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VISTO / OÍDO

Poder y oposición

Es lógico que el PP no quiera que su destacado militante Gallardón suba los impuestos: no sólo por la campaña electoral en la que está metido -el domingo, Cataluña-, sino por algo más profundo, que atañe a su filosofía: es un partido de clase. El impuesto sobre las viviendas vacías atañe a la clase que las tiene desocupadas por no bajar sus precios, por no devaluar el enorme mercado más o menos negro. Son constructores y especuladores. El Gobierno regula los mercados a su manera. Creo que he insistido en que el neoliberalismo no es el anterior liberalismo, el de laissez faire, laissez passer, sino el de intervenir a favor de la empresa. Es una filosofía: piramidal, como corresponde a los regímenes autoritarios. Es lógico que apruebe el despido de 215 trabajadores en Antena 3: la teoría es la de salvar una empresa que sacrificando a estos empleados se pondrá a flote y podrá tener más empleados y más baratos.

Algunos señalan la contradicción que hay en el despido de Rosa María Mateo -la primera despedida- quien leyó el manifiesto democrático contra el golpe del 23-F: podría ocurrir que no tuviera nada que ver, podría ocurrir que la haya perjudicado más. En mis especulaciones mentales creo que ha ganado aquel golpe de Estado, que formaba parte de un movimiento mucho más amplio que había empezado con la dimisión de Adolfo Suárez, que había dejado de ser útil a la derecha después de haber hecho el trabajo sucio de las legalizaciones y las libertades formales. Aquello, claro, era impresentable: el mascarón de proa de Tejero lo desprestigiaba por sí solo. Pero la izquierda aperturista no volvió a ser la que era. Incluso fue más útil para el llamado centralismo cuando ocupó el Gobierno que si hubiera estado en la oposición. Ya sé que mi teoría histórica y política de que la izquierda gana más batallas en la oposición que en el poder pone los pelos de punta a todos los compañeros de la izquierda, que lo que quieren es el mando directo y no la lucha dura y casi gratuita. Puede ser valioso si para estar en el poder no hay que renunciar a las bases ideológicas y a las humanas. El problema es que el declive no cesa, las elecciones se pierden y los grandes temas se convierten en aniversarios lentos y sucios: hoy, el del chapapote; luego, el de la guerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de noviembre de 2003