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Entrevista:SOLEDAD CAZORLA

Una mujer de justicia

Nacida en Larache (Marruecos) hace 55 años, de familia militar y del mundo del derecho, esta madre de tres varones, segura de sí, enérgica, de larga carrera judicial, se ocupa de hacer cumplir la ley contra la violencia hacia las mujeres. Una fiscal que cree en el éxito de su cometido.

Ella misma ha pedido el cargo, o la carga, que ahora asume tras haberla elegido el fiscal general del Estado. Es la fiscal que se ocupará del cumplimiento de la ley contra la violencia hacia las mujeres. Resolutiva, práctica, capaz de tomar decisiones difíciles sin torturarse, segura de sí misma… y bastante "mandona" son las señas de identidad de Soledad Cazorla, de una mujer que va a llevar a la práctica el cumplimiento de una ley dura, difícil y rompedora que el Gobierno ha sacado adelante a pesar de las reticencias de la derecha. Es, sobre todo, una persona que cree de verdad en la responsabilidad que le ha tocado.

Tiene 55 años, nació en Larache, cuando todavía Marruecos era protectorado, y ha heredado de su padre (jurista y militar) la inclinación por el derecho. Ejerce la carrera fiscal desde hace veinticinco años y ha pasado por las responsabilidades más diversas -en Girona, Valladolid, Madrid- hasta llegar al Tribunal Supremo. En el Alto Tribunal asumió con tranquilidad, pero con toda la energía propia de su carácter, la acusación pública contra Mario Conde en el caso Banesto: "Estos de la alta ingeniería financiera eran timadores, como los del tocomocho o la estampita", asegura Cazorla, y se queda tan pancha.

"Y esto, tan terrible y determinante, del 'la maté porque era mía' pues se va a acabar de una vez"

"Le diría a esa mujer que no denuncia por miedo que, si no lo hace, va a tener más miedo todavía"

Es fiscal porque cree en la defensa de la ley y por eso defiende su ley. Porque cree que la mujer en este país es el eslabón más débil de una sociedad que todavía se resiste a rechazar el machismo. No cree en los milagros, tampoco los espera. Pero sí apuesta por la educación de los hombres y está convencida de que ellos mismos cambiarán sus hábitos más perversos. Confiesa Cazorla, sin rodeos, que la ley no puede hacer nada contra el maltratador contumaz, pero anima a las mujeres a vencer a su peor enemigo: el miedo. No se agota fácilmente esta mujer rotunda, tenaz, contundente, a la que le gusta "descansar" trabajando con la madera, saneando plantas, transportando agua, sudando la gota gorda… Su marido y sus tres hijos la "obligan" a medírselas con cuatro hombres dentro de su propia casa. Pero no le dan más problemas que los que se refieren a las tareas domésticas, en las que es inflexible.

Asegura no saber por qué el fiscal general del Estado aceptó su propuesta para ser el ojo vigilante contra los malos tratos. Pero Conde-Pumpido sí debe saber con quién se ha jugado los cuartos: a Soledad Cazorla lo que más le gusta en esta vida es podar árboles…

Es usted una mujer de larga trayectoria en la actividad judicial, pero… me pregunto qué habrá visto en usted el fiscal general del Estado para enviarla a tan dura misión, a luchar contra la violencia contra las mujeres en una Fiscalía que va a estar, sin duda, en el ojo del huracán.

Pues la verdad es que no lo sé. Habrá pensado de mí que soy la persona idónea, dicho esto sin falsa modestia, que no tendría ningún sentido a estas alturas. Es lógico que mi trayectoria, en la que he ejercido como fiscal en lugares muy diversos, y nada fáciles, le habrá ofrecido suficientes garantías de mi capacidad para lograr el funcionamiento de una ley que va a necesitar de todo mi empeño, y mi energía, que he tenido ocasión de demostrar claramente… Creo que también mi carácter y mi forma de ser le habrán ayudado a elegir, entre las demás candidaturas, la mía. Soy una persona resolutiva, con capacidad para tomar decisiones; soy una mujer práctica, nada teórica; yo soy…

… muy 'mandona' se la ve a usted…

¿Mandona yo? ¡No, no! ¡Hombre, mandona… en algunas cosas! Por ejemplo, cuando en mi casa hay que poner firmes a los miembros de la familia, pues sí. Empiezo a dar órdenes: "Tú guardas la ropa, tú recoges el lavavajillas, tú… haces no sé qué". En esto sí que soy mandona. En el terreno profesional, ¿mandona? No. Simplemente diría que soy práctica; o sea, que cuando creo que hay que hacer una cosa, procuro buscarme los mecanismos para que se ejecute, cuando no lo puedo hacer yo directamente, como en este caso de mi nueva responsabilidad al frente de esta fiscalía. Es verdad que yo he tenido que afrontar casos y situaciones muy duros, pero siempre con la seguridad de estar defendiendo la legalidad, defendiendo a la víctima o al acusado, pero con el mayor empeño en que la gente sepa que el fiscal no es el malo de la película, sino el defensor más estricto y exigente de la ley.

