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FAMILIA

La sociedad de la incertidumbre

En un mundo cada vez más libre de peligros gracias al progreso, crece el temor a sufrir algún tipo de desgracia y la sensación de "te puede pasar a ti". Por mucho que avancemos no podemos tenerlo todo bajo control, pero el miedo tampoco ayuda. Muchas veces, sólo paraliza.

El título del libro del psiquiatra Luis Rojas Marcos Nuestra incierta vida normal sirve para ilustrar una gran paradoja: se está instalando entre los ciudadanos de Occidente una sensación creciente de inseguridad, miedo e incertidumbre justo en un momento de la historia en que, con datos objetivos en la mano, hay menos motivos que nunca para preocuparse.

Claro que siguen ocurriendo desgracias y que el terrorismo no se ha extirpado, e incluso ha cobrado dimensiones insospechadas hasta hace poco. Quedan guerras y hambre en el mundo, y no se ha logrado acabar con las pandemias. Los casos de maltratos aparecen día sí y día también en las páginas de sucesos, así como otras abominaciones como el abuso de menores o la pornografía infantil en Internet.

Sin embargo, en muchos de estos aspectos, las estadísticas indican una evolución favorable: la esperanza de vida aumenta, el número de pobres disminuye, las muertes ocurridas en conflictos bélicos es mucho menor, buena parte de las enfermedades tiene cura… Pero, como sostiene Rojas Marcos en su libro, sentimos como si nuestra vida normal fuera terriblemente incierta. La ansiedad se ha instalado en nuestro ánimo. Tampoco es extraño. Éstos son algunos de los motivos.

Desconfianza en las instituciones. Los estudios sociológicos revelan que, en los últimos años, la confianza en el Estado, la Iglesia, los medios de comunicación o la comunidad científica ha disminuido notablemente. Por ejemplo, se sospecha que la ciencia está sólo al servicio de las empresas y que se ocultan las consecuencias negativas de la innovación tecnológica. Surgen entonces cuestiones inquietantes: ¿se está recalentando el planeta?, ¿están fundiéndose los polos?, ¿son perjudiciales los transgénicos?, ¿conllevan riesgo de cáncer las antenas de telefonía móvil?, ¿es malo beber agua del grifo? Cuestiones que nos afectan de forma directa tanto a nosotros como a las generaciones futuras.

Lo cierto es que hay toda una serie de agentes interesados en difundir noticias en sentidos opuestos e incluso en cambiar de versión según les convenga. La gente ha aceptado que es difícil saber lo que es bueno y lo que no lo es. El individuo está totalmente confundido y, por tanto, siente miedo e inseguridad.

Confusión en tiempos convulsos. Es en este punto cuando surge una corriente que aboga por lo natural, por lo no procesado o manipulado. Basta como ejemplo el auge de la homeopatía y de la medicina natural, a pesar de que la medicina tradicional no ha dejado de ofrecer buenos resultados. Lo mismo ocurre con la carne ecológica y con toda la corriente que se agrupa bajo el distintivo de "salud", y que está poniéndose muy de moda en distintas vertientes del sector alimentario. Ante la duda de qué es lo bueno, se responde con la coletilla "la naturaleza es sabia" y se confía en la opción en la que menos haya participado el hombre.

Por otro lado, existe otro fenómeno que caracteriza a la sociedad de nuestro tiempo. Se trata de un fenómeno peculiar, pero que hemos llegado a considerar normal a fuerza de convivir con él. Por ejemplo, en la primera página de un periódico puede aparecer un día con grandes titulares: "La Antártida se hunde por el recalentamiento del planeta", para cambiar de tema al día siguiente y ni siquiera volver a mencionarlo hasta unos meses después. Ante esto se puede pensar que, o bien no era tan importante (y, por tanto, se desconfía del periódico), o bien sí lo era, y de hecho lo sigue siendo, pero no interesa seguir incidiendo sobre el asunto. En ambos casos se genera ansiedad en el lector, pues siente que le faltan pautas para interpretar la realidad en que vive.

Todo puede evitarse. Otro elemento generador de angustia es que ya no creemos en la fatalidad: si algo sucede, inmediatamente nos enteramos de que podía haberse evitado. Y esto incluso en el caso de las catástrofes naturales. El tsunami podía haberse detectado… Antes, con una única versión de los hechos, éramos más ignorantes, por supuesto. Pero ahora que tenemos mucha más información nos duele más cuando ocurre alguna desgracia, pues sabemos que eso habría podido remediarse con una gestión adecuada. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas o del 11 de marzo de 2004 en Madrid, la marea negra del Prestige… Resulta que todo podía haberse evitado y que hubo un momento en que alguien dispuso de información más o menos reveladora al respecto, pero no pudo o no supo manejarla. Nuevamente, tener conciencia de que se disponía de medios para frenar el desastre no alivia nuestra sensación de desprotección.

La solución. Tal vez no exista fórmula contra la incertidumbre y la inseguridad imperantes en nuestra sociedad. Pero una salida puede ser tomar conciencia de que, por supuesto, las amenazas existen, pero ni son tantas, ni tienen tanta probabilidad de pasar de ahí. Siempre puede suceder algo, de eso no se libra nadie. Pero es importante no sobredimensionar esa posibilidad. El riesgo de sufrir una desgracia es bajo, tremendamente bajo. En este sentido, debemos exigir información completa y veraz de las amenazas de las que se da parte, a menudo, con ligereza y sin continuidad. Los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental. Los periodistas de investigación, pero no sólo, ayudan con el ejercicio de su profesión a que la población se dote de las herramientas necesarias para superar miedos infundados. La más universal: el conocimiento.

Fernando Trías de Bes es profesor de Esade, conferenciante y escritor.

Nos quieren asustar

Barry Glassner identifica grupos a grupos que en algún momento pueden sentirse tentados a crear miedos y preocupaciones entre la población:

01 Los políticos. Tratan con ello de demostrar lo mal que lo hacen los que están en el poder y de desgastar a sus oponentes, sin importarles

la autenticidad de sus denuncias.

02 Los medios de comunicación en su lucha feroz por la audiencia, pues las malas noticias venden mucho.

03 Las organizaciones y plataformas cívicas que quieren que sus reclamaciones sean atendidas, y pueden

llegar a exagerar con tal de crear una corriente de presión social.

04 Las empresas, para crear nuevos mercados y estimular la demanda; como, por ejemplo, las farmacéuticas con el colesterol.

05 Los científicos que buscan fondos para las causas que investigan. Son conscientes de que si hay presión social, los políticos las juzgarán importantes y las apoyarán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de junio de 2005

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