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Entrevista:CARLOS FALCÓ | EMPRESARIO | LA VIDA, CUATRO RECOMENDACIONES

"Somos lo que comemos"

Agricultor y empresario vinícola, el marqués de Griñón habla del hedonismo con la capacidad de un hombre que conoce el placer de la discreción. Huye de la fama -estuvo casado con Isabel Preysler- y vive en el campo porque, para él, la naturaleza es el gran espectáculo de nuestro tiempo y también una diversión

Carlos Falcó, en el bar del Villamagna, su parada y fonda en Madrid.

Pregunta. Sabemos mucho más de la forja de los rebeldes que de la forja de los hedonistas.

Respuesta. Es lógico. El rebelde suele ser ejemplar.

P. El hedonista debiera serlo también.

R. Debiera, pero no lo es. Su experiencia es vivida demasiadas veces como una afrenta a los otros. Como un egoísmo. La experiencia del hedonista suele entenderse como una experiencia estéril respecto a los demás, de la que la humanidad no saca consecuencias positivas. El rebelde permite a la humanidad avanzar. Eso se dice.

P. ¿Es falso?

R. Es inexacto. Entre otras cosas porque hay hedonistas perfectamente rebeldes.

P. Parece hablar con estricto conocimiento de causa.

"Mi padre era un hombre bastante refinado. Aunque la historia no se lo haya reconocido, él fue quien tuvo la idea de crear los paradores nacionales"

"Para mí, hacer vino supone un gran placer. Es también un negocio. Un negocio que me da instantes maravillosos, por la buena vida de relación que trae"

"La fama tiene el problema de que se alimenta con la fama. No puedes decidir en qué nivel la dejas. Decide el mercado, más bien"

"El sexo no se puede pagar. Me parece ridículo que alguien piense que el sexo puede pagarse. Lo que se paga es otra cosa, que no sé bien lo que debe ser"

R. Ja, ja. Pues sí, la verdad. Creo que he disfrutado y disfruto de la vida. Y que me he rebelado contra muchas cosas y que esa rebeldía ha constituido también una forma de placer añadido.

P. Podemos ir a los detalles.

R. Pues mire, mi madre para empezar. Una mujer maravillosa, pero pésimamente dotada para algunos placeres, como el de la comida o la bebida. Recuerdo perfectamente con qué indiferencia, casi con qué molestia, observaba los movimientos de mi padre cuando íbamos de viaje y él se esforzaba en encontrar un lugar agradable para comer. Mi madre lo creía una perfecta pérdida de tiempo. Prefería los museos o los paisajes, y suponía que pararse a comer en un determinado lugar era absurdo.

P. Le viene de padre, entonces.

R. Sí, creo que sí. Mi padre era un hombre bastante refinado. Aunque la historia no se lo haya reconocido, él fue quien tuvo la idea de crear los paradores nacionales y así se la propuso al rey Alfonso XIII y a Primo de Rivera. Era gentilhombre de cámara y supongo que aprovecharía la cercanía al Rey en uno de sus turnos. Los siete u ocho primeros paradores de España se financiaron con el impuesto de ferrocarriles, un millón de pesetas de la época.

P. ¿Por qué no se lo han reconocido?

R. Bueno, un señor, el presidente del Patronato de Turismo de la época, el marqués de la Vega-Inclán, se opuso al principio a la idea. Se opuso mientras fue la idea de mi padre. Pero acabó desarrollándola con entusiasmo cuando vio que se había convertido en la idea del Rey. Estas cosas. Pero bien, mi padre era el que buscaba los restaurantes, el que decidía la carta, el que elegía el vino... Hasta que un día yo tomé el relevo. En el vino, digo.

P. ¿Cuándo?

R. Pues pronto, la verdad. Tendría catorce o quince años. Creo que era un restaurante suizo o francés, no recuerdo bien. Como de costumbre, él encargó la comida y pidió el vino. Me atreví a interrumpir y a decirle que el vino que había elegido no me parecía el más adecuado. Se quedó algo sorprendido, pero reaccionó estupendamente. Me pasó la carta y me dijo que a partir de aquel momento yo me iba a encargar de escoger el vino. Y así fue.

P. ¿Cómo había aprendido?

R. Supongo que fijándome en lo que él pedía, leyendo y recordando. Yo he tenido siempre una buena memoria. Aunque supongo que también fue importante el vino de los curas de mi infancia.