Me imagino que habrá tenido que echar mano de toda la energía de su carácter para tomar algunas decisiones que le exigían coger el toro por los cuernos…

¡Sí, sí, claro! Por ejemplo, en asuntos que han pasado sin repercusión social. Recuerdo el caso de un bebé que murió por omisión de auxilio por parte de la madre, que me impresionó realmente. Y cuando tuve que enfrentarme a un hecho desgraciado, ampliamente delictivo y de una gravedad tremenda, en el que murieron dos hermanos porque entre dos pandillas se miraron de mala manera… Y también cuando he visto actos contra la libertad sexual de los menores, corrupciones de menores… Y, bueno, cuando he tenido ante mí casos de defraudaciones y delitos económicos de una magnitud que… ¡me he puesto, me he puesto! ¿Mandona? ¡Pues sí, me he puesto realmente mandona! Porque he pensado: "Esto es que no se puede consentir de ningún modo". Y he actuado con toda la fuerza que me daba la ley, no me importa reconocerlo.

No sé si me va a reconocer que cuando ha tenido que enfrentarse a delitos económicos de gran envergadura ha sentido un cierto temor. No sé si 'alguien' le ha hecho ver que se estaba metiendo en un terreno peligroso…

¡Bah! He tenido algún caso del que no tengo ningún reparo en hablar, porque yo entonces estaba en el Supremo. Actué en el recurso nada menos que del caso Banesto, que fue un caso importante porque se trataba de una estafa y de una apropiación indebida hacia una entidad mercantil de la magnitud de un banco como Banesto. La verdad es que los de dentro no intentaron nada, y si le soy sincera, sólo me preocupaba entender realmente lo que habían hecho aquellas personas acusadas y que habían montado una auténtica ingeniería financiera para poder cometer su delito. La verdad es que aquella experiencia me llevó al convencimiento de que este tipo de actuaciones de gran envergadura no se diferencian, en su práctica, de las de aquellos que consideramos en la sociedad simples timadores. Realmente me quedé asombrada de lo que, al final, las actuaciones delictivas de estos grandes personajes de las finanzas se pueden llegar a parecer a lo que se hace en el timo del tocomocho o el de la estampita… La única diferencia está en los medios tan poderosos con los que han actuado gentes como Mario Conde y sus colaboradores.

Pero ¿en ningún momento se sintió presionada, intimidada?

¡En absoluto! ¡En ningún momento! ¡Hombre! Aquella gente ya sabía por dónde se andaba, eh… La gente no es tonta, y sabían perfectamente que no tenían nada que hacer en cuanto a una persona como yo, que tenía las cosas muy claras. No me llegó la menor presión. No sé yo por qué… (je, je) Me imagino que fueron conscientes de que iba a ser inútil intentar siquiera enviar un mensaje, una indicación…

En cualquier caso, no sé cuándo y por qué surgió en usted esta vocación de vivir digamos que… un tanto peligrosamente.

Mire, mire… ¡Yo, de vocación, nada! Es que esos términos… absolutos y tajantes, es que no me los puedo creer, la verdad. No he tenido vocación de ser fiscal, no, ni a los siete años dije "yo quiero vestir toga"… ¡vamos, en modo alguno! Hombre, lo que si es cierto es que yo esto de la justicia lo he mamao. Mi padre era un trabajador del derecho, un interventor del Ejército del Aire que tenía un despacho, y yo le veía trabajando pues como una bestia, francamente; pues como se trabajaba en los tiempos en los que se tenían varios hijos… Él era militar, y el sueldo era escaso, y le he visto trabajar todas las horas del mundo. He admirado siempre a la gente que trabaja, pero la verdad es que no he tenido vocación, lo que se llama vocación con mayúsculas, por el derecho. Pero sí que me atrajo el hecho de que éste tocaba muchos temas diferentes y, bueno, alguna influencia sí que debió ejercer mi padre en mí, desde luego. Él me mostró la posibilidad de encontrar un camino en las leyes, pero lo de la vocación… ¡Yo, a los 18 años, la única que tenía era la de divertirme, que yo recuerde, y que sonriera la vida! Pero luego me encontré con cosas que me interesaron mucho, como el Derecho Penal, por ejemplo… Y me di cuenta de que lo que más me gustaba de todo era poder ejercer la abogacía. Pero antes me fui de ministerio en ministerio pidiendo toda la información que había para presentarme a oposiciones, y lo más adecuado que vi para mi forma de ser fue la carrera judicial, y de ahí a la fiscal. Y cuando empecé a conocer realmente la figura del fiscal no tuve la menor duda. Me di cuenta de que era lo mío.

