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NOTICIAS Y RODAJES

La sobrecogedora destrucción de la familia Friedman

Andrew Jarecki rescata los vídeos caseros de un pederasta y sus hijos

Decían que era un monstruo, pero mi padre era genial". Esta frase pronunciada por David Friedman resume el horror de Capturing the Friedmans, una película cuyo impacto va más allá de Estados Unidos y la acomodada comunidad de Long Island donde ocurrieron, en los años ochenta, los hechos. Si el documental de Joaquín Jordá De niños (sobre el llamado caso Raval) descargaba sus interrogantes contra los motivos y consecuencias de lo que fue un exacerbado linchamiento mediático,

Capturing the Friedmans (cuyo estreno en España será la próxima semana) se detiene en otro asunto: el entorno del sujeto linchado.

Arnold Friedman era un respetado profesor de informática que vivía con su mujer y sus tres hijos en Great Neck, una preciosa península de Long Island. Alegre, cariñoso y divertido, Arnold enseñaba piano a sus hijos, jugaba con ellos y era su mejor aliado. Todo parecía funcionar hasta que un día la policía llamó a la puerta del hogar: el profesor y su hijo menor, Jesse, estaban acusados de cientos de delitos de pederastia. A partir de ese día, y con asombrosa frialdad, los Friedman grabaron en vídeo su vida: la calma del padre, las discusiones con la madre, las dudas y la locura. "No sé si grabé todo aquello para no olvidar, pero lo curioso es que sólo recuerdo lo que está grabado. El resto se ha borrado", dice David Friedman, el hijo mayor. "Los Friedman eran muy narcisistas, grabaron los vídeos para intentar entender y también para verse", afirma el director de la película, Andrew Jarecki.

Jarecki preparaba un documental sobre los payasos de Nueva York cuando conoció a David Friedman, "el mejor payaso de cumpleaños de la ciudad". Las entrevistas con David se prolongaban durante horas. Locuaz, frenaba la conversación cuando hablaba de su familia. "Decía que no quería hablar de ellos, pero algo le impulsaba a repetir demasiado que no quería. Evidentemente, quería, y David empezó a contarnos su historia. El primer vídeo que nos enseñó fue el que llamamos La última noche de Jesse; en él los tres hermanos se quedan sin dormir, hablando y haciendo el tonto, la noche antes de que el pequeño vaya a la cárcel. Verlo resultaba tan doloroso e incómodo como fascinante".

David guardó durante 15 años las películas de su familia hasta que se las dio a Jarecki para que contara la historia de su padre y de lo que, a su juicio, fue una brutal injusticia. El odio de los hijos a la madre (a la que culparon de no creer y no apoyar a su marido); la veneración de los niños por el padre, un ser atormentado y enigmático; la chapucera investigación policial; la histeria de una comunidad que acusó a Friedman y a su hijo menor de orgías de sexo y sangre con sus alumnos, y, finalmente, la desintegración total de un modelo familiar. Testimonios que se contradicen, pruebas endebles y, de fondo, un hombre enfermo, adicto a la pornografía infantil, que había seguido varias terapias y que juraba que era inocente de la atrocidad de la que le acusaban. Arnold se suicidó en la cárcel y su hijo cumplió una condena de 13 años.

"Es peligroso coger a un hombre y llamarle monstruo, eso no nos absuelve de nuestra responsabilidad de intentar comprenderle. Tengo dos hijos y la pedofilia de Arnold Friedman es algo inquietante para mí. Lo importante no es sólo ser lo más objetivo posible, sino recordar que la verdad no es fácil de agarrar. Arnold era pederasta pero también fue víctima de un linchamiento. Esa histeria arrastró a su hijo. Esta película acepta la incertidumbre, que ni sabemos todo ni podemos saberlo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de mayo de 2004