P. ¿En el colegio?

R. Sí, en el valle del Baztán. El internado Lecaroz, de mucho prestigio, pero bastante duro. Allí pasé ocho años, volviendo a casa en Navidad, Semana Santa y en verano. Una idea de mi madre, como es natural, pero que era habitual en muchas familias de la época. Bueno, lo cierto es que en aquel lugar daban vino a los niños, a partir de los diez años o así. Algo que hoy se consideraría perfectamente incorrecto y supongo que ilegal. Pues bien, los curas nos daban vino y yo recuerdo que ya de pequeño distinguía entre unos días y otros. Era el mismo tipo de vino, un rosado Las Campanas, navarro, pero unas veces estaba más bueno que otras. Me veo diciéndoles a los compañeros: bebed, que hoy está estupendo. Y cuando se moría un cura nos daban vino rancio, para celebrar que estaba en el cielo. Los recuerdos sensoriales de aquella época están ligados al frío, un frío terrible, muy difícil de imaginar en nuestra época, al vino y también a la tortilla de patatas. La tortilla la hacían realmente estupenda y tampoco la he olvidado.

P. Veo que no hace lúgubre prosa poética del internado, que no desgració su vida.

R. Pues no, la verdad. Yo es que me adapto, ¿sabe? Diría que es una de las condiciones de eso del hedonismo de que hablábamos antes. Sí fueron ocho duros años. Pero estaban el vino y la tortilla de patatas. Pues bien, ya vale. Comprendo que no todo el mundo se tome así una experiencia similar, pero espero que el mundo también comprenda que yo pueda tomármela de ese modo.

P. Pues el mundo no suele comprenderlo.

R. Ya, ya. El mundo es generoso con los sacrificados, lo que decíamos antes.

P. Sobre esto mismo: el hedonista se oculta no sólo por prudencia, sino porque en el placer quizá esté incluido el secreto.

R. La reserva, diría yo. El placer es discreto. Las experiencias cambian si son compartidas... en exceso. Cambian para mal, claro. Ya sé que no es muy correcto esto que digo, pero cualquiera puede apreciar que es verdadero.

P. ¿Verdadero e irresoluble?

R. Me temo que sí.

P. ¿Sólo cabe pedir perdón, entonces?

R. No, no creo que yo tenga que pedir perdón...

P. Era una forma de decirlo. Por si pesara esa condición discriminatoria del placer.

R. Eso es interesante, desde luego. Hay gente que lleva vidas malas, desgraciadas y difíciles. Y ese fondo de verdad, la verdad de esas vidas, no desaparece nunca de la experiencia del que lleva vidas mejores. A menos que uno sea un loco o una variedad de cínico... patológica.

P. ¿Y ese fondo cómo se trata?

R. Supongo que cada uno tiene su manera. Ahora bien, no creo que haya una forma humana de placer que pueda esquivar ese fondo.

P. ¿Qué hace usted?

R. Lo primero, trabajar en cosas que puedan servir a los demás. Antes hablábamos del rebelde y del hedonista. Yo fui rebelde cuando implanté en España cepas de vino no autóctonas, cabernet, syrah, petit verdot, etcétera. Fui de los primeros en hacerlo y hube de enfrentarme a toda la opinión establecida, que no dudaba de que iba a estrellarme. Bueno. Para mí hacer vino supone un gran placer. Es también un negocio. Un negocio que me da instantes maravillosos, por la buena vida de relación que trae y este tipo de cosas. En cierto modo es un negocio de élite: no todo el mundo puede probar determinados vinos. No sólo por el precio, sino porque simplemente no hay grandes vinos para todos. Bueno. Pues yo intento que ese trabajo, con todo el placer que conlleva, deje algo sólido. Aunque sólo sea unas técnicas de implantación de determinadas cepas, como si dijéramos...

P. Quiere decir que no es lo mismo que ganar dinero prestándolo.

R. Ja, ja, no pensaba en eso, pero, desde luego, se trata de trabajos diferentes.

P. Insisto: se deduce que no hay experiencia del placer sin ese trasfondo moral.

R. No, yo creo que no.

P. Una imagen asociada al placer es la del abotargamiento. Como si los sentidos perdieran capacidad de percepción...

R. Sí, le entiendo. La clave es el esfuerzo y el dejar cosas hechas. Pero lo interesante, a mi juicio, es ver esta cuestión desde el punto de vista puramente hedonista, como una condición imprescindible del mismo disfrute de las cosas. Y cuando los actos de solidaridad se vuelven placenteros, entonces es realmente estupendo. Mire, dentro de unos meses voy al lago Turkana, en Kenia, junto a la frontera de Etiopía. Voy, por encargo de una ONG, a enseñar a hacer vino y aceite a una comunidad religiosa. El vino será más o menos fácil, pero ya veremos el aceite. Pues bien, lo que le digo: poder hacer esto es doblemente satisfactorio.

P. Supongo que en la forja del hedonista hubo otros momentos clave, aparte de la tortilla de patatas y el vino del cielo.

