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Reportaje:

La redacción de Medina

El cuento lleva al lector, a través del dictado de un alumno, a las horas previas al golpe de Estado de Tejero en 1981

"En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor".

Don Nicolás cerró de golpe el libro inmenso que sostenía en sus manos y nos dirigió una mirada asesina por encima de sus gafas de leer.

- Éste es el texto que les voy a dictar. La redacción que deben traer escrita mañana se titula Comentario sobre las primeras líneas de una obra universal.

Tras unos instantes de ruido de bolígrafos y cuadernos, comenzó a pasear mirando hacia los fluorescentes del techo:

-En un lugar de La Mancha (con mayúscula)... coma... no ha mucho tiempo que vivía (las dos con uve)... un hidalgo (con hache) de los de lanza en astillero... coma... adarga antigua (adarga sin hache y con ge)... coma... rocín flaco... y galgo... corredor... punto.

"Qué comentario podía escribir yo si no entendía nada de lo que estaba leyendo"

"El párroco asomó la cabeza y pronunció las míticas palabras: 'quedan suspendidas las clases"

"No ha mucho tiempo que vivía (las dos con uve)... un hidalgo (con hache)"

No había dejado el bolígrafo en la mesa cuando la mano de don Nicolás apareció por detrás de mi oreja derecha para acabar golpeando con su dedo índice sobre mi cuaderno: "La fecha, Medina, la fecha".

Consulté la pizarra y escribí: 23/02/81. Después volví a leer el texto. Unas tres veces en total antes de salir del colegio. Me preguntaba qué comentario podía yo escribir sobre el comienzo de una obra universal si no entendía nada de lo que estaba leyendo. Seguí dándole vueltas al asunto mientras remoloneaba con una chapa de botella a lo largo de todo el camino hasta la parroquia. Como todos los lunes, y para acabar de rematar el día, también tocaba catequesis.

No tenía un motivo concreto que resumiera mi animadversión hacia la catequesis, contaba con infinidad de ellos. Para comenzar, ninguno de mis amigos iba; en segundo lugar, los compañeros, diez o doce, venían de otros colegios y, por lo tanto, eran raros; además, se utilizaban como clases enormes salas pintadas de verde pálido; y lo peor de todo, la catequista, Pilar, era vecina nuestra, y verla allí delante dando clase me resultaba tan absurdo como si lo hiciera mi propia madre, a la que, por otra parte, ya se ocupaba ella de contarle el interés que ponía su hijo en las lecciones.

Aquel lunes Pilar había decidido repasar la historia de Jacob y Esaú. Como ya me la sabía y tenía además la absoluta seguridad de que no llegaría a entenderla hasta que alguien consiguiera decirme qué quería decir "primogenitura" y si merecía la pena ser cambiada por un plato de lentejas, procedí a sacar de mi cartera con mucho cuidado el ejercicio de redacción. Había pensado que lo mejor sería clasificar las palabras según su significado más o menos oscuro para mí. En la primera columna (LAS CONOZCO) incluí En, un, lugar, de, la, Mancha, de, cuyo, nombre, no, quiero, acordarme, no, mucho, tiempo, que, vivía, un, de, los, de, lanza, en, antigua, flaco, y, galgo, corredor. En la segunda (NO LAS CONOZCO), ha, hidalgo, astillero, adarga, rocín.

Parecía increíble que ganando las conocidas a las incomprensibles por un demoledor 28 a 5 no fuera capaz de entender las primeras tres líneas de la obra universal. En ese momento, bastante antes de que Jacob intentara engañar a su inocente padre con una piel de cordero, llamaron a la puerta y a partir de entonces el día dejó de ser normal y todo lo que ocurrió resultó extraño e inquietante. Don Manuel, el párroco, asomó la cabeza y pronunció las míticas palabras: "Quedan suspendidas las clases", junto con otras bastante más misteriosas, "un golpe de Estado". Un golpe de Estado, ganaban las conocidas por 3 a 1 y por supuesto seguía sin entender nada. Pilar dijo que todo el mundo a casa y, cogiendo su Biblia y su catecismo con una mano y la capucha de mi abrigo conmigo dentro con la otra salió, salimos disparados para casa. Debimos de batir algún récord de velocidad en la categoría de catequista-catecúmeno porque, antes de que tuviera tiempo de preguntarle qué quería decir "golpe de Estado", ya me estaba depositando en la puerta de nuestro piso. Mi madre le agradeció el detalle y después se cruzaron miradas significativas.

En el salón me encontré a mi abuela viendo películas en la televisión. Al parecer había venido a dormir a casa, aunque no era Nochebuena. Mi padre sintonizaba emisoras de radio sin ningún criterio aparente y todos en general discutían sobre la conveniencia de tener las luces apagadas. Mi madre preparó un bufé frío que era el nombre que le daba a la cena cuando venía cansada del trabajo, y yo aproveché el desconcierto para enseñar a todo el mundo mi columna NO LAS CONOZCO. Mi padre echó un vistazo rápido y me explicó que un astillero era un lugar donde se construyen barcos, y mi abuela, que también tuvo la amabilidad de ayudarme, me dijo que Hidalgo tenía que escribirlo con mayúscula porque es un apellido.

Después de cenar se empezó a hablar del mensaje del Rey (¡y no era Nochebuena!). Sin saber muy bien por qué, decidí no irme a acostar hasta que apareciera el Rey en televisión. No lo conseguí. Acabé por irme a la cama con algo menos de paga y con el terrible presentimiento de que el final del mundo se acercaba. Meses después, cuando intentaron envenenarnos a todos con el aceite o cuando dispararon sobre Juan Pablo II y Ronald Reagan, volví a ver signos que confirmaban mis sospechas.

La mañana siguiente, sin embargo, trajo buenas noticias. El Rey había pronunciado su discurso y el golpe de Estado, fuera lo que fuese, estaba bajo control. Ya sólo quedaba lo de mi redacción. Un asunto mucho más complicado. Don Nicolás subió a la tarima con la mirada más asesina que nunca y, dirigiéndose a los siete que habíamos ido a clase, nos dijo que suponía que tendríamos nuestra redacción terminada. Padilla, representándonos a todos, intentó explicarle lo del golpe de Estado, pero don Nicolás no le dejó terminar. Nos dijo que teníamos todos un punto negativo, que éramos una panda de vagos y que cualquier excusa nos valía para no cumplir con nuestro deber, y también que así iba España. Después me señaló con el dedo y dijo: "A ver, Medina, ya que no ha escrito su redacción, explíqueme por lo menos qué ha entendido del texto". Con mi segundo punto negativo en el bolsillo, intuí que en ocasiones pueden llegar a coincidir en el tiempo hasta tres tipos distintos de dramas: los nacionales, los colectivos y los individuales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de mayo de 2005