir sin miedo que la Biblioteca Nacional es una gran desconocida. Traspasar sus puertas en los últimos años no ha sido fácil, salvo para unos pocos estudiosos que la conocen bien. Las interminables obras de reforma, las medidas de seguridad y la política de centro restringido a investigadores hicieron de ella un bastión cultural poco menos que inaccesible. Pero corren tiempos nuevos para la primera biblioteca de España, y abrir puertas, en todos los sentidos, se ha convertido en una obsesión para su directora general, la escritora Rosa Regàs: "La Biblioteca Nacional es todavía una desconocida, y nos llevará mucho tiempo que se conozca bien porque los fondos son impresionantes. Convertirla en un espacio abierto, con todo lo que eso supone, es mi objetivo primordial".

Pedro Molina, asesor de Regàs, asegura que lo primero que les llamó la atención al llegar hace un año a la biblioteca fue que un edificio tan imponente y central en Madrid estuviera tan muerto culturalmente. "No figuraba en la agenda de actos interesantes. De alguna manera, esa sensación de espacio cerrado, con puertas y verjas siempre medio entornadas, se percibía como un lugar que ofrecía resistencia. La seguridad había transformado un espacio cultural en un ministerio". Molina reconoce que la Biblioteca Nacional "impone en sí" porque tiene una consideración de centro del saber que, junto con ese difícil acceso, complicaba el contacto directo con los ciudadanos. "Nos decían: éste es un centro para investigadores y no hay por qué hacer difusión hacia fuera; quien tiene que conocerlo lo conoce, y los demás no interesan. Pero nos hemos empeñado en abrir físicamente las puertas, y luego seguir abriendo… Ahora la gente dice: ¡qué maravilla estar aquí!".

Las obras de remodelación, realizadas por los arquitectos Junquera y Pérez Pita -finalizadas en 2000 con ligeros flecos que todavía colean-, perseguían convertir un edificio desbordado por el imparable crecimiento bibliográfico, y el uso compartido con el Museo Arqueológico de Madrid, en un nuevo espacio funcional. Preservar y difundir el patrimonio bibliográfico español tenía que compaginarse con la investigación, el uso público, las nuevas tecnologías y una circulación más fluida.

El resultado es una nueva Biblioteca Nacional en la que los espacios nobles -como la neoclásica escalera principal; la sala del Patronato (librerías de Godoy, alfombras de la Real Fábrica de Tapices, lámparas de La Granja); el gran salón de lectura, y el salón italiano, con los retratos de los premios Cervantes; las librerías estilo Eiffel, o los tradicionales ficheros- conviven en armonía con las nuevas construcciones encajadas en los patios. Así, en la sala-patio donde se solicitan los libros, el ladrillo de las paredes y los montacargas a la vista alternan con modernas lámparas en un ecléctico espacio arquitectónico de estética muy actual.

Cierto que la circulación por el edificio, antes demencial, resulta ahora mucho más fácil. Pero todavía no es extraño perderse por pasillos y plantas, alguna de las cuales no coincide con la numeración de los ascensores. ¿Plantas intermedias secretas? "En realidad hay una planta misteriosa donde ocultamos tesoros desconocidos", dice con sentido del humor la jefa del Área de Preservación y Conservación de Fondos, Fuensanta Salvador, cuando explica, en el ascensor, que el botón del cuarto piso del nuevo edificio tecnológico, en realidad corresponde al quinto…

Rosa Regàs está satisfecha con la reciente remodelación del vestíbulo de la planta baja que da paso a las salas de exposiciones. "El vestíbulo era disuasorio. Aparte de ser un lugar oscuro y polvoriento, había que pasar por muchos controles. Lo hemos agrandado, y retirado unos metros de la entrada los controles de seguridad, que están forrados como libros. Ahora tienes la sensación de entrar en un sitio que te acoge y no que te repele".

Al fondo del nuevo y espacioso 'hall', la sala Hipóstila -antigua tienda de la biblioteca- se ha convertido en una peculiar sala de exposiciones para pequeños formatos, como fotografías o mapas. Pero hay más novedades: se han abierto espacios para actividades infantiles; se ha iluminado la fachada principal; Alberto Corazón ha diseñado el nuevo logotipo de la Biblioteca Nacional, la señalización de circulación interior y los tarjetones de invitación a los actos, y la apertura de las pesadas verjas de hierro de Recoletos está al caer.