R. Sí, ja, ja. Aunque esos tienen para mí un gran valor, porque fueron obtenidos en condiciones difíciles. Pero, sin duda, aún fue más importante salir de allí, claro. Decidí que quería estudiar fuera de España y me matriculé en Ciencias Políticas en la Universidad de Lovaina. Después de tantos años encerrado en el Baztán y en España, Europa me pareció algo completamente inenarrable.

P. Vamos ver.

R. Sería inacabable. Recuerdo muchísimas imágenes. Desde los carteles electorales del Partido Comunista hasta los cabarets de Bruselas.

P. Comprendo.

R. Era la vida entera. Cuando la libertad te pega en plena juventud el impacto es formidable.

P. ¿Los comunistas y las cabareteras le interesaron por igual?

R. No se crea. Yo era un joven muy politizado. Una de las primeras cosas que hice en la Universidad de Lovaina fue fundar un club de estudiantes españoles. Editábamos una revista, La Lechuza, de alto contenido revolucionario. Nunca fui comunista, pero el franquismo me horrorizaba. Durante muchos años yo traté de pasar fuera de España el mayor tiempo posible. No se trataba sólo de la política. Era el ambiente lo deplorable. El estado de las ciudades... la propia gente. Es cierto que tuve la inmensa fortuna de casarme con una señora suiza. Pero, ¿cómo me podría haber casado con una señora del barrio de Salamanca, que era lo que al parecer me tocaba? ¿Usted sabe cómo eran entonces las señoras del barrio de Salamanca?

P. Yo, es que...

R. No se lo puede imaginar. Eran unas señoras muy, muy anticuadas, y las hijas de estas señoras... En fin, para qué le voy a contar. Cuando yo volví a España después de haber pasado bastante tiempo en el extranjero, viviendo, incluso, en América, me fue muy difícil adaptarme a la gente de Madrid. Hoy todo ha cambiado muchísimo. Pero entonces me pasaba... Lo que me pasaba, en realidad, es que yo no tenía de qué hablar con nadie.

P. Volviendo a las cabareteras...

R. Recuerdo en especial un cabaret de Bruselas, Le Boeuf Sur le Toit, donde se practicaba el strip-tease, esas cosas. Yo venía del Baztán. Allí fue donde vi por primera vez una mujer desnuda.

P. ¿Y qué?

R. Impresionante.

P. O sea que fue usted un joven de cabarets.

R. Bueno..., sobre todo, éste de Bruselas, que era bastante espectacular o así me lo parecía entonces. Pero vaya, no, no... Se trataba de las juergas de la juventud. En ese tiempo cogí la única borrachera de mi vida. Fue estupendo, porque lo pasé tan rematadamente mal que nunca jamás en la vida he vuelto a emborracharme.

P. El cabaret era el lugar habitual de su generación para descubrir el placer del sexo...

R. Bueno, dado el barrio de Salamanca...

P. Ja, ja.

R. No fue mi caso.

P. ¿Cuál fue su caso?

R. Bueno... un verano en Mallorca. El mismo primer verano de mi libertad. Formidable.

P. El sexo...

R. El sexo no se puede pagar. Me parece ridículo que alguien piense que el sexo puede pagarse. Lo que se paga es otra cosa, que no sé bien lo que debe ser. Nunca fui con prostitutas. Ni de joven ni de mayor. Es verdad que de jovencito entré en alguno de esos bares, y debo decir, porque es verdad, que porque me arrastraban los otros. Pero siempre me limité a darles conversación, una modalidad que comprobé que no les hacía demasiada gracia. Lo entiendo perfectamente, porque su trabajo no consiste en hablar con los clientes, y mucho menos con clientes como yo que se interesaban un poco absurdamente por su vida y por las circunstancias que les habían llevado... En fin.

P. Otros placeres: la velocidad.

R. Sí, corrí rallies. De joven.

P. Iba en el coche con su hermano, hubo un accidente con otro coche y murieron todos menos usted.

R. Murieron cuatro, entre ellos mi hermano, sí, así es.

P. Eso es algo más que la tortilla de patatas.

R. Sí, claro. Se trata de la muerte, cara a cara, y de haber salido de ella. Podías haber sido tú y fueron los otros. Todo lo que se le ocurre a uno en un trance como éste es de lo más convencional. Vivo de milagro, eso mismo, exactamente. Supongo que influyó en mi vida. Pero uno no sabe cuánto ni cómo. Una cierta tranquilidad, tal vez, ante los infortunios más o menos cotidianos, que serán siempre pequeños. En fin, nada raro.

