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Javier Rioyo traza la historia del erotismo, los burdeles y las timbas a través de sus visitantes ilustres y golfos

¿Cómo yacían los primeros pobladores de la península Ibérica? ¿Fueron más putañeros los Austrias o los Borbones? ¿Cómo reprimía la lujuria y el sexo la Inquisición? ¿Cuándo visitaron Alberti y Buñuel su primer burdel? Todas estas preguntas, que resumen la historia no contada del amor, el ocio, el pecado, el erotismo, la prostitución, el juego ilegal y los vaivenes de la noche y la golfería desde los iberos hasta los años sesenta del siglo pasado, forman el motor del libro de Javier Rioyo La vida golfa, una investigación detectivesca por los bajos fondos subtitulada 'Historias de las casas de lenocinio, holganza y malvivir'.

La conclusión del gran chapuzón en el rito amoroso de los españoles de todos los tiempos es, según Rioyo, que "nada esencial ha cambiado demasiado desde que los romanos nos dejaron sus burdeles. Por eso, si vemos el relato como un espejo, refleja cómo el lado miserable y lleno de doble moral de nuestros gobernantes, clérigos, reyes y literatos no ha variado tampoco desde entonces".

El libro, que fue publicado en edición de lujo hace unos años por Espasa Calpe, ha sido rescatado ahora por Aguilar con el prólogo original de Eduardo Haro y uno nuevo de Rioyo, y fue presentado ayer ante un gentío en el histórico colmao Villa Rosa, de Madrid, por dos célebres golfemios y compañeros de equipo (el Atlético de Madrid) del autor: Almudena Grandes y Joaquín Sabina. Grandes destacó que el libro "es una crónica de los vicios madrileños desde los iberos hasta mis amigos", y subrayó cómo Rioyo dibuja "la golfería y la chulería de una ciudad que se ama y se odia a sí misma". Sabina leyó un texto que cumplió con creces su máxima de que en estos casos hay que decir que "estamos ante un libro singular maravilloso e imprescindible de un amigo singular, maravilloso e imprescindible".

Periodista, escritor y documentalista de cine, Rioyo empieza declarando que jamás ha entrado (pagando) en un prostíbulo. Luego, ya de cerca, explica que siempre le fascinó esa historia jamás contada: "La forma de divertirnos nos forma tanto o más que la de trabajar, pero de ésa nunca se habla". Lo que le fascinó, añade, fue la rica tradición burdelesca y crápula de la literatura y el arte españoles. "Desde La celestina, Cervantes, Quevedo, Calderón, Lope y el Arcipreste de Hita hasta Buñuel, Cajal, Romero de Torres, Alberti, Picasso, Borges, Gil de Biedma, Corpus Barga, Max Aub, Luis Martín Santos o la pandilla de Juan Benet, todos pasaron sus pruebas en garitos o burdeles. Y muchos de ellos forjaron allí páginas geniales y leyendas oscuras".

Tampoco escapan a la mirada lúdica e irónica de Rioyo los toreros, los reyes, los dictadores o las tapadas, "las mujeres casadas que decían que iban a misa y en realidad se iban a ejercer de belle de jour".

En cuanto a los monarcas, "las excepciones son los reyes sin amantes. Yo creo que todos, menos Carlos III, que era un mojigato y sólo quería hacer jardines y puertas, fueron grandes golfos. Austrias y Borbones por igual. Felipe IV fue tremendo, un gran follador; Fernando VII, que reprimió mucho la prostitución, no salía del burdel y se dice que tenía una gran envergadura. Se sabe que Alfonso XII fue siempre gran amigo de lo popular. Igual que está demostrado que Alfonso XIII, que es el último del que hablo, fue un gran erotómano".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de marzo de 2003