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COLUMNA i

Sufrir no da razón

Uno de los mayores indicios de la desfachatez de nuestro tiempo es el ansia que tiene demasiada gente por aparecer como "víctima" de algo; o, dicho de otro modo, el prestigio de lo que se llama victimismo. Sin duda ha de traer ventajas: se trata de hacer sentirse culpables a otros y sacar beneficio de ellos, a veces intangible y otras bien material, o aun monetario. No importa que las víctimas, cuando lo fueron de verdad y no inventadas, lleven muertas ya siglos, o que la situación injusta en que se halló un colectivo haya prescrito hace muchos años: sus "herederos", por lo general autoproclamados, siguen pidiendo cuentas a los supuestos herederos de quienes cometieron la injusticia en su día, y así, me temo, hasta la eternidad. Cuanto más insaldables se pretenden las deudas, mayor probabilidad de que las actuales "víctimas" sean meros farsantes y aprovechados. No hace falta recordar que esta tendencia universal ha acabado con algunas cosas que en el pasado se consideraron virtudes: la dignidad, el orgullo, la entereza, la aversión al limosneo. Así como con algunos defectos aparentes: la arrogancia, la altivez, la soberbia. No sólo nadie se avergüenza de reclamarse "víctima", o "secularmente oprimido", o perpetuamente sojuzgado, ofendido, agraviado y humillado, sino que quien no se presente bajo ninguna de estas figuras tendrá poco que hacer, aún menos que obtener, y seguramente pasará a convertirse, en el acto, en miembro del otro club, el de los "verdugos" y los "opresores".

Ahora bien, ¿por qué ser "víctima" resulta tan conveniente y apetecible? Para las que lo son de verdad, sin comillas, no lo es en modo alguno, y si no que se lo pregunten a las del terrorismo, lo sean de ETA o del fundamentalismo islámico o del IRA. Darían casi cualquier cosa por no haberlo sido, tanto los muertos, que ya no pueden decir nada, como los heridos, los mutilados, los psíquicamente deshechos y sus enteras familias. Lo único que les queda, tras su desdicha, es una frase que repiten a menudo los políticos, los periodistas y hasta algún historiador, y que sin embargo -siento decirlo- no sólo es falsa, sino que lleva a gran confusión: "Las víctimas siempre tienen razón". No. Las víctimas de atentados merecen toda la compasión, la solidaridad, todo el posible apoyo que se les pueda ofrecer, moral como económico, el máximo respeto y nuestro recuerdo. Han sido muertas o heridas no ya en nombre de todos, sino incluso en lugar de nosotros. Podría afirmarse, dando un paso más, que han muerto o han sido heridas o destrozadas para que no lo fuéramos los demás, con mejor suerte. Pero no por ser víctimas tienen siempre razón ni la tienen en todo; ni tan siquiera serlo las convierte en buenas personas: la primera víctima de ETA, el comisario Melitón Manzanas, no dejó por ello de ser un conocido torturador y opresor franquista; los veinte millones de soviéticos que cayeron en la Segunda Guerra Mundial no hicieron bueno el régimen que los sometía; el tremendo padecimiento de la población alemana al final de esa Guerra, con sus ciudades bombardeadas y la salvaje entrada de los soviéticos en Berlín, no restó un ápice de criminalidad al Tercer Reich que ella había ensalzado y entronizado.

Hay una idea muy extendida y a mi modo de ver muy perjudicial, según la cual el sufrimiento posee un efecto "limpiador", ennoblece, y hasta dispensa una garantía de inocencia al sufridor. No es así por fuerza: la inocencia se tiene antes de ser víctima, y si no se tiene, serlo no la va a proporcionar. La razón, menos aún. Ni siquiera a la víctima en verdad inocente -la que ya lo era antes de su asesinato o desgracia- se le puede conceder a priori esa razón en cuanto plantee, exija o reclame. Subyace a todo esto una noción cristiana, equivocada y trivial (ojo, no empleo como sinónimos los adjetivos): la de que con el sufrimiento se purga, y hasta se adquiere una cierta impunidad posterior. El indecible padecimiento de los judíos bajo el nazismo ha servido demasiado al Estado de Israel para cometer grandes abusos sin que muchos se atrevieran a levantarle la voz por ellos. Yo entiendo bien a las víctimas de ETA, a título personal. Sin ni siquiera contarme entre ellas, nunca me sentaría a dialogar con miembros de esa banda, ni con gente de Batasuna y sucedáneos, ni con los dirigentes del PNV de los últimos quince o veinte años, por su lenidad o su connivencia tácita con los asesinos. Ahora bien, yo no soy un político, y por tanto puedo elegir mi actuación. Cualquier político, y eso lo sabemos todos, estrecha a lo largo de su carrera numerosas manos manchadas de sangre, desde la de Bush Jr hasta la de Fidel Castro, tal vez -quepa el beneficio de la duda- para que ni unos ni otros se las manchen más. Yo no se las estrecharía en ningún caso, pero por eso no soy político ni pretendo tener razón en lo que es mi decisión personal. A las víctimas les repugnarían ciertas conversaciones, si se dieran, y no sería yo quien se lo reprochase, porque a mí también. Pero ese sentimiento, tan respetable, no nos daría, ni a ellos ni a mí, automáticamente la razón; y eso es, por lo visto, lo que hoy se quiere y se procura olvidar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de junio de 2005