¿Por qué? Ser fiscal no parece una opción para entusiasmar a una persona joven…

Pero descubrí que a mí lo que me interesaba realmente, lo que me convencía sobre todo, no era defender a un cliente, sino defender la ley. Y ahora es que estoy imbuida de ello, es que me lo creo, es que lo siento. Y llevo ya 24 años en esto. Soy fiscal porque quiero ser una parte objetiva en el proceso, que no me mueva ningún interés más que defender la legalidad. Si yo, cuando he estado en el Tribunal Supremo, he visto que una persona ha sido condenada y he creído que estaba mal condenada porque no hay pruebas… ¡bueno!, ¡es que he estado encantada de decir que no estaba de acuerdo con esa condena! Y, también, cuando he tenido claro que había habido una vulneración del derecho he defendido a la víctima ¡frente a todo y frente a todos! Y aquí estoy ahora, en esta nueva fiscalía, defendiendo a las víctimas, en este caso a las mujeres víctimas de la violencia, lo que entendemos como violencia de género. A mí, francamente, me gusta más lo de violencia contra las mujeres porque responde al problema certeramente.

Pero la derecha logró imponer finalmente lo de la violencia de género, que no es sino una forma de desactivar la carga feminista de la ley que a usted le toca defender. Logró la derecha imponer el subterfugio de la equidistancia, ¿no le parece?

¡A mí es que me encanta decir lo que pienso de este asunto! No se olvide que llegaron a plantear cuestiones sobre la presunta inconstitucionalidad de la ley porque, efectivamente, argumentaban que se estaba castigando al hombre por ser hombre… Y no. Mire, ya somos muy mayorcitos y no podemos engañar sobre la verdad de lo que está pasando ahora en este país, que ojalá ya no tengamos que estar hablando de ello dentro de veinte años. Y es que no estamos hablando del hombre en general, sino del hombre que maltrata por una relación afectiva a la mujer.

No sé si resulta para usted una argumentación tramposa por parte de la derecha, lo de haber sugerido la posible inconstitucionalidad de la ley para intentar descafeinarla, poner sordina a la rebelión de las mujeres…

Eh… Yo no puedo decir eso, no debo decir eso… Porque hay jueces a los que no les pongo el marchamo ni de derecha ni de izquierda y que han planteado lo de la inconstitucionalidad de la ley. No podría decir eso porque sería hacer una crítica personal hacia los jueces que lo han planteado, y no quisiera, no puedo concretar tanto. Pero no le oculto que a mí no me gusta, para nada, ese planteamiento, porque estoy convencida de que a las situaciones desiguales hay que darles un trato desigual. Y no quiero ni pensar que los jueces que han sugerido que puede haber inconstitucionalidad en la ley tengan una intención como la que usted plantea. Yo lo que sé es que se equivocaron totalmente todos los sectores que lanzaron esos mensajes de que se estaba incriminando al hombre por el hecho de ser hombre… ¡No fastidie! No estamos incriminando al hombre por serlo, y yo no podría entrar ahora en mi casa, donde estoy rodeada de cuatro hombres, ¿verdad? Estamos identificando al sujeto activo de un delito que en la mayoría de los casos es hombre, ¡qué le vamos a hacer! Luego, también quieren cuestionar las estadísticas, y eso ya me parece poco serio, por no decir muy poco honesto. ¡Pues claro que hay que creerse las estadísticas, y leer los periódicos y ver la televisión! La realidad que nadie puede negar es que hay una víctima de la violencia y que esta víctima necesita una especial protección, porque se está enfrentando a una situación gravísima, muchas veces límite… Y luego está el problema de ver qué hacemos con los maltratadores…

Eso, ¿qué se propone hacer usted con los maltratadores, si es que realmente se puede hacer algo…?

