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Entrevista:Mohamed Jatamí | Presidente de Irán

"Un ataque a Irak sería terrible para la zona del mundo con más petróleo"

El presidente de la República Islámica de Irán, Mohamed Jatamí, concluye hoy su viaje oficial a España con una visita privada a Granada para conocer la Alhambra. En una entrevista concedida a EL PAÍS en el palacio de El Pardo, donde ha residido durante su estancia en Madrid, Jatamí, de 59 años, denuncia la hipocresía y el doble rasero de las relaciones internacionales.

La cortesía persa se superpone al rigorismo islámico. Mohamed Jatamí es un clérigo con sonrisa. Pero, más allá de la imagen, el presidente iraní es sobre todo un hombre que conoce a los filósofos occidentales tan bien como los doctores del islam. Desde esa formación en los dos mundos, habla de diálogo, de tolerancia y de respeto. Igual que Ibn Arabi, el místico hispano-musulmán en cuya obra se especializó Jatamí durante sus estudios de Fiolosofía islámica en Isfahán. Casado con una maestra y padre de tres hijos, este hoyatoleslam, dignidad religiosa por debajo de ayatolá, subraya que no existe un solo islam. 'Tenemos el islam de los talibanes y el islam que nosotros estamos experimentando en Irán, que ha aceptado los principios de la libertad y la democracia', asegura a la vez que pide tiempo para adaptarse a la modernidad.

'Expuse el diálogo entre civilizaciones porque me horrorizó la teoría de Huntington'

'Cuando EE UU obvia nuestros esfuerzos, sólo consigue incrementar nuestra desconfianza'

'Los iraníes quieren libertad e independencia en el marco de valores religiosos y culturales'

'Algunos respetan los derechos humanos dentro de sus fronteras, pero los pisotean fuera'

Pregunta. Desde su llegada a la presidencia en 1997, usted ha insistido en la necesidad de un diálogo de civilizaciones. Sin embargo, tras el 11-S da la impresión de que nos encontramos más cerca del choque de civilizaciones que auguraba Samuel Huntington. ¿Cómo evalúa los cambios que se han producido en las relaciones internacionales en el último año?

Respuesta. Expuse el tema del diálogo entre civilizaciones porque me horrorizó la teoría del señor Huntington y el futuro que nos dibujaba. De hecho, las civilizaciones nunca han tenido guerras entre ellas. Al contrario, la civilización islámica ha heredado mucho de las civilizaciones persa, romana, griega, hindú, china..., y luego la civilización occidental también se ha dejado influir por la civilización islámica. Aquí mismo en España tenemos el punto de encuentro, desde donde luego influyó bastante en el resto del mundo. Por tanto, hoy, nosotros, en el mundo islámico, en el mundo no occidental, podemos aprovechar mucho de los logros de Occidente.

Lo que provoca la guerra son los fanatismos, los intereses ilegítimos, el recurso a la fuerza para garantizar esos intereses, el no reconocimiento de los que no tienen poder por parte de los poderosos. El 11-S y la situación subsiguiente es una venganza de aquellas personas que consideran el diálogo entre civilizaciones como algo que atenta contra sus intereses. El objetivo del diálogo entre las civilizaciones es la negación de la violencia, la guerra y el terrorismo en el mundo. El 11-S fuimos testigos de la peor forma de terrorismo. Desafortunadamente, con el pretexto de luchar contra el terrorismo, algunos han expandido por el mundo un ambiente de violencia y guerra. Por eso, hoy, hay que insistir más sobre esa idea de diálogo. Por eso, un año después de esos atentados expuse la idea de 'diálogo para la coalición de paz'. El mundo de hoy, después del 11-S, es un mundo que nos preocupa. Tenemos que tener más voluntad para combatir la atmósfera que se ha creado. Hay que volver a condenar la violencia, hay que condenar el terrorismo, la guerra, la discriminación y la pobreza, y hacer hincapié en la justicia y la libertad, tanto dentro de las fronteras nacionales como a nivel internacional.

P. Su Gobierno no sólo condenó con firmeza aquellos atentados, sino que después prestó una ayuda discreta pero conocida a la intervención de Estados Unidos en Afganistán. Sin embargo, el presidente George W. Bush incluyó a Irán en su inquietante eje del mal. ¿Qué pasó para que reaccionara así? ¿Les negaron ustedes alguna petición concreta?

