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Libros, razón, libertad

El Día del Libro, que ayer se conmemoró, es también el día de la libertad: no otra cosa han significado los libros en el mundo moderno.

En efecto, sin desdeñar otras causas, la idea de libertad cobra una fuerza definitiva con la invención de la imprenta, atribuida a Gutenberg, a mediados del siglo XV. Como relató magistralmente Umberto Eco en El nombre de la rosa, en la Edad Media quien tenía el poder era aquel que poseía la llave de la biblioteca: controlaba las mentes de los hombres seleccionando sus ideas, las que convenían a los poderosos para poder seguir dominando a los demás. Los pacientes monjes medievales escogían copiar los libros que la autoridad de la Iglesia consideraba que defendían el bien y rechazaban el mal, habiendo definido previamente esta misma autoridad los conceptos de bien y de mal. Los bibliotecarios eran los censores de la época y cuando alguien ejerce este viejo e innoble oficio de censor está impidiendo que el hombre desarrolle aquello que lo diferencia de los demás animales: razonar en libertad, algo realmente peligroso para el poder en todos los tiempos.

La imprenta fue el instrumento mediante el cual se comenzaron a intercambiar ideas, dificultando así que los guardianes ideológicos del poder ejercitaran su férreo control habitual. Con la imprenta, a través de los libros, las ideas comenzaron a desbordarse de forma incontenible. Ya lo advirtió en aquel tiempo un espíritu tolerante y libre, Erasmo de Rotterdam: "El mundo está volviendo en sí como si despertara de un sueño profundo. Pero algunos aún se le resisten con obstinación, aferrándose convulsivamente con pies y manos a su vieja ignorancia. Tienen miedo de que si renacen la literatura y las artes, y el mundo se convierte en más sabio, se ponga de manifiesto que ellos no saben nada". Probablemente ellos no sabían nada de casi todo, pero una certeza la tenían muy clara: impedir que los hombres pensaran. Por ello persiguieron, en ocasiones hasta la hoguera, a Lutero, Pico della Mirandola, Miguel Servet, Giordano Bruno, Galileo y Descartes.

El principio de todo razonamiento debe fundamentarse en la duda, decía este último: dubito, cogito, ergo sum. Es decir, debo dudar de todo excepto del ejercicio de pensar, mi única certidumbre. "La filosofía de Descartes", dijo Ernst Cassirer, "comienza con un postulado general: todo hombre ha de olvidar, una vez en su vida, todo aquello que ha aprendido anteriormente, ha de rechazar toda autoridad y desafiar el poder de la tradición". Dudar es pensar, pensar es dudar. Ahí empieza el mundo moderno, el hombre comienza a ejercitar la razón, a desatarse de las ligaduras que le impedían ser libre.

Sin la invención de la imprenta, sin el acceso a los libros, ello no hubiera sido posible. John Milton, contemporáneo de Descartes, sostenía en la Inglaterra de la época: "Quien mata a una persona mata a un ser racional, pero quien destruye un libro mata a la razón misma". William Berkeley, gobernador inglés de la colonia americana de Virginia durante la misma época, expresaba desde una posición antagónica el sacrosanto temor a los libros: "Doy gracias a Dios de que no haya ni escuelas ni imprentas libres; y espero que no las tengamos en cien años. Pues la enseñanza ha traído al mundo la desobediencia, la herejía y las sectas; la imprenta las propaga y difama al mejor gobierno. ¡Dios nos libre de ellas!".

No obstante, a pesar de estos deseos, en aquel siglo XVII se editaron más de 30.000 títulos y 15 millones de ejemplares. La función del bibliotecario pasó de controlar libros a saber ordenarlos. Así, el victoriano Carlyle pudo decir con razón, dos siglos más tarde, que "la verdadera universidad es una buena colección de libros".

Desde esa época en la cual el libro constituía el eje de la razón y la fuente de la sabiduría, ¿adónde hemos llegado hoy? Ayer lo pudimos ver: se publican más libros que nunca y, por tanto, se venden más libros que nunca. Ahora bien, ¿se leen más libros que nunca? Quizá en cantidad, no sé si en calidad. Y dudo mucho que la buena lectura vaya en aumento, aunque ciertamente no es ya, como en otros tiempos, el único medio de información y conocimiento, si bien sigue siendo el mejor instrumento del pensar.

La lectura no es un mero ejercicio para captar las ideas y los pensamientos de otros, la lectura es también un acto creador, de introspección hacia uno mismo, de aportación propia a lo que se lee. "Pensar es digerir", dijo Wittgenstein; pues bien, leer también es digerir: se trata de ir pausadamente incorporando las reflexiones que en uno mismo provoca lo leído a las coordenadas de nuestra personalidad para ir construyendo incesantemente un sistema propio con un perfil nunca acabado desde el cual poder comprendernos a nosotros y conocer el mundo exterior.

Este proceso reflexivo, imprescindible para poder ser independientes y, por tanto, libres, es muy difícil de satisfacer únicamente a través de los otros instrumentos artísticos o los medios de comunicación que hoy invaden nuestros hogares y condicionan nuestras vidas. Tanto en libros como en todo lo demás nos encontramos ante un exceso de oferta. Ya lo previó, como tantas otras cosas, Ortega y Gasset en La rebelión de las masas al advertir que "la obra de caridad más propia de nuestro tiempo es no publicar libros superfluos".

Ayer se amontonaban libros superfluos por todos los rincones de Cataluña. La lectura ha sido un útil imprescindible contra la opresión y la condición que ha hecho posible que el ser humano pudiera razonar, intercambiar ideas y escoger libremente su personalidad. Los libros son y han sido, pues, un presupuesto de la libertad. Pero atención: sigue siendo cierto, quizá más que nunca, que lo importante no es saber cuáles son los libros que se deben leer, sino sobre todo cuáles son aquellos que no hay que leer nunca.

Francesc de Carreras es catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

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