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CITA EN BARCELONA DE LOS AUTORES DEL NUEVO SIGLO

Saramago y Pérez-Reverte ironizan en el Fórum sobre moral y literatura

Un debate con Pere Gimferrer abre los diálogos sobre la identidad de los lenguajes narrativos

Barcelona
Lleno total, risas, ovación y una enorme cola de gente pidiendo autógrafos despidió ayer el primero de los cuatro diálogos literarios que programa el Fórum esta semana. Abrieron el fuego José Saramago, Pere Gimferrer y Arturo Pérez-Reverte. Hablaron, desde la ironía, sobre literatura y compromiso. La conclusión fue que cuando se trata de literatura, sólo hay un compromiso: la literatura. Por la tarde, la colombiana Laura Restrepo y el sueco Henning Mankell (que presentó su nueva novela por la mañana) intercambiaron información sobre los imaginarios novelescos y sociales en sus países. Y en el CCCB arrancó Kosmopolis con tres exposiciones simultáneas y la literatura como telón de fondo: Gao, Cortázar y el hipertexto.

¿Es o debe aspirar el escritor a ser un referente moral para sus lectores y la sociedad? Esta pregunta fue el centro del debate de ayer entre José Saramago, Pere Gimferrer y Arturo Pérez-Reverte, que abrió en el Fórum, en la enorme sala 113 abarrotada de estudiantes, las jornadas sobre Diversidad e identidades de los lenguajes narrativos, coordinadas por el escritor y diplomático mexicano Sealtiel Alatriste. "¿El escritor un referente? El escritor sólo es un pobre diablo que trabaja", dijo Saramago. "Yo no soy un referente moral ni en la calle donde vivo, y mucho menos aún en mi casa. Dejemos en paz a la moral, que es una cosa muy personal, no algo que sirva para dar lecciones a la gente".

Igual de escéptico, Pérez-Reverte dejó claro que él no se considera en absoluto una referencia moral. "Hay escritores y hay novelistas. No siempre es lo mismo. Yo me considero un novelista que escribe para contar historias, para crear otro mundo, para saldar cuentas con la historia o porque me pagan, pero no quiero ser el referente moral de nadie".

Tras el pase de un vídeo realizado en la Universidad Autónoma de México sobre el tema, Sealtiel Alatriste había dado la palabra a Pere Gimferrer, y éste habló como poeta, para reivindicar la guía espiritual de los poetas, gente que "puede aspirar a crear otro mundo y a incidir en el mundo real y, por tanto, en la vida moral de cada lector".

"Yo sólo soy un leal mercenario de mí mismo, de mis aficiones y de mis sueños", dijo Pérez-Reverte en contraste. "Y lo que cuenta es la confrontación con el lector. Lo que intento hacer es contar una historia de manera eficaz, y si el lector proyecta su mundo en ella, ya no es mi responsabilidad. Mi responsabilidad termina cuando entrego el mejor libro que he podido escribir".

El compromiso moral del escritor es una cosa "relativa y difusa", definió Pérez-Reverte, que miró a su izquierda. "Para mí, Saramago es alguien necesario como referente moral, pero sería horrible que sólo hubiera saramagos como referentes. Pese a lo que sostienen algunos imbéciles, tener una ideología, la contraria, o ninguna, no te hace mejor escritor. Hay perfectos hijos de puta que son grandes escritores. Se puede tener en una estantería un libro de Pérez-Reverte, de Saramago, de Gimferrer y de un hijo de puta. Lo importante es la interacción con el lector. No siempre la literatura comprometida es la más útil. Si miramos en el pasado no siempre lo ha sido. Lo importante es tener algo que contar y el talento para hacerlo".

Saramago se mostró de acuerdo: "La literatura de compromiso ha llevado a resultados desastrosos. El gran Tolstói es un ejemplo (al final de su vida se dedicó a una literatura de referencia moral que no vale nada). Al final no gana ni la revolución ni la literatura. Si un escritor, deliberadamente, dice ser un referente moral entonces tenemos un cura. Aunque también hay escritores que tienen compromisos muy fuertes con la cuenta bancaria".

Más en serio, el autor de Ensayo sobre la lucidez agregó: "No podemos ser la referencia moral de la sociedad porque no sabemos de qué sociedad estamos hablando. Y tampoco queremos ser un referente porque sólo hemos aprendido a expresar una parte ínfima de lo que llevamos dentro. El escritor sólo es un tipo débil y contradictorio que trabaja, y que a veces depende de la inspiración, esa cosa que nadie sabe qué es. Cierto es que lo que escribe tiene consecuencias en sus receptores, ¡pero ahí el escritor no tiene nada que ver!".

¿Entonces? "Lo importante es mantener la fidelidad a lo que el escritor lleva dentro. Algunos lectores dicen que soy un referente, pero eso sólo significa que coincidimos en unas cuantas ideas o preocupaciones, nada más: es un encuentro entre un autor y unas cuantas personas que pueden ser cuatro o muchísimas, una hoguera para calentarnos las manos", dijo Saramago.

Saramago y Pérez-Reverte reivindicaron las contradicciones, las angustias y las dudas como motor de la escritura. "El escritor comprometido debe ser consecuente de cabo a rabo", dijo Pérez-Reverte, que acaba de dar a la imprenta su nueva novela, Cabo Trafalgar (un relato naval). "Y yo sospecho de los comprometidos que necesitan explicarse demasiado. La sociedad está creando un paisaje de escritores comprometidos de los que nadie ha leído nunca una línea y que, a veces, no la han escrito, pero siempre están en la tele, en la radio y opinando en cualquier medio. También hay escritores vinculados a partidos políticos y a grupos mediáticos. También existe el escritor mimado por el poder de turno. Los grupos de poder se quieren apropiar de los escritores de éxito y su anhelo por estar encima de la cima se camufla de compromiso. A veces me preguntan: '¿Cómo puedes escribir una novela cada dos años?'. Pues porque no aparezco en la tele ni en todos estos sitios".

Gimferrer se refirió al doble juego escritor-ciudadano y habló de Góngora, Mallarmé, Dante -"que fue güelfo y gibelino pero nunca se notó en su obra: por eso queda su obra"- y Rimbaud.

Y entre bromas y puyas entre Saramago y Pérez-Reverte, quien dijo que llevar la aureola de referente moral "es una cabronada porque ya no se puede cambiar de ideas", Saramago concluyó: "Si cambiara, la gente podría llamarme traidor. Pero me temo que a mi edad ya sólo el Alzheimer podría hacerme cambiar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de septiembre de 2004