P. Usted vive en el campo.

R. Sí, desde hace varios años. Siempre quise vivir allí. Al principio no era posible, y aunque explotaba las fincas seguía viviendo en Madrid.

P. Cada vez más la gente asocia esa vida con la felicidad.

R. Es lógico, porque el campo proporciona calidad en aspectos importantes de la vida. El silencio, por ejemplo. Pero la separación entre campo y ciudad ya no es tan evidente como hace siglos. En realidad el campo es, cada vez más, una especie de ciudad rural, si así pudiéramos decirlo, con toda las ventajas y pocos de los problemas de ambos mundos. Yo siempre he creído, además, que la naturaleza es el gran espectáculo de nuestro tiempo y no entiendo cómo no lo fomentamos mucho más. No sólo me estoy refiriendo a la gran naturaleza, como podríamos llamarla, es decir, cascadas, grandes montañas, océanos, etcétera. No, me refiero también al campo, a la contemplación de la agricultura, de la ganadería, de los animales de nuestro entorno. Es una experiencia única para el hombre de hoy, esencialmente urbano, y sobre todo para sus hijos. El campo supone una diversión enorme.

P. Y educa el gusto.

R. Sin duda. Buena parte de nuestra alimentación defectuosa proviene de nuestra falta de relación directa con el campo, entendido como el lugar de donde provienen los alimentos. Si lo conociéramos mejor, y conociéramos mejor los procesos de producción, comeríamos mejor. Y viviríamos mejor. Somos lo que comemos.

P. Más lo que somos.

R. Bueno, bueno, la alimentación es muy importante.

P. En una época de su vida disfrutó del placer de la fama.

R. No es un placer.

P. ¿Cómo que no?

R. No sustancialmente. La fama es, sobre todo, un medio de vida. La fama te permite acceder a cosas que no obtendrías de otro modo. Es como el dinero. La fama, además, tiene el problema de que se alimenta de fama. No puedes decidir en qué nivel la dejas. Decide el mercado, más bien.

P. ¿Así se lo explicaba a Isabel Preysler?

R. Yo le decía que no lo necesitábamos.

P. ¿Y ella?

R. Que era un modo de vida como cualquier otro, y, bueno, que era su modo de vida. La verdad es que lo ha hecho muy bien. Y con una dignidad sorprendente, visto lo visto.

P. Labrarse una fama, dicen.

R. Eso mismo. Le diré que cuando la conocí yo no tenía ni idea de este mundo rosa de las revistas, ni de nada de eso. Recuerdo que, al principio de nuestra relación, la invité a que viniera a una especie de reserva de animales que habíamos montado con Félix Rodríguez de la Fuente en la provincia de Madrid. Con mucha delicadeza me preguntó si habría gente, y yo le dije que, bueno, que había previstas visitas de colegios, niños, profesores. Pero que qué problema había. "No, el problema es que me conozcan", siguió con el mismo tacto. Yo le dije que cómo la iban a conocer, que nada, que allá íbamos y fuimos, y cuando Isabel apareció, en fin, puede usted imaginar.

P. O sea que usted no sabía nada de eso.

R. Nada en absoluto. Y como entré salí.

P. No es fácil salir.

R. A mí no me ha costado. No digo que alguna vez no me saquen en las revistas si voy a un estreno, a un acto social, o cosas así. Pero... insisto, la fama no es un placer. Y sólo sirve para vivir de ella.

P. Tal vez este periódico le entreviste porque un día se casó con Isabel Preysler.

R. Pues... quizá no le falte razón en eso.

Un aristócrata liberal

EL MARQUÉS DE GRIÑÓN, Carlos Falcó (1937), vino al mundo en Sevilla, en la misma casa que Antonio Machado, y atestigua que es por completo cierto el patio y el huerto claro donde madura el limonero. Falcó es responsable de haber elaborado algunos de los grandes vinos españoles de los últimos años. Pero mayor mérito es su contribución clara y decisiva a la renovación del sector y a su acomodo a pautas de funcionamiento estrictamente científicas. Unas pautas que para imponerse han tenido que vencer la rigidez jurídica, económica, pero sobre todo cultural, de las denominaciones de origen, sea comprendida esta expresión en su más amplio espectro. Empresario agrícola, ahora de vinos y aceites, pero antes de casi todo lo comestible, Falcó ha escrito un apreciado manual, Entender de vino, y tantea ahora la posibilidad de sus memorias. Su perfil de hombre interesante y fiable lo completa esa definición de "aristócrata liberal" que le cuadra fácil y que en España goza siempre de un raro valor. Durante una época se paseó con el corazón en bandolera. Pero incluso ese peligroso tránsito parece haberlo metabolizado bien. La vida, que es un coupage.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de agosto de 2005

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