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'El primer Eros' invita a reflexionar sobre la relatividad cultural del sexo

124 piezas muy explícitas de 'arte primitivo' componen la exhibición

El material de la sala introductoria de El primer Eros, inaugurada ayer en el Palau de la Virreina de Barcelona (hasta el 31 de octubre, incluida en el Fórum), sintetiza perfectamente la idea de la exposición: un conjunto de estatuillas yoruba de mujeres sosteniéndose los pechos desnudos con las manos se contrapone a portadas de revistas pornográficas occidentales con modelos en la misma actitud. La imagen es idéntica, pero el significado distinto: las primeras son símbolos de protección o invocaciones de fertilidad, las segundas, ellas sí, iconos eróticos.

La mirada occidental es lo que atribuye el erotismo a las esculturas yoruba o a otras creaciones plásticas de África, América u Oceanía (los ámbitos geográficos de la exhibición). Una invitación a reflexionar sobre la relatividad cultural en materia de erotismo y sexualidad, a comprobar -con asombro- que las cosas no son a menudo lo que parecen, y, además, a disfrutar de la belleza de unas piezas y objetos extraordinarios, es lo que propone la exposición, que reúne 124 piezas excepcionales (la mayoría muy explícitas en su representación de los órganos sexuales masculinos y femeninos) de museos y colecciones privadas.

La escultura micronésica de una mujer con las piernas abiertas exhibiendo el sexo "es en realidad un signo de bienvenida que se coloca en las casas", recalcó la comisaria Victoria Combalía, que recordó que en algunos lugares del Amazonas "agarrar el pene de una persona es un gesto amistoso sin connotaciones sexuales".

Dividida, además de por continentes, en temas como Arquetipos masculinos y femeninos, Parejas primordiales o Guerra y sexo, la exposición cuenta con obras maestras como la célebre estatua conmemorativa de una princesa bangwa considerada la Venus de Milo negra (y que retrató Man Ray: la foto también se expone), un conjunto de cerámica mochica que muestra parejas practicando el sexo oral y anal -y que de nuevo parece ser más una expresión ritual que gozosa-, o un excepcional fetiche nkisi recubierto de clavos y con un miembro descomunal, al menos según los patrones habituales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de julio de 2004