R. Tendría que preguntárselo al señor Bush. Lo que están de diciendo de Irán en relación con Afganistán demuestra que no hay buena voluntad por parte de Estados Unidos respecto a Irán. Hemos sido una de las grandes víctimas de los talibanes. Desde hace muchos años, dos millones de sufridos afganos viven como huéspedes en nuestro país. Sólo para impedir que el narcotráfico transite por Irán y las drogas lleguen a los jóvenes europeos, hemos tenido 3.000 bajas entre nuestros mejores jóvenes. Los daños que nos han causado los talibanes son muchos. No hay duda de que sin la buena voluntad de Irán, la situación de Afganistán no sería lo que es hoy. Los sucesos del 11-S fueron muy amargos, muy dolorosos, y por derecho propio conmocionaron a la opinión pública mundial, en especial a la estadounidense. Se generó entonces una oleada de simpatía hacia los norteamericanos y hubiéramos podido aprovechar mejor aquella atmósfera para luchar contra el terrorismo y ponerle freno. Desgraciadamente, los israelíes abusaron de la situación y luego ellos mismos y personas con opiniones militares radicales entraron en acción y echaron a perder una oportunidad privilegiada.

Para hacer una guerra hay que tener un enemigo concreto y, cuando no hay uno, hay que crearlo para hacer posible el ambiente bélico y justificar la intervención. El tema del eje del mal es para justificar una atmósfera de guerra en el mundo, aunque creo que ese enfoque ha sido derrotado. Por supuesto, que también cooperamos en Afganistán por nuestros propios intereses, pero considero que nuestro esfuerzo es el que con mayor rigor está ayudando a la reconstrucción afgana. Cuando vemos que Estados Unidos obvia todo esto e insiste en sus políticas, lo único que consigue es que nuestra desconfianza se incremente. La oposición de todos los países del mundo a la inclusión de Irán en ese eje demuestra que ha sido una equivocación.

P. La última crisis internacional gravita alrededor de Irak, un vecino con el que ustedes no tienen relaciones muy cálidas. ¿En qué consiste la 'neutralidad activa' que usted ha anunciado en este asunto? ¿De qué forma se verá afectado a Irán en caso de que finalmente haya una guerra?

R. No se ha anunciado como una política oficial. Nos oponemos a una intervención militar en Irak no porque seamos partidarios de su régimen, ya que hemos sufrido más que nadie por su culpa. Utilizaron sus armas químicas contra nosotros. Y en los primeros días de la revolución, cuando necesitábamos movilizar todas nuestras fuerzas para la reconstrucción del país, fuimos invadidos por los iraquíes. La guerra tuvo como víctimas a cientos de miles de jóvenes iraníes e iraquíes y pérdidas materiales de decenas de miles de dólares. Nos preguntamos dónde consiguió Irak sus armas químicas, quiénes son los que están arrepentidos hoy por haber equipado a Irak con armamento químico contra nosotros. En segundo lugar, ¿qué culpa tiene el pueblo iraquí para tener que pagar el precio de esos problemas? Tercero, sería un mal precedente que un Gobierno poderoso al que no le gusta otro Gobierno, recurre a la fuerza para cambiarlo. Cuarto, nuestra región es una región muy delicada y llena de crisis. Un ataque a Irak tendría consecuencias terribles para la región que guarda la mayor parte de los recursos energéticos del mundo. Nos oponemos, con estos argumentos, a cualquier ataque contra Irak. Evidentemente hay que obligar a Sadam Husein para que acepte las resoluciones internacionales. Si tiene que haber un cambio dentro de los países, tienen que ser fruto de la voluntad de su propia población, no tiene que venir impuesto desde fuera.

Si hay una guerra, no podemos situarnos al lado de ninguna de las partes y ayudarles. Espero que esta situación no se presente. Que Estados Unidos haya llevado el caso a la ONU y la aceptación por parte iraquí de los inspectores nos da esperanzas de que habrá una solución inteligente.

P. Una de las discrepancias entre Irán y la UE es la de los derechos humanos. ¿Hasta qué punto considera usted que los derechos humanos son valores universales o, por el contrario, un aspecto del diálogo de civilizaciones? ¿Cómo afrontar el polémico asunto de los castigos físicos que ampara la ley islámica?