Simbólicamente, las verjas ya cayeron la pasada primavera en una jornada de puertas abiertas que desbordó todas las expectativas. "He recibido cartas de expertos temerosos alegando que la Biblioteca Nacional se llenará de gente. ¡Ojalá!, para eso lo hago. Cuesta mucho poner algo como esta institución en el imaginario de la vida cotidiana, pero todo se hará poco a poco. Las revoluciones incruentas requieren un tiempo…", dice Regàs, que pasa revista a los actos realizados. Desde la presencia de escritores como Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Francisco Ayala, y cineastas como Fernando Trueba, Agustín Díaz Llanes o Aitana Sánchez-Gijón, que contaron al público cómo es "su biblioteca", hasta actividades infantiles en la gran carpa surgida en un patio. Sin que faltara, en ese intento de "desacralizar la institución", un concierto cervantino de hip-hop, en el jardín, con un público joven y multitudinario.

La directora general no oculta sus intenciones: "Queremos que la biblioteca recupere el puesto que le pertenece, el de biblioteca nacional impulsora de una investigación que pueda estar a la altura de las grandes bibliotecas del mundo. Pero también es importante que la gente pueda entrar a consultar el fondo moderno sólo con el carné de identidad y que pierda el miedo a este castillo que parece inexpugnable. Es bueno que pueda conocer lo que tenemos, porque la mayoría cree que sólo hay incunables. No se sabe que tenemos libros modernos, grabados, fotografías, carteles, discos, vídeos, guiones…".

El fondo de la Biblioteca Nacional da vértigo: más de 17 millones de piezas. Porque -como insisten todos los folletos y repiten sus funcionarios- no sólo almacena y conserva libros, sino que es el gran centro informativo y documental de la cultura escrita española e hispanoamericana, y la institución depositaria de todo tipo de publicaciones (musicales, audiovisuales, artísticas, etcétera) producidas en territorio español desde comienzos del siglo XVIII y recibidas a través del depósito legal. Resultado: unos seis millones de libros, cerca de 100.000 títulos de publicaciones periódicas, 30.000 manuscritos y ocho millones de otros materiales. Un fondo que crece al ritmo de unos 800.000 ejemplares al año, uno de los más ricos del mundo, y, desde luego, la más completa colección bibliográfica de ámbito español.

Molina recalca que se han simplificado las normas de acceso para que cualquier lector pueda consultar los fondos desde 1931. Antes sólo se permitía desde 1959, pero se han incorporado los años de la República y también se han suavizado las normas para que los investigadores, con un carné, puedan consultar fondos anteriores a 1931, o fondos reservados. Molina sonríe al recordar las muchas resistencias iniciales. "Nos decían: se va a llenar de estudiantes, de gente que no tiene nada que hacer, de vagabundos a dormir la siesta… Nada de eso ha pasado. Hemos apreciado un incremento de ocupación hasta el 60% o el 70%, pero todavía puede ser mayor".

Entre sus usuarios (112.647 en 2004, un promedio diario de 396 personas, casi un 15% más que el año anterior) hay eruditos especializados, investigadores, jóvenes lectores esporádicos, y otros más fieles, que consultan libros, documentos, pinturas, cartografía… Imposible resistir la tentación. ¿Cuál es el libro más consultado de la Biblioteca Nacional? Sorpresa. La obra más solicitada -al margen de diccionarios, biografías y manuales- es la Enciclopedia heráldica y genealógica hispanoamericana, de Alberto y Arturo García Carraffa, en la que figuran todos los apellidos de origen español y sus correspondientes escudos heráldicos. ¿Curiosidad por los antepasados? ¿Apetencia de linajes nobiliarios?

En otoño de 2004 se abrió al público la sala de lectura del edificio de Alcalá de Henares, segunda sede de la Biblioteca Nacional desde 1993. "Alcalá fue un descubrimiento. Cuando vimos el edificio nos quedamos pasmados, nadie sabía que existía", dice Molina. Existía, pero, situado en un polígono industrial en medio de la nada, terminó convertido en un inmenso depósito. "Nos encontramos con un edificio estupendo y una sala de lectura cerrada que ya está abierta al público".

