Enseñanza y calidad
Hace unos días leí en EL PAÍS la carta de una profesora que me impactó por su precisión y claridad expositiva. Decía que los alumnos hoy en día deben aprender un sinfín de asignaturas, con una multiplicidad de contenidos, y en poco tiempo. Esto es, a razón, a veces, de sólo dos horas semanales por asignatura, lo cual no permite la profundización necesaria en los contenidos ni el tiempo preciso para que el aprendizaje se produzca realmente. Cierto es todo ello. Yo lo corroboro desde mi experiencia como profesor. Creo desde hace mucho tiempo que la enseñanza ha caído en la hiperespecialización propia de la esfera económica y productiva dominante. Los contenidos deberían agruparse en grandes bloques temáticos que interrelacionaran sus contenidos, fundiendo incluso conocimientos de varias de las variadas asignaturas actuales. La ESO es un compendio excesivamente fragmentado. El bachillerato es un compendio excesivamente compilado. Deberíamos racionalizar los contenidos para permitir que el alumno y el profesor tengan tiempo, y disminuya la presión por abarcar innumerables conceptos imposibles de entender con explicaciones temporalizadas en especializadas programaciones. ¿Dónde está el maestro? Queda anulado por los pormenores de programaciones y libros de texto pensados para satisfacer exigencias desmesuradas de la Administración, que es al mismo tiempo la representante más fiel del modelo de persona dúctil y adaptable al ritmo cambiante que imponen los procesos tecnológicos. Nuestros alumnos cada vez saben menos estudiando más. Y la pregunta que procede es: ¿qué estudian y para qué? Los profesores necesitamos tiempo para hacer llegar al alumno la esencia de los conocimientos, es decir, para que el alumno encuentre el sentido de aprender. No parece que ni la LOGSE ni la LOCE tengan en cuenta todo esto. Las dos leyes proceden de un paradigma engañoso que debe superarse.
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