Editorial:
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Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Desventurado Haití

Mientras Iván, el huracán más poderoso en muchos años, se ha cobrado un centenar de vidas en su sendero de destrucción por el Caribe y EE UU, la tormenta tropical Jeanne, mucho menos violenta, ha dejado en Haití más de 2.000 cadáveres. Algunos desastres naturales -o menos naturales si se consideran los efectos del cambio climático inducidos por una contaminación creciente- pueden desguazar un país pequeño: el ciclón Mitch devastó en 1998 amplias zonas de Centroamérica. Pero sus consecuencias son directamente proporcionales a la debilidad del país al que golpean, a su capacidad para adoptar medidas preventivas o mantener infraestructuras capaces de resistir estos embates.

El caso de Haití, la nación más pobre de América, es estremecedor. Como el conjunto del Caribe, es zona ciclónica, pero, a diferencia de otros países vecinos, su desvalimiento es absoluto. Décadas de deforestación han multiplicado en sus infraviviendas los efectos letales de las inundaciones acarreadas por el Jeanne. En la ciudad portuaria de Gonaives, donde miles de personas han permanecido días encaramadas a cualquier altura, siguen flotando cadáveres en un magma de barro y agua. La distribución de ayuda internacional para paliar el hambre y las epidemias, que intentan canalizar las insuficientes fuerzas de la ONU presentes en Haití, se hace imposible en muchas zonas sin acceso por carretera o en otras donde los rebeldes locales, y no el Gobierno, son los dueños del terreno.

El nuevo desastre es uno más de los que se ceban en la mitad occidental de La Española, uno de los países más desvertebrados e inestables del mundo. En mayo, las inundaciones mataron a otro millar de haitianos, y sólo unos meses antes el presidente Jean Bertrand Aristide abandonó el territorio en medio de una sangrienta rebelión armada y el caos general. Haití está sumido en una crisis permanente y su reconstrucción política y económica depende de los buenos deseos ajenos. En julio pasado, donantes internacionales prometieron 1.500 millones de dólares en préstamos y ayuda, pero sólo una mínima parte de esa cifra ha llegado a Puerto Príncipe.

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El ciclón Jeanne nos recuerda que Haití necesita mucho más que gestos simbólicos y puntuales, como acaba de recordar en la ONU su presidente provisional, Boniface Alexandre. El enfermo crónico de Centroamérica requiere una implicacion internacional a largo plazo que contribuya a su fortalecimiento económico e institucional, a romper y combatir ese ciclo infernal de violencia, desastres y aislamiento que mantiene en la condición de parias a siete millones de personas.

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