Tres gigantescas torres modulares que superan los 30 metros de altura, 51 enormes depósitos que no paran de crecer, más de 12 millones de libros y documentos (carteles, discos, fotografías y los fondos de la antigua Hemeroteca Nacional), 600.000 volúmenes nuevos cada año… Cifras, las de Alcalá, que marean, y sólo se hacen más tangibles cuando se contempla el gran depósito robotizado, equivalente a un edificio de viviendas de cinco pisos. En el interior de este rascacielos de libros, solitario y oscuro, a 18 grados de temperatura, dos millones de libros aguardan, en 18.000 bandejas, el brazo robótico que se desliza por raíles y entresaca la bandeja con el libro pedido. Tecnología punta para una biblioteca que nació en 1712 de la mano de Felipe V, como biblioteca real, y que pasaría a ser de uso público en 1717.

No hace mucho, un experto inglés en libros antiguos, de esos tan egregios que con sólo ver una página de un manuscrito saben de qué siglo es y a qué abadía pertenece, se puso en contacto con la Biblioteca Nacional para informarles de que en una conocida casa de subastas de Londres se iba a pujar por una hoja de pergamino. Y estaba convencido de que pertenecía a un manuscrito greco-latino de la biblioteca española. El experto envió unas fotografías y se comprobó que estaba en lo cierto: las manchas de pergamino coincidían, y el folio también, con la página que le faltaba al manuscrito español. Así que rápidamente se iniciaron gestiones para que no llegara a la subasta y pudiera volver, con un precio razonable de compra, a la Biblioteca Nacional. "Esa página había sido sustraída de nuestro manuscrito, posiblemente en el siglo XIX, porque la gente cortaba antes las páginas y miniaturas con cuchillas de afeitar…", dice Teresa Mezquita, directora del Departamento de Patrimonio Bibliográfico, que admite que, en ocasiones, efectúan auténticas pesquisas policiacas.

El pasado año, la Biblioteca Nacional adquirió 21 incunables (libros impresos en la primera época de la imprenta, entre 1450 y 1500), entre ellos una Biblia latina (Anton Koberger, 1475), para añadir a su colección de unos 2.000 incunables. "Y no se compran más porque son carísimos; no sólo por su valor técnico y testimonial, sino porque la calidad es buenísima. En la primera época de la imprenta, los papeles, las tintas, los tipos, eran estupendos, y es una época muy pequeña", añade Teresa Mezquita.

Pero, pese al valor de los incunables, las auténticas joyas de la biblioteca son los manuscritos, de los que posee unos 23.000. Y dentro de los manuscritos, la aristocracia por excelencia del libro, los tesoros, siempre han sido los códices - término técnico de un libro medieval manuscrito-. Y la Biblioteca Nacional posee algunos de los mejores existentes: beatos, biblias, libros de horas; códices medievales iluminados, ejemplares de precio incalculable, contados y bien identificados en todo el mundo. "Tenemos una buena colección de libros de horas, unos 50 miniados, y dos beatos de valor incalculable. Uno de ellos, el de don Fernando y doña Sancha, del siglo XI, es fastuoso. A mí me parece el mejor de los beatos existentes, aunque, claro, es una cuestión de gustos… Y una serie de obras maravillosas, códices procedentes de las incautaciones que Felipe V hizo en el siglo XVIII, como el Skylitzes, y otros producto de las desamortizaciones, como la Biblia de Ávila, códices italianos, varios Triunfos de Petrarca y muchas obras miniadas del Renacimiento", señala Mezquita, que puntualiza el nefasto uso del término beato: "Lo del Beato de Liébana es un error semántico que se repite continuamente. No hay ningún libro concreto que sea Beato de Liébana; lo son todas las obras que ilustran los comentarios de un monje, llamado Beato, que vivió en el valle de Liébana [Cantabria] y que hizo unos comentarios al Apocalipsis de san Juan, sin más. Por cierto, Umberto Eco dice que eran muy aburridos… Ni siquiera sabemos si el texto original, escrito en el siglo VIII, tenía miniaturas o no. Posteriormente se hicieron varios libros en el norte de España que tenían ese texto, siempre el mismo, y unas ilustraciones maravillosas. Ésos son los beatos, y sólo hay unos 14 o 15 ejemplares en todo el mundo. Genéricamente se llaman beatos, pero ni están hechos en Liébana, ni por un beato…".

