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Editorial:

Alemania no crece

El gran objetivo hoy de la política europea es que la economía alemana no entre en recesión, porque representa un tercio del PIB europeo y arrastraría a otros países de la zona euro. Pero es un objetivo difícil. El PIB alemán creció un insignificante 0,2% en 2002 y lo cierto es que son ya casi dos años de virtual estancamiento. La demanda interna está bajo mínimos, la inflación (1,1% en diciembre) es tan baja que existe un riesgo cierto de deflación, la confianza de los empresarios y los consumidores cae un mes sí y otro también, el paro afecta a más de 4,1 millones de alemanes y la renta de las familias está gravemente afectada por la purga bursátil. Para rematar el oscuro panorama, el sistema bancario es menos sólido que el de otros países europeos y la tradicional fortaleza de la exportación está tocada por la cotización del euro.

El castigo del estancamiento tiene una causa inequívoca: la digestión lenta y muy pesada de la absorción de la Alemania Oriental. Las pesadas obligaciones económicas de la reunificación se han traducido en un proceso duradero de pérdida de productividad y de aumento del déficit público, derivados del lastre sobrevenido de los subsidios públicos. El país más riguroso de Europa en materia fiscal y monetaria ha sido sorprendido con un déficit público que rebasa ampliamente las condiciones del Pacto de Estabilidad y se ha situado en el 3,7% del PIB. La política presupuestaria está limitada por un sistema económico que no puede reducir los gastos, consecuencia de la reunificación, y debe recurrir a las subidas de impuestos para atajar la expansión del déficit. Al mismo tiempo, la política monetaria aplicada por el Banco Central Europeo (BCE) no reduce lo bastante los tipos de interés para facilitar el nuevo periodo de expansión económica que necesita Alemania.

Las soluciones no son fáciles, pero desde luego no incluyen posiciones excesivamente rígidas de las autoridades europeas sobre el déficit alemán. El Gobierno debería intensificar los esfuerzos para desarrollar las reformas necesarias del mercado de trabajo y de la sanidad pública, a sabiendas de que son reformas muy lentas. El panorama no es nada tranquilizante, pero la solución no es arrinconar a Berlín. Interesa a toda Europa que Alemania levante cabeza, por el efecto arrastre, porque es el principal contribuyente a las arcas de Bruselas y por su papel decisivo en la ampliación de la UE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de enero de 2003