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Félix Grande, premio Nacional de las Letras

"Ha sido una sorpresa muy hermosa", declara el poeta, narrador y defensor del flamenco

El poeta, narrador, crítico literario y flamencólogo Félix Grande (Mérida, 1937) fue galardonado ayer con el Premio Nacional de las Letras 2004, dotado con 30.050 euros y con el que el Ministerio de Cultura reconoce el conjunto de la labor literaria de un autor vivo en cualquiera de las lenguas del Estado. Grande recibió "con gran estupor" la noticia en Cáceres, donde la calificó de "broma muy hermosa, muy seria y bien organizada: No sabía nada, no tenía la menor idea de que era candidato, y ahora que soy mayor, siento que mis canas tienen otro lustre, no más oscuro pero sí más brillante". Gran experto y amante del flamenco, Félix Grande defiende la música como "el mejor alivio de las heridas".

Autor de 40 libros, Félix Grande salió de su Mérida natal siendo casi un bebé y vivió su infancia y juventud en Tomelloso (Ciudad Real); allí trabajó como pastor de cabras (siguiendo la tradición familiar), y también fue vaquero, vinatero y vendedor ambulante. "Sí, mi abuelo, mi padre y mi hermano Julio y yo fuimos cabreros, y debo aclarar que nunca tuvimos más de 16 cabras y un macho cabrío", recordaba ayer Grande desde Cáceres (la noticia del premio le cogió participando allí en un congreso sobre Neruda).

"El macho cabrío es, por cierto, un animal maravilloso", continuó el poeta. "Y yo entendí por qué Lorca les dedicó un poema cuando las cabras tenían el celo: el macho cabrío montaba a las 16 dos o tres veces al día. Era un portento, un verdadero prodigio".

"Desde el punto de vista moral, estuve muy cerca de la generación del 50"

"Entre las artes, la música es la que más hondamente nos ayuda a curar las heridas"

Grande dejó las cabras y se trasladó a Madrid en 1957, y allí empezó vendiendo "por las casas una pomada contra los sabañones llamada Preserbañón". Era la larga y fría posguerra ("con Franco no es que hiciera más frío o nevara más, es que no se comían proteínas y no teníamos defensas", recordaba ayer), y Grande era un joven antifranquista enamorado del flamenco: "En casa, de niño, ya había mucha afición; recuerdo a mi padre y a mi abuelo discutiendo sobre los fandangos del Niño Gloria y el Niño de Almadén. Luego me fui drogando, porque el flamenco es una droga, no una afición, con las compañías que llegaban a los pueblos en autocar. Los artistas iban a la pensión más barata y luego, para hacer publicidad, salían a pasear, a dejarse ver. ¡Y eso lo hacía gente como Manolo Caracol, que era un verdadero genio!".

"Pero la razón por la que entré en el palacio trágico del flamenco es otra", añade Grande: "Cuando uno tiene una llaga de la infancia que no se cierra, el hilo musical no basta, necesitas música desconsolada. Eso me recuerda una frase maravillosa de Saramago: los hombres son animales inconsolables. La amistad, la poesía, el amor, la familia y, entre las artes, la música, son lo que más hondamente ayuda a curar la llaga. Una reunión con Bach, Chopin, el Mozart del Réquiem, Astor Piazzolla, Camarón y Paco de Lucía serviría de lujo para distraer esa herida".

Guitarrista antes que poeta, Grande se convertiría en flamencólogo, y dedicó buena parte de su ocio y su producción intelectual a ese arte. Su título más importante es Memoria del flamenco, que ganó en 1980 el Premio Nacional de Flamencología y reeditó en 2001

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores en edición ilustrada y de gran formato.

En esa misma editorial ha publicado su último libro, La balada del abuelo Palancas (2003), éxito de crítica que va por la quinta edición. Esa autobiografía novelada narra la saga de tres generaciones de una familia manchega del siglo XX: la crónica evoca los horrores de la Guerra Civil y la posguerra, la vida lenta y sabia de los campesinos, la intimidad llena de encanto y sufrimiento de un puñado de vencidos a los que la historia quebró pero no rompió del todo. Hijo de un guardia de asalto (policía republicana), Grande brindó en ese libro su homenaje a una época silenciada y a la memoria de una gente que vivió y perdió la guerra pero no la dignidad, como dijo en la presentación otro ex guitarrista y literato, Luis Landero.

La obra poética de Grande arrancó, en 1963, con el Premio Adonais, que ganó con Las piedras (su primer libro); y se consolidó en 1978 con el Nacional de Poesía, obtenido por Las rubaiyatas de Horacio Martín. Hace algunos años que no escribe poesía. "La puñetera inspiración se ha ido con otro", dice este discípulo de Luis Rosales, quien le inculcó el gusto por la estética y la costumbre de corregir mucho: "Rosales decía que no hay poetas malos ni buenos, sino poetas que se conforman antes o que se conforman después".

Su poesía se enmarca ("por una cuestión de edad y fecha de publicación del primer libro") en una generación sin generación, "en esa tierra de nadie situada entre la generación del 50 y los novísimos", con un grupo de poetas "muy estimables" en el que estarían Antonio Hernández, Diego Jesús Jiménez, Manuel Ríos Ruiz o la propia esposa de Grande, Francisca Aguirre, "gente que desde el punto de vista moral y civil estuvimos muy cerca de la generación del 50 -todos éramos antifranquistas- aunque hicimos una ruptura estética vinculada al lenguaje".

En el jurado, presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco, estaban los académicos Luis Ángel Rojo, Xose Ramón Barreiro, Jose Luis Luzundia y Carles Miralles, así como Antonio Hernández, Julia Uceda, David Castillo, Francisco Díaz, José Manuel Delgado, Rosa Montero y Leopoldo Urrutia de Luis, último galardonado.

Grande fue durante muchos años director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, órgano literario de la Agencia Española de Cooperación Internacional hasta 1997, cuando fue destituido por el Gobierno del PP.

Ayer, Grande mostró su confianza en que el premio "no se deba sólo a cuestiones ideológicas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de diciembre de 2004