Mezquita se refiere una y otra vez a estas joyas como vit-res (ni más ni menos que la signatura, que en este caso es la de "vitrinas y reservas", que es como ellos los conocen). Pues bien, para poder ver los vit-res, los tesoros de la Biblioteca Nacional, es necesario traspasar muchas puertas de acero con acceso restringido y tarjeta codificada de seguridad.

Tras una de ellas reposa el libro de horas de Isabel la Católica, con su maravillosa funda, y también el de Carlos VIII; la Historia bizantina, de Skylitzes; el beato de Fernando I; el códice árabe de los Evangelios, o las Etimologías, de san Isidoro de Sevilla (el libro completo más antiguo de la Biblioteca Nacional), por citar sólo algunos tras los que se van los ojos. Están dentro de cajas antiácidas, en plantas con la temperatura y humedad adecuadas. No son depósitos hermosos ni acorazados; son depósitos asépticos en los que reina la penumbra, y la luz, tenue, se enciende a medida que se avanza entre estanterías, algunas de un discípulo de Eiffel. Hay, sí, una pequeña caja fuerte, simbólica, que guarda unos 20 libros. Allí está el Poema del Mío Cid, un manuscrito humilde en sentido artístico, un pergamino pequeño y deteriorado, pero valioso por tratarse del primer texto escrito de una tradición oral como era el poema del Mío Cid. Y también los manuscritos de Leonardo da Vinci, las únicas obras de absoluta atribución a Leonardo existentes en España, y la edición príncipe del Quijote de Juan de la Cuesta (ahora en la exposición de Cervantes de la planta baja).

Y este mundo bellísimo de papel y tintas tiene detrás un equipo humano que atesora los últimos conocimientos técnicos del siglo XXI y unas manos propias de artesanos medievales.

En la gran sala de restauración y encuadernación, que haría las delicias de cualquier pintor, escultor o artesano, Esther Alegre y Domingo -prefiere ocultar su apellido-, dos veteranos del Departamento de Bellas Artes, se afanan sobre unas pinturas y grabados que irán a diferentes exposiciones. Domingo manipula un pequeño dibujo de Goya, a dos caras, de la duquesa de Alba: por un lado, la duquesa aparece vestida, y por el otro, desnuda. Es de una simpleza de línea increíble, una preciosidad. Forma parte de la colección de dibujos y grabados de la Biblioteca Nacional y viajará a Berlín. A su lado, dos dibujos de Rembrandt se preparan para ir a Vitoria. Hasta finales de año hay 11 exposiciones comprometidas. "Las exposiciones nos permiten ir restaurando fondo que queda en excelentes condiciones", dice Domingo. "Por mis manos han pasado muchas joyas de la biblioteca, como este libro de Francisco de Holanda, único en el mundo. Te acostumbras a manejar estas obras de arte como algo natural", añade Esther, 30 años en la Biblioteca Nacional, mientras maneja De aetatibus mundi, un libro de 1545 ilustrado a mano.

Al otro lado de la gran mesa, una curiosidad, que Domingo señala como una "restauración complicada": la copia en papel vegetal de un papiro egipcio, el Papiro Koller, que perteneció a la biblioteca de Usoz, y que está bastante deteriorado. Una especie de Kamasutra egipcio bastante insólito. No lejos se restauran distintos mapas (entre ellos, unos Paluzie de principios del siglo pasado). "Este atlas, de finales de 1500, es fantástico; es el que utilizaban los navegantes en los barcos, y tiene un valor histórico y documental insuperable. Son grabados calcográficos iluminados a mano. No se puede pedir más", dice Paloma Balaguer.

La jefa de este taller-laboratorio -que, igual que los de reprografía y microfilmación, se han renovado por completo en los últimos años-, Fuensanta Salvador, admite que son exigentes. "Somos un poco como la policía… Algunas veces oímos las quejas: ya están los de rehabilitación prohibiéndolo todo". De esta área han salido los cojines-atriles de poliuretano y loneta gris en los que hay que depositar los libros antiguos para que no sufran; la absoluta prohibición de entrar en las salas de fondo antiguo con plumas, rotuladores o elementos cortantes, incluidas las tarjetas de crédito -no sería la primera vez que se utilizaran para cortar páginas-, y el uso del cello, causa de tantos destrozos.