El problema es tremendo, porque la verdad es que el maltratador, por mucho que le castiguemos en la prevención especial, pues nos vamos a encontrar que cuando cumpla su condena puede seguir siendo maltratador. ¿Por qué? Sencillamente porque la situación de la mujer es tan desigual, tan falta de dignidad, tan inferior a él desde su prepotencia, que… ¡pobre de la mujer que se lo encuentre! Por eso vamos a reeducar, vamos a aplicar la ley en todas sus capacidades. Lo que no se puede permitir, y no voy a permitir, es que me encuentre que en unos cursos de reeducación de personas condenadas por malos tratos (en los que también hay mujeres condenadas por maltratar a sus hijos, a sus padres, también a sus maridos), bueno, pues… ¡saltó uno diciendo que lo que había que hacer con las mujeres era cortarles el cuello! Pero… ¿qué es esto?, ¿qué hacemos? Creo que deben ser los hombres, que van a ser los hombres, los padres, los hijos, los hermanos de las maltratadas los que tienen que tomar conciencia de la situación, y creo que lo están haciendo. Lo que está claro es que los necesitamos para que sean ellos los que luchen en defensa de las mujeres de su familia, de sus maltratadas.

Espero que usted no sea tan voluntarista y tan ingenua de pretender vigilar tan dura realidad desde un despacho…

¡Yo no soy ninguna ilusa, ya sé que desde mi despacho, desde esta fiscalía, no voy a cambiar una realidad yo solita! Pero ¿qué hago desde mi despacho? Pues coordino la actuación de los fiscales, que son los que están dando la cara… ¿eh? Porque el reto, el desafío, es para los fiscales que están en primera línea. Pero no haremos nada si no tenemos claro que lo esencial de esta ley comienza por la educación en la igualdad, y eso, no nos engañemos, hay que pensarlo en el largo plazo. Tendremos que esperar mucho tiempo para ver unos resultados concretos, porque la ley contra la violencia no va a hacer milagros, no va a poder cambiar la sociedad de hoy para mañana. Y si yo creyera que voy a cambiar la sociedad desde un despacho, es que no he entendido nada y que no debería estar aquí.

Quizá le resulte a usted desalentador contemplar un panorama en el que los cambios que son urgentes se desarrollen en un plazo desesperadamente lento… Es más que probable que no sea usted quien recoja los frutos, usted comienza ahora…

Bueno, sí, acepto esa probabilidad, pero ¡estaré tan contenta si puedo pensar que algo que hecho, que lo voy a hacer, ¿eh?, que yo me creo esto en lo que me he metido, sirve para empezar a cambiar las cosas! Esta fiscalía tiene una misión fundamental de protección a las víctimas que es, no lo olvidemos, una cuestión esencial para el fiscal general del Estado. Y esto no había ocurrido nunca hasta ahora. Y con ese apoyo que yo tengo creo que algo haremos que merezca la pena, a pesar de todas las dificultades con las que nos enfrentamos, que son muchísimas.

O sea, que la suya es una fiscalía contra la historia de este país nuestro, tan machista y tan violento…

Sin duda que la lucha de esta fiscalía va a ser contra la historia de este país, que ésa va a ser mi lucha y la de todos los fiscales. Y esto, tan terrible y determinante, del "la maté porque era mía" pues se va a acabar de una vez. Y no quiero pensar que sea esto tan difícil porque creo que tenemos una herramienta eficaz que es la ley. Contamos con la colaboración de todas las comunidades autónomas y creo que estamos ahora, precisamente, en el momento oportuno para desarrollarla. Algunos agoreros ya se anticipan a condenar la ley al fracaso, echando encima las 43 mujeres muertas que tenemos sin decir que la ley apenas lleva dos meses en vigor… ¡Hombre!

A lo mejor, hasta se arriesga usted a ser optimista. Es usted capaz de plantarle cara a las estadísticas…

¿Optimista? Yo no soy optimista. Soy fuerte. Y estoy convencida de que vamos a solucionar muchas cosas, aunque no todas, ¿eh? No todas. Pero en principio nos han dado un medio impecable, necesario y útil para solucionar mucho las cosas. Pero, sobre todo, que la gente se entere bien de que no estamos discriminando al hombre, que al hombre no se le condena por serlo, ¿eh? Se le condena por ser maltratador, que es algo muy diferente.

Lo que sí parece añadir un plus de diferencia, de agravio y de problemas es la situación de indefensión económica en la que generalmente se encuentra la mujer maltratada. Es un lastre que le pesa en las alas a la mujer que pretende huir de su fatal destino. ¿No cree?

