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Entrevista:P. ANANIAS | Ministro del Hambre Cero de Brasil

"Lula es un buen jinete, sus resultados se verán en la meta"

Cuando Luiz Inácio Lula da Silva asumió la presidencia de Brasil, hace un año y medio, enarboló la bandera de la lucha en favor de los desprotegidos como estandarte de su gestión recién nacida. El pasado enero, aquel Gabinete vivió la primera remodelación; entre las sustituciones ministeriales más destacadas se encontraba la agrupación de las principales carteras sociales (Asistencia Social y Seguridad Alimentaria y Combate al Hambre) en una suerte de ministerio global bajo la denominación de Desarrollo Social y Combate al Hambre, a cuyo frente colocó a un político respetado: Patrus Ananias de Souza, de 51 años, veterano militante del Partido de los Trabajadores (PT) desde su fundación, que en las últimas elecciones se había convertido en el diputado federal más votado (520.048 sufragios) en la historia del Estado de Minas Gerais. De su capital, Belo Horizonte, fue alcalde entre 1993 y 1996.

"El desarrollo económico no es suficiente para promover la igualdad"

Pregunta. El pasado marzo,por primera vez, los sondeos reflejaban un descenso en la aceptación del presidente Lula: sólo un 60%, cuando hasta entonces contaba con el 80%. ¿Por qué esta caída?

Respuesta. Permítame explicarlo con una comparación: si el caballo y el jinete son buenos, los resultados se verán al final de la carrera, en la meta. Hablo desde mi experiencia como alcalde. Fue una gestión exitosa y reconocida por la población. Sin embargo, al final del primer año y comienzos del segundo yo estaba muy bajo en los sondeos. Nos consolidamos realmente en los dos últimos años, como se demostró en las elecciones. Un Gobierno debe ser evaluado al final de su mandato. El presidente Lula lo dijo: 'Mi compromiso no es con las próximas elecciones, sino con las próximas generaciones'. Lula llegó al poder en condiciones muy desfavorables: una deuda monumental, la falta de proyectos básicos de infraestructura, una crisis enorme en el sector energético... Y sobre todo, sin agenda social: 50 millones de personas por debajo de la línea de la pobreza. Estamos teniendo que hacer un auténtico trabajo de reconstrucción. Nunca hubo un presidente en Brasil que hiciera de un plan como Hambre Cero un programa de Estado. La crítica social responde a las grandes expectativas creadas. Y es que, como dijo Lula, el hambre no puede esperar

P. Muchas de las competencias de su ministerio se desenvuelven en áreas que tradicionalmente han ocupado organismos sin ánimo de lucro: ONG, iglesias... ¿Cómo armonizar los apoyos individuales con los del Estado?

R. Con mis respetos hacia el Gobierno de Fernando Henrique Cardoso, creo que en los últimos años se produjo una privatización del Estado. Si un Gobierno es mal gestor, debe ceder parte de sus competencias a terceros: a iglesias o a ONG. Yo defiendo un Estado democrático que cuente con la participación de toda la sociedad con el objetivo de obtener resultados a largo plazo, y no sólo aquellos derivados de la caridad. Queremos cooperar con las instituciones y creemos en la interacción entre Gobierno y sociedad, pero sin renunciar a nuestras obligaciones.

P. Para alcanzar esas metas hacen falta recursos económicos. Los augurios más pesimistas prevén que la eliminación de la pobreza exigiría un crecimiento de la renta per cápita del país del 30% durante 25 años.

R. Estamos retomando el crecimiento económico. En 1970 teníamos 90 millones de habitantes y hoy somos el doble. Pero, al mismo tiempo que duplicábamos la población, el país dejaba de crecer. Ahora estamos volviendo al crecimiento económico: este año lo haremos en torno al 3,5% o 4%. Con todo, en Brasil y en otros lugares del mundo se está empezando a comprender que el desarrollo económico no es suficiente para crear una sociedad más justa. Es necesario, pero no suficiente para promover la igualdad. El desarrollo social, en cambio, sí produce desarrollo económico. Cuando garantizamos ingresos a los 50 millones de personas que hoy viven bajo el umbral de la pobreza, comienzan a consumir. Y levantan la economía. Hasta hoy se decía que es preciso crecer para después distribuir, pero ahora ha cambiado el orden de los factores: hay que distribuir para crecer.

P. ¿Cree que el ascenso al poder de Lula está contribuyendo al comienzo del fin del neoliberalismo en América Latina?

R. No es un proceso fácil. El neoliberalismo es el modelo de una globalización unilateral y financiera: la del dinero. Pero lo que todos queremos es la auténtica globalización: la de los derechos humanos, de la gestión medioambiental, del Protocolo de Kioto, de valores éticos, de la construcción de la paz... El neoliberalismo ha sido muy fuerte en las últimas décadas. Por eso, nuestro presidente está trabajando en los foros internacionales con prudencia pero con sabiduría, porque sabe que las cuestiones económicas son duras de abordar. Y no valen sólo las buenas intenciones. De buenas intenciones está sembrado el camino al infierno, decía Dante Allighieri. Gobiernos bien intencionados en América Latina y en Brasil han fracasado porque no se equilibró la correlación de fuerzas y porque estaban supeditados a los cambios económicos y a las disputas internas. Por eso nosotros queremos hacerlo con mucho cuidado, para avanzar sin tener que retroceder en el futuro.

P. ¿Lo entienden así otros países de la zona?

R. Lo está haciendo, entre otros, Néstor Kirchner en Argentina, pero también a este lado del Atlántico, como el Gobierno de España. Hace poco participé en Buenos Aires en un encuentro de responsables del área social del Mercosur y se hablaron de todos los asuntos que he mencionado: la importancia del desarrollo social articulado con el desarrollo regional, no sólo buscando grandes inversiones, sino también potenciando las posibilidades locales. En definitiva, queremos recuperar un Estado fuerte que haga posible la cooperación internacional. Estos criterios están arraigando con mucha fuerza en los países de América Latina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de julio de 2004