Salvador y su equipo están empeñados en una feroz batalla con el fondo ácido. Son los libros que, a partir de 1780-1800, dejaron de hacerse con el papel tradicional de pasta de trapo y comenzaron a fabricarse en papel industrial, con celulosa. Un papel que transcurrido un tiempo se acidifica, se deteriora y se hace polvo. Son los típicos libros de hojas frágiles y bordes amarillentos que todos hemos visto alguna vez. "Ahora mismo trabajamos en la identificación del fondo ácido de la biblioteca para microfilmarlo y guardarlo en cajas libres de ácidos. El lector verá el microfilme. Podemos tener más de un millón de libros y muchísima prensa en estas condiciones. Hay ácidos de ediciones únicas, y ésos son prioritarios". Los ácidos, además de ser muchos, contagian su acidez a los vecinos… "Ahora mismo es nuestro programa estrella. El microfilme dura 300 años y ocupa mucho menos espacio", añade Félix González, jefe del laboratorio de microfilmación y digitalización.

La conservación y seguridad han llevado de cabeza a Regàs, hasta el punto de que, al principio de su mandato, soñó que la Biblioteca Nacional ardía. "Me entró el temblor y empecé a preguntar cómo estaban los mecanismos de seguridad. Y todo estaba más o menos bien, pero no se había hecho un estudio serio del conjunto. Una comisión de ingenieros ha realizado un análisis exhaustivo de cómo está, y ahora tengo una información general sólida para poder actuar".

La directora general reconoce que su primer año al frente de la biblioteca no ha sido precisamente fácil. El año Regàs ha sido rico en problemas que ella prefiere olvidar ahora que están controlados. "Esta biblioteca no se ha tocado en muchos años. Es como cuando estás en un sitio en ruinas que parece que se aguanta, y levantas una piedrecita y todo se empieza a caer. Y hay que cambiarlo en conjunto porque una cosa lleva a la otra". Así que ha hecho un nuevo organigrama -"mucho más racional"- y una relación de puestos de trabajo que ayude a los funcionarios a trabajar más motivados. "Los sueldos del personal de la biblioteca están entre los más bajos de la Administración, y eso también hay que cambiarlo".

Por ahora, la directora prefiere hablar de los proyectos a corto plazo, como la próxima exposición Biblioteca en guerra, que mostrará cómo funcionó la biblioteca en el periodo comprendido entre 1936 y 1939.

Pero de todos los planes inmediatos hay dos que suponen un auténtico reto: la digitalización de la Biblioteca Nacional y el futuro Museo de la Biblioteca. El primero, que llaman "la gran migración", implica el cambio de la actual base de datos Ariadna, ya obsoleta, lo que significa pasar millones de libros de la misma a un nuevo sistema informático. "Hay dos maneras de hacerlo", dice Pedro Molina, "poco a poco y manteniendo el servicio, o cerrando, y vamos a optar por lo segundo. Pero la operación durará más de tres años, y este proceso tecnológico es nuestro gran desafío". Para el nuevo Museo del Libro, cerrado en la actualidad, se planea un cambio total. "El museo costó, hace 10 años, 700 millones de pesetas; pero no se mantuvo y ha envejecido rápidamente. En el nuevo museo, que se llamará Museo de la Biblioteca, habrá una sala con poca luz en la que se exhibirán entre 15 y 20 libros-joyas de forma rotatoria. Se irán cambiando cada dos o tres meses para que la gente pueda contemplarlos", asegura Molina.

La directora de la Biblioteca Nacional se muestra optimista: "La situación ahora es muy gratificante; nunca pensé en los primeros meses de tanto desánimo, de tanto andar por un bosque en el que no veía nada, que acabaría viendo las cosas un poco más claras, y que, poquito a poco, adelantaríamos. El trabajo que hacemos enlaza con los que estuvieron antes y con los que vendrán después. Lo que quiero es poner las bases para la racionalización de la Biblioteca Nacional, que dure muchos años, que lo que hagamos tenga una continuación". Y Regàs vuelve, en un bucle de la conversación, a su prioridad: "Ésta no es una biblioteca de préstamo, pero si de consulta, y ahora la gente consulta hasta el día que nació…".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 2005