Es que la dependencia económica de la mujer es precisamente el cerco tradicional dentro del cual hemos sido educadas, aunque tengo que aclararle que el maltrato no sólo se produce en los círculos más modestos de la sociedad. Pero hoy no creo que haya una madre joven, ni un padre, que eduque a sus hijas en esa cultura de la limitación personal tan anacrónica. Pero todavía estamos padeciendo las consecuencias de una educación propia de las tribus, épocas pasadas que están ahí, que no acaban de desaparecer… Y, sobre todo, aún está muy presente, y muy activo, un sector de la población masculina que no puede soportar la idea de que la mujer un buen día se le emancipe y le deje colgado. ¡No lo pueden soportar, es demasiado para su machismo herido!

Tan demasiado que pueden llegar a ser un grave peligro contra la mujer las veinticuatro horas del día. Me pregunto, le pregunto, qué puede hacer una ley que no puede garantizar una protección permanente de una mujer amenazada de muerte.

Vamos a ver, y voy a ser muy clara en este aspecto porque me repugna la demagogia que suele hacerse: la ley prevé… todo lo que puede prever. Lo que pasa es que la maniobra a la que puede ser sometida una mujer maltratada y perseguida supera lo que la ley establece. Aquí hay un juego en el que se mezcla una denuncia con un sistema de garantías que podemos aplicar. Pero la realidad que yo no quiero ocultar, porque no sería honesto por mi parte hacerlo, y no sé si debo decirlo tan claro, pero lo voy a hacer, es que, por muchas medidas de seguridad que pongamos, como tengamos a un maltratador que se quiera cargar a una mujer, no creo que podamos evitarlo. La ley no puede controlar la capacidad de maquinación de la mente humana. Además, no es posible entrar en una dinámica de persecución preventiva, que sería injusta e ilegal. No podemos vigilar a un individuo las veinticuatro horas del día si no ha mostrado agresividad hasta entonces. Aunque luego lo haga y acabe matando a la mujer. Y lo que no es posible es poner un policía detrás de cada mujer amenazada, porque no hay presupuesto que pueda soportar ese gasto.

No sé si está usted dispuesta a aceptar que, al menos durante algunos años, la inoperancia y desidia de los jueces, de algunos jueces que siempre han dictado órdenes de alejamiento cuando ya era tarde o que ni siquiera han aceptado la denuncia, han agravado el problema hasta la exasperación…

¡No, no! ¡Yo no puedo aceptar eso! ¡Es que si yo aceptara que los jueces han actuado de forma negligente frente a las denuncias de malos tratos, pues apaga y vámonos, porque nosotros los fiscales trabajamos con los jueces! ¿Que se pueden tomar decisiones equivocadas? ¡Pues como sucede con todo en la vida! Los jueces no tienen una bola de cristal para adivinar lo que va a suceder, y se pueden equivocar, claro, pero yo pienso que actúan en conciencia. Así que no les voy a hacer ningún reproche, y la ley se va a cumplir en su objetivo esencial: pondremos los derechos de las víctimas por encima de cualquier prioridad. Pero no renunciamos a cumplir en todos sus extremos las garantías judiciales de cualquier persona. Y no se preocupe, que si algún juez no lo hace bien, para eso estará también esta fiscalía, para corregir el error.

Dígame usted qué se le ocurre ahora mismo que le podría decir a una mujer amenazada que no se atreve a denunciar al hombre que la persigue y que la amenaza con matarla, sencillamente porque tiene miedo, un miedo invencible…

Pues le diría a esa mujer que no denuncia por miedo que, si no lo hace, pues va a tener más miedo todavía. Le diría: "Vas a tener más miedo, y no sólo por ti. Vas a tener miedo por tus hijos, o por tus padres… Cada vez te va a encoger más tu vida el miedo". No creo que haya una tortura peor, un miedo peor que saber que cuando se abre la puerta de tu casa está entrando el miedo en tu vida, la persona a la que temes. Cada día. Estamos ante un delito invisible. Porque no da la cara. Contra este delito vamos a luchar desde esta fiscalía. Y vamos a ganar, tarde o temprano. Pero son las mujeres amenazadas las que tienen que ayudarnos presentando sus denuncias. Pero es que, además, ellas deben saber que si la denuncia está fundamentada, no podrán renunciar a su propia defensa en un tribunal. Porque esta fiscalía las seguirá defendiendo por encima, incluso, de su propia voluntad. Porque la mujer que se achanta está garantizando el próximo ataque de su perseguidor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 2005