R. Los derechos humanos son uno de los mayores logros del mundo actual. La democracia no tiene significado sin los derechos humanos y sin reconocer que el hombre tiene derecho a dirigir su destino. Creo que existen unos principios y normas que son aceptables en todas partes. Nosotros tenemos que considerar los derechos humanos como algo beneficioso, pero hay que puntualizar. En primer lugar, ¿en qué medida se han respetado los derechos humanos en la práctica tanto dentro de las fronteras nacionales como a nivel internacional? Porque es posible que algunos sean muy respetuosos con la democracia y los derechos humanos dentro de sus fronteras, pero a nivel internacional pisoteen los derechos más elementales. Hoy en día, condenamos el terrorismo, y eso está muy bien, pero algunos apoyan a la vez la represión salvaje de los palestinos en su propia tierra e incluso colaboran para que no alcancen sus objetivos. En segundo lugar, los derechos humanos son también un debate de principios y es ahí donde interviene el diálogo de la civilizaciones. La dictadura y el colonialismo han perjudicado mucho los derechos de los iraníes. Nuestro pueblo lleva más de un siglo luchando para conseguir su libertad y su independencia. Por otra parte, debido a razones históricas y culturales, nuestro pueblo tiene convicciones religiosas, lo que indica que esa libertad e independencia quiere conseguirlas en el marco de unos valores religiosos y culturales. La revolución islámica de Irán, la más popular del siglo XX, tuvo lugar bajo el lema de independencia, libertad y república islámica. Es normal que en un país en el que habido grandes cambios, no esperemos que todo se arregle de la noche a la mañana.

Por lo tanto, para medir los derechos humanos hay que tener en cuenta los valores religiosos y culturales de los países. En segundo lugar, esta evolución necesita su tiempo, y lo importante es que avanzamos en la dirección que nuestra gente quiere. Además, le ruego que cuando hablamos de derechos humanos, aunque sea en el concepto occidental, no compare a Irán con países europeos que llevan 300 años de liberalismo democrático, sino que compare a mi país con las naciones de nuestro entorno. Lo cual no quiere decir que tengamos que adaptar estos valores al fanatismo o a unas interpretaciones retrógradas de la religión, sino que la religión debe adaptarse a la actualidad. Además, no hay un solo islam. Tenemos el islam de los talibanes y el islam que nosotros estamos experimentando en Irán, que ha aceptado los principios de la libertad y la democracia, y si tiene algún obstáculo delante, hay que eliminarlo poco a poco.

P. Estuve en Irán en 1997 cuando usted fue elegido y recuerdo la ola de entusiasmo que barrió el país. Había un deseo casi unánime de 'mayor libertad'. Sin embargo, en mi último viaje encontré a los iraníes bastante desilusionados. ¿Qué ha pasado? ¿Tenían expectativas exageradas o es cierto que ha visto frenadas sus reformas por los conservadores que aún controlan instituciones clave de su país?

R. Todo es correcto. El ser humano se fija objetivos elevados y tiene prisa por alcanzarlos, a veces olvidándose de las realidades. Había peticiones lógicas, pero también equivocaciones y abusos que preocuparon a algunos sectores. Hubo quien pensó que nuestro movimento iba contra la revolución islámica y nuestros valores. Sin embargo, tanto nuestros jóvenes como nosotros lo estábamos llevando dentro del marco de la revolución. Bajo ningún concepto nuestra sociedad quiere otra revolución. Quiere la reforma desde dentro.

No cabe duda que hemos sufrido las presiones de dos corrientes. Por un lado, los que decían que había que olvidarse del islam y de la revolución para alcanzar la libertad. Por otro, los que en nombre de la religión estaban en contra de los progresos sociales. Seguimos adelante y tendremos éxito. Tal vez no tengamos el entusiasmo de aquellos días, pero ni nosotros hemos perdido la dirección ni la sociedad es tan poco realista para exigirnos más. Además, la política no debe hacernos olvidar las realidades económica y estamos trabajando en ese sentido. Necesitamos crear un millón de empleos anuales, fortalecer el sector privado, captar inversión extranjera y potenciar el desarrollo tecnológico. Sin ello, la reforma política será imposible